La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 70. Pyrok
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Capítulo 70. Pyrok

Pyrok

U n golpetazo me despierta de súbito.

Suelto un gemido, aunque enseguida se convierte en una arcada por el regusto a vómito que aún tengo en la lengua.

Maldita sea Raeve y sus runas de vómito.

Busco a tientas la petaca que robé, le quito el corcho y la inclino sobre mi boca…, pero entonces recuerdo que está tan vacía como mis reservas de ganas de vivir.

—Creadores, acabad conmigo. —Me giro hacia un lado para apoyarme sobre el codo, con todos los músculos del cuerpo doloridos por lo que, sin duda, ha sido el peor descanso de mi existencia.

Raeve invirtió en runas de vómito, pero pareció olvidarse de las necesidades básicas.

Como un jergón cómodo, con una maldita pluma aunque fuera, o una manta, o una almohada. O cualquier cosa aparte de suficientes espadas para librar una guerra, unos cuantos vestidos elegantes y unas lunas dibujadas en el techo con huellas dactilares.

Me froto los párpados para aliviar el dolor y, luego, alcanzo la taza de agua, que me bebo de un trago, quitándome así el mal sabor de boca.

Entornando los ojos, miro hacia el sur por la ventana grabada con runas heladas.

Las Nieblas se han disipado un poco, lo que me permite contemplar las llanuras, que están cubiertas de nieve, y las coloridas lunas que hay sobre ellas, preparadas para acabar con todos nosotros.

—Al menos, la vista es buena —murmuro dejando la taza sobre la mesa. Ignoro el dolor en mi pecho que me dice que no es una buena vista, sino el paisaje de uno de mis recuerdos más dolorosos. Un dolor que desearía poder quemar con un líquido lo bastante ardiente como para hacerme pensar menos.

Suspiro, oteando el horizonte. No consigo ver ni un solo destello de las cintas aurorales.

«Todavía estamos en plena duermevela, entonces».

Al mirar a la cría acurrucada a mi lado, que por suerte aún respira, deduzco que no he dormido mucho. Si lo hubiera hecho, este cabroncete me habría despertado chillando para que le diera de comer. Ni siquiera se ha cagado, lo cual es genial, ya que tiene mi capa y camisa como nido.

«Por lo menos, alguien está pasando una buena duermevela».

Levanto la tapa de la pequeña caja de madera que encontré junto a la lamentable cama de Raeve, asegurándome de que las larvinillas que recogí de la pared de El Foso siguen retorciéndose y comiendo el musgo con el que forré la base. Se están poniendo bien gorditas para que se las zampe Gruffin.

Tin. Tin. Tin.

Me sobresalto por el ruido agudo que proviene de arriba , de algún lugar al otro lado de esa maldita trampilla en el techo por la que me dijeron que no pasara.

Me levanto, demasiado rápido para lo aturdido que estoy, rebusco en el bolsillo de mis pantalones ajustados y avanzo sigilosamente vial en mano por los escalones tallados en la pared.

Me detengo justo bajo la trampilla y espero.

Escucho.

Tin… Tin-tin-tin… TIN . TIN . TIN .

«Joder», pienso pasándome la mano por el pelo mientras bajo la vista a Gruffin.

La única condición que puso Raeve para que me quedara aquí fue que no subiera por esta trampilla. Bajo ninguna circunstancia. Pero ¿y si corremos peligro por lo que sea que haya ahí arriba? ¿Podría vivir conmigo mismo si no lo investigo y, cuando baje la guardia, acaban devorando a Gruffin?

«No. Estaría lanzándome por propia voluntad sobre la hoja de Raeve».

Tin… Tin-tin-tin… TIN . Tin-tin-tin…

—A la mierda.

Apoyo la mano contra la trampilla y empujo, estremeciéndome al oír el chirrido de las bisagras.

Los sonidos cesan: toda la confirmación que necesito.

Levanto la trampilla y entro precipitadamente. Doy vueltas, recorriendo con la mirada el espacio abierto.

Toscamente tallado, pintado de negro y con una gran ventana abierta que no deja pasar el frío.

El delicioso aroma a mentaquilla horneada y una sugerente mezcla de especias hacen que respirar sea un placer. La cocina negra que tengo a la izquierda está llena de platos sucios y…

Panes.

Montones y montones de ricos panes marrones.

«¿Qué está pasando?».

Rodeo la mesa de piedra que preside la estancia, la cual sale del suelo como si de un hongo torcido se tratase y está cubierta de herramientas y tinturas propias de los runis. El tipo de cachivaches que volverían loco a Roan.

Me llama la atención un trozo de piedra negra brillante partido en dos, cuyo núcleo es un mármol plateado que gira. Parece líquido, pero no lo es.

Aparto la mirada y vuelvo a vomitar.

Echo un vistazo al gran banco de piedra cubierto con una manta mullida, suavizada con un grueso acolchado que sí que parece que va a ser amable con mis músculos doloridos.

Eso me hace considerar la posibilidad muy real de que Raeve me estuviera tomando el pelo, confinándome al espacio donde ella dormía, más parecido a una celda que a otra cosa, cuando aquí arriba hay una auténtica casa, equipada con todo lo necesario para preparar una buena comida y dormir algo más que un parpadeo.

O tal vez sea porque quienquiera que viva aquí arriba tiene el mismo gusto por apuñalar que Raeve y estoy a punto de acabar destripado…

«Por todos los Creadores, eso sería una pena».

—¿Hola?

Entre el desorden de la mesa, me llama la atención una pluma de color rojo brillante con la punta rizada, casi del tamaño de mi antebrazo.

Arrugando el ceño, voy a cogerla…

Atisbo un movimiento y oigo el repiqueteo de unos pies descalzos sobre la piedra justo cuando alguien aparece por detrás del banco tan deprisa que apenas tengo tiempo de coger aire antes de que choquemos.

O antes de que choque conmigo.

Salgo disparado y aterrizo en el suelo, golpeándome la cabeza con tanta fuerza que se me escapa el vial.

Todo se vuelve borroso y siento que el cráneo me va a estallar al tiempo que noto algo frío presionándome la garganta.

El mundo cobra nitidez.

Advierto que quienquiera que haya chocado conmigo ahora está encima de mí.

Parpadeo, tratando de desprenderme del velo rojo, y recupero la visión. Todo el aire sale de mis pulmones con una sola palabra de asombro.

—Joder.

La feérica que tengo encima… es el ser más exquisito que he visto nunca.

Piel blanca como la nieve, pecas en la nariz y mejillas, facciones tan delicadas que parecen haber sido esculpidas por los propios Creadores.

Y su melena… está por todas partes; unos tirabuzones que enmarcan su pequeño cuerpo de un tono rojo tan profundo e inusual que combina con las motas de sus ardientes ojos cobrizos, encendidos por…

La ira .

«Oh».

Vuelvo a sentir la hoja en mi garganta. Me doy cuenta de que está gruñendo y mirándome como si un movimiento en falso fuera a costarme la cabeza.

Y tal vez eso me molestara más si no estuviera tan cautivado por sus ojos, por su exótico y picante aroma y por la semejanza de su rostro a una luna de plumaluna posada entre un manto de nubes rojas.

—¿Cómo has entrado aquí?

Su tono es tan firme y acusador que lo percibo como una bofetada en la cara.

—Por la entrada trasera —respondo entre dientes—. Me hizo vomitar. Mucho.

«Mierda, soy un idiota. ¿Por qué he dicho eso? Ahora me imaginará vomitando».

Entorna los ojos.

Hace tal presión con la hoja que me da miedo tragar por si me corto.

—No puede ser que lo supieras. Solo lo sabíamos yo y otra persona. Y ella está… —La ferocidad de su mirada se desvanece—. Está muerta . Y estoy segura como una mierda de guara de que no se lo contó a nadie.

Se queda quieta cual estatua y abre mucho los ojos.

Cayendo en la cuenta.

Inspira larga y profundamente, lo que me hace desear haberme tomado el tiempo de frotar cada rincón de mi cuerpo después de regurgitar todo lo que tenía en el estómago.

—Esto, eeh…, esto es muy extra… —Hunde su cara en mi cuello.

—Extraño —termino por ella mientras se desvanecen todos los demás pensamientos de mi cabeza.

Se me eriza el vello de los brazos cuando vuelve a olfatearme, esta vez más abajo, y noto el calor de sus muslos contra mi abdomen.

Su suavidad.

Se me acelera la respiración y dejo las manos quietas a los lados, esforzándome al máximo por no moverme, con la hoja aún sobre mi garganta. Sigue presionando con tanta fuerza que cada palpitación de mi carótida parece una amenaza de muerte.

Inhala de nuevo, esta vez sobre mi esternón, y me empuja la cabeza hacia un lado usando toda la mano para olerme la mandíbula, sube hasta mi sien y baja por detrás de mi oreja.

—Creadores… —mascullo—. Por favor, deja de hacer eso.

Se aparta de mí.

—Hueles como… —Sus palabras se quiebran, sus ojos muy abiertos se nublan con un brillo de lágrimas que se acumulan—. Hueles como Raeve.

Me enseña los dientes y vuelve a ponerme la daga en la garganta.

Con más fuerza.

Tanto que apenas dudo de que me está cortando. Sus siguientes palabras vienen cargadas de ira:

—¡Dime por qué hueles como Raeve!

—Porque acabo de estar con ella —respondo mucho más despacio de lo que probablemente debería, dada su ferocidad, pero algo me dice que mantenga la calma—. Me he dormido un rato después de atravesar el agujero con runas de vómito. Las arcadas me dejaron exhausto.

— Mientes . —Una lágrima le resbala por la mejilla, dejando un rastro. Casi alzo la mano para secársela con el pulgar—. Está muerta . Se la comieron los dragones. ¡Está muerta, joder!

Caer en la cuenta es como si me golpeasen con un bastón en las costillas.

«Es amiga de Raeve. Y no sabe que Raeve sobrevivió a su ejecución».

«Mierda».

Acerco la mano a la suya y le toco con suavidad los dedos con que sujeta la hoja.

—El siegasable del rey… nunca tuvo intención de comerse a Raeve.

Ella retira la mano bruscamente. Se incorpora y retrocede a trompicones tan deprisa que me recuerda a un pájaro revoloteando. Se detiene ante la mesa, con las piernas desnudas y el resto del cuerpo casi oculto bajo una gran camisa negra, aunque se le ven las puntas de los dedos. Está temblando.

Espero que no sea por miedo.

Me incorporo apoyándome sobre los codos y siento algo húmedo deslizándose por el corte de mi garganta. Eso capta su atención; frunce el ceño y vuelve a mirarme a los ojos.

Poco a poco, me pongo en cuclillas, consciente de que soy mucho más alto que ella. Si me levanto, quizá vuelva a hacerme sangrar.

—Rygun la llevó al norte, a Dhomm.

Separa los labios y suelta un suave murmullo.

Un gemido.

—Raeve está muy viva .

Se le quedan los ojos en blanco. Es la única advertencia que recibo antes de que se desplome.

Doy un salto y pongo la mano ahuecada debajo de su cabeza justo a tiempo de evitar que se golpee contra la piedra.