Capítulo 72. Pyrok
Pyrok
D ejo una taza de agua sobre la mesa baja y echo un vistazo a la desconocida, que está sobre el banco, cubierta casi por completo con una gruesa manta negra.
Aún inconsciente tras desmayarse, respira con los labios entreabiertos, tan rosados como las nubes del exterior.
Dirijo la vista a la peca que tiene encima del arco, ligeramente a la derecha.
Quizá sea lo más bonito que he visto nunca. En cualquier persona.
Al apartar su densa melena, me doy cuenta de que su oreja es más oblicua que las que suelen tener los feéricos.
—Hum.
De nuevo, observo su piel pálida y su melena pelirroja como el fuego. Esas facciones tan finas que parecen… de otro mundo.
—No puede ser —murmuro al ver que tiene un parecido asombroso con el retrato que colgaba de la pared de la biblioteca de mi familia antes de que todo se fuera al traste. Probablemente siga allí, pero no estoy seguro.
«Una coincidencia. Eso tiene que ser».
Me rasco la nuca y me esfuerzo por apartar la vista.
Me acerco a la mesa del comedor, abarrotada, y frunzo el ceño al ver la piedra redonda sujeta por una abrazadera metálica. Sobre ella, una lente amplía miles de runas en miniatura que debieron de requerir ciclos para ser grabadas.
Y un pulso firme de cojones.
Silbando, observo las docenas de piedras partidas, destrozadas o carbonizadas que hay esparcidas por el suelo; cada una de ellas parece haber sufrido un final diferente, aunque igual de horrible. Luego, echo un vistazo por encima del hombro a la desconocida, que sigue durmiendo.
«¿Qué estará tramando?».
Desvío la mirada hacia una escalera incrustada torpemente en la pared, la cual conduce a otra trampilla por la que probablemente no debería pasar sin permiso.
Una cosa es estar en la lista negra de Raeve y otra mucho peor es molestar a una runi que está experimentando. Podría acabar con un hueso nuevo en alguna parte.
O perdiendo uno.
En la zona de cocina, cojo uno de los numerosos panecillos y aspiro su aroma; percibo notas de mentaquilla, especias sorrin, gonueces, algo cremoso…
«Guau».
Dejo un drab de oro sobre la mesa y me corto un pedazo del panecillo con la daga de Grihm.
Luego, levanto la tapa de un recipiente con mentaquilla dorada, de esa que solo se produce con la leche grasa de las suaves colks del sur.
Y mi comida favorita en el mundo. La última vez que la probé fue… , bueno…
«Antes de que todo se fuera a la mierda».
Pongo otro drab sobre la mesa, cubro el panecillo con una buena capa y luego le doy un mordisco a la suave masa. Algo que se parece mucho a que te den un puñetazo en la boca con una delicia cremosa con un toque a nueces.
La mentaquilla salada parece caramelizarse con cada bocado, templando los sabores intensos y convirtiéndolos en algo inigualable. Por nada. Jamás.
Gimo con los ojos en blanco…
«Jo…
der».
Pongo otros tres drabs sobre la mesa y doy otro bocado. Me detengo a contar los panes: más de treinta.
«Espero que no les haya echado nada para matar en masa a la jerarquía. Parece algo propio de una amiga de Raeve…».
Encogiéndome de hombros, me sirvo en un plato otras tres rebanadas más con mentaquilla y dejo a cambio una pequeña fortuna, resolviendo que no sería una forma tan mala de morir. De todos modos, ya estamos condenados.
Me acerco al gran boquete en la pared que da al sur y veo las cintas aurorales acariciando el horizonte, señalando así el inicio del dae.
Me lleno la boca y dejo el plato sobre una mesa de piedra; es inestable, como si la hubiera moldeado alguien dando unas cuantas órdenes a toda prisa esperando que saliese bien.
Aún masticando, me inclino hacia delante con la intención de asomar la cabeza por la abertura…
—Yo no haría eso.
Hace falta toda mi fuerza de voluntad para no despojarme de mi piel y saltar por la ventana, precipitándome hacia la muerte.
Miro a la desconocida, que ahora está sentada abrazando sus piernas y empuña la daga que he dejado en la mesa junto a ella. No porque quiera morir, sino porque me pareció lo correcto.
Sostener su insólita mirada es como fijar la vista en el sol. Resulta difícil de soportar.
No sé por qué.
Tragando saliva, examino de nuevo el boquete en la pared. Observo las runas grabadas alrededor del borde dentado, algunas pintadas con sangre; la mayoría de ellas, en realidad.
«Ah».
—¿Más vómitos?
—La muerte.
Siento que el calor se escapa de mi rostro. Doy un paso atrás con cuidado y gran precisión.
—Y tampoco será agradable, si mis grabados son acertados. Y suelen serlo. —Dirige la vista a las piedras rotas, quemadas y destrozadas que hay sobre la mesa y, luego, a mí otra vez—. Bueno, al menos cuando llegue a la versión final.
«Claro».
—Te llevarías bien con mi hermano.
Y con «bien» me refiero a que encontrarían formas creativas de hacer explotar cosas, fundir mesas y, probablemente, también de arreglar cosas.
Mierdas de cerebritos.
Ella ladea la cabeza y se me queda mirando tanto tiempo que me pregunto si estará pensando en cómo decirme de forma educada que me largue de una puta vez de su casa. Probablemente.
Como necesito hacer algo con las manos, voy a buscar mi plato de pan, cojo un trozo y brindo al aire.
Como un idiota.
Me lleno la boca para silenciar el momento, gimiendo de gusto mientras mastico, y le hago gestos de agradecimiento con las manos.
Ella observa mi plato a rebosar y la pila de oro que le he dejado a cambio y, después, vuelve a mirarme. Se le dibuja una leve sonrisa.
—Eres diferente.
Una patada en los huevos me habría sorprendido menos.
Levanto una ceja, esperando que desarrolle la idea sin que yo tenga que hablar con la boca llena.
—Es que…, eh…, viví en Suburbia una temporada. —Se encoge de hombros y baja la mirada hacia la daga que sostiene—. Si te desmayas entre desconocidos allí abajo, no te despiertas igual. Desde luego, no más rica .
Después de oírla decir eso, me cuesta tragar lo que tengo en la boca.
Miro alrededor y dejo el trozo de pan que me queda en el plato.
—No deberías decir esas cosas delante de mí —murmuro limpiándome las migas de la barbilla con el dorso del brazo.
Ella frunce el ceño.
—¿Por qué no?
«Me dan ganas de ir allí y arrancarles el corazón a algunos».
—Porque no deberías. —Me encojo de hombros.
Se hace el silencio durante tanto rato que me palpo los bolsillos en busca de una petaca que no tengo. Recurro a cruzarme de brazos, tratando de parecer indiferente ante la abrumadora claridad que estoy experimentando en este momento.
—Bueno… —dice ella pasándose un mechón de pelo detrás de la oreja, aunque no se queda ahí mucho tiempo—. ¿Raeve está viva? —La inflexión de su voz me hace sentir una punzada en el pecho, y me pregunto si no revela un sentimiento herido.
Algo que probablemente prefiero no saber.
—Sí. Es un poco como uno de esos escarabajos azules de la basura que siguen correteando por mucho que todo el mundo los pise.
—¿La estás comparando con un cocalero? —resopla.
—Me hizo vomitar tanto que casi muero. Hasta que deje de oler la bilis, es un cocalero.
La desconocida sonríe tanto que le veo los caninos y se sonroja. Menudo contraste con la forma en que se le han llenado los ojos de lágrimas antes.
—En realidad, eso es culpa mía…
«Ah».
—Bueno, tú no lo eres.
Otro momento de silencio expectante me hace rascarme la nuca, deseando ser la mitad de inteligente que ella. Entonces quizá supiese qué decir. No «He estado vomitando» e insinuando que ella es un insecto repugnante.
—Entonces, eh… —Se pasa el mismo mechón de pelo por detrás de la oreja, que tampoco esta vez se queda en su sitio—. ¿Raeve va a volver aquí o…?
—Si todo va según lo previsto, volverá dentro de unos ciclos. Y sin el vínculo de sangre, del que supongo que no sabes nada.
Junta las cejas y se le borra cualquier atisbo de dulzura.
—Por supuesto que lo sé. También sé que es imposible romperlo sin…
—Está con el protegido de Bothaim.
Palidece.
—¿Te refieres al joven que el rey Tyroth intercambió por el favor del Triconsejo?
Asiento con la cabeza.
—El chico ha tenido acceso total al Libro de Voyd . —Sus ojos se agrandan tanto que creo vislumbrar algo que me devuelve la mirada desde dentro, y me pregunto si está bien que haya revelado tanta información confidencial a esta… desconocida .
«Demasiado tarde».
—Parece que cree que puede romper el vínculo, aunque no sé cómo. Hablaba sin parar sobre que el tiempo es elástico o algo así.
Articula en silencio la palabra «guau» y desvía la mirada hacia la ventana. Y la deja ahí. Aunque tiene los ojos abiertos y observa el paisaje, parece como si estuviera en otro lugar. Un poco como Roan cuando está absorto en sus pensamientos tratando de resolver algo.
—Me gustaría mucho conocerlo.
—Es un buen chico. —Le tiendo la mano—. Por cierto, soy Pyrok.
Parpadea varias veces, volviendo a enfocar la vista, deja la daga y me estrecha la mano al estilo de la gente de La Bruma; la suya es pequeña y suave.
Un buen contraste con la mía.
—Essi —dice esbozando una media sonrisa que ilumina la habitación como un relámpago.
Eléctrica.
Le suelto la mano, preocupado por si rompo sus delicados huesos en caso de apretar demasiado.
—¿Es el diminutivo de algo?
Ella asiente, pero no da más detalles. No insisto, ya que sé lo que supone ocultar tu verdadero nombre.
Mordiendo el interior del pendiente que llevo en el labio, miro por la ventana y echo un vistazo a todas las pesadas lunas que hay agrupadas sobre Gore, recuerdo de batallas lejanas, listas para aniquilarnos a todos.
No me importa mucho mi destino y saber que Roan está a salvo es un gran alivio, pero mi hermana…
«Por mucho que me pese el pasado, tengo que encontrarla».
—Una preguntita: ¿la única salida pasa por echar las tripas que me quedan mientras bajo por un conducto de basura?
Otra sonrisa se va abriendo paso por el rostro de Essi. Pícara.
Cálida.
Una sensación que me embarga como un trago de algo demasiado bueno para ser verdad.