Capítulo 80. Raeve
Raeve
M e despierto con un rugido congelado al fondo de la lengua y, luchando por controlarlo, miro alrededor.
Contemplo la robusta mesa de piedra que tengo delante —es larga y se extiende hacia la izquierda—, sobre la que hay jarras oxidadas, platos ornamentados rebosantes de comida y docenas de candelabros torcidos, rotos o deslustrados, todos ellos con cirios con llamas ondulantes.
En conjunto, proyectan sobre la mesa un amenazante resplandor naranja, que se rebela contra la fría y opresiva oscuridad de la gruta de banquetes que me es tan familiar.
Haciendo caso omiso del rabioso miedo que siento, me esfuerzo por despejarme, observando con los ojos entornados el bosque de llamas que tan bien conocen el sabor de mi piel.
Me concentro en la presencia que percibo al otro lado de la mesa y veo unos ojos volcánicos bajo una frente arrugada perlada de sudor…
La vela que tengo delante titila con el aliento frío que suelto al gimotear.
«Kaan».
«Por todos los Creadores, no…».
Escudriño las cadenas que lo envuelven y la silla de piedra a la que está atado.
Son unas cadenas más gruesas que sus bíceps —como las que se usan para sujetar a los dragones mientras se desangran en el suelo—, grabadas con runas brillantes que parecen parpadear con cada contracción de sus músculos.
Lo miro con desesperación y clavo los ojos en las perforaciones de sus brazos; parece que, tras haber hurgado en ellas, las hayan cosido sin mucho cuidado.
Después, los paso al profundo corte que tiene en la cabeza, a la sangre seca que cubre su rostro, todo magullado, y a la mordaza que lleva, una banda negra que le cruza el rostro.
Cuando alzo la vista, el corazón se me hace jirones al ver la dulzura de sus ojos, el miedo desesperado que siente por mí.
Gruño, forcejeando contra los grilletes que tengo en las muñecas, sujetos al respaldo de la silla de piedra en que estoy, tan fríos y apretados que me levantan la piel. Intento dar patadas, pero también tengo los pies encadenados al suelo.
«Joder».
Me dispongo a decirle a Kaan que encontraremos una salida, que ya me he liberado antes, así que es posible , cuando siento un escalofrío por la espalda y se me eriza el vello de la nuca.
Todo mi ser se repliega, volviéndose una maraña de músculos tensos. La mirada de Kaan ya no es tierna y vulnerable, sino que sus ojos desprenden una ira abrasadora, dirigida al hombre que noto a mi espalda.
«El Rey Carroñero».
«El protagonista de mis pesadillas».
Su amenazadora presencia me pone los nervios de punta, como Clode al sentir la gravedad de una llama voraz. Conozco demasiado bien sus sádicas ansias por hacer encogerse a su presa.
Quiero gritar, decirle a Kaan que se muestre tranquilo y sereno para no darle nada que cazar. Pero no consigo llamar su atención, ni siquiera puedo moverme, tan tensa como estoy en la atmósfera cargada de hostilidad de este hombre que conoce cada grieta en la costura de mi alma.
El mismo que soltó los hilos para que así fuera.
Arkyn se acerca a mí desde atrás y posa un plato viejo sobre la mesa, dejándome ver su mano huesuda. Mordisqueada.
«Capaz de cosas horribles».
Se me acelera el corazón al verla; gira el plato hasta que queda justo donde lo quiere.
—Ah, aquí estás. —Su voz me crispa tanto que me cuesta no estremecerme y la bilis me sube a la garganta cuando me acaricia la mandíbula con el dorso de la mano, lo que hace que se intensifiquen los gemidos ahogados de Kaan—. Qué detalle que te hayas despertado para mí.
El flap, flap de unas alas golpea el aire y, acto seguido, lo atraviesa un chillido agudo.
Trago saliva, consciente de que ella está ahí arriba. Una bestia que nunca he visto, pero cuya mirada vigilante he sentido tantas veces, cuya intrigante posesividad me araña ahora la cara como una garra.
—Tranquila, Cliár.
La orden de Arkyn resuena en la gruta mientras lo veo de reojo avanzar hacia la cabecera de la mesa. Se da la vuelta con un movimiento de su andrajosa capa, que golpea contra el asiento con intrincados grabados que, según he oído, sacó de la tumba de algún pobre desgraciado.
—Mis disculpas, majestad . —Le hace un gesto con la mano a Kaan y, luego, rebusca en su bolsillo y saca algo que hace girar entre los dedos: un vial de bronce—. Te ofrecería un plato de comida, pero ya tienes la boca llena.
Kaan abre los ojos como platos al ver el objeto y se queda lívido, pero al momento empieza a gesticular y soltar palabras entrecortadas que no consigo entender. Mientras tanto, el corazón me late con fuerza, como si Bulder estuviera dándome puñetazos en el pecho.
«Deja de luchar, Kaan. Por favor».
«¡Eso es justo lo que él quiere!».
—Sí, lo sé. Dije que compartiríamos la comida.
—Percibo la sonrisa en el rostro de Arkyn mientras cierra los dedos sobre el vial y apoya la barbilla en el puño.
Levanta la otra mano como si fuera una garra y, con la uña del pulgar, se araña la piel de las yemas, que tiene en carne viva—.
Pero, desde que me he dado cuenta de lo mucho que te pareces a pah, he decidido que no me interesa oír nada de lo que tengas que decir.
Tendrás que quedarte ahí sentado escuchando. ¿Crees que podrás hacerlo…, hermano ?
Se me corta la respiración.
Kaan frunce el ceño al tiempo que escudriña la oscuridad que hay bajo la capucha de Arkyn, como si el comentario lo hubiese sorprendido tanto como a mí.
Yo creía que Kaan solo tiene dos hermanos: Cadok y Tyroth.
Dos hermanos.
Una hermana.
Un pah que no servía para nada.
Desplazo la vista entre ambos, advirtiendo tanto la confusión de Kaan como la indiferencia de Arkyn.
¿Es Arkyn hermanastro suyo?
De ser así, ¿por qué Kaan se entera de esto ahora…, encadenado a una silla en una gruta que conoce el hedor a chamuscado de la tortura?
Me concentro en Arkyn, en busca de alguna pista, cuando me vienen a la mente unas palabras que me dijo Kaan como un eco premonitorio y me embarga una opresión…
«La venganza es la deidad más solitaria de todas, Rayo de Luna».
Por todos los Creadores, ¿de eso se trata? ¿Qué mueve al Rey Carroñero? ¿Un deseo salvaje de venganza?
—Esta, sin embargo… —Arkyn gira la cabeza en mi dirección y me encuentro con sus ojos rojizos centelleando en la sombra de su capucha—. Vaya, nada me gusta más que oírla, pero rara vez se dirige a mí; solo cuando quiere algo. ¿No es cierto, Alondra de Fuego?
Ese nombre se burla de mi carne prometiendo dolor.
Por el rabillo del ojo, veo que a Kaan se le salen los ojos de las órbitas y se pone rígido, como si la habitación se hubiera llenado de mortero.
Arkyn chasquea la lengua y deja el vial de cobre sobre la mesa con un golpe, junto a mi plato, con tanta fuerza que me estremezco. Tengo que reprimir un escalofrío al verlo apartar la mano del objeto, presumiendo de él. Una amenaza silenciosa que brilla a la luz del fuego.
Como si me hiciese falta un recordatorio de lo que es capaz de hacer.
Da unos golpecitos con el dedo sobre el vial…, y otra vez…, y otra. Luego, coge la cuchara de servir, la mete en un montón de verduras al vapor y me echa un poco en el plato, aliviando el torbellino de expectación que tengo en el alma.
Exhalo por la nariz poco a poco, aprovechando el pequeño respiro para escudriñar la mesa. Busco algo, lo que sea , que pueda ayudarnos a salir de aquí, a sacar a Kaan de esta retorcida situación de mierda.
Me sobresalto al ver el pergamino marrón pálido que cogí del escritorio de Sereme escondido entre unos candelabros torcidos. Aún conserva las marcas de los pliegues de cuando Kaan le dio forma cuadrada.
«Arkyn debe de habérselo sacado del bolsillo».
—Buen ojo —murmura, y se inclina para cogerlo, dejando al descubierto el uhloo que le regalé a Kaan enrollado tras él.
Cortado.
Se me hiela la sangre, haciendo que mi pulso vaya cada vez más despacio hasta detenerse, lo suficiente como para que se me nuble la vista.
«Arkyn lo ha cortado… porque sabe que es mío, que viene de mí».
«Y es muy posible que sepa lo que significa».
«Lo que quiere decir que…».
Reprimo un gemido al ver a Arkyn darle forma de nuevo a la alondra. Esta se retuerce en su mano, revoloteando frenéticamente, lo que me provoca un escalofrío.
Dobla el pliegue de retorno y la suelta.
La alondra traza un círculo cerrado y, cuando se orienta, se lanza directa hacia Arkyn, posándose en su palma abierta e inclinándose a un lado.
La miro confundida.
Esa alondra era para Sereme de parte del Elding.
Dirijo la mirada a Arkyn, cuya sonrisa brilla en la oscuridad que le proporciona su capucha, como una burla.
Una burla
dolorosamente
punzante.
Se me cae el alma a los pies.
«Arkyn es el Elding…».
Me cuesta digerir la idea, aunque las piezas empiezan a encajar en su sitio tan rápido que no me da tiempo a inspeccionarlas debidamente:
«El vínculo de sangre…».
«El afecto de Sereme por el Elding y su odio en el mismo grado por mí».
«El trato especial que nunca pedí».
El entendimiento se abre paso en mí como una daga. Se me va la sangre del rostro y estoy tan mareada que la habitación parece tambalearse, amenazando con volcar mi silla sobre el suelo cubierto de ceniza.
Si Arkyn es el Elding, eso significa que…
«Esto es La Floresta».
Aquí es donde he estado dirigiendo a la gente con la promesa de una vida mejor, lejos de la corrupción y el dolor. El mismo lugar que me ha doblegado cual ramita más veces de las que puedo contar.
«Este
puto
lugar».
Respiro rápida y trabajosamente por las fosas nasales mientras observo a Arkyn guardarse la alondra en el bolsillo. Luego, coge el uhloo y lo alza como si fuera una sierpe muerta.
—¿De verdad pensabas que podrías alejarte de mí? —pregunta con tono burlón, lo que me hace sentir aún más estúpida, ingenua y…
«Tan, pero tan ciega…».
—Deberías haberlo sabido, Alondra de Fuego. En serio. —Se percibe su gran sonrisa al hablar mientras balancea el uhloo sobre una vela encendida, bajándolo lentamente.