Capítulo 83. Pyrok
Pyrok
M e despierta un cadáver húmedo abofeteándome la mejilla.
Gimiendo, lo aparto, pero el sonido errático de unas alas batiendo y el clic-clac de unas garras arañando la piedra me hace abrir los ojos de golpe.
Me incorporo tan rápido que me da vueltas la cabeza.
Aparto una manta que no recuerdo haberme echado encima, me froto los ojos y escudriño el espacio con la vista borrosa en busca de la bestia azul.
Lo encuentro sobre el saco con los restos de las presas, que ahora tiene un agujero en un lado, un agujero en el que Gruffin ha metido la cabeza, el cuello y las garras delanteras, y el cabroncete rebusca entre el sangriento contenido, con las alas extendidas para mantener el equilibrio y la cola por encima de la cabeza, como si se preparara para clavarla.
—Joder, eres un auténtico peligro, ¿lo sabes?
Saca un cadáver agarrándolo de la columna vertebral y golpea el cráneo contra el suelo, como si sintiera el cerebro que hay dentro y tratase de soltarlo, igual que si estuviese quitándole la cáscara a una gonuez.
—Creadores… —murmuro pasándome la mano por la cara.
«Está a un paso de comernos mientras dormimos».
Al no ver rastro de Essi, me vuelvo para comprobar si se encuentra donde a veces se tumba, pero tampoco está ahí.
—¿Essi?
La única respuesta es un graznido voraz que me pone los pelos de punta en el momento menos oportuno.
Me dirijo a las escaleras que conducen a lo que creo que es el dormitorio de Essi, señalando al chiquitín al pasar.
—Como te la hayas comido, verás.
—¡Graaaaarrr!
He subido tres escalones cuando veo algo pálido revoloteando por el rabillo del ojo. Una alondra de papel está dándose de golpes contra el marco de la ventana, tratando de fundirse con una de las runas que Essi cubrió con mi sangre para concederme acceso a la vivienda.
Con el ceño fruncido, me apresuro a cruzar la habitación y cojo la alondra, que se retuerce en mi mano como si estuviera tan confundida como yo sobre su aparente atracción por la runa empapada con mi sangre, lo que me dificulta abrirla.
Cuando por fin he aplanado el pergamino, ojeo el texto y, al reconocer la caligrafía, mi pulso se calma.
Pero entonces leo las palabras .
Gruffin estaba inquieto y no quería despertarte,
así que he ido a buscarle comida.
¡Enseguida vuelvo!
E.
El corazón me da un vuelco.
Solo ha salido una vez desde que nos conocimos, y fue conmigo para buscar más piedras redondas después de que la última se incendiara espontáneamente y se convirtiera en una nube de polvo negro. Por lo general, evita salir de la vivienda a toda costa, ¿y se ha ido de caza?
«Esto no tiene sentido».
Un aullido lejano me hace mirar hacia la ventana, donde las Nieblas dejan entrever a una feérica de larga melena pelirroja cojeando por la llanura en dirección a la muralla. Arrastra a un vermis de las nieves muerto en un hatillo improvisado.
Cuando vuelvo a tomar aire, es como si me diesen una puñalada.
«Essi…».
Las Nieblas se desplazan de nuevo y, al entornar los ojos, vislumbro a un esbelto corvo blanco acechándola como una pesadilla.
Lleva el hocico pegado al suelo y su pelaje se confunde con la nieve.
A su lado, va otra bestia más grande, la cual se detiene un instante y echa la cabeza atrás con sus enormes fauces abiertas, lanzando tal aullido que me estremezco.
Antes de que la realidad hunda sus garras demasiado hondo, cojo mis armas, me pongo las botas y salgo por la maldita ventana.
Los corvos no cazan en parejas. Cazan en manadas lo bastante grandes como para derribar a un dragón herido y se esconden en las franjas de niebla porque ni siquiera a los espectros les gusta el sabor de su alma podrida.
Pero su comida favorita son los feéricos solitarios errantes.