Capítulo 76. Raeve
Raeve
M e esfuerzo por levantar los párpados y veo una constelación de…
Lunas.
Entre lentos pestañeos y un dolor punzante que me atraviesa la sien izquierda, analizo cada esfera pintada con huellas dactilares en el techo gris oscuro, la mayoría de ellas dibujadas por alguien a quien quiero.
Quería.
Aprieto los ojos y los vuelvo a abrir. Casi puedo oír las palabras de Fallon mientras señala cada una de sus lunas favoritas, tratando de explicar sus colores delicados o intensos. Aquellas con las que soñaba cuando estaba fuera de esta pequeña celda.
Me escuecen los ojos, con unas lágrimas demasiado cálidas, demasiado reales.
«Esto es un sueño».
«Siempre, siempre un sueño».
El peso que siento en el cráneo hace que se me incline la cabeza. Entrecierro los ojos y, a través de la penumbra, distingo la silueta encogida de… alguien.
Creo. Quizá esté viendo cosas.
Un parpadeo largo me agudiza un poco más la vista, revelando a una pequeña feérica acurrucada en un jergón ajado de espaldas a mí, temblando en su sueño agitado. Tiene el cabello claro, sucio y enmarañado, esparcido por el suelo, como si fuera un charco.
«Fallon».
Se me hincha tanto la garganta que me duele tragar y se me escapa un gemido.
«Está aquí, en mi sueño».
«Viva».
Hago acopio de energía para girarme hacia un lado y pasar el brazo por encima de su cuerpo, y la atraigo hacia mí. Ahogo un grito al advertir lo delgada que está.
Lo pequeña y fría.
Se relaja en mi abrazo mientras aspiro su aroma, familiar y a la vez desconocido, y cuando respira de nuevo lo hace con un temblor de alivio. O tal vez sea yo la aliviada.
—Estoy… aquí —balbuceo, pestañeando con tanta dificultad que parece que tengo piedras sobre los párpados.
Otro dolor agudo me atraviesa el cerebro, dejándolo hecho papilla.
A pesar de todo, reúno las fuerzas para mover su cuerpo y el mío hasta que mi espalda da hacia los barrotes, de tal modo que Fallon quede contra la pared, lo más lejos posible de la puerta.
«A salvo».
Ella sigue resollando, esforzándose por respirar, y lo hace de modo lento, como suele hacer cuando sueño que hemos vuelto…
aquí. Rara vez se encuentra bien. Rara vez canta, sonríe o inventa los juegos tontos con que nos entreteníamos.
Esas cosas que le encantaba hacer al principio, cuando aún albergaba esperanzas. Antes de…
«No».
La estrecho con todas mis fuerzas, negándome a pensar en lo que no tengo ahora mismo.
Lo que hago es aceptar este sueño como el presente que es, acurrucada contra el cabello de Fallon mientras tarareo mi canción tranquilizadora.
Aprecio cada latido de su corazón y su aroma floral y mantecoso, que no es como lo guardo en la memoria, pero que calma la rabia que hace que me piquen las yemas de los dedos y convierte cada respiración en un recuerdo, aliviando lentamente la tensión de mis músculos.
La inquietud de mi alma.
Ella está aquí, y yo también. Y, por el motivo que sea, siento… paz.
Una paz bella y completa.
«Ojalá se extendiese más allá de este sueño».
Otra fuerte palpitación en la sien hace que se me queden los ojos en blanco, arrastrándome.
«Lejos».
Allá donde una insistente alondra de papel me acaricia, buscando consuelo. Sin embargo, en cuanto trato de cogerla, se parte por la mitad.
El sueño cambia y ahora me encuentro en un lugar negro, azul y blanco, con recuerdos tanto cálidos como muy muy fríos. Sueño con un dolor punzante en el pecho que no desaparece, pero que palidece en comparación con la rabia desesperada que bulle en ese mismo lugar.
El sueño se va desvaneciendo… hasta que no queda nada.
Un vacío mortal que es azotado por un amor feroz. Una fuerza salvaje de luz plateada que me acaricia tan profundamente el alma que transforma mi propia esencia, convirtiéndome en algo… diferente . Algo cuyos únicos obstáculos son los límites de mi mente, marcado por un frío distinto. Algo…
Completo .