La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 74. Kaan #2
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Capítulo 74. Kaan #2

Un latido en su pecho. Débil…, apenas perceptible…, pero para mí es como un puñetazo, tan contundente que tengo claro que esto está pasando.

«Por favor, que esté pasando».

Contengo la respiración con la cara hundida en su cuello, esperando oír otro, deseándolo, mientras ruego a los Creadores que… esto… esté pasando en realidad.

«Haré cualquier cosa».

«Por favor…».

Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum…

Contraigo el rostro.

Me inclino hacia atrás lo justo para poder acariciarle la mejilla a Raeve, recorriéndosela con el pulgar. Ya no está tan demacrada. Poco a poco, va recuperando su aspecto, le va volviendo el color a la cara.

—Estás aquí. —Beso la fría punta de su nariz, la suave piel entre sus cejas—. Estás bien.

Noto un pinchazo en el hombro.

La canción de Bulder desaparece tan rápido que al instante sé que me han disparado.

Al levantar la cabeza, veo a numerosas personas quitándose de los hombros telas runadas, volviéndose visibles. Llevan capa negra y una máscara con pico de bronce y nos rodean desde todos los ángulos, algunos con un arco con la cuerda tensada.

«Una emboscada…».

«Mierda».

Tras levantar un muro entre Rygun y yo, salto por encima de Ahvi y Raeve, protegiéndolos mientras se sueltan una serie de cuerdas.

Zas-zas-zas-zas-zas-zas-zas…

Las estacas alcanzan el suelo, me alcanzan a mí, perforando mis partes desprotegidas mientras un volcán de ira va despertando bajo mis costillas.

Pasa un rato hasta que dejan de llover estacas.

Levanto la cabeza y entrecierro los ojos observando a cada persona mientras afianzo el muro que mantiene a Rygun a raya con otra escama endurecida.

Cualquier cosa para impedir que venga al sur, al frío.

A la vez, invoco la llama que me regaló cuando nos convertimos en Daga-Mórrk, alimentándola.

Siento su poder creciendo, desgarrando mi piel, quemándome por dentro…

—Yo no haría eso si fuese vos.

Giro la cabeza de golpe y, por encima del hombro, veo a dos de los enmascarados apartarse como si fuesen cortinas, revelando a una feérica de cabello claro echado hacia atrás con un abrigo largo morado que le marca las curvas.

Del lóbulo de la oreja, le cuelga un abalorio blanco, que se balancea con cada paso que da hacia mí.

Se detiene a tres pasos, fuera de mi alcance, esbozando una sonrisa mientras me dirige una mirada por debajo de sus densas pestañas teñidas de negro.

—No si os importa el bienestar de vuestra sobrina, claro.

La mención de Kyzari me hace estremecer, robándome el aire de los pulmones.

Mis siguientes palabras saben a fuego de dragón. Son tan hirvientes que me queman la lengua al salir.

—¿Quién eres?

Se le ensancha la sonrisa.

—La que acaba de librarse de esa zorra rencorosa a la que protegéis. Os aseguro que mantener a una bestia así bajo control ha sido agotador.

«Sereme».

Gruño, con los músculos tensos y la piel agrietada por la violenta amenaza. Los enmascarados se sacan una lanza afilada del costado y la dirigen hacia nosotros. Nos apuntan con más de treinta.

—Cuidado, majestad . —Sereme ladea la cabeza y entorna sus ojos grises—. No tengo miedo de usar la fuerza.

—Yo tampoco.

La mentira es tan amarga que casi se me atraganta.

Aunque me gustaría mucho saltar sobre su elegante contingente y acuchillarlos a todos, partirles el cráneo hasta decorar el túnel con cerebros, me niego a exponer a Raeve o Ahvi a cualquiera de los capullos que nos rodean.

Raeve no quería venir aquí. No quería arriesgarse a romper el vínculo por miedo a poner al niño en peligro. Si les pasa algo a cualquiera de los dos, no podría vivir conmigo mismo.

Tendrían que cortarme en pedazos.

—Mi sobrina —gruño entre respiraciones siseantes que sacuden todo mi cuerpo mientras unas palabras muy diferentes resuenan en mi mente:

«La hija de Raeve».

«La hija de Raeve».

«La hija de Raeve».

Sereme alza el mentón.

—¿Qué sucede con ella?

—¿Qué sabes?

Ella levanta una de sus pálidas cejas y, luego, se saca una alondra del bolsillo y la extiende entre dos dedos al tiempo que da una orden a su izquierda.

—Llévasela. Y coge el libro.

Un guardia baja la lanza y obedece.

Le arrebato la alondra y advierto el ligero temblor del hombre cuando se dispone a coger el Libro de Voyd con su capa. Luego, regresa a la formación.

Manteniendo mi postura defensiva, despliego la alondra y, tras echar un vistazo alrededor, hojeo el texto. Con cada palabra que digiero, el corazón me late más fuerte y rápido:

Sereme se saca un frasco del bolsillo y lo agita.

—La princesa Kyzari morirá si vos no os tomáis esta poción y si los tres no venís con nosotros —dice Sereme, aunque sus palabras me llegan distantes, difíciles de entender por el rugido de mis oídos, por el pánico que me carcome las costillas—. La decisión es vuestra.

—Eres una puta zumbada. Kyzari porta la Piedra Éter —me oigo decir, aunque apenas siento mis labios moverse, fijándome en su firma.

En cuatro pequeñas palabras ocultas entre los trazos que me hacen hervir la sangre.

—Aun así, no es que nadie sepa en realidad para qué sirve, ¿no? Se rumorea que protege el mundo, pero aquí estamos, esperando una caída lunar de un momento a otro como nunca antes se ha visto. —Sereme se encoge de hombros—. Venid o quedaos. En vuestra conciencia pesará.

Gruño, arrugando la nota con el puño mientras aprieto con más fuerza a Raeve.

No pienso poner en peligro la vida de su hija.

—Si me das tu palabra de que Ahvi y Raeve no sufrirán ningún daño, yo iré sin oponer resistencia.

Sereme pone cara de fastidio y se ríe mientras dice:

—No pensábamos hacerle daño al niño; solo pretendíamos que protegiese La Floresta.

Ordenar a Raeve que hiciese lo que mejor sabe hacer, matar , era el único escenario en el que la miskunn predecía este resultado concreto.

—Esboza una sonrisa brillante—. Si no hubiera hecho todo lo posible por torturarla durante los últimos siete ciclos, no los habríais acompañado hasta este lugar.

Sus palabras son como garras clavándose en mi piel.

«Yo soy el botín que esperaban de Raeve».

«Por alguna razón, los Ath me quieren a mí».

—¿Por qué?

Vuelve a chascar la lengua.

—Ya lo veréis. —Me tiende el frasco con un turbulento líquido morado mirándome con la cabeza inclinada hacia abajo mientras espera, sin dejar de sonreír.

La sonrisa de alguien que ha ganado .

—Llévaselo —le ordena a uno de los guardias.

Hiervo de rabia cuando me traen el frasco y me lo ponen en la mano. Sin apartar los ojos de la altiva mirada de Sereme, quito el corcho y me bebo el repugnante contenido ahumado de un trago.

Comienzo a sentir frío recorriendo mi cuerpo, embotando todos mis sentidos, despojándome de ellos…, entumeciéndome. Dejo de percibir la llama de Rygun y me quedo arañando mi oscuridad interior, ciego e insensible, mientras la busco desesperadamente presa del pánico.

Aunque siento que sigue ahí, en alguna parte , no sé dónde. No puedo alcanzarla.

No puedo convocarla .

Gruñendo, lanzo el frasco con tanta fuerza que se rompe contra el suelo.

—Contenedlo —dice Sereme sonriendo de medio lado, con un centelleo en sus ojos grises—. Lo vais a encontrar muy amigable, estoy segura.

Refunfuño cuando se acercan seis personas, me agarran los brazos y los llevan a mi espalda para ponerme unos grilletes runados. Me levantan, separándome de Raeve y Ahvi, que están acurrucados juntos como crías expuestas de repente. Se los ve demasiado débiles.

«Demasiado vulnerables».

El rostro dormido de Raeve, relajado, sin rastro de tensión, es lo último que veo antes de que me cubran la cabeza con un saco. Algo duro me golpea la sien y…

Nada.