Capítulo 73. Raeve
Raeve
N uestro viaje a través de túneles oscuros y polvorientos y cuevas sinuosas está dominado por un silencio excesivo, solo atenuado por nuestros pasos amortiguados.
Un silencio tan desafortunado y necesario que no hay mucho más que hacer que caminar, parpadear, respirar y… pensar .
Demasiadas veces, me viene a la cabeza Essi y su prodigiosa mente, cómo hablaba de estos túneles con la desconcertante familiaridad de alguien que había hecho las paces con la oscuridad.
Demasiadas veces, aparto esos pensamientos incómodos. Me concentro de nuevo en dónde pongo los pies y en mi respiración mientras me enfrento en silencio a cada golpe que me asesta Sereme, esa zorra incansable.
Pasamos por una caverna elevada llena de huesos fosilizados de dragón que sobresalen de las paredes; probablemente estuviese repleta de gemas de rocadragón en su tiempo.
El lugar de descanso de una bestia que no logró llegar al cielo, que no tuvo la oportunidad siquiera de acurrucarse y solidificarse, cuyos restos fueron tan explotados que el espacio parece una pieza dental cariada, plagada de recovecos y grietas.
Miles de escondites para depredadores que anidan.
Y, aunque no veo más que destellos ocasionales de unos ojos en la oscuridad, siento su atención como si me arañase la piel.
No se acercan. Ninguna criatura sale de las sombras ni muestra signos de querer atacarnos. Me resultaría extraño de no ser por la energía volcánica que desprende el formidable hombre que va siempre tres pasos detrás de mí con Ahvi a la espalda.
Estas criaturas son supervivientes. No me cabe duda de que la mayoría de ellas están hambrientas, pero los supervivientes saben en qué invertir su energía, saben distinguir entre una comida posible y una muerte segura.
Siendo alguien que se ha enfrentado cara a cara con muchas de las bestias que habitan a este lado del muro, he visto sopesar esa decisión más veces de las que tengo fuerzas para contar.
Avanzamos por la boca de un túnel estrecho por el que sopla una brisa fresca del sur que me irrita la piel y nos vuelve el aliento lechoso.
El túnel empieza a iluminarse.
Aminoro el paso, llevándome la mano a una daga al doblar una esquina, por donde llegamos a una gruta bañada por la luz de la luna que se cuela por lo que queda de techo.
La nieve cae a través de las grietas sobre nuestra cabeza, azotada por el viento, que juega con mi cabello y levanta el mugriento bajo de mi capa.
El corazón me late con fuerza y rapidez mientras examino el gélido entorno, que me resulta familiar.
El camino termina aquí. Quizá se tratara de un puente celeste que se extendía de un lado a otro y se vio engullido por el derrumbe.
Miro hasta el fondo de la cavidad el derrumbe de rocas cubiertas de nieve y huesos de dragón hechos añicos, un hoyo oscuro encajado entre las piedras, con una forma parecida a una encrucijada a la que le falta un camino.
Es la entrada a un pozo que se extiende por debajo como las raíces de un árbol.
Aunque el agujero angular parece pequeño desde aquí arriba, sé por experiencia que es lo bastante grande como para atravesarlo sin necesidad de darle ninguna orden a Bulder.
—Este es el lugar. —Clode toma mi voz y la hace rebotar en las numerosas aristas de la gruta—. Ese hueco entre las piedras de ahí —digo señalándolo— es donde tenemos que ponernos.
Justo detrás de mí, Kaan murmura una serie de palabras familiares y desconocidas en el lenguaje de Bulder, formando una combinación que jamás habría imaginado.
Las rocas se mueven, aplanándose hasta formar una escalera digna de un palacio, entretejida entre los antiguos restos del dragón como un templo, con todos los escalones de la misma altura.
«Parece que todavía me queda mucho por aprender».
—¿Qué hacías aquí, Rayo de Luna?
La profunda voz de Kaan vuelve a romper el silencio. Todo mi cuerpo responde a sus palabras, como si yo fuera un Creador y su voz, una nota grave en mi cavidad torácica.
En mi corazón.
Trago saliva. Abro los puños y me paso los mechones de pelo sueltos por detrás de las orejas.
—Estaba escapando de un lugar —murmuro bajando las escaleras mientras ahogo el recuerdo de un iglú que construí con un trozo de hielo y las manos ensangrentadas, de despertar y encontrarme a Fallon fría y rígida a mi lado.
«Sin vida».
—Después de cruzar las llanuras de Ergor, bajé por ese agujero de ahí —digo señalando por encima de nuestra cabeza—. Había una tormenta tan fuerte que me vi obligada a refugiarme en el pozo inferior.
—¿Un peregrino te dejó aquí? ¿En medio de una tormenta?
La indignación de su tono es palpable. Parece prepararse para asesinar a algún pobre desgraciado que ni siquiera existe.
—Claro que no. Eso habría sido malo para el negocio —digo buscando cualquier indicio de la presencia de depredadores.
El derrumbe es lo bastante grande como para que un dragón adolescente pueda atravesarlo ayudándose de las garras.
Podríamos sobrevivir al ataque de un castañeteador, pero un plumaluna salvaje buscando refugio… , pues bueno.
Estaríamos muertos antes de tener oportunidad de reaccionar.
—Entonces ¿ no ibas con un peregrino?
—No.
—¿Y cómo cruzaste las llanuras?
—Caminando.
Detiene sus pasos.
— Rayo de Luna, eso te habría llevado…
—Un tiempo —termino por él. Tanto que, cuando llegué al fondo de la cueva, apenas podía moverme.
Pero no se lo digo.
Tampoco le cuento que la primera vez que vi mi reflejo fue en uno de los escaparates de Gore daes después de que Sereme me salvara la vida.
Recuerdo el sobresalto que me causó. No estaba segura de qué esperaba ver, pero me imaginaba a mí misma como una persona fuerte y capaz. Ruda.
Lo que vi fue todo lo contrario.
Me acerco a la grieta entre las rocas, agacho la cabeza y me cuelo por ella. Salto al túnel y, con el corazón en un puño, espero a que Kaan y Ahvi me sigan mientras examino los alrededores: veo sangre seca salpicada por las burdas paredes.
«Aquí es».
«El sitio donde pensaba que iba a morir».
Miro a la izquierda, hacia la rendija en la que me refugié y, luego, me acurruqué como un dragón moribundo. Estaba hambrienta, con cortes en los pies y llena de heridas que habían comenzado a supurar.
«Y heridas en mi corazón que habían hecho lo mismo».
Pienso en todos los cadáveres que he esparcido por la orilla de mi lago helado interior, ya sea bajo las rocas o en rincones oscuros que rara vez miro. Saco uno de ellos que está encajado entre dos rocas y lo examino: los huesos están tan desprovistos de emoción que parecen de yeso.
Unos guardias enmascarados llegaron durante la duermevela. Intentaron capturarme con la intención de llevarme de vuelta a la guarida de Arkyn.
En parte, casi me arrodillo y suplico por que así fuese, por volver a aquel diminuto espacio donde vivía con mi bella Fallon, por estar a solas con su recuerdo, en lugar de fuera con su ausencia.
Me había rendido, lo recuerdo a la perfección. La sensación de no querer hacer nada más que caer en el vacío. Sabía que estaba mal, pero estaba débil, agotada.
Y, por encima de todo, me sentía muy sola.
Entonces, no entendía a los Creadores por mucho que gritaran, pero la tenía a ella.
Mi Otra.
Ella había tomado el control. Había hecho cosas atroces de las que apenas fui consciente mientras yo me quedaba en segundo plano.
Por el camino, me dieron una puñalada en el estómago, algo que noté cuando ella se sumergió de nuevo bajo mi lago helado, dejando mi cuerpo mucho más frío de lo que estaba antes de que ella emergiera.
Al salir a la superficie, me encontré a Sereme en medio del túnel, como una mancha de color en medio de la penumbra, golpeando con la uña un frasco que llevaba colgado al cuello, mucho más rápido de lo que latía mi maltrecho corazón.
Tuve la repentina idea de que a Fallon le habría encantado su abrigo, su elegante diseño con esponjosas plumas moradas asomando por el ribete, como un fundefauces.
Estaba pensando en eso cuando Sereme me dijo que ella podía evitar que mi corazón dejara de latir, pero que primero tenía que verter mi sangre en el frasco.
Le dije que se fuera a la mierda y me dejara morir en paz, pero entonces ella habló de venganza. Me lo pintó todo muy bonito, pero no tardó en escurrirse por entre mis dedos, como un trozo de pergamino mojado…
—¿Ha cambiado mucho esta cueva desde la última vez que estuviste?
Al oír la voz de Kaan, regreso al presente y me doy la vuelta. Tanto él como Ahvi han logrado pasar.
—No. ¿Por qué?
Ahvi me coge el zurrón del hombro mientras Kaan escudriña nuestros alrededores con severidad. Olfatea con el entrecejo fruncido.
—Estoy tratando de averiguar cómo es que alguien con el poder y el conocimiento para crear un vínculo de sangre te encontró aquí, donde ni siquiera habitan seres de las profundidades.
Me dispongo a hablar, pero sus palabras me calan hondo.
«En realidad, lo que dice tiene sentido».
Frunciendo el ceño, miro hacia el oscuro túnel e imagino a Sereme con su impecable abrigo morado, sin una sola mancha.
Iba bien peinada, con el cabello suave y limpio.
Nada que ver con los habitantes de Suburbia, ni siquiera con alguien que la frecuenta.
Ahora lo sé, pero entonces… no le di importancia, ya que todo era nuevo para mí.
—Nunca lo había pensado —reconozco de mala gana mientras rebusco en el bolsillo la alondra desplegada que casi había olvidado. La de color marrón pálido que encontré en el escritorio de Sereme y no terminé de leer.
La aplano sobre mi palma y ojeo el texto bajo la luz nítida que llega por el agujero por el que nos hemos colado.
SEREME:
SI ELLA QUIERE SALVAR A UNOS CUANTOS NULOS HERIDOS, ASÍ SE HARÁ. NO ES DE GRAN CALADO POLÍTICO, POR LO QUE NO AFECTARÁ A MIS PLANES. HAN DE PONERSE A SU DISPOSICIÓN LOS RECURSOS REQUERIDOS.