La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 79. Raeve #2
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Capítulo 79. Raeve #2

«Ojos centelleantes como brasas: vacíos. El vacío que se apodera de la gente después de haber estado aquí demasiado tiempo».

—¿Veya?

Parpadea dejando que le resbalen las lágrimas, que arrastran la suciedad de sus mejillas, mientras asiente.

Se me forma un nudo en el estómago.

—¿Qué haces tú aquí?

—Yo… —dice entrecortadamente, como si este lugar ya le hubiera llenado la boca de piedras. Le resbalan más lágrimas por las mejillas mientras yo maldigo entre dientes.

Veya abre mucho los ojos al oír unos pasos resonando en el pasillo. Muchos.

Pesados.

El pánico me atenaza la garganta, apretándomela.

—Lo…, lo siento —dice Veya con voz ronca y de repente me siento intranquila al oír la desesperación de su voz.

—¿Por qué? —Arrugo el entrecejo—. ¿Qué ha pasado? ¿Tiene a Kaan?

Se le desencaja la cara al oír mencionar a su hermano.

«Por favor, no…».

«Por favor…».

—Ojalá lo supiera. Pero… —Echa una mirada al túnel y veo los restos de una runa grabada en su sien, atravesada—.

Lo sabe todo, Raeve. Él… —Dirige la vista a Kyzari y le brotan más lágrimas mientras solloza, llevándose las manos a la mandíbula y la boca, como si intentara arrancarse las palabras para entregármelas.

—¿Esto lo ha hecho él? —Señalo a la princesa con la barbilla—. ¿Arkyn le ha pegado?

Veya asiente, abrazándose las rodillas. Baja la cabeza y comienza a mecerse de nuevo, encogida hasta tal punto que podría confundirse con una niña torturada. Ya no queda nada de la ferocidad que mostraba en Dhomm, nada de su arrogancia.

Una flor despojada de todo salvo del tallo.

Paso los ojos de ella a Kyzari y de nuevo a ella, y hiervo por dentro. Un frío feroz que arde y va extendiéndose por las venas de mis brazos hasta llegar a las puntas de mis dedos. Vivo.

Esperando.

Siguen oyéndose pasos, cada vez más fuerte, por lo que sé que están a solo unas pocas vueltas. Miro hacia abajo, con un extraño deseo de abrazar a Kyzari, de solidificarme a su alrededor como un dragón moribundo y protegerla con todo mi ser.

Sabiendo lo que sé, hago lo contrario, porque en este lugar de avaricia y dolor Arkyn se alimenta de todo menos de huesos y almas llenas de ampollas. Toma seres felices y les calcina la maldita vida de los ojos, convirtiéndolos en alguien tan destrozado y solitario como él.

Y a quienes muestro afecto…

«Acaban muertos, por mucho que me esfuerce».

Llevo a Kyzari a un rincón, casi segura de que se derrumbará en cuanto la suelte, igual que una luna resquebrajada que no es capaz de mantener su forma.

Como nunca se me ha dado muy bien conservar las cosas unidas, me quito el málmr de Kaan del cuello y se lo pongo a ella por la cabeza, dejando el grabado en la palma de su húmeda mano.

—El málmr de tu tío, para que estés a salvo y seas fuerte —murmuro cubriéndole el hombro afilado con la manta raída que hay—. Cuídalo por mí.

Se le mueven los dedos mientras se intensifica el estruendo de pasos.

Me desabrocho la capa y se la pongo encima, y luego me alejo. Me tomo un momento para comprobar si llevo mis dagas en los bolsillos ocultos mientras me dirijo al frente de la celda, pero los encuentro todos vacíos.

No es que sea inesperado, pero aun así me resulta decepcionante.

Hago crujir mi cuello doblándolo a un lado y a otro, preparándome para cualquier ataque que se avecine. Me concentro en reprimir mi miedo, ralentizar mi respiración y calmar los latidos de mi corazón. El pálpito que está entrenado para anticipar el dolor, pero solo cuando él llega.

Antes, este era un lugar muy concurrido.

Lo más probable es que solo sean unos cuantos guardias que vienen a meter a otra pobre alma en una de estas celdas.

Alguien que, con el tiempo, tendrá la oportunidad de darse de golpes hasta morir abrasado en las arenas de Khindard o acabar devorado por un razah.

O sobrevivir, pero solo para que lo curen y lo arrojen allí de nuevo una y otra vez hasta que la muerte le ofrezca un respiro.

Espero junto a los barrotes aguantando la respiración, con los puños apretados para evitar arrancarme las cutículas.

Mis pies quieren retroceder por instinto, alejarse.

Por mucho que me gustaría escabullirme por una esquina donde él no pueda alcanzarme, me obligo a mantenerme firme, haciendo todo lo posible por ocultar a Kyzari sin que se note demasiado.

Resisto la tentación de mirar por encima del hombro, de ver cómo está, de asegurarme de que la princesa sigue respirando.

Tengo muy claro que esto es lo más difícil que he hecho nunca.

Por fin irrumpen los guardias en mi campo de visión, todos con capa negra y máscara de bronce con forma de pico. Son suficientes soldados como para derribar a un dragón.

«Sin duda, vienen a por mí».

Observo al contingente, cada vez más numeroso, detenerse ante los barrotes de mi celda, aunque no veo a Arkyn, y su ausencia me quita un gran peso de los hombros.

—¿Bailamos? —pregunto con un deje burlón.

Una mentira en la que me meto de lleno.

Dos guardias se adelantan: uno lleva más grilletes y cadenas y el otro, una llave que se parece mucho a la que robé la última vez que honré este puto sitio con mi presencia.

La miro y arqueo una ceja.

—Al último guardia que me apuntó con una de esas le arranqué el corazón y se lo metí en la boca. Luego, utilicé el pico de su máscara para desollarlo como a un eahl, le saqué los intestinos, se los puse al cuello y lo colgué de esta misma barra. —Golpeo la barra con la uña—. Es una advertencia.

Una pausa tensa.

Alguien en la parte de atrás se aclara la garganta mientras el fornido guardia con la llave se acerca y la introduce en la cerradura.

—Tu pira —murmuro buscando cualquier atisbo de armas, aunque no me sorprende no encontrar ninguna.

La fuerza está en la cantidad. Lo que sea necesario para llevarme del punto A al B ilesa, al parecer.

«Me pregunto cómo se sienten estos cabrones sabiendo que los han enviado como sacrificio».

La cerradura se abre con un ruido metálico al tiempo que alguien levanta la tapa de un vial y suelta una frase incendiaria que me hiere por dentro.

Unas lenguas de fuego salen del instrumento y me envuelven con tal velocidad que apenas me da tiempo a parpadear antes de quedar abrazada por unas llamas que casi me lamen la piel. Siento esa misma fuerza retorciéndose dentro de mí en forma de pánico salvaje.

Quieta como una estatua, gruño, vagamente consciente de los gritos de Veya, de que está de pie junto a los barrotes de su celda, golpeándolos con su cazo de comida.

CLANC .

CLANC .

CLANC .

Me ponen más grilletes en muñecas y tobillos y sueltan los que me sujetan al suelo.

De todos modos, se necesita un extraordinario abalorio rojo para hacer que una cuerda de llamas se desplace en una determinada dirección sin perder su forma, o al menos es lo que he aprendido observando.

Eso quiere decir que existe la posibilidad de que esto no dure todo mi traslado.

Me contento con ese destello de esperanza, esperando. Con el cuerpo tenso, me esfuerzo por calmarme.

Calmo mi mente para crear un escudo y que este maldito calor rebote.

Hay unos momentos de tensión…

El fuego se disipa, convirtiéndose en una columna de humo.

Me suelto: doy codazos en pechos y máscaras, que caen al suelo con estrépito al tiempo que algunos dientes salen disparados junto con una lluvia de sangre.

Hundo la cara de alguien de un cabezazo.

Clavo los dientes en el cuello del portador del abalorio rojo; saboreo su sangre al arrancarle un trozo de carne que escupo a un lado.

Irrumpo por la puerta abierta y enrollo mis cadenas alrededor del cuello de alguien, cuyos jadeos de asfixia son música para mis oídos, aunque el colofón es el satisfactorio crujido de su cuello al partirse.

Me hace dar saltos de alegría a pesar de estar retenida.

Hundo otra cara, esta vez de un codazo. Un fémur se rompe bajo mi bota al tiempo que uso mi grillete a modo de martillo, abriéndole la cabeza a alguien, y luego me doy la vuelta y repito el truco con otro que se me acerca por detrás.

Clavo la vista en el hombre rechoncho que porta las llaves, tintineando cada vez que se sitúa detrás de uno de sus compañeros, a los que usa como escudo.

«Ya eres mío, pedazo de mierda».

Rompo otro cuello y le quito la máscara al portador, dejando al descubierto su mejilla salpicada de rojo, en la que clavo las uñas. Estoy a punto de arrancarle la cara cuando algo duro choca contra mi sien.

El dolor es cegador pero temporal, aliviado por una fría oscuridad que se cierra desde todos los ángulos.

Caigo redonda.