Capítulo 80. Raeve #2
En cuanto la punta de mi trenza roza la llamita, el fuego empieza a devorar , creciendo en fuerza y tamaño mientras desprende humo. Se me cierra tanto la garganta que es como si me estuviese estrangulando, arrebatándome la vida.
Arkyn lanza hacia arriba la trenza aún en llamas, que traza un arco en el aire y cae sobre la mesa, desintegrándose.
—Nunca te dejaré marchar. —Coge mi tenedor y, a toda velocidad, lo clava en un montón de carne sanguinolenta que hay en la mesa delante de Kaan.
Doy un respingo, imaginando ese mismo tenedor clavándose en su pecho.
—¡Eres MÍA ! —grita Arkyn, y sus palabras resuenan por el cavernoso espacio, desgarrándome como una manada de bestias hambrientas de carne.
Me quedo inmóvil, sin atreverme a moverme, ni a parpadear, ni siquiera a respirar. Solo cuando Arkyn dirige su atención al tenedor, levanta el trozo de carne y lo coloca en mi plato, lleno los pulmones, ahogándome con el olor de mi pelo quemado.
Arkyn continúa llenándome el plato, con gran meticulosidad en las cantidades, murmurando lo rico que huele todo y lo mucho que echaba de menos comer conmigo.
De mi uhloo no quedan más que cenizas humeantes cuando me atrevo a mirar a Kaan, abatida por la ferocidad primitiva de sus ojos, que gritan todas las palabras que no puede decir porque tiene la boca tapada.
Meneo discretamente la cabeza, rogándole en silencio que no caiga, que no entre en el enfermizo y sádico juego de Arkyn.
Kaan todavía no es consciente de que estamos pendiendo de un hilo sobre una cuchilla muy afilada, de que su supuesto hermano está trastornado y es impredecible y está demasiado dispuesto a aplastarme el corazón con la esperanza de darle la forma que ansía.
Y, lo que es peor, de que conoce mi debilidad: cualquiera que haya logrado atravesar la coraza ígnea del maltrecho órgano en el interior de mi pecho.
Todo el mundo a quien quiero .
Para Arkyn, esto es mucho más que un banquete. Es una tortura cuidadosamente preparada que nos obligará a soportar hasta que se acabe su maldita comida. Lo único que podemos hacer es minimizar las consecuencias.
Al oír pasos detrás de nosotros, Kaan aparta los ojos de mí, abriéndolos mucho. Suelta un suspiro de alivio y vuelve a forcejear con las cadenas, que lo aprietan como un puño de hierro.
Se me cae el alma a los pies.
—Perdonadme, majestad —dice una voz grave—. El chico ya ha terminado con el salón del trono. ¿Dónde queréis que grabe runas ahora?
«Chico…».
«Runas…».
Arkyn me abrasa el costado de la cara, observándome con gran interés. A pesar de los latidos desbocados de mi corazón, resisto el impulso de mirar, de volverme y comprobar quién habla y quién se encuentra tal vez a su lado.
De mostrar cualquier señal de que me preocupa Ahvi.
Probablemente sea demasiado tarde para ocultar mi amor por Kaan, pero puedo salvar a Ahvi. Fingir que no me muero de ganas de echar un vistazo por encima del respaldo y escudriñarlo de pies a cabeza, de decirle que todo va a salir bien.
Que yo lo arreglaré.
El tiempo se vuelve etéreo mientras cuento las runas de las pesadas cadenas de Kaan. Las observo centellear con cada sacudida. Su piel, bañada en sudor, se tensa cada vez que una de ellas se ilumina y se le hinchan las venas, furiosas.
Como si las runas le estuvieran haciendo daño.
—¿Majestad?
—Que empiece en las arenas de combate —anuncia Arkyn—. Si no están protegidas antes de la salida auroral, habrá consecuencias.
Me sube la bilis por la garganta, tan caliente y amarga que me cuesta tragar mientras mantengo mi rostro inexpresivo.
Indiferente.
Una máscara tensa y sofocante que Arkyn perfora con su mirada asesina, prolongando el silencio hasta mucho después de que los pasos se hayan desvanecido.
Tanto que empieza a picar.
—Pensabas que estaba muerto.
La cruda observación de Arkyn parece quitarme un nudo de la garganta y dejar brotar todas mis lágrimas contenidas.
Utiliza la yema del pulgar, en carne viva, para aplastar una de ellas contra mi mejilla, la mira con el ceño fruncido y suelta un suspiro frotándola entre sus huesudos dedos.
—¿Me consideras un monstruo, Raeve?
«Sí».
Niego con la cabeza; despacio, para no sobresaltarlo.
«Una mentira descarada».
Aspira entre dientes, como si entendiese mi gesto por lo que es.
Un intento de apaciguarlo.
La tensión aumenta como una presa a punto de desbordarse. Se me acelera el corazón y parece estallar cuando lo veo moverse de nuevo: coge otro pedazo de carne y lo deja en mi plato.
Casi vomito de alivio.
—Bueno —murmura—, tienes que saber que nunca fue mi intención que el niño muriera. La miskunn predijo ciertos resultados basándose en la información que te proporcionamos y en las acciones de tu vínculo. Solo era un jueguecito, Alondra de Fuego, otra canción para que bailaras.
Aprieto los labios. Sus palabras me atraviesan las costillas, destrozando todo lo que hay en mi cavidad torácica.
Tira otro pedazo de carne en mi plato, con tanto ímpetu que la sangre me salpica cuello y mejilla.
—Aunque he de decir que odio verme obligado a recurrir a tales medidas tan solo para LLAMAR TU ATENCIÓN .
Escupe sus palabras con tal fuerza que me echo hacia atrás, una reacción instintiva que hace que me arda la cara. Como consecuencia, rehúyo la insistente mirada de Kaan mientras él sigue forcejeando y rechinando los dientes, pero sus palabras quedan ahogadas, sin llegar a tomar forma.
Haría cualquier cosa para que desviase la mirada. Odio que vea este lado mío, domada como una colk entrenada que responde a un tirón de las riendas…, prestándole a Arkyn toda mi atención.
Un intento desesperado por mitigar su ira, que va en aumento.
—Lo siento, Arkyn. —Otro grito ahogado me golpea desde el otro lado de la mesa—. No quería molestaros. Es que es mucho que asimilar.
Arkyn muestra una sonrisa brillante y sus siguientes palabras son amables.
—Qué buenos modales has aprendido. Acepto tus disculpas.
Una cucharada de verduras húmedas cae sobre mi plato al tiempo que pierdo toda la dignidad.
—Siempre has sido muy fuerte, Raeve. —Se lame el jugo de carne de todos los dedos ruidosamente—.
Desde que te encontré vagando hacia el sur con aquella fractura en el cráneo.
Tus ojos eran tan oscuros y decididos —dice señalándome con el dedo— que habrías llegado a dondequiera que te propusieras, aunque solo fuese para morir en la puerta.
—Se encoge de hombros y toma un pellizco de algo escamoso que esparce sobre mi comida—. Si no te hubiera salvado…
«Dudo que mi Otra lo viera así en aquel momento, pero bueno».
Coge una jarra y vierte una salsa humeante sobre mi comida.
—Me dijeron que el golpe había borrado tus recuerdos y que era irreparable, pero, sabiendo lo que sé ahora…, bueno, creo que siguen ahí, en alguna parte.
Deja la jarra sobre la mesa con un golpe delante de Kaan, salpicándolo con la salsa.
Debe de quemar, pero no se inmuta y mantiene la mirada fija en Arkyn, que me coge un mechón de pelo y se lo enrolla en el dedo de una forma que me pone los pelos de punta.
Hace que su mascota gorjee desde la oscuridad que se ve sobre nosotros, como si quisiera saltar y sacarme los putos sesos.
—Esa valiente, preciosa rabia no sale de la nada…
Me pongo rígida, embargada por la inquietud.
«Sabe algo. No le da vueltas a un tema a no ser que sea lo bastante mordaz como para herirte».
—No es que me queje —se apresura a decir echándose hacia atrás para sacar una daga con escamas de dragón que conozco bien de entre los pliegues de su capa, de un rojo tan oscuro que casi parece negra.
«La de Rygun».
«Una de las que llevaba enfundadas en mi cuerpo».
Se encorva sobre la mesa y corta un trozo de pan con ella.
—Tus numerosas victorias han llenado mis arcas y nos garantizan seguridad cuando tengan lugar las caídas.
Y, de no ser por tus esfuerzos en La Bruma, acabando con ciertas amenazas que de otro modo nos habrían impedido progresar…
, bueno —dice, y sus siguientes palabras se me clavan en lo más profundo del alma—, no habría un ejército de hombres con abalorios preparados para derrotar las fuerzas de mi hermano en cuanto ataque Dhomm.
Kaan emite un sonido grave mientras mis pensamientos se arremolinan en mi cabeza como una tormenta de cuchillas, abriendo paso a un recuerdo: algo que dijo Arkyn sobre la corona de bronce.
La corona de Kaan.
«Pronto, me pondré mi corona de bronce y tú ya no tendrás que sufrir más. Estaré sentado en mi legítimo trono, contigo a mi lado, disfrutando del fruto de tus batallas».
El miedo me patea el estómago con tanta fuerza que me quedo sin aliento mientras veo a Arkyn cortar trozos de pan como si fuera piel.
La corona ha sido el objetivo de Arkyn todo este tiempo. Desde que caí en sus garras, me ha estado utilizando, acaparando recursos, todo con el objetivo de usurpar al rey de buen corazón que devolvió la vida a La Llama tras el despiadado gobierno de su pah.
Y ahora Kaan está aquí, encadenado. Con su vida en peligro.
«Y todo es culpa mía».
Me muero de vergüenza al caer en la cuenta y no soy capaz de mirar a los ardientes ojos de Kaan mientras Arkyn corta otra rebanada de pan y la deja caer junto a mi plato.
—Como el gran profeta Geisé Líarth-atan dejó escrito en un pergamino que saqué de su tumba sellada: «Antes de que podamos cosechar nuestras recompensas, el mundo ha de arder».
—Tira la daga de escamas de dragón sobre la mesa, coge el vial y, tras abrir la tapa, susurra una palabra abrasadora—. Vaghth.
Me quedo inmóvil.
Mi Otra se remueve y asciende hasta quedar bajo la superficie de mi piel en cuanto emerge la llama del vial y se posa en la mano engarfiada de Arkyn.