La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 75. Grihm #2
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Capítulo 75. Grihm #2

Cuando ella rompió nuestro vínculo, empleando las pocas fuerzas que le quedaban en salvarme, mi honor me impidió quedarme, menospreciar su sacrificio y cavar mi propia tumba junto a ella.

Dejarla sola en las llanuras fue lo más difícil que he hecho nunca y lo que más me pesa. El destino ha de tener eso en cuenta.

«Al fin se pone todo en su sitio».

Mantengo la cabeza gacha; mi cabello es un velo pálido que me impide ver nada más que la daga que sostengo con mis manos callosas. Ignoro la gigantesca presencia que se adentra en la gruta con pasos que hacen temblar la tierra mientras caigo en el agujero que se ha abierto en mi pecho.

Noto un golpe en el costado y, al salir disparado por el suelo, se me escapa la daga. Solo me detengo cuando una enorme pata se cierra sobre mí, clavando las garras a ambos lados de mi cabeza.

Luchando por respirar entre las sofocantes exhalaciones que me azotan la cara, levanto la vista y veo los acerados ojos entornados de la gran siegasable plateada, cuyo rostro es un poco más pequeño que el de Rygun, menos anguloso y con menos colmillos y cuernos.

Y sus escamas son…

Espectaculares.

Parece que vaya vestida con miles de placas de armadura ornamentadas, todas ellas relucientes bajo la luz rojiza del magma.

Incluso los cuernos y colmillos que le salen del rostro y la columna son del mismo tono argentado.

Todo ello le da una apariencia metálica, como si la hubieran fundido y moldeado artesanos de otro mundo.

Su majestuoso porte no la vuelve menos imponente. No cuando dilata las fosas nasales para olerme y sus rugidos rivalizan con los del volcán activo en el que nos encontramos.

Aun así, me resulta difícil verla como una bestia temible después de colocar trozos de caparazón roto sobre los ojos abiertos de sus crías fallecidas.

No.

Lo único que veo es un profundo dolor reflejado en sus ojos, apenas velado por la comprensible furia de encontrar a un intruso husmeando en la tumba de sus crías.

«Kilíth se equivocaba. No está rabiosa».

«Solo es una hembra afligida que se rebela contra el mundo, intentando distraerse de la inconmensurable pérdida que ha sufrido».

Hace presión, cerrando sus garras alrededor de mi espalda y atravesando mi atuendo de cuero, y me levanta ante su rostro. Fija sus ojos plateados en mí y me veo reflejado en ellos, tan débil entre sus garras, esperando a que me devore.

El aire parece revolotear a nuestro alrededor, vivo, observando. Quizá esperando sádicamente a que me tense por la expectación, a que grite.

Quizá Clode no se da cuenta de que ya estoy muerto por dentro.

Con un gruñido, Ahra me da una sacudida, un simple movimiento que me lanza volando por los aires.

Me estrello contra la pared y caigo al suelo. Gimiendo, me doy la vuelta justo a tiempo de verla meter su enorme aunque demacrado cuerpo en el nido, arrastrando sus alas como si fuesen un manto plateado con el bajo deshilachado.

Emitiendo un rugido ronco, se acurruca alrededor de los restos de sus tres huevos.

Una rabia salvaje me devora por dentro.

—¿ QUÉ ESTÁS HACIENDO ?

Mis palabras reverberan por los vastos confines de la gruta. Aun así, Ahra deja la cabeza junto a sus huevos y cierra los párpados, como si no me hubiera oído.

O como si no le importara.

«Inaceptable».

He invadido su luto. No hay nada más despreciable.

Mi fin es un castigo que cumpliré con gusto.

Gruñendo, consigo ponerme en pie a duras penas. Me acerco a ella tambaleándome con los brazos extendidos, dejando al descubierto mi pecho.

—¡ TERMÍNALO !

Ella abre un ojo y me mira durante un desgarrador suspiro. Luego, saca la cola y me barre los pies.

Caigo de espaldas con tanta fuerza que todo el aire sale de mis pulmones.

Cuando por fin vuelvo a respirar, lo hago con los dientes apretados.

Me deshago de la capa y a punto estoy de asfixiarme al quitarme el velo que me cubre la cara sin antes soltarlo de mi cuello. Y me abalanzo hacia ella.

Salto.

Aterrizo sobre su lomo dando una voltereta de rabia desatada.

Su energía cambia y suelta un rugido en voz baja, el mismo sonido que hace un volcán antes de entrar en erupción.

Se levanta y se sacude, tratando de librarse de mí.

Me subo entre dos hileras de púas paralelas que recorren sendos lados de su columna, en una zona que sé que alcanza. Puede volverse y morderme, como si fuera un picor.

Y lo hará. Solo tengo que enfadarla lo suficiente.

Se retuerce, zarandea el cuerpo, pero estoy firmemente agarrado, como si fuese argamasa.

Sacude la cabeza soltando otro rugido y, luego, mira hacia atrás por encima del arco que forma su ala extendida, dejándome abrumado con sus ojos plateados, y se queda quieta como una piedra.

Se parece a mi hermosa Inkah justo después de que fuese arrancada de mi pecho.

Ahra me azota con dos respiraciones y entorna los ojos con… algo . Algo que ya había vislumbrado en mi propio reflejo desde que me encontré con ese comerciante con la escama de dragón plateada.

Y, luego, ya no estamos en la gruta del nido, sino descendiendo a saltos por la guarida a toda velocidad, hacia la oscuridad que se nos echa encima. Nos lanzamos al cielo humeante y caemos en picado con tal fuerza que se me comprimen los órganos.

Ahra extiende sus alas. Surca el aire.

Atraviesa las cenizas y el humo arremolinados impulsada cual catapulta. Suelta un rugido que rivaliza con los estruendos de las cumbres cercanas.

Una brusca inclinación me obliga a agarrarme con fuerza mientras ascendemos en vertical, librándonos del humo tóxico que llevo viendo desde que llegué a este lugar dejado de la mano de los Creadores. Vamos directos hacia el sol ardiente, como si pretendiera atravesarlo y clavarlo al cielo.

Me veo obligado a apartar la vista de sus brutales rayos, así que agacho la cabeza y busco apoyo para mis pies en sus púas a fin de poder pegarme a sus escamas, desesperado por evitar la misma muerte que sufrió Inkah.

Ella dio demasiado como para que yo acabe devorado por el puto sol que la devoró a ella.

Ahra se inclina, vira, haciéndome sufrir bajo los abrasadores rayos. Me obliga a subir más, arriba, arriba, arriba, usando sus púas a modo de escalera hasta que llego al nacimiento de sus alas.

Se estabiliza y sus alas laten al ritmo de mis agitadas palpitaciones mientras algo me… araña .

Por dentro.

Una larga garra ganchuda me atraviesa el corazón, haciendo temblar todo mi pecho. La única advertencia que recibo antes de sentir que me atraviesa las costillas, agarra el órgano que me mantiene con vida y lo aprieta con tal fuerza que me aplasta, hundiéndome como la cáscara de un huevo vacío.

Todavía estoy jadeando por la impresión cuando me invade una esencia plateada. Es tan poderosa y vasta que me paraliza.

Con los ojos muy abiertos, contemplo la aurora plateada ondulando por el cielo, sintiéndome como si estuviera cayendo por una oscuridad sin fin, un vacío tan solitario y tranquilo que me dan ganas de gritar.

Entonces, caemos.

Nos inclinamos hacia delante, con las alas plegadas, y caemos en picado hacia un volcán activo, como si nos zambulléramos en el ojo ardiente del mundo, y nuestro descenso cada vez es más rápido…

Más rápido.

Debería estar asustado, pero solo la siento a ella.

El contorno insondable de la mente de Ahra, su corazón sin fondo y el abismo infinito de su dolor, tan voraz que amenaza con devorarme.

Probablemente lo haría si no fuera por la canción que susurra su alma, una extraña melodía reverberante que me envuelve de la misma manera que esas cintas plateadas se entrelazan con las lunas sobre nosotros.

Una canción a la que me sintonizo, robando secretos eternos como un ladrón.

Me doy cuenta de que, a diferencia de mí, que busco un significado y un propósito en mi dolor, como si estuviera hurgando en una herida, este ser ancestral conoce su destino. Sabe que no puede dejarse llevar por su pérdida, porque hay cosas que ha de hacer. Sola…

«A menos que alguien decida acompañarla».

Aunque siento que una fuerte sacudida la separaría de mi pecho, dándome la muerte que anhelo, tal vez lanzándome al volcán, donde todo terminaría en un abrir y cerrar de ojos, no estoy en absoluto dispuesto a dejar que emprenda este viaje sola.

Sé lo que se siente al estar solo.

Así, lo que hago es inclinarme ante semejante honor y me endurezco a su alrededor como una luna solidificándose, aceptando el latido simbiótico de nuestro corazón mientras nos sumergimos en el cráter del volcán, atravesamos la lava burbujeante y volvemos a elevarnos hacia el cielo juntos.

Como uno solo.