La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 71. Raeve
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Capítulo 71. Raeve

Raeve

L a densa niebla se agita con un viento huracanado que cala hasta los huesos, dejando el mundo envuelto en tonos siniestros, mientras avanzo a duras penas por la nieve, que me llega hasta las rodillas, protegiéndome los ojos con el brazo.

Cada una de mis huellas está manchada de sangre de mis pies y el estómago me ruge con tal fuerza que estoy segura de que las bestias que parlotean a lo lejos van a oírlo. Van a perseguirme.

Al igual que todo lo demás que probablemente me persigue.

Intento no pensar en eso. Aprieto temblorosamente la llave por la que he matado, con la sangre del guardia aún en la túnica hecha jirones que llevo e incrustada bajo lo que me queda de uñas. Todavía cubre mi cabello…, rígido como la paja de mi jergón y el de Fallon.

Un nudo me cierra la garganta, dificultándome respirar.

Consigo tragármelo y, al llegar a una semipendiente, miro hacia arriba.

—Este debe de ser el camino…

Las afiladas rocas se me clavan profundamente en las plantas de los pies mientras asciendo, con los muslos ardiendo y los pulmones doloridos.

Y el corazón… frío .

El terreno se allana, resguardado por una pared de roca gris que da cobijo a un denso manto de nieve: un refugio perfecto si excavo, si hago un agujero que me proteja del viento y de cualquier otra cosa que esté por ahí merodeando, acechando.

—Creo que aquí arriba estamos a salvo.

Espero la respuesta de Fallon. Como no dice nada, me doy la vuelta y escudriño la niebla.

El acantilado rocoso por el que acabo de subir.

—¡ FALLON ! —Mi voz resuena, pero no es nada en comparación con los latidos de mi corazón, tan fuertes que creo que va a estallar.

—Estoy aquí, tonta.

En la pálida penumbra, emerge una sombra, subiendo por la pendiente con movimientos lentos pero firmes.

Se me doblan las piernas.

Caigo de rodillas, resollando, mientras Fallon me alcanza. Cuando por fin llega a la cima, se quita la capucha, dejando a la vista su preciosa melena dorada, que cae como un manto sobre sus hombros.

Sus ojos verdes brillan bajo la tenue luz a pesar del evidente agotamiento que refleja su ya demacrado rostro, sus ojeras y sus piernas huesudas, que asoman bajo la pesada capa negra que le he puesto, robada al guardia cuya sangre me cubre casi por completo.

—¿Estás bien? —me pregunta moviendo los labios pálidos y agrietados. Me acaricia la mejilla y estoy a punto de venirme abajo al sentir su tacto, mucho más frío de lo que recuerdo.

—Pensaba que te había perdido.

Se agacha a mi altura y, con la otra mano, me seca una lágrima en la mejilla.

—Nunca.

Aprieto los labios. Es lo único que puedo hacer para detener el temblor que se apodera de mi mandíbula mientras contemplo sus facciones, suaves y delicadas. Sus ojos, grandes y bonitos, como las joyas del tesoro de Arkyn.

Otro botín oculto en la voraz oscuridad.

Acerco a Fallon a mi pecho y la abrazo con fuerza, tanto que el dolor que siento bajo las costillas se alivia en parte. Frunzo el ceño al advertir que está temblando, como si se estuviera rompiendo por dentro.

—Ven. —Me aparto y le pongo la capucha, protegiéndola de una ráfaga feroz que atraviesa mis harapos—. Tengo una idea para resguardarnos del viento.

El viento amaina un poco, como si Clode me estuviera escuchando. Me resulta extraño, ya que no hace mucho me estaba gritando.

Al darme la vuelta, encuentro un trozo de hielo azul brillante que debe de haberse caído de la montaña, un arma perfecta para cavar en la nieve.

—Voy a hacer un… —Me callo—. ¿Cómo se dice?

Fallon se sitúa en mi campo de visión y se pone en cuclillas, sonriendo. Su sonrisa podría arreglar el mundo si la viera suficiente gente.

—Conoces la palabra.

«¿La conozco?».

Aprieto los ojos, pensando…

—Un iglú —digo.

Ella asiente y se le ensancha la sonrisa cuando me quita el trozo de hielo de las manos. Al hacerlo, veo que me lo he clavado en las palmas, dejando unas profundas heridas que gotean sobre la nieve.

—¿Descansamos un poco primero? Estás agotada y sangrando.

—Mis manos no están tan mal…

—No lo digo por tus manos.

Me señala y, al ver la mancha de sangre fresca justo debajo de mi pecho izquierdo, frunzo el ceño.

«Oh…».

—Me ha alcanzado una flecha —murmuro dejando que me tumbe.

—Lo sé. Hay que vendarlo bien.

«Buena idea».

Sujeto la llave entre mis rodillas y, luego, cojo el andrajoso dobladillo de mi vestido y arranco una tira larga, que utilizo para vendar mi herida bajo la atenta mirada de Fallon. En cuanto acabo, se acuesta a mi lado en la nieve, sus brazos y piernas entrelazados con los míos.

Juntas, observamos la niebla moverse como si estuviéramos mirando las lunas que Fallon dibujó por todo el techo de nuestra celda.

—Estas no son las nubes de las que hablabas, ¿verdad? Las coloridas.

—No —susurra abrazándome con más fuerza—. Hay que caminar mucho para verlas, pero son magníficas, Raeve. El viaje merece la pena, te lo prometo. —Estoy a punto de responder cuando ella levanta mi puño—. ¿Qué llevas ahí?

Abro los dedos y le muestro la llave: metálica, opaca, compleja y dentada.

Una herramienta que se ha utilizado muchas veces para sacarme de nuestra celda y llevarme a la guarida de Arkyn para que me entrenara con su fuego.

Y a las arenas de combate para destrozar a otros seres vivos y ganar las gemas de rocadragón que mantenían a Fallon sana.

Viva.

—Es la llave que nos… —Las siguientes palabras se me atascan—. Que nos ha dado la libertad. —Vuelvo a apretar los dedos—. Cuando no la tengo pegada a mi piel, oigo ruido. —Mucho ruido.

—Nunca me advertiste…

—No le pasa a todo el mundo.

Se inclina y toca la sangre que me ha salido antes de los oídos, cuando se me ha caído la llave y me ha gritado el viento.

La nieve.

Incluso la tierra tenía algo que decir, aunque yo no entendía nada.

Frunzo el ceño y paso el pulgar por el lazo que la unía a la cadena de llaves de donde la cogí.

—Podrías convertirla en un anillo —sugiere Fallon, y arrugo más el entrecejo considerándolo.

«Me gusta la idea».

—Mira, Raeve.

Al advertir la emoción en la voz de Fallon, la luz plateada que ahora ilumina su hermoso rostro, dirijo mi atención hacia donde señala.

Las nubes se han abierto, como si fueran una delicada tela que acaba de rasgarse, revelando la oscuridad que hay al otro lado y dejando entrever a un pequeño dragón plateado en lo alto del cielo.

Se protege el rostro y el pecho con un ala que parece pequeña para su tamaño, tal y como lo dibujó Fallon.

Me arden los ojos al contemplarlo y se me escapa una sonrisa tan grande que duele.

—Es tan bello como decías.

—Sí.

—Siento que no sean las de colores. —Le aprieto la mano con fuerza—. Sé que son tus preferidas.

—No te preocupes. Ese es… especial. —Siento el calor de su mejilla pegada a la mía, sus palabras dichas con una sonrisa, suaves pero profundas, como si tuviese un nudo en la garganta—. Deberías pedir un deseo, Raeve.

Se me tensa el rostro al cerrar los ojos con fuerza, soltando unas lágrimas que se me congelan en la mejilla.

—Solo quiero una cosa.

Las palabras tiemblan. Están rotas, no son más que pedazos que intentan mantenerse unidos.

Me giro a un lado y le acaricio la mejilla a Fallon, inclinando su cabeza para que me mire.

—Pensaba que te había perdido.

Ella arruga el entrecejo, buscando mis ojos mientras el frío nos envuelve. Le paso mis dedos, quemados y llenos de ampollas, por el cabello, colocándoselo detrás de la oreja donde lleva la muesca. Un pequeño tajo semicircular que voy a hacerme en la mía en cuanto encuentre algo bien afilado.

—Fallon…

—Dime, Raeve.

Mi cara amenaza con desencajarse de nuevo, el agotamiento me corroe los huesos.

Todavía más.

Lo que me hace ser… yo.

—No sé si voy a poder seguir haciendo esto.

Solo quiero cerrar los ojos y no volver a abrirlos. Dejar que el frío se apodere de mí hasta que ya no sienta nada.

—Estoy tan cansada…

Fallon me atrae hacia ella y me da un beso entre las cejas, y sus siguientes palabras son meros soplos helados contra mi piel.

—¿Recuerdas lo que te enseñé sobre las cosas que duelen?

A reprimirlas.

A hacer lo que sea para sobrevivir, para seguir adelante.

—Sí.

—El mundo es vasto y bello. —Se aparta ligeramente buscando mi mirada, más intensa que nunca—. Pero también es horrible, cruel e injusto. Y el corazón tiene un límite. Si cargas con todo, al final acabarás hundida.

«Diría que ya lo estoy».

Suaviza el gesto, lo que me hace preguntarme si he dicho esas palabras en voz alta.

—Está bien apartar el dolor por un dae. Si eso es lo que hace falta para seguir adelante, déjalo a un lado hasta que estés lista para soportarlo.

No soy capaz de decirle que no creo que vaya a estar nunca lista, que mi corazón es tan duro y frío que me sorprende que siga latiendo.

—Quiero que me prometas una cosa. —Las palabras de Fallon suenan mucho más feroces de lo que ella aparenta, tan frágil entre los fríos pliegues de su gruesa capa negra, con la piel pálida como la nieve que lleva adherida a las puntas de sus oscuras pestañas.

—Lo que sea, Fallon.

«Lo que sea por ti».

—Debes hacer lo que sea necesario para cruzar las llanuras sana y salva. ¿Te queda claro? Lo que sea necesario.

Siento una opresión en el pecho y me cuesta volver a respirar.

—¿Por qué dices eso?

—Porque hay mucho esperándote: cosas que aprender, comprender y esperar con ilusión.

Algo plateado brilla en su ojo derecho, una luz lejana que en lo más profundo de mí quiero alcanzar.

Perderme en ella.

—Prométeme que vas a vivir, Raeve, que seguirás respirando. Que no vas a dejar de luchar por encontrar la felicidad de la que hemos hablado, el color, el amor.

«¿Por qué parece una despedida?».

Descarto ese pensamiento, tal y como me ha sugerido Fallon. Lo envuelvo y lo llevo al lago helado que hay dentro de mí. Allí, lo ato a una piedra y lo lanzo bajo la superficie, que ya está resquebrajada.

Y me esfuerzo por sonreír mientras la estrecho entre mis brazos. Respiro a través de sus bucles, pegados a mi mejilla, aspirando su olor, dulce y fresco a pesar de la mugre entre la que llevamos viviendo desde que tengo memoria. Huele como lo mejor de mi existencia.

«Lo es todo para mí».

Sin embargo, me cuesta horrores luchar contra el impulso de decirle que nunca le pediré un deseo a la luna, que ya no queda esa magia de la que habla en el mundo.

Que no estoy segura de poder volver a amar.

—Te lo prometo, Fallon. —Parpadeo para eliminar el último vestigio de dolor de mis ojos y noto cómo se cristaliza la humedad en mis mejillas mientras me trago el nudo que tengo en la garganta.

«Desaparece».

—Seguiré viviendo.

Aunque me lleve toda la eternidad descubrir cómo…

Salgo del sueño como si saliera de un estanque: lentamente. Algo reacia y sintiendo los suaves movimientos del pulgar de Kaan limpiándome la mejilla. El ardor de mis ojos me dice qué.

Lágrimas.

Me incorporo respirando temblorosamente mientras me seco las mejillas con las manos y me aclaro la garganta.

Echo un vistazo a la cabaña de piedra que Kaan construyó para nosotros después de que Ahvi se durmiera sobre su espalda.

Está escondida, justo al lado de un pozo minero abandonado, con paredes lo bastante gruesas como para que podamos hablar libremente sin temor a que nos oigan.

Un lugar para descansar y comer antes de continuar el agotador viaje a través de las oscuras y peligrosas profundidades de las ramificaciones periféricas de Suburbia.

El Libro de Voyd sigue abierto junto a la pared del fondo, irradiando su clara luz, que hace las veces de hoguera, y la grieta que hay en el techo deja pasar algunos copos de nieve.

Ahvi está justo donde lo dejamos, sobre mi capa doblada y arropado por la de Kaan como una sombra, forrada con runas que lo mantienen caliente.

Protección contra el frío, pues ha ido aumentando con cada paso que hemos dado hacia el sur por esta laberíntica mina.

Estoy bastante segura de que la capa de Ahvi también está forrada con ellas… , pero queríamos ser precavidos.

Nos preocupamos por él e intentamos que esté cómodo.

—Lo siento —murmuro mirando por encima del hombro a Kaan, que sigue en su lado, con su largo zurrón a modo de almohada, hundido en el lugar donde hasta hace un momento estaba apoyada mi cabeza.

El ceño fruncido le oscurece los ojos.

—No te preocupes. Tú…

—Ahvi… ¿Está…?

—Sigue respirando bien desde que te has dormido. Está perfecto.

Me siento aliviada.

Vuelvo a mirar al niño, a los pocos mechones de pelo plateado que asoman por la capucha de la capa de Kaan, más que agradecida de que su escudo funcione contra el polvo de las minas.

Si no fuera así, no sé qué…

—Raeve, los dos tenéis que dormir un poco más para que me sienta cómodo continuando.

Asiento con la cabeza y me paso las manos por el pelo. Después, me recuesto a su lado, con la cabeza sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón: potentes y pesados.

Vigorosos.

El silencio que hay entre nosotros es voraz. En lugar de esperar a que Kaan lo alimente, lo hago yo, con una pregunta que me lleva rondando desde que vi por primera vez los llamativos ojos plateados de Ahvi.

—¿Crees que los padres de Ahvi siguen vivos?

Las palabras salen en un leve susurro, tan suaves como el aleteo de una polinilla.

Hay un breve silencio y, luego, Kaan respira hondo, como si se estuviera preparando.

—Creo… que habría hablado de ellos si fuera así.

Odio cuánta razón tiene. Odio la gran probabilidad de que Ahvi haya sufrido una pérdida así, y a tan tierna edad.

— ¿Ha sido una pesadilla, Raeve?

Froto con el pulgar la superficie de mi anillo de hierro de repuesto.

—Algo así.

Kaan me aparta algunos mechones sueltos y me los coloca detrás de la oreja que yo misma me corté.

—¿Quieres hablar de ello?

Reflexiono sobre su pregunta mientras observo los copos de nieve que se cuelan por el agujero del techo. Imagino la solemne canción que debe de estar cantando Rayne ahora mismo, un suave llanto que, no sé por qué, me cala más hondo que si de un diluvio se tratase.

«Ella ve mucho».

«Quizá llore porque no sabe qué hacer con tanto dolor».

—En otro momento. Tan solo… —Cierro los ojos con fuerza y mascullo—: Abrázame fuerte. Convénceme de que es real.

Se queda en silencio un momento y me envuelve en sus brazos, usando su poderosa fuerza para darme lo que necesito en este momento; tan cerca de donde emergí de un solitario viaje a través de las llanuras, del lugar donde rompí por primera vez mi promesa a Fallon y estuve a punto de rendirme, rogándole a la muerte que me llevara.

Un amor tan arrollador que casi puedo convencerme de que no va a desaparecer en el instante en que me duerma.