Capítulo 79. Raeve
Raeve
E l carcelero me empuja.
Con dureza.
Golpeo los barrotes con tanta fuerza que la dolorida piel de mis manos se desgarra, y se me revientan las quemaduras recién curadas.
Otro carcelero me inmoviliza contra el frío metal apretándome con los nudillos y poniéndome una daga entre los hombros, mientras espero a que abran la puerta, furiosa, mirando a Fallon, acurrucada en la esquina más alejada.
Sigue de espaldas en el mismo lugar en el que estaba cuando me sacaron a rastras de esta celda, pataleando y gritando.
La impaciencia me carcome mientras un tercer carcelero busca a tientas la llave de la cerradura. Por fin, la puerta se abre.
Me empujan al interior, vuelven a ponerme el grillete en el tobillo y me quitan los de las muñecas. La misma mierda de siempre, pero estoy que me subo por las paredes, deseando que acaben de una vez.
—Gemas de rocadragón —pido cuando la puerta se cierra de golpe, pues sé que él está ahí fuera, en el túnel.
Observando, como suele hacer.
—He peleado —insisto mirando hacia la oscuridad por entre los mechones de mi cabello, mojado y enredado, al otro lado de los barrotes, donde no llega la luz de la antorcha—. Me he ganado las gemas de rocadragón. Dámelas.
—Lo siento, Alondra de Fuego. —Arkyn sale a la luz y se quita la capucha, mostrando su rostro medio desfigurado, mirándome por encima de su nariz aguileña—. Pero parece que las gemas de rocadragón ya no son necesarias.
Por supuesto que lo son. Siempre lo son.
Fallon ha enfermado por la falta de sol. Al no tener la luz solar a la que está acostumbrada, necesita las gemas de rocadragón para seguir viva.
Arkyn se da la vuelta sacudiendo su andrajosa capa y se adentra a toda prisa por el largo túnel.
—Espera —grito agarrada a los barrotes, asomando la cara por entre ellos. El corazón me late con fuerza al verlo desaparecer en la oscuridad—. ¡Espera! ¡ ARKYN !
Agarro mi cazo y golpeo los barrotes una y otra vez.
Grito para que vuelva, para que me dé lo que me he ganado.
Me duele la garganta y hace mucho que sus pasos se han desvanecido cuando me doy la vuelta, gateo hasta Fallon y la acerco a mí, creyendo que Arkyn volverá con las gemas de rocadragón.
«Tiene que hacerlo».
No pienso volver a pelear por él hasta que lo haga. Lo amenazaré con quedarme en la arena y dejar que las bestias me devoren, lo que no hará más que cabrear a los espectadores.
Tardo demasiado en calmar los latidos de mi corazón y mi respiración, en darme cuenta de que el pecho de Fallon no se mueve.
—¿Fallon?
Silencio.
Frunzo el ceño. La agarro del hombro y la sacudo con suavidad.
—Oye, Fallon. Ya he vuelto. Despierta.
Nada.
—Fallon. —Otra suave sacudida—. Por favor, esto no tiene gracia.
No responde. No respira. No sonríe, ni canta, ni me habla de todas las cosas maravillosas que haremos cuando seamos libres. Cuando por fin tengamos la oportunidad de vivir.
Me aparto y aguanto la respiración mientras reúno el valor para girarla lenta y delicadamente hasta dejarla boca arriba…
Se me parte el corazón al ver sus ojos sin vida, abiertos y rebosantes de miedo. Sus últimos momentos han quedado plasmados en su mirada aterrorizada y en los restos secos de vómito que manchan sus labios, grises y agrietados.
Me quedo tan quieta que estoy segura de que el más mínimo golpe podría acabar conmigo, incapaz de creerme que mi bella amiga…
, mi todo…, haya muerto sola en esta fría y pútrida oscuridad.
Ha muerto con miedo, lo veo reflejado en su expresión.
Con miedo y sin que yo estuviese aquí para consolarla.
Para abrazarla y cantarle y ayudarla a distraerse.
A hacer que su mente volase a algún lugar cálido y luminoso, con los colores que tanto le gustaban…
Noto un golpe en el pecho, como si un puño de fuego acabara de atravesarme las costillas y me hubiera aporreado el corazón. Un sonido denso me sube por la garganta mientras siento que el órgano se prende. Lo siento chisporrotear y arder hasta que queda reducido a un trozo de carbón.
El pánico en la mirada perdida de Fallon, el hedor a vómito que pasé por alto, su rostro contraído y la palidez enfermiza de su piel… Me lo guardo todo tan dentro de mí que estoy segura de que nunca volveré a encontrarlo.
La envuelvo con la manta y, estrechándola contra mí, comienzo a tararear mi canción tranquilizadora.
—Todo va a salir bien. Voy a conseguir que salgamos de aquí —le susurro entre las estrofas apartándole el pelo de la cara. Entrelazo las piernas con las suyas, envolviéndola con mi calor—. Volverás a ver el cielo. Te lo prometo.
«Haré que suceda. Aunque sea lo último que haga».
Recobro la conciencia del mismo modo que imagino que lo hace una luna al golpear el suelo: con tanta fuerza y rapidez que me quiebro por dentro. Me deshago así del violento eco de la pesadilla que estaba teniendo en la duermevela. Una que me estaba resultando muy real y nítida a pesar de ser una
puta
mentira.
Fallon no murió en nuestra celda. Yo la liberé. Ella volvió a ver el cielo y, luego, murió en un iglú que construí para refugiarnos, abrazada a mi pecho mientras dormía.
No sola.
Me apresuro a recoger las esquirlas del terror, las amontono y las meto de nuevo bajo mi lago helado con movimientos rápidos y firmes.
«Fuera».
Exhalo un suspiro de alivio, aunque no me dura mucho, puesto que, al abrir los ojos, me encuentro en un entorno que me resulta demasiado familiar y soy brutalmente consciente de que llevo un grillete de hierro en el tobillo, del burdo techo decorado con lunas pintadas.
—Joder.
«He vuelto».
«No me extraña que tenga pesadillas delirantes sobre este lugar».
Mis pulmones se ponen en marcha, llenándose de este aire viciado tan rápido que se alivia el martilleo de mi cabeza. El miedo me abrasa por dentro mientras intento entender qué significa todo esto, qué he olvidado o pasado por alto esta vez.
«¿Qué ha sucedido después de que perdiese el conocimiento?».
«¿Cuánto tiempo ha sido? Por el hambre que tengo… diría que bastante».
«¿Han caído ya las lunas?».
«¿Está Kaan aquí? Ahvi…».
Se me parte el corazón al pensarlo y me invade un pánico gélido. Es una herida letal que cubro con vendas, afilando mis emociones rebeldes hasta convertirlas en una espada relativamente punzante. Y es que me niego a aceptar cualquier realidad en la que ellos estén aquí. En este lugar.
Me
niego
rotundamente.
Logro ahuyentar el pánico que me embarga lo justo como para darme cuenta de que tengo a una mujer frágil contra mi pecho. No es Fallon; su cabello es demasiado blanco y largo y su olor es diferente.
Aun así…
Hundo la nariz en sus tirabuzones enredados, cubiertos de sangre seca: huele a lluvia sobre piedras calientes mezclada con el dulzor especiado de los vurillos, esas flores que crecen en el gran atrio de…
alguna parte ; un sitio en el que debo de haber estado, ya que su aroma me resulta familiar y me causa el mismo dolor en el pecho que si me hubieran tocado una fibra sensible.
La desconocida se sacude, respirando entrecortadamente. No dista demasiado del sonido que hace la gente cuando se aproxima a la muerte.
Con el corazón en la garganta, me aparto lo suficiente para poder echarla hacia atrás y sacar mi brazo de debajo de su cabeza, que coloco sobre un montón de paja sucia.
Empiezo a quitarle el pelo enmarañado de la cara, pero me detengo al ver una delicada diadema de plata sobre su frente…
No, clavada en ella, como si formase parte de su cuerpo.
Al caer en la cuenta, abro la boca.
«La princesa de La Sombra. Kyzari, creo que se llama».
«La sobrina de Kaan».
«Aquí mismo».
«En mi puta celda».
—Por todos los Creadores…
Desvío la mirada hacia la piedra negra que va engastada en la ornamentada diadema, justo en el centro de su frente contraída.
La Piedra Éter.
Acerco la mano, pero vacilo al notar que algo se sacude dentro de mí, como si dos mundos acabasen de colisionar en mi pecho.
Noto un frío entumecimiento, esa sensación que suele preceder a que mi Otra me arrastre de vuelta, me lance a su gélido nido y tome el control, encontrando alguna forma de joderme la vida.
Solo que no lo hace.
Lo que sucede es que me viene a la mente la imagen de alguien con una larga melena clara en medio de un remolino de nieve llorando mientras intenta arrancarse esa misma diadema de la frente.
Se hace un ovillo tan pequeño que tengo miedo de que desaparezca…
El recuerdo se disipa, dejándome con un grito ahogado y un dolor en el pecho que semeja el de una herida abierta.
«¿La conozco?».
«¿Es eso lo que mi Otra intenta decirme?».
Me apresuro a apartar más cabello de la cara de Kyzari, sucia y magullada, esperando ver las facciones de la misma feérica desconocida…
«No es ella; no hay duda».
Pero recorro las curvas de su nariz fina, de sus pómulos marcados, de su mentón delicado, de sus cejas pálidas bien formadas…
Es preciosa. La feérica más guapa que he visto nunca.
Solo mirarla duele. Es como si me estuviesen aplastando el esternón con el tacón de una bota y cada vez ejerciesen más presión. Algo que no tiene ningún sentido.
Acaricio sus largas pestañas blancas con el pulgar, sin entender por qué anhelo tanto que abra los ojos y me mire, ver su sonrisa.
Oír su risa.
«¿Qué me pasa?».
Frunciendo el ceño, apoyo la mano contra su frente, que está calenturienta, y mis siguientes palabras no son más que un susurro ronco.
—¿Te conozco?
Se oye un grito ahogado, seguido de unos movimientos apresurados.
Dirijo la vista a la esquina de la celda que está junto a la nuestra y atisbo a una feérica escondida en las sombras. Está hecha un ovillo y se balancea lentamente, con su larga cabellera enredada por delante de la cara y sobre los hombros.
El corazón me da un vuelco y, luego, comienza a latir tan fuerte y rápido que es como si me hundiera las costillas.
«Una densa melena rizada…».
«Pecas manchadas de sangre…».