La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 84. Pyrok
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Capítulo 84. Pyrok

Pyrok

C orro a toda velocidad por la llanura, con las mejillas y los dedos entumecidos por el frío, hasta que estoy lo bastante cerca como para cruzar la mirada con Essi, en cuyos ojos veo destellos de vergüenza, de fracaso .

Nada de eso tiene sentido.

Una oleada de pánico me impulsa a seguir adelante al ver cómo se sujeta el brazo pegado al abdomen y las salpicaduras rojas en su pálida mejilla.

«Está sangrando».

«Mierda».

Sopla una ráfaga de viento, lo que hace que las Nieblas se acerquen, amenazando con envolvernos. Los ladridos y las carcajadas me crispan los nervios; sin duda, los corvos están conversando sobre nuestra muerte inminente, algo que desde luego se hará realidad si no nos largamos de aquí.

Corro más rápido, más fuerte; machaco la nieve con las botas, haciendo unos agujeros que casi me engullen las espinillas.

Essi suelta el pesado hatillo. A duras penas, logra dar tres pasos más y se hunde de rodillas, con la capa extendida como un charco de tinta.

Aparta la mano de la cintura y observa la sangre que gotea de sus dedos, un gran contraste con el entorno; es del mismo color que su cabello, que se agita cual llama de siegasable.

Esa imagen me afecta. Me atraviesa el pecho, me agarra el corazón y lo hunde en la nieve.

Alza la vista hacia mí y veo resignación en su mirada mientras una figura emerge tras ella: un gran corvo al galope por entre las Nieblas. Sus potentes andares contrastan con sus extremidades nudosas y sus huesos protuberantes.

Gruñe enseñando los dientes, con sus ojos blancos fijos en Essi.

La rabia estalla en mi pecho.

Desenvaino mi espada y salto. La bestia también salta, con las garras hacia fuera y las fauces abiertas, ansiosa por la sangre de Essi.

—¡ APARTA !

Ella se tira al suelo.

Colisiono contra el corvo —garras contra acero—, derribándolo, aunque aterrizo con tanta fuerza que noto una sacudida en la columna. Corto en dos a la escuálida bestia de un fuerte tajo, haciendo volar sus tripas.

Apenas he recuperado el equilibrio cuando otra bestia nos ataca por un lado.

Con Essi todavía tirada en el suelo a mi espalda, giro la espada justo a tiempo de cortarle el cuello a la bestia.

La nieve se tiñe con más sangre.

Otra ráfaga de viento agita la niebla, convirtiéndola en un vórtice cegador, lo que nos dificulta la vista del muro.

De la salida .

—Maldito sitio —mascullo volviéndome, y veo a otra bestia acechando. Olfatea el aire y echa la cabeza hacia atrás, aullando al cielo.

Gruño, adoptando una postura más firme mientras las Nieblas cobran vida con una sinfonía de aullidos voraces.

Sin apartar la vista de los inquietantes ojos de la bestia, ayudo a Essi a ponerse en pie. La protejo con el brazo izquierdo mientras oteo los alrededores, donde veo a numerosas criaturas salir de las Nieblas arremolinadas: cinco.

Siete.

Nueve.

Van encogidas y muestran sus fauces babeantes mientras se turnan para dar dentelladas al aire, buscando nuestro punto débil.

—En cuanto se disipen las Nieblas —murmuro pasando la vista de una criatura a otra, tratando de anticipar cuál de ellas atacará primero—, quiero que corras.

—No quiero alarmarte, pero, teniendo en cuenta lo que sangro, no es que tenga mucho sentido…

Uno de los corvos más pequeños se abalanza hacia nosotros, tratando de atacar a Essi por un costado.

Me vuelvo rápidamente.

Essi jadea pegada a mi oído y tiene los dedos clavados en mi brazo mientras yo suelto un gruñido y alzo mi espada a modo de pica, empalando a la bestia, que chilla mientras su carne, órganos y huesos ceden por la afilada hoja.

Cae al suelo con un fuerte zas.

—Demasiado tarde —farfullo usando mi bota como palanca para liberar mi espada del cadáver—. Considérame alarmado .

Se oyen murmullos, gritos y gruñidos en las Nieblas, pintando una sombría imagen del enorme tamaño de la jauría, dejándonos casi sin opciones.

Excepto una .

Clavo la espada en el suelo y me meto la mano en el bolsillo de los pantalones sin dejar de escudriñar el apretado círculo de depredadores enfurecidos.

—Espero que no tengas nada en contra del fuego —murmuro sacando mi vial—. Y perdona, porque se va a poner fea la cosa.

Essi suelta un suspiro mientras yo levanto la tapa y me abro a Ignos, impactado por su lenguaje sibilante y crepitante, tan voraz como siempre. Siempre está dispuesto a reducir algo a cenizas.

—¡ Geish athhh vill-vah sheith vakath, Ignos! ¡Eeth atash éno-vui!

El dios del Fuego ruge con deleite y sale disparado de mi vial sin vacilar, convirtiéndose en un torbellino que nos envuelve, un remolino de llamas hambrientas.

Cunde el pánico: gritos, ladridos y aullidos atraviesan el abrasador estruendo y la ávida melodía de un dios insaciable.

El aire se vuelve sofocante, impregnado del hedor a carne y pelo quemados. Es tan potente que me dan náuseas.

A mi espalda, Essi se tambalea y se sujeta en mí, haciéndome sentir más importante de lo que nunca me he sentido en toda mi triste existencia.

Me enderezo un poco, busco su mano y se la aprieto mientras el mundo arde a nuestro alrededor.

Odio que se vea obligada a presenciar esto.

Desearía poder protegerla de los gemidos agónicos y del maldito tufo.

Ella me da un apretón en silencio a modo de agradecimiento, pero luego me suelta y da un paso adelante.

Lejos de mí.

Le escupo otra orden a Ignos echando un vistazo por encima del hombro y noto un movimiento en el aire que me pone de punta el vello del brazo derecho. Al darme la vuelta, veo un corvo en llamas, cargando a ciegas, tratando de escapar del fuego que le devora la piel.

Arranco mi espada del suelo y, zas, decapito a la bestia, poniendo fin a su sufrimiento.

Un rugido agudo cruza el cielo y siento un escalofrío al oír un aleteo rítmico, el temible sonido de un dragón hambriento.

«Creadores, ahora no…».

Con el corazón en la garganta, levanto la vista y veo a un sanguinario fundefauces atravesando el humo. Pliega las alas y aterriza con las garras extendidas entre las llamas, agarrando a un corvo.

—Joder.

«Podría haber sido Essi».

«Tengo que sacarla de aquí».

Me vuelvo con la intención de echármela al hombro y correr hacia el muro, pero la veo dirigiéndose con paso vacilante hacia la barricada de fuego. Apenas me da tiempo a procesar lo que veo cuando se mete en medio de las llamas.

Y desaparece.