Capítulo 82. El rey Carroñero
El Rey Carroñero
A rkyn se dirige a sus aposentos, cuyas paredes están abarrotadas de tesoros que ha ido acumulando a lo largo de las fases.
En su mayoría, se trata de objetos que casi nadie miraría siquiera si se topara con ellos, pero Arkyn sabe bien que algunas de las cosas más preciadas del mundo son aquellas que se han perdido o tirado a la basura.
Olvidado.
Se guarda en el bolsillo el vial de cobre y se detiene ante una jaula, agachándose para golpear una barra de metal. La miskunn que hay enroscada en la parte trasera se estremece, replegándose más sobre sí misma mientras gira la cabeza con los ojos plateados muy abiertos.
A pesar de las barras que la protegen del hombre sediento de sangre, tiembla.
Arkyn suelta una risita.
Se frota las manos, cuyas palmas todavía le hormiguean de satisfacción por haber armado a su Alondra de Fuego por primera vez en fases, mientras cruza la puerta de su abigarrado despacho, iluminado por un fuego.
Se detiene al ver a Sereme sentada en un taburete de madera clara frente a su escritorio, con la espalda recta como una flecha, su cabello repeinado y el abrigo ceñido al cuerpo como una segunda piel.
Al oír sus pasos, Sereme se levanta, da la vuelta y hace una reverencia profunda.
—Elding.
Durante unos instantes, Arkyn escruta el espacio y advierte que hay menos polvo en el aire, que su escritorio está ordenado y que uno de sus jarrones rapiñados está pulido y luce un ramillete de laciflores secas de color morado, lo cual no encaja en absoluto en un entorno tan sobrio.
Ante su ornamentado asiento, hay lo que él supone que es un plato de comida cubierto con una brillante campana de plata, y otro sobre la mesa ante Sereme.
Muy presuntuoso.
Arkyn se aproxima y rodea el escritorio como una mancha de tinta.
—Estas no crecen tan al sur —murmura tocando una de las laciflores, algunos de cuyos pétalos se desprenden, esparciéndose por la mesa.
—No, las cogí cerca de la muralla y se han secado durante el viaje hasta aquí —dice Sereme sentándose con un tono meloso impregnado de devoción—. Un regalo de mi tierra.
Reclinado en su silla, Arkyn se echa hacia delante y comienza a tamborilear con los dedos sobre las puntas afiladas de su corona, que se encuentra sobre el escritorio, y que es lo que ha venido a buscar de camino a las arenas de combate.
Ahora, se siente incómodo con la presencia no deseada de la mujer que tiene sentada enfrente.
—Teniendo en cuenta que este es mi despacho, parece que te has puesto muy cómoda.
Sereme abre la boca y la cierra. Se aclara la garganta y se echa hacia delante, levantando la campana del plato de Arkyn.
—Pensé que podríamos disfrutar de un…
—Ya he comido.
Sereme se sonroja.
Despacio, vuelve a dejar la campana en su sitio y se lleva las manos al regazo entrelazadas, tratando de no ponerse nerviosa bajo la sombría mirada de Arkyn.
—Perdonadme, Elding. Suponía que…
—Te equivocaste.
El resto de la frase de Sereme queda atrapado entre sus labios apretados al tiempo que algo bulle en sus agudos ojos grises. Arkyn lo reconoce: es una emoción que suele sentir en su propio pecho a pesar de sus esfuerzos por ocultarla.
Inseguridad.
Sereme levanta la barbilla y adopta una postura increíblemente rígida.
—Entiendo que estéis molesto por…
—¿Por no haberme informado debidamente sobre el juicio de mi Alondra de Fuego? ¿De su supuesta ejecución?
—Incorrecto —se apresura Sereme a responder con los labios apretados y tono amargo—. Taché su nombre del libro de cuentas. La culpa es de otros por no transmitir el mensaje.
—Ah, ¿sí?
—Sí —responde Sereme secamente—. Además, sabía que encontraría la manera de salir adelante. Siempre lo hace.
—Interesante. —Arkyn entrecierra los ojos y se fija en el agitado latido de la carótida de Sereme, que por lo demás permanece quieta como una estatua—.
Mi escudero de Elding me envió una alondra que acabo de recibir.
Me informa de que parecías sorprendida cuando te entregó en mano mis últimas órdenes, aunque tal vez se equivocase —dice lanzándole a Sereme un hueso que ella acepta con entusiasmo, suavizando su expresión.
Relajando la postura.
«Aunque solo sea un poco».
—Así es —suspira exasperada, y se retoca el cabello, perfectamente peinado—.
A pesar del… carácter complicado de Raeve, ha sido retador trabajar sin nuestra espada de Elding más afilada mientras ella disfrutaba de su año sabático, dadas las numerosas tareas con las que nos habéis mantenido ocupados.
—Alza ligeramente la barbilla—. ¿Cuándo seguiremos adelante con la invasión?
«¿Seguiremos?».
Arkyn arquea una ceja, rebusca en su bolsillo y saca el pequeño frasco lleno de humo que encontró entre las pertenencias de Kaan, que deja sobre su escritorio para inspeccionarlo más tarde.
—Tras las caídas lunares —murmura sacudiendo los abalorios que lleva colgados el frasco, un gesto que atrae la mirada aguda de Sereme—. En cuanto se calme todo.
Se espera que caigan cualquier dae de estos. Quizá incluso hoy.
Ansioso por terminar con esto antes del gran evento, Arkyn señala la salida.
—Ahora busca otro sitio donde quedarte. Yo estoy a punto de organizar una batalla de la que el mundo hablará durante eones .
Sereme vacila y dirige la atención hacia la otra puerta, la que conduce al dormitorio de Arkyn. Una puerta hacia la que, sin duda, esperaba que él la condujera tras acabar la comida.
Algo que no debería haber esperado.
Como Arkyn bien sabe, las expectativas suelen ser causa de gran dolor y decepción. Una lección que él aprendió cuando su pah pisoteó un huevo muy preciado.
—¿Y qué pasa con Raeve?
Arkyn ladea la cabeza mientras el fuego del hogar parece inclinarse hacia la conversación.
—Ella será la protagonista, por supuesto.
Sereme endurece la mirada.
—¿Y después? ¿Qué vais a hacer con ella?
Arkyn levanta una ceja y se acomoda más en su asiento, resolviendo que la pelea puede esperar, dado que de repente la conversación ha despertado su interés, por lo demás agotado.
Deja que el silencio hable por él, esperando a que Sereme se sienta lo bastante incómoda como para explicarse con detalle.
No tarda mucho.
—Habéis conseguido lo que queríais —espeta con los labios fruncidos—. Creo que es hora de liberarla, antes de que se vuelva contra nosotros .
Una vez más, Arkyn pasa los dedos por las puntas de su corona.
—Tu actitud ha cambiado desde que perdiste el control sobre ella.
Sereme resopla por la nariz.
—Yo iría con cautela al usar la palabra control . Sí, ha sido un activo valioso, pero todo tiene una vida útil. Se ha vuelto temeraria por la libertad que le habéis dado. Es poderosa, impredecible; me atrevería a decir que a veces incluso rabiosa.
Sereme no sabe que eso es precisamente lo que tanto le gusta de su Alondra de Fuego. Los momentos en los que se le nubla la vista y da rienda suelta a su salvaje sed de sangre, algo que siempre lo hace sentir un poco menos solo en su perversión.
Hay una razón por la que obliga a sus discípulos a llevar máscara: para no ver las emociones reflejadas en sus ojos ni cómo se estremecen cuando abre la boca para hablar.
Las opiniones de los demás le escuecen casi tanto como la causa de sus cicatrices, algo que a menudo todavía lo atormenta durante la duermevela.
—Sé lo que tenéis planeado, Arkyn, pero me temo que solo servirá para enfurecer a la bestia. —Sereme se inclina sobre la mesa y apoya la mano sobre ella con el entrecejo arrugado—. Mientras Raeve permanezca aquí, ambos estaremos en peligro.
Arkyn ladea la cabeza.
—¿Qué quieres que haga?
—Acabar con ella —gruñe Sereme, como si tuviese las palabras enroscadas en la punta de la lengua, listas para saltar—. Una vez que entre en la arena, no la dejéis salir. Sacad a un razah tras otro hasta que no quede nada de ella.
Arkyn observa el ornamentado frasquito que lleva Sereme colgado de su fino cuello, preguntándose si lamenta la pérdida del vínculo. Como responsable de Raeve, era indispensable, pero ¿ahora?
No es más que un blanco fácil al que su Alondra de Fuego está ansiosa por hincarle las garras. Y, al parecer, ella se ha dado cuenta de eso.
—Este es el momento, Arkyn. Todo por lo que hemos trabajado durante tantas fases.
Tenéis al rey de La Llama, un poderoso ejército preparado para tomar la capital, que ahora se encuentra sin corona, y cofres llenos de gemas de rocadragón y oro.
—Se lleva la otra mano al frasco—. Tenéis a vuestra reina lista para ocupar el trono a vuestro lado.
Arkyn deja de tamborilear con los dedos.
Sereme no parece advertir cómo se le oscurecen los ojos a Arkyn. De hacerlo, haría lo que este acaba de sugerirle y se marcharía.
Enseguida.
—¿Mi reina, dices?
Ella asiente con firmeza.
—Pero no hay sitio para tres en ese trono. No voy a compartir el reposabrazos con Raeve. Es hora de tomar lo que es vuestro por derecho de nacimiento y mantener a los monstruos encerrados en la oscuridad, donde tienen que estar.
El tono autoritario de Sereme no consigue suavizar en absoluto la mirada de Arkyn. Al contrario, hace cada vez más grande el agujero en el que ella misma se está metiendo.
«Si desprecia tanto a los monstruos, no debería haberse metido en la cama con uno».
—Tienes razón. —Las palabras son lentas, reflexivas—. Solo hay sitio para dos. —Arkyn se levanta de golpe—. Quítate el collar y ven conmigo.
Sereme abre mucho los ojos y, luego, junta las cejas.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo —le espeta él dirigiéndose a su dormitorio con aire indiferente.
Sereme vacila, pero al momento sigue la estela de la andrajosa capa del Rey Carroñero, aunque se detiene un momento para acicalarse en el reflejo deslustrado de una antigua coraza de bronce, como si creyera que la conduce a su lecho cubierto de pieles.
Aminora el paso al ver que lo pasa de largo y cruza una puerta al fondo de la estancia, entrando en un túnel en penumbra.
Le cuesta demasiado tiempo formular la pregunta que Arkyn puede sentir retorciéndose tras sus labios.
—Arkyn…, ¿adónde vamos?
—Ya lo verás.
La respuesta son sobras arrojadas a un vagabundo mientras sus pasos resuenan en las paredes. Los de él, pesados y fuertes; los de ella, el repiqueteo de unos tacones sobre la piedra.
El túnel por fin se abre al mundo exterior: una solitaria extensión de espesa nieve iluminada por las lunas de plumalunas que cuelgan sobre su cabeza, con ciertas zonas cubiertas por una neblina que va desplazando la suave brisa.
Una duermevela tranquila salvo por una manada de parloteadores que pelean a lo lejos. Aun así, Sereme tiembla y se frota los brazos por el frío.
—¿Qué hacemos aquí fuera?
La pregunta sale de sus labios azulados acompañada de una bocanada de vaho, haciéndola parecer vulnerable.
Débil.
Cosas que Arkyn encuentra ofensivas. Esta mujer se creía digna de ser su reina, pero aquí está, acobardada por el frío.
«El mundo se la comerá».
—Estamos aquí porque ya no me sirves para nada —asegura con un suspiro mientras se quita la sangre seca de debajo de las uñas—. Tu boca es cálida, pero tus conjeturas me escuecen más que los putos dedos, y ya me he cansado de tu presencia.
Cada profética palabra le va quitando color al rostro de Sereme, hasta que queda tan pálida como las lunas de plumaluna, con los ojos redondos a juego con su forma.
Lo agarra del brazo; del derecho, el que fue devorado casi por completo por las llamas de un dragón hace mucho tiempo.
—Arkyn, por favor…
—Quítame la mano de encima.
Ella retrocede ante el fuego que ve avivarse en los ojos de Arkyn y se echa a temblar, aunque no se debe al viento frío y cortante que sopla, sino a que se ha dado cuenta de que van a deshacerse de ella, de que el hombre famoso por recoger carroña, por atesorar la basura de otros, la está desechando.
Arkyn levanta la barbilla y la mira con los párpados entrecerrados, preguntándose cómo le irá ahí fuera, en el frío y oscuro mundo, si fracasará o triunfará.
Si se arrodillará ante otro e intentará volver así a la cima.
—Hace mucho tiempo —dice Arkyn tirando más sangre seca sobre la nieve—, el hombre que me engendró me arrojó a las llanuras y me dijo que corriera. Él también me veía como una mera herramienta que debía afilar para sus propósitos.
Sereme coge aire para hablar, pero se ve silenciada por un ademán de Arkyn.
—Veo que solo te importa lo que puedo ofrecerte —afirma con frialdad, y las palabras quedan suspendidas entre ellos como lunas… sacudiéndose, amenazando con caer.
Con causar destrucción .
—Dado que ya no tienes nada que yo desee a cambio, es hora de que corras.
Sereme da un paso atrás vacilante, dejando una huella con su bota morada sobre la nieve inmaculada que tiene a su espalda.
—Arkyn, mi amor…
Cliár emerge de su guarida en la montaña como una explosión de llamas soltando chillidos mientras surca el cielo. Su cuerpo extendido eclipsa la luna como una mancha ardiente, dejando una estela rojiza de polvo de estrellas.
Sereme se tambalea al ver a la antigua bestia y se lleva la mano al pecho mientras sus vaharadas de pánico le nublan el rostro.
El ave Elding vira a un lado y se inclina, despertando al mundo de la duermevela con su pesado aleteo.
Recoge las alas y se precipita hacia la falda de la montaña.
Arkyn advierte la mirada atónita de Sereme mientras se le dibuja una sonrisa burlona.
—Te dije que corrieras.