Capítulo 77. Cinta plateada
Cinta plateada
L a ancestral siegasable plateada se eleva sobre El Loff mientras sus escamas destellan como miles de estrellas. A su paso, se agita la cinta también plateada, seguida por los demás filamentos, que se enredan mientras danzan.
Todos ellos en el sitio equivocado.
Se inclina casi tanto como para besar la punta de un mirador en la cumbre de una montaña redondeada de color rojizo…, rozándole los talones al magnífico dragón que se adentra en el abrazo cobrizo de la efímera capital de La Llama. Empujándola más al sur con delicados movimientos.
La siegasable no se sobresalta ante su presencia, ni siquiera mueve la cola, pues ya le resulta innatamente familiar. Pues fue a ella a quien la cinta le dio parte de sí misma hace tantas fases.
No es que a la siegasable pareciera importarle. Tomó el regalo por lo que era.
Una petición de ayuda.
Por muy bella que sea la cinta —orbitando siempre alrededor de un mundo que no gira, ayudando así a la gente a llevar la cuenta del paso del tiempo—, no está ahí por elección propia. Se halla encadenada al cielo. Y es que las cintas formaban parte de algo más grande.
Algo completo .
Y volver a juntar los numerosos fragmentos perdidos de Caelis no podría hacerse sin entes sólidos que se encarguen de unirlos. Las cintas lo saben y han cumplido con su parte para arreglar las cosas.
Por lento que sea el proceso.
Otra zambullida, otra indicación mientras la gran siegasable plateada atraviesa la Fortaleza Imperial por primera vez en eones.
La gente se agolpa en las calles para presenciar el espectáculo, único en la vida.
Muchos se quedan sin aliento cuando se dan cuenta de que, montada entre sus enormes alas que cortan el aire como hachas, hay un feérico de cabello blanco con la mandíbula tensa mirando hacia el sur con ojos como témpanos.
La cinta plateada espera que Grihm comprenda, si no ahora, al menos con el tiempo, que todo tiene un lugar, un propósito. Y algunas cosas…
Siempre estuvieron destinadas a suceder.