La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 74. Kaan
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Capítulo 74. Kaan

Kaan

L as runas arden.

Me paso las manos por el pelo, con el corazón encogido al ver a Raeve envuelta en la luz plateada que emana de las runas arañándose el pecho como si intentara arrancarse la piel y pedazos de sí misma.

Ahvi retrocede y se abraza las rodillas, con los ojos muy abiertos y vidriosos.

—Lo siento mucho —repite meciéndose mientras mira a Raeve, que se retuerce en el suelo.

—No es… culpa tuya —farfulla entre convulsiones, recibiendo las sacudidas con los dientes apretados. Cada una de ellas es para mí como una tormenta descargando rayos justo sobre mi esternón.

Por fin se relaja.

Con el pecho agitado, comienza a estirar sus miembros.

—Tienes tus daes… contados, víbora de… mierda —murmura, y apoya las manos en el suelo para tomar impulso; la delicadeza de su rostro se ha visto reemplazada por una gélida máscara de ira letal.

Se aclara la garganta y, enderezándose, se sacude la capa. Cuadra los hombros y observa estrechando los ojos el anillo de runas, que ilumina su cara con un resplandor plateado.

—No funciona. —Hace crujir su cuello doblándolo hacia un lado y hacia el otro—. No siento nada.

—Ya lo harás.

Las palabras de Ahvi reverberan por el túnel.

Nos envuelve un silencio tenso mientras esperamos.

Estoy atento a cada gesto, cada parpadeo, cada movimiento de sus labios, cada respiración, sin advertir nada fuera de lo normal. Ella cruza los brazos y empieza a dar golpecitos con el pie en el suelo.

Frunzo el ceño y, sin dejar de mirar a Raeve, giro la cabeza hacia Ahvi.

—¿Estás seguro de que…?

A Raeve se le entrecorta la respiración. Aprieta los ojos y baja la barbilla hacia el pecho, dejando que su cabello suelto le cubra la mayor parte del rostro.

Con un gruñido, se pone la capucha y se vuelve, dándome la espalda. Y, aunque lo hace a toda velocidad, sus manos me inquietan.

No parecen suyas, sino unas ramas finas arañando la niebla.

«Esqueléticas».

Ahvi me mira. Es solo un vistazo, pero es la confirmación que necesito para saber que no estoy loco.

Con la mandíbula tensa, me acerco a ella a toda prisa y la rodeo, intentando mirarla a los ojos. Sin embargo, cada vez que doy un paso, ella se gira un poco más, ocultándome su rostro.

—Raeve.

—Majestad.

—Por qué te escondes.

—No cuenta como pregunta si no hay una inflexión de la voz al final —dice con más aspereza de la habitual—. Eso quiere decir que no tengo por qué responder.

Aprieto las muelas, sin dejar de perseguirla mientras ella continúa girando, manteniendo su rostro fuera de mi vista, algo que me parece morbosamente poético.

—¿Por qué te escondes ? —pruebo de nuevo, dispuesto a decírselo en otros tres idiomas si me lo pide.

Pierde el equilibrio y se desploma al tiempo que a mí se me cae el alma a los pies. Todo el aire sale de mis pulmones cuando veo su rodilla golpear el suelo y una mano demacrada apoyarse. Parece un montón de huesos tirados sobre la piedra.

Inclino todo el cuerpo hacia delante, una reacción instintiva que no puedo reprimir por más que lo intente, pero noto la mano de Ahvi agarrando la mía, impidiéndome cruzar el círculo de runas y estrecharla contra mí. Ni siquiera lo había visto moverse.

—No —se apresura a decir—. No puedes. Las runas podrían enfadarse y alterar cosas.

«Por todos los Creadores».

La observo impotente, temblando por la necesidad de abrazarla con fuerza, de protegerla. Un deseo que solo se exacerba al ver que ella también se echa a temblar.

Veo gotear sangre desde su capucha al suelo, y me tenso.

—Raeve, háblame —digo con voz ronca—. Dime algo.

La angustia que refleja mi voz rebota en las paredes del túnel.

—Estoy… —tose— bien. No dudes en… —jadea— dar un paseo y disfrutar de las vistas.

Una ráfaga de viento helado entra por la parte superior, trayendo consigo un remolino de nieve que se congela en forma de rostro femenino con una larga melena ondulada.

La aparición junta los labios y ataca a Raeve con una ráfaga de viento que le retira la capucha.

Mi corazón bombea con tal fuerza que es como si tuviese alfileres profundamente clavados en la piel mientras contemplo sus mejillas hundidas y su cuello tan delgado como una ramita; está tan demacrada que ni siquiera un depredador de La Sombra sería capaz de encontrar algo de que alimentarse.

Tiene los labios agrietados y manchados de sangre, su piel es tan translúcida que cada vena es un camino azul que puedo observar demasiado bien y sus ojos hundidos no tienen ese color que tanto impacto causa.

Parece que un espectro la haya sorbido sin parar hasta dejarla en los huesos.

Me observa por entre sus mechones negros, con tal desesperación y vulnerabilidad en la mirada que me deja en carne viva, joder.

Engancha la pálida capucha con los dedos y tira de ella. Un débil intento de echarla hacia delante que me ofrece una chocante visión de sus manos, ahora cubiertas de ampollas supurantes. Como si fuesen de congelación o…

«Quemaduras».

Vuelve a tirar de la capucha, tratando de cubrirse.

—No tiene sentido —le digo de todo corazón—. Rayo de Luna, por favor, invierte tu energía en respirar .

Abre la boca para hablar, pero entonces se le desorbitan los ojos y se estremece, doblándose sobre sí misma, como si le hubieran dado una patada en el estómago. Le brota más sangre de los labios, que le gotea por la barbilla.

«Eso me parte el corazón».

Se abraza el torso.

—Eso será la… —tose— puñalada.

Me fallan las rodillas y caigo sobre la piedra, con la mirada fija en su mano, que agarra los pliegues de su capa como si intentara cerrar los pétalos de una flor roja.

La sangre se le cuela por entre los dedos, tiñendo de rojo su capa blanca, empapándola cada vez más…

«Es demasiado».

«Está perdiendo demasiada sangre».

Mis temores se confirman cuando miro su garganta y veo esa gruesa vena que tiene justo debajo de la oreja palpitar lenta e irregularmente; cada latido supone una patada en mi pecho.

Conteniendo la respiración, observo el siguiente…, el siguiente…, el siguiente…, sintiéndome más impotente que nunca, incapaz de arreglar esto. Estoy atrapado en una de esas pesadillas destruyealmas que tengo durante la duermevela de las que soy incapaz de liberarme.

Y, aun así…, sigue manando sangre.

Me domina el pánico.

Miro a Ahvi, ahora arrodillado junto al Libro de Voyd con una pluma en la mano untada con la misma sustancia brillante que ha utilizado para pintar las runas que rodean el ejemplar.

—¡Hazlo!

—¡No puedo! —grita con los ojos como platos desplazando la vista de Raeve a mí una y otra vez—. Aún le queda un largo camino por recorrer.

—¡Está casi muerta !

Se estremece.

Raeve gimotea.

Yo gruño. Me doy cuenta de que esperó hasta el último momento para verter su sangre en el frasco de Sereme, joder. Probablemente hasta estar al borde de expirar.

—Qué terca eres.

—No es el… momento —jadea y se echa hacia atrás hasta que las piernas quedan dobladas debajo de ella. Entonces, su cabeza comienza a sacudirse y los ojos se le ponen en blanco. Parpadea con fuerza y, luego, abre los ojos de par en par, luchando por mantenerse despierta.

Mientras, yo me contengo para no apretar los puños, clavarlos en el suelo y destrozar el puto mundo.

Las runas chisporrotean como una estrella agonizante, perdiendo todo su brillo. No espero permiso para abalanzarme sobre ella y atraerla hacia mí, gimiendo al tenerla contra mi cuerpo. No es más que un montón de huesos y respira gorgoteando.

Un sádico tormento. El arma perfecta para rajarme el pecho y despellejarme.

Un movimiento de la pluma de Ahvi completa el anillo de runas que rodea el libro, haciendo que se vuelvan tan luminosas como las perdidas. Cuando Ahvi alza la vista, noto que no le queda color en las mejillas, ni en los labios, ni en ninguna parte.

«Su sangre. Dijo que no iba a echarla de menos».

«Mentía».

—Ahviiii…

—Tienes que poner tu sangre en el libro por voluntad propia —le dice a Raeve, ignorando mi acalorado bramido, que aún me quema la garganta—. Tienes que querer vivir.

El mundo entero parece detenerse mientras ella clava los ojos en mí, sosteniéndome la mirada con sorprendente precisión. Respira hondo, levanta su mano ensangrentada y dice con voz ronca:

—Quiero.

Nunca una palabra había tenido tanto poder. Nunca había parecido tan increíblemente revolucionaria.

Raeve golpea el libro.

Una explosión de luz glacial brota de las runas con furia, cegándome. Atraviesa mi piel y mis huesos, se entrelaza con mi médula y hace que mis pulmones parezcan sólidos.

Entonces, se detiene.

Con Raeve aún aferrada a mí, parpadeo tratando de enfocar la vista y distinguir la forma de las cosas.

A Raeve se le ha caído la cabeza a un lado…, tiene los ojos cerrados…, la boca abierta…

Se me encoge el corazón.

—No…

Ahvi cae desplomado a un lado.

Alargo la mano a tiempo para sostener su cabeza antes de que golpee la piedra, buscando frenéticamente el pulso de ambos. Encuentro el de Ahvi.

El de Raeve no.

—Rayo de Luna… —La sacudo y le aparto el pelo de la cara—. Despierta.

Nada.

—¿Raeve? —La zarandeo.

No mueve ni un pelo.

El pánico se apodera de mi pecho.

Acerco su cara a la mía, beso los hoyuelos de su mejilla, pego la oreja a su pecho.

La sacudo… fuertemente.

No se mueve. No respira. No abre los ojos para mirarme ni esboza una sonrisa ni me dirige unas palabras mordaces. No hace nada más que yacer inerte contra mí, igual que mah cuando hice que rodease con los brazos a su hija recién nacida, fingiendo que no nos había abandonado a los dos.

—¡ DESPIERTA !

El mundo se estrecha y el tiempo se detiene mientras algo dentro de mí se va desgarrando, con tal lentitud que siento cómo cede cada puta fibra de mi ser…

Cómo se rinde.

Una muerte lenta que comienza en lo más hondo de mí y, poco a poco, se va abriendo camino, extendiéndose como una plaga.

Me doy cuenta de que estoy gritando mientras la aprieto contra mí, como si pudiera recuperarla…