Capítulo 78. Pyrok
Pyrok
P aso el pesado saco por el agujero de entrada y lo suelto, respirando aliviado cuando golpea contra el suelo del interior. Aún agarrado al saliente, me seco el sudor de la frente con el dorso de mi brazo libre.
Una ráfaga de viento me azota con tanta fuerza que está a punto de tirarme de la pared.
Me sujeto a la roca fuertemente también con la otra mano mientras el corazón me late desbocado. Me pregunto si Clode ha visto la oportunidad de hacer que me cagase encima y ha pensado: «¡Venga! ¿Por qué no?».
Con la respiración entrecortada, miro hacia abajo, más allá de mi capa arrugada, al suelo que se encuentra muy lejos al fondo, a las piedras afiladas que sobresalen de la nieve, perfectas para atravesar un cuerpo si cae.
Un final espantoso del que sin duda sería consciente antes de soltar mi último aliento.
No es la primera vez que maldigo la cuestionable elección de vivienda de Raeve.
Si pretendo seguir el ritmo del apetito de Gruffin, cada vez mayor, tendré que construir un sistema de poleas, o acabaré muriendo al intentar subir un saco de alimañas aquí arriba cada dae, dos veces al dae.
Suspiro y paso una pierna por el hechizo que oculta el agujero, notando ya el calor.
Veo a Essi por el rabillo del ojo: encorvada sobre su mesa de trabajo, igual que cuando me he ido.
Igual que lleva desde que la aurora salió y se puso y, luego, volvió a salir y a ponerse.
Paso la otra pierna y me siento, tratando de recuperar el aliento mientras me desato las botas.
—Si me has oído gritar ahí fuera, no lo has oído.
Al ver que Essi no responde con una de sus bromas, que ni siquiera responde, me quito la segunda bota y atravieso la habitación, despojándome del arco, el carcaj y el zurrón con las provisiones que he conseguido. En cuanto la tengo en mi campo de visión, me detengo.
Se me dibuja una sonrisa.
La contemplo: está con los ojos cerrados, su cabello rojo sangre le enmarca el rostro. Tiene la mejilla sobre una pila de libros de cuero que estaba hojeando antes de que yo haya salido y respira suave y lentamente con la boca abierta.
«Ya era hora».
Busco en mi bolsillo, saco dos piedras redondas que he encontrado en El Foso y las dejo cerca de los libros.
Aparto los frascos destapados por si se mueve mientras duerme y le quito el palo de grabado de la mano, que tiene floja; estoy a punto de soltarlo cuando me fijo en la punta, de color rojo brillante…
Sangre.
Frunzo el ceño al ver que lleva una venda en la mano izquierda.
—Joder, Essi.
Con los dientes apretados, me inclino hacia delante y miro por su lupa. Al ver las minúsculas runas empapadas de sangre que ha grabado en la piedra, sacudo la cabeza.
«Sea lo que sea lo que está tramando, no me gusta».
—¡Brrrrr!
Doy un paso atrás y me agacho. Gruffin está acurrucado a los pies de Essi envuelto en una manta, con uno de sus ojos rojos entreabierto.
Mirándome.
Le rasco la cresta de plumas gruesas que tiene sobre los ojos.
—Debí imaginar que te traía aquí a escondidas mientras yo estaba fuera.
Ladea la cabeza, pidiendo que le rasque el cuello. Se acicala mientras yo obedezco y advierto que sus plumas son más oscuras en la base de lo que esperaba. Es todo un contraste con las puntas, iridiscentes bajo cierta luz.
A decir verdad, me recuerda a una trogg peluda: azul y con un hambre de la hostia.
Le hundo más los dedos, haciendo que se estremezca entero. Ahueca las alas y luego las extiende, mostrando su enorme envergadura: ya ocupa casi la mitad de mis brazos estirados.
Impresionante para un macho tan joven.
Mientras está distraído, aprovecho para arrancarle los restos de plumón que aún le quedan debajo del pico.
—Recuerda, si te la comes, te largas cagando leches. —Le quito un trozo de raquis calcificado—. Tu primer vuelo será a través del agujero de los vómitos.
Emite el mismo sonido estridente que Maell cuando ve algo que quiere cazar. Solo que yo le he dado de comer a este cabroncete antes de irme.
Y, a juzgar por la pila de cadáveres desollados junto a su nido improvisado, Essi también lo ha alimentado desde entonces.
Pliega las alas, arquea la cabeza hacia atrás por encima de su cuerpo y se pone a picotear los huesos, apartándolos a un lado cuando quedan limpios. Estamos a un lanzamiento de cadáver más de despertar a Essi de su primera siesta en daes.
Con un profundo suspiro, tiro del pesado saco, me siento en un taburete y me pongo a despellejar roedores, arrancándoles la carne y soltándola directamente en el buche siempre listo de Gruffin. Aparto los órganos para que los picotee más tarde.
Encontramos el ritmo que hemos perfeccionado durante los últimos daes, uno en el que yo no pierdo el tiempo y él evita amputarme los dedos por poco.
Una vez que tiene el esternón tan abultado que me preocupa que vaya a reventar, se acurruca contra el pie de Essi, esconde la cabeza bajo un ala y vuelve a dormirse.
Otro suspiro mientras me limpio la sangre de las manos y miro los apenas tres roedores que quedan en el saco, que me ha costado medio dae atrapar.
—Mierda.
«Tal vez duren más si, en vez de sacar la carne, los corto en trozos».
Me rasco la nuca y miro a Gruffin, y llego a la conclusión de que su garganta es demasiado pequeña como para meterle el brazo si se le atasca un hueso. Eso me deja una única opción.
Cazar en las llanuras algo más grande y carnoso que roedores.
—Había olvidado lo cansado que resulta esto —murmuro, deseando que los demás ya hubieran vuelto. No es la primera vez que me pregunto por qué tardan tanto y el nudo constante que tengo en el estómago ha hecho que mi apetito disminuya tan rápido como ha crecido el de Gruffin.
Echo mano de la petaca que robé, pero entonces recuerdo que no he encontrado nada con que llenarla. Porque el mundo se va a acabar, todo se ha ido a la mierda y Raeve y Kaan probablemente están tirados en alguna zanja llena de nieve.
Y yo fui el estúpido que se ofreció a quedarse, pero no preguntó en qué dirección se dirigían.
«Idiota».
Me froto la cara con ambas manos y miro a Essi. Considero la posibilidad de trasladarla al banco antes de irme para que duerma más cómoda. Claro que podría malinterpretarlo.
«Probablemente no debería hacerlo».
Vacío el saco y lo lleno con los restos, que servirán como cebo.
Lo ato y miro hacia la salida, tratando de reunir la energía para moverme.
Lo que termino haciendo es apartar el taburete en el que estoy sentado y dejarme caer al suelo, pues tengo las articulaciones doloridas y me pesan los párpados de tanto mirar fijamente la hilera de flechas listas para dar caza a los roedores que han encontrado un nuevo propósito en la vida: devorar a los muertos colgados en El Foso.
Es difícil ver a los roedores y no a los feéricos a quienes se están comiendo. Más difícil aún es desprenderme de la sensación de que debería hacer algo al respecto en lugar de sentarme de brazos cruzados y fingir que no es mi problema.
De repente, se me cierran los ojos, agotado.
Solo es una siestecita. Luego, recojo las cosas y salgo a cazar algo sustancioso.
Odio ir al sur del muro, joder. Todo quiere comerte, incluso el suelo tiene apetito por tragarse aquello que se mueve. Y pah está ahí fuera, en alguna parte, en una tumba nevada con la que nunca he dado.
Busco a tientas y cojo una almohada del banco, me la pongo debajo de la cabeza y fijo un temporizador mental.
«Cuento cien y me levanto».
Solo llego a veintidós antes de que el agotamiento me venza.