La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 75. Grihm
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Capítulo 75. Grihm

Grihm

C on los dedos tensos en una grieta de la roca, meto la cabeza bajo mi brazo estirado, buscando en el acantilado de piedra roja un saliente donde encajar mi zapatilla de escalada.

He dejado las suelas con clavos con el resto de mi equipaje abajo, ya que hacen demasiado ruido para el ascenso final, aunque no es que tengan un oído muy fino las bestias que habitan en este maldito lugar.

Este

maldito

lugar.

Donde el aire es tan denso y dulzón que me cuesta respirar a pesar de mi velo purificador y de los ejercicios de respiración que hice cuando me preparaba para esto.

El sol irrumpe a través del humo tóxico que hay por todas partes, haciéndome sentir como si estuviera en un horno, como si fuera una pieza de cerámica blanda secándose.

No está lejos de la realidad.

Hace mucho que ya no queda ni una gota en mi odre. Desde entonces, no me he topado ni con un charco de barro siquiera, lo que ha plagado mi ascenso de momentos en los que estoy seguro de que todo se vuelve negro a pesar de tener los ojos bien abiertos.

Si no encuentro agua pronto, todo esto habrá sido en vano. Pero estoy seguro de que he oído a la gran siegasable plateada salir de su guarida mientras preparaba un refugio discreto al pie del acantilado.

Quizá esta sea mi única oportunidad.

Maldigo para mis adentros, incapaz de encontrar nada más resistente que un estrecho saliente en la roca sin pedir ayuda a Bulder, pues llamaría demasiado la atención.

Mi capa, del mismo tono que el escarpado terreno, puede difuminar mi silueta y el humo tóxico me protege del agudo sentido de la vista de los siegasables, pero su olfato no tiene parangón.

Si perciben mis vibraciones y empiezan a olfatear en mi dirección, estoy acabado.

Aprieto los dientes y apoyo los dedos de los pies en el saliente, tensando el brazo y comenzando a desplazar mi peso…

La roca se desmorona.

Se me acelera el pulso al caer, pero de inmediato clavo la piqueta en el acantilado, hincándola en una grieta y frenando así mi descenso hasta que me detengo por completo. El chirrido del metal contra la piedra atraviesa el humo tóxico mientras cuelgo de mi puño como un cebo de un anzuelo.

Con el corazón en la garganta, respiro hondo, ignorando la tensión de mi brazo mientras trato de recobrar la calma. Espero, prestando atención por si oigo el batir de unas alas…, un rugido…, cualquier señal de que me han descubierto.

Nada.

Solo un gran estruendo, chisporroteos y silbidos a lo lejos, en la enfervorecida zona de anidación.

Busco alrededor hasta que veo una hendidura que parece sólida en la que apoyarme y, lentamente, voy aliviando el peso de mi brazo…, siendo uno con la roca, dirigiendo el pie hacia la abertura.

«Por poco».

Tras unas cuantas respiraciones profundas para tranquilizarme y haber recuperado el equilibrio, continúo ascendiendo poco a poco hacia el deslumbrante remolino rojo y gris. Cuando alcanzo la boca de la guarida, me tiemblan todos los músculos.

Me deslizo hacia un lado y me apoyo contra la pared, llena de marcas de cuando Ahra frotó el cuerpo y la cara contra ella para ampliar el espacio. Es una de las pocas siegasables salvajes famosas por quedarse en la misma guarida en lugar de cambiar conforme va creciendo.

Hay quien cree que estaba esperando algo. Ojalá sea cierto y yo forme parte de ese plan.

Me pongo en cuclillas y engancho la piqueta en mi cinturón. Uso el extremo suelto de mi velo para secarme el sudor de la frente y trato de recuperar el aliento mientras examino la gigantesca entrada de la guarida.

Siento una oleada de náuseas que me encogen el estómago.

Nunca he visto a Ahra, pero esta guarida es casi del mismo tamaño que las que prefiere Rygun.

«Es más grande de lo que esperaba…».

A lo lejos, estalla el volcán, provocando un seísmo que sacude el aire y me golpea la piel.

Me arrebujo en la capa y entrecierro los ojos dirigiendo la mirada hacia la oscura garganta de la cueva.

A pesar de haber oído a Ahra marcharse antes, aguzo el oído en busca de cualquier ruido, cualquier señal de que está acurrucada al fondo incubando sus huevos…

La montaña tiembla y se desprenden piedras del techo que caen al suelo, haciéndose añicos.

«Joder».

Me abro a Bulder y susurro una nana relajante:

— Kurth do arn, Bulder. Kurth do arth atin nahl goril arn…

Aunque la guarida deja de temblar, no puedo garantizar que vaya a estar seguro cuando salga del túnel.

Tampoco pude hacerlo al poner un pie en Gondragh.

Bulder está demasiado concentrado en su guerra con Ignos, golpeando sin descanso, sin ganar ni perder, y apenas tiene tiempo para prestar atención.

Si la guarida se derrumba, se acabó. Estoy muerto.

Pero no voy a dar marcha atrás.

Una vez que me convenzo de que la montaña no está a punto de contagiarse y entrar en erupción como el pico cercano, empuño mi espada de escamas de dragón plateadas y me adentro en la oscuridad, guiándome únicamente por mis sentidos.

Me concentro tanto en la canción de Bulder que mi mente bosqueja la forma del túnel curvado y las piedras caídas sobre las que camino, evitando así golpearme los dedos de los pies o romper el silencio, lo que podría significar mi fin.

Y es que hay demasiadas rocas por el suelo a causa de la última salida de Ahra.

Así como un surco en medio que da a entender que iba arrastrando la cola.

Aprovecho el hueco para que mi camino sea más fácil.

La oscuridad deja paso a un cálido resplandor que se derrama desde delante, haciendo que las numerosas escamas plateadas esparcidas por el suelo lancen destellos como las estrellas en el cielo del sur.

El túnel se abre, invitándome a entrar en una gigantesca gruta abovedada que queda iluminada por un lento goteo de magma que se filtra por una brecha en el lateral.

De todos modos, eso no es lo que me llama la atención, ni tampoco las decenas de miles de escamas que cubren el suelo como si de un tesoro se tratase.

Es el nido de Ahra.

Un cráter lo bastante grande como para albergar a la dragona hecha un ovillo. Justo en el centro, sobresale como un castillo rodeado por un foso un montículo que debería contener tres huevos escamosos…, pero no es así.

Me quito el velo y la peste a putrefacción me dificulta respirar mientras escudriño los trozos de cáscara y los restos en descomposición de lo que había dentro…

, la gran roca que ha dejado un rastro desde el montículo hasta la abertura del nido…

, aún con trocitos de cáscara adheridos a sus bordes, como prueba de su culpa…

Me quedo sin fuerzas.

Me voy hacia delante y caigo de bruces en el nido mientras el estruendo de mi cabeza me impide oír, sentir o pensar.

Recupero el equilibrio y trepo para salir subiendo por el montículo mientras me ahogo con el ardiente hedor de unas criaturas desmembradas que no quiero ver, pero miro de todos modos.

Bellas a pesar de estar reventadas. En su mayoría son plateadas, como su mah, aunque dos tienen escamas de color granate.

Caigo de rodillas sobre el afilado suelo.

Suelto la daga y alargo la mano temblorosamente para tocar un fragmento de cáscara plateada, cuya textura no difiere mucho del de las diminutas escamas de las crías que envolvía, las cuales yacen aplastadas junto a los restos.

Una profunda tristeza amenaza con hundirme bajo su monstruoso peso mientras mi mente retrocede. Va a parar al dae en que el Cambiasinos me hizo acercarme a un comerciante que estaba puliendo una escama de dragón plateada.

Pensaba que conseguir uno de los huevos de Ahra era el destino, que perder a Inkah, pasar por todo ese sufrimiento y agonía, había sido por algo, joder. Esa idea me mantuvo a flote en los momentos más oscuros, cuando enfrentarme al mundo no lograba llenar el enorme vacío de mi pecho.

Cuando supe que Ahra había anidado, esa chispa volvió. La promesa de una nueva vida, una esperanza.

«Aplastada».

Un lejano FLAP - FLAP preludia una ráfaga de viento humeante que azota la guarida y se arremolina dentro de la gruta, pero no me levanto.

No huyo.

El suelo vibra con el aterrizaje de Ahra mientras yo cojo un trozo grande de caparazón de la tumba. Lo coloco con cuidado sobre el rostro de una de las criaturas y busco más trozos adecuados para hacer lo mismo con las otras dos.

Los dragones no entierran a sus muertos que no logran ascender al cielo, pero si hay algo que sé sobre las lunas es que la mayoría de ellas tienen la cabeza escondida y los ojos cerrados.

No me imagino nada más doloroso que seguir viviendo tras semejante pérdida, pero sé bien lo que es mirar unos ojos que ya no te ven.

Tras cubrirle el rostro a la última criatura, recojo la daga y me deslizo por el montículo en dirección a la abertura del nido. Me quedo inmóvil sosteniendo el arma, esperando que me llegue la muerte.

La respiración fatigosa y profunda de Ahra llena el vacío de fuera mientras el vacío de mi pecho palpita; un agujero que, egoístamente, pensé que podría llenar.

Ahora, me siento como una garrapata en una tumba, un parásito que ha venido a llevarse algo sagrado.

Me merezco el final que me espera. Ahora me doy cuenta de que esto es lo que el Cambiasinos tenía pensado para mí.

Supongo que sabe que debería haber muerto con Inkah hace ya muchas fases, cuando nos expulsaron de Arithia por no doblegarnos ante el nuevo régimen. Nos dispararon estacas de hierro y nos persiguieron fundefauces militares que escupían fuego, dirigiéndonos al otro lado del muro, hacia el sol.

Hasta que Inkah se desplomó.

Cierro los ojos, rememorándolo: nos dejaron allí, achicharrándonos bajo el sol, que se cebó con mi preciosa Inkah dándole unos mordiscos abrasadores.

Ojalá hubieran acabado con su sufrimiento.

Sin embargo, agonizó mientras me mantenía a la sombra de sus alas hechas jirones y su lamento es una desgarradora melodía que jamás podré borrar de mi alma.