La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 72. Pyrok #2
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Capítulo 72. Pyrok #2

—Lo siento. Era más joven y, en aquel momento, me pareció divertido.

Miro por la ventana, esperando a que esa extraña sensación se desvanezca, pero no lo hace.

—¿Va todo bien?

—Claro. —Le dedico una sonrisa, una de esas que suelen hacer que me den por perdido. O bien quitándose la ropa interior, resolviendo que no les importaría echar un polvo conmigo sin tener que invertir emoción alguna, o bien etiquetándome como el amigo poco serio.

En cambio, ella frunce el ceño.

Me aclaro la garganta.

—¿Algún consejo sobre cómo capear el temporal? De verdad que las runas me han dejado fuera de combate a la primera. Necesito encontrar a mi hermana, pero me va a resultar complicado desde las entrañas de la trogg peluda que vive en Go…

Un chillido conocido me interrumpe, estridente y autoritario.

Hambriento .

Essi se queda inmóvil, mirando con los ojos entornados hacia la trampilla que conduce al cuarto de Raeve.

—Disculpa. —Corro hacia los escalones—. Eh…, enseguida vuelvo.

Bajo, consciente de la presencia de Essi detrás de mí a pesar de sus pasos extrañamente silenciosos. Al llegar al mísero jergón de Raeve, me agacho junto a la criaturita, que está despierta y moviendo las alas.

Gruffin gorjea con el pico bien abierto mirando al techo. La mitad de sus plumas nuevas lucen ahora un penacho azul en la punta: va a ser una bestia preciosa. Pero, si sigue chillando así, vamos a acabar rodeados por una bandada de fundefauces salvajes, y eso será el fin.

Levanto la tapa de la pequeña caja de madera, cojo una larvinilla retorcida y se la meto en la boca a Gruffin, pero él lo escupe con un movimiento rápido de su lengua bífida.

—Chiquitín, ahora no es momento de ponerse exigente.

Pruebo con una más pequeña, que le resulta más fácil expulsar. Al tercer intento, Gruffin ataca antes de que yo suelte la larvinilla y por poco me alcanza el dedo.

—Maldita sea. Maell se alimentó de esto hasta que le salieron todas las plumas.

—Recojo todas las larvinillas caídas y las guardo en la caja mientras Gruffin me observa, con la cabeza levantada pero tambaleante.

Parece que está preparándose para soltar otro estridente gorjeo—.

Probablemente quiera algo más parecido a lo que sus padres le habrían proporcionado en la naturaleza, algo sangriento.

—Puedo ayudarte con eso.

Miro a Essi, sentada en las escaleras con la camisa sobre las rodillas. Su larga melena pelirroja hace que parezca envuelta en llamas.

—¿De verdad?

Asiente.

—Quédate aquí.

Se da la vuelta y sube los escalones como si estuviera hecha de aire. Apenas percibo sus pasos una vez que está en la sala de estar, aunque oigo cerrarse la trampilla.

Dos veces.

Cuando vuelve a aparecer, bajando los escalones a toda prisa, lo último que espero ver es una buena pata de colk blanca en su puño ensangrentado, con tiras de carne desgarradas colgando del hueso.

Parece que acabe de partirla y desprenderla de la cadera de una bestia recién sacrificada, sin necesidad de utilizar ninguna hoja. En absoluto.

Se me va el calor de la cara.

—¿Lo tenías ahí tirado?

«La última vez que dije algo con voz tan chillona estaba en la pubertad».

Las mejillas se le ponen tan rojas como su pelo.

Baja la barbilla y se rasca la frente con la mano que no tiene llena de sangre, mirándome solo un instante, como si fuera tímida.

—Nunca se sabe cuándo puede hacer falta carne fresca…

«Claro.

«Para nada es raro».

Acepto la pata y, con la daga de Grihm, corto unos trozos de carne alrededor de la rótula y los dejo caer en la boca abierta de la diminuta bestia.

Gruffin los devora y no tarda en abrir la boca para pedir más.

—Vaya, esto sirve. —Corto más tiras y apenas me da tiempo de balancearlas antes de que me las arrebate, cava vez con más entusiasmo. Arrugo el ceño—. De hecho, va demasiado bien la cosa.

Sigo cortando…, deprisa. Cada vez me preocupo menos por la forma y el tamaño de las tiras, pues no parece importar. Este cabroncete se las va a tragar de todos modos.

Aunque los fundefauces no son conocidos por comer mucho, empiezo a dudarlo cuando veo a Gruffin salir del nido. Da pasos vacilantes, pero está concentrado, y se acerca a la pata moviendo la cola como un látigo flácido.

—Hostia. Espera, tú no deberías andar aún. —Me apresuro a rajar la espinilla para que pueda acceder a las tiras de músculo al ver que empieza a temblar, algo que los fundefauces suelen hacer cuando están a punto de azotarte con la punta de la cola—. Joder.

Tiro la daga a un lado y desgarro la carne con mis propias manos, lo que me resulta un poco más rápido; probablemente, la diferencia entre conservar mis dedos o no.

Al llegar al hueso, el sudor se me acumula en la frente, y raspo los restos que quedan con las uñas. Al agitar el último bocado sobre su cabeza…

Se le cierran los párpados.

Emite un suave gorjeo y vuelve a trepar al nido improvisado, da una vuelta titubeante, arrastrando su larga cola al interior, mete la cabeza bajo su ala azul y se queda quieto, salvo por sus profundas respiraciones.

Suelto el mayor suspiro de mi vida y tiro al suelo el último trozo de carne.

—Gracias a Dios —digo dejándome caer sobre el trasero y mirando lo que queda de la pata. Luego, levanto la vista hacia Essi, que está agachada observándome con los ojos muy abiertos.

—Gracias por la carne. Estoy bastante seguro de que me acabas de salvar la vida.

—De nada. Eh… —La timidez endulza sus facciones—. Me gusta mucho cómo lo tratas. Como si fuera tuyo.

—Gracias, aunque estoy bastante seguro de que quiere comerme.

Otra cálida sonrisa.

Otra cálida sensación en mi pecho.

Aparto la vista y dejo el muslo desollado en el suelo para limpiarme la sangre de las manos en los pantalones.

—Con eso debería tener suficiente por un tiempo. —«Sin duda»—. Quizá aproveche la oportunidad para buscar a mi hermana.

«Y algo más que echarle a la boca al pequeñín».

Echo un vistazo al agujero fatal, temiendo el momento en que tenga que pasar por esas runas que dan náuseas…

—Si me das un poco de sangre, puedo grabarte un pasaje seguro para entrar y salir por la entrada principal —me propone Essi con entusiasmo.

—¿La entrada principal? —Frunzo el ceño—. ¿Estás segura? Apenas me cono…

—Segura —me interrumpe. Asiento tan rápido que siento como si hubiera ganado algún premio mítico por desprender carne de un hueso.

—De acuerdo, bueno, te lo agradezco. Muchas gracias. —Le dedico una media sonrisa—. Vomitar ese delicioso panecillo me rompería el corazón.

Se ruboriza.

Abre la boca, la cierra y sale corriendo hacia el lavabo de Raeve, de donde regresa con una taza y un trozo de tela.

Se agacha ante mí, agarra mi daga y limpia la sangre con el dobladillo de su camisa.

Luego, me coge la mano y me separa los dedos, con firmeza pero delicadamente.

Sus movimientos son hipnóticos , tanto que casi olvido hacerle las preguntas importantes.

—No irás a vincularme a un objeto ni nada así, ¿no? ¿A hacer que me hierva la sangre cada vez que pases un vial llameante por encima?

Ella frunce el ceño y me mira con tal inocencia que me deja sin aliento.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa?

—Eh… Lo siento.

Es lo único que me sale en lugar de «puedes hacerme lo que quieras», porque no quiero eso. He pasado unos pocos suspiros con Essi y ya sé que no es alguien con quien te lances a las llamas tratando de no quemarte, sino alguien por quien te prendes fuego.

Por desgracia, eso no me va.

—No te preocupes. Eres prudente: admiro eso. —Baja la mirada y apoya la punta de la daga de Grihm contra un pliegue de mi palma—. Mis padres no lo fueron y ahora están muertos.

Lo suelta como si nada, como si las palabras fuesen envueltas en tanta lana que apenas hacen ruido, y hace fuerza con la hoja. El pinchazo palidece en comparación con esta intensa sensación de que Essi lo ha pasado mal, que ha vivido cosas que no estoy seguro de querer saber.

O tal vez sí.

Tal vez quiera dar caza a todos esos cabrones que le han hecho daño…

—¿Quieres encontrar a tu hermana? —pregunta.

Al levantar la vista del charquito rojo que tengo en la palma, veo que Essi se ha quedado quieta como una piedra, con los ojos muy abiertos clavados en el tajo.

—Así es. —Vierto mi sangre en la taza, me vendo la palma y uso los dientes para rasgar la tela y hacer un nudo—. Al menos, ese es el plan.

—No vas a encontrarla.

Su tono siniestro me hiela hasta los huesos.

—¿Qué quieres de…?

Ella alza la mirada.

Al ver sus pupilas dilatadas, me quedo paralizado. De repente, siento como si estuviera en presencia de algo más grande que esta habitación, como si me empujaran contra la pared y tuviera que esforzarme por respirar.

—He olido esta sangre antes —dice con tono áspero, juntando las cejas sobre sus ojos suplicantes—. Cuando grabé runas de sangre para la reina Dothea Vaegor.

Oír el nombre de mi hermana es como un puñetazo en el estómago.

«Eeeh… Mierda».

Me rasco la nuca mirándola mientras trato de entender qué coño acaba de pasar. Cómo ha descubierto quién soy solo por el olor de mi sangre. Eso no es normal, ni siquiera para una sanguiria autodidacta, que supongo que lo es.

—Para dar con ella, tendrías que atravesar mis runas, lo cual es imposible.

Me da un vuelco el corazón.

—¿Sabes dónde está mi hermana?

Essi asiente.

—Está bien, y a salvo.

El alivio me libera de un peso en el pecho, como si el propio Bulder llevara sentado encima de mí demasiado tiempo y acabara de levantarse.

—Pero las caídas lunares…

—Está bajo tierra, en una ciudad de cuevas diseñada para soportar el impacto de cualquier caída.

«Joder».

Por un momento me quedo sin saber qué hacer, cómo sentarme o incluso qué mirar.

Oí que Dothea había desaparecido. Aunque esperaba que fuera lo mejor, en lo más profundo de mí creía que se trataba de una misión de rescate.

Que Cadok había acabado haciendo lo que temía desde el momento en que vi cómo se miraban a los ojos en la colorida pista de baile hace tantas fases, mucho antes de que me viera obligado a renunciar a cualquier derecho sobre el trono de piedra.

Que había destrozado a mi bella, ingenua y demasiado confiada hermana sin posibilidad de remedio.

—Espero volver allí pronto —dice Essi en voz baja—. Puedes acompañarme si quieres.

Su amable oferta me revuelve las tripas tanto que es como si acabara de atravesar esas runas regurgitantes.

Reprimo ese sentimiento y me esfuerzo por adoptar una expresión indiferente.

—¿Cuándo?

—No estoy segura. —Me da la daga de Grihm mientras se enrolla un rizo en el dedo meñique—. He estado trabajando en algo que tengo que perfeccionar. Es más seguro para mí hacerlo arriba, donde hay menos gente.

Llevo soportando las ocurrencias de Roan el tiempo suficiente como para saber lo que eso significa:

Lo que sea en lo que esté trabajando es peligroso. Menos gente alrededor equivale a menos víctimas posibles si las cosas salen mal.

—De acuerdo. —Bajo la mirada hacia el hueso desollado y suspiro—. Vamos a necesitar más carne.