Capítulo 81. Raeve #2
—Entonces, Elluin parte hacia Arithia, destinada a perecer en su lecho al poco de parir a Kyzari, pronunciando palabras sobre su amor inmortal por ti.
—Arkyn levanta la vista de la página y mira directamente a Kaan, que sigue librando una sangrienta batalla contra sus cadenas, tan apretadas que le han creado unos profundos surcos en la carne, haciendo que sus venas parezcan a punto de estallar—.
No te preocupes, hermano, también intentó huir de mí.
—Chasquea la lengua—. Yo aquí veo un patrón.
Aunque las palabras son contundentes, no me afectan.
Inocuas ante las placas de armadura que se cierran sobre mi corazón, convirtiendo mi propio dolor en algo pequeño y silencioso en comparación con la agonía de Kaan y el saber que nuestra hija está sufriendo en mi celda, quizá pasando por sus últimos momentos sin que estemos allí para abrazarla con fuerza.
Para consolarla .
—Última anotación, y esta es buena. —Arkyn levanta el libro, lo agita y baja la mirada para leer—.
«Uno de sus leales edecanes me ha contado que en esta salida auroral ha llegado una sanguiria a lomos de un dragón.
Si ha venido a poner a prueba la sangre de mi bebé cuando haya nacido, la línea paternal no apuntará en dirección a Tyroth. Apuntará hacia el norte…, hacia Kaan».
Otro rugido ahogado.
Otro chirrido de la silla de Kaan arrastrándose por el suelo.
—Interesante —musita Arkyn—. Me hace pensar que Tyroth no estaba tan ciego como creíais.
Callaos, que llega la última parte. Muy buena también.
—Otro carraspeo melodramático antes de continuar—: «Quiero hacerme un ovillo con Slátra, estar con ella cuando dé a luz, pero me cuesta moverme.
No hago más que languidecer en esta cama, donde murieron mi mah y mi pah, donde he fingido concebir un heredero que ya estaba creciendo en mi interior… ».
Los ruidos de Kaan se vuelven tan atronadores que casi ahogan la voz de Arkyn.
Arkyn suspira y ladea la cabeza mirando a Kaan con los ojos encendidos como mil llamas.
—¿Por qué tienes que estropearlo todo ?
La pregunta va seguida de un montón de palabras voraces que arrancan una llamarada de la selva de candelabros y se adhieren a la mano de Arkyn. Entonces, zas, zas, azota a Kaan en los brazos, el pecho y los hombros cada vez con más ferocidad, lacerándolo con una furia salvaje.
La hermosa piel de Kaan se va desgarrando con cada latigazo, llenando la gruta con un hedor a carne quemada, y sus rugidos se transforman en un grito desgarrador.
Hay algo en sus ojos y en su expresión que me hace imaginarlo mucho más joven, un niño destrozado por las llamas de un pah que no tenía amor para dar, solo dolor.
El gemido que suelto es más bestial que feérico, un poderoso alarido que brota de lo más profundo de mi dolorido pecho, acompañado de destellos de algo que semeja las llamas de una antigua bestia helada.
Arkyn se queda quieto, con la respiración agitada, mirándome desde el interior de su capucha, con las pupilas tan dilatadas que apenas se ve el rojo de sus ojos.
—Nunca has hecho esos ruidos por mí.
—Vas a parar —gruño con un tono áspero desconocido para mis oídos.
Él suelta un bufido y echa el brazo atrás…
— VAS A PARAR .
La montaña tiembla a nuestro alrededor. Incluso el látigo de fuego que tiene Arkyn en la mano parece retorcerse cuando él se queda quieto, mirándome con una intensidad abrasadora.
—Vas a dejar de hacerle daño y yo te daré lo que quieras.
Kaan solloza de un modo más agonizante que cuando el látigo azotaba su carne.
No dejo que me afecte.
Él siempre me antepondrá a todo lo demás. Aunque respeto eso con todo mi corazón, ha llegado el momento de que yo sea fuerte por él.
Arkyn traga saliva y se le hace la boca agua por el profundo interés que siente.
—Sabes que solo hay una cosa que deseo, Alondra de Fuego.
Que luche por él.
Que arda por él.
—Lo sé.
—¿Vas a entregarte a mí voluntariamente? ¿A darme un espectáculo que rivalice con cualquier otro?
De nuevo, la silla de Kaan chirría contra el suelo y no para de llegarme mi nombre ahogado. Por el rabillo del ojo, veo que intenta llamar mi atención, que lo mire.
No lo hago.
Solo hay una manera de ganar tiempo para hacer lo que hay que hacer sin que Arkyn acabe con el hombre al que amo, saciando su sed de sangre con él hasta que no quede nada, y es mantenerlo entretenido. Que tenga algo que hacer con las manos y la mente ocupada con su otra obsesión.
Yo.
Suavizo el gesto. Me recompongo antes de atreverme a hablar de nuevo.
—Sí, Arkyn, soy tuya. —Las palabras me saben a hiel, pero tienen el efecto deseado: Arkyn abre los ojos con un regocijo lascivo—. Toma lo que necesites y luego danzaré en las arenas para ti. Les daré un espectáculo nunca visto.
Kaan ruge.
Con la cabeza ladeada, Arkyn inhala profundamente por su nariz aguileña medio derretida, que sobresale de su capucha, y se lleva la barbilla al pecho. Cuando vuelve a mirarme, todo el rojo ha desaparecido de sus ojos.
—¡Despejad la mesa!
Calmo los latidos de mi corazón mientras unas personas con túnica y máscara salen a toda velocidad de la oscuridad que nos envuelve y comienzan a limpiar la gigantesca mesa de los restos de Arkyn y lo que queda del banquete sin tocar.
Me sacan de la silla con todas las precauciones que se requieren con alguien que acaba de destrozar a medio contingente de carceleros, atada a un montón de cadenas, me colocan sobre la mesa, me inclinan hacia atrás y me dejan ahí tumbada.
Los ojos de Kaan me abrasan y sus ruidos ahogados me duelen mucho más de lo que jamás le confesaré.
Se me ocurre que quizá piense que está a punto de ver cómo su hermano me hace suya.
Pero, hasta este dae, Arkyn no se ha tomado ninguna libertad sexual conmigo, aunque se haya tomado casi todas las demás.
No, para el Rey Carroñero, el sexo no es intimidad.
No es eso lo que él ansía.
Cuando los guardias terminan de inmovilizarme en la mesa, vuelven a las sombras mientras Arkyn abre la tapa de su vial de cobre, liberando una bola de fuego que recoge en su mano engarfiada al tiempo que escupe unas pocas palabras abrasadoras.
Otro clic y se guarda el objeto en el bolsillo, meciendo la voraz llama, que se agita en su mano como si fuese de piedra fundida, iluminando su rostro, que de otro modo permanecería oculto por su capucha.
Encendiendo la sonrisa salvaje que tensa su mejilla quemada.
Gira la cabeza y respira larga y profundamente, con más fuego avivándose en sus ojos. Una abrasadora promesa de lo que está por venir.
Endurezco mi corazón y, por fin, giro la cabeza hacia Kaan y me encuentro con su volcánica mirada. Intento no sucumbir a ella.
—Cierra los ojos —digo con el corazón encogido. Luego, más alto, con más insistencia, desesperada por hacerme oír a pesar de su rugido—: Kaan, por favor.
Se queda quieto y emite un sonido muy parecido al de un dragón moribundo, pero cierra los ojos mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas, algo que me parte el corazón.
Miro hacia las sombras de arriba, donde sé que acecha la bestia de Arkyn, preparándose para disfrutar del espectáculo. La oscuridad en la que solía esconderme.
Esta vez no.
Esta vez, cierro los ojos y me sumerjo en mi interior .
Hago un boquete gigante en la capa de hielo de mi lago, lo bastante como para tragarse el montón de miedo que me niego a asumir, pero no antes de que la primera llama recorra mi brazo, quemándome la piel de una forma que se supone que me prepara para las ardientes arenas a las que voy a regresar.
Batalla mediante.
Me pongo rígida, vagamente consciente del rugido ahogado de Kaan mientras me sacudo y me retuerzo tras el reguero de carne quemada, cuyo hedor se vuelve más intenso.
Más repugnante.
Mientras tanto, sigo sumergiendo, sumergiendo, sumergiendo mi miedo…
«Fuera».
Lo sigo a cierta distancia. Nado en silencio hacia mis oscuras profundidades, pasando junto a un ente plateado que no me atrevo a mirar, y rescato un recuerdo helado en el que esconderme. El recuerdo de un pequeño iglú que construí para Fallon y para mí poco después de escapar de este lugar.
Solo que Fallon no está allí.
Solo estoy yo, sola, con las heridas de mi huida.
Solo estoy yo, acurrucada de lado, tratando de envolverme con los brazos para dormir, tarareando mi canción tranquilizadora una y otra vez.
Y, aunque imagino que hablo con alguien a quien prometí salvar, liberar, en realidad hablo conmigo misma, prometiéndome que viviré.
Porque eso es lo que Fallon hubiera querido, lo que me habría pedido en este momento, aquí, en este iglú que construí lo bastante grande para las dos…
, de haber estado aquí. Si no me hubiera visto obligada a dejarla muerta bajo un mural de lunas pintadas con los dedos envuelta en la capa del guardia al que tuve que matar para conseguir la llave con que escapé.
Eso es lo que ella hubiera querido de no haber muerto sola en aquella celda mientras yo me destrozaba a golpes en una arena de combate por los intereses de Arkyn.
Sin embargo, ya no puedo seguir escondiéndome de mi pasado, reprimiendo el dolor y fingiendo que las cosas fueron de otra manera, que dejé atrás una celda vacía y que Fallon pudo ver una de las lunas que tanto quería por última vez antes de morir.
No lo hizo.
Suelto el recuerdo de la piedra a la que lo até, estaba tan apretado que habría permanecido hundido para siempre si no me hubiera zambullido para afrontarlo. Lo libero, dejando que sustituya al más amable que inventé. Siento que el dolor se me clava hondo.
La pérdida.
Luego, nado hasta el lugar donde vi por última vez la piedra que parecía un trozo de carbón, consciente de lo que es, lo que contiene si le doy sustancia para alimentarse.
Es algo de lo que creo que mi Otra me estaba protegiendo, esperando hasta que estuviese lista para enfrentarme al Creador que ha pasado tanto tiempo haciéndome daño a instancias de Arkyn.
Algo que bien podría haberme ahorrado toda mi vida.
De no ser porque Kaan está quemado y magullado, encadenado a una silla, presa de la sed de sangre de su hermano.
De no ser porque nuestra hija yace medio muerta en la misma celda que se llevó a mi Fallon.
Ellos son míos, como yo soy suya, y volverán a ver el cielo. O juro por los Creadores que destruiré el mundo con mis propias manos.