Capítulo 69. Raeve #2
Estaremos en contacto.
Me río, tiro la nota y barro la jaula de la mesa con el dorso de la mano. Esta cae al suelo con gran estrépito mientras yo hiervo.
Mensaje recibido alto y claro:
La miskunn del Elding ha tenido otra visión: yo rebanándoles la garganta a Sereme y a él.
Rajo con una daga la tapicería morada de la silla a la que Sereme tenía tanto aprecio.
—Supongo que este lugar pertenecía a alguien a quien querías.
Al levantar la vista, veo a Pyrok recorriendo la habitación con el ceño fruncido. Mientras examina el espacio, va desprendiéndole con dos dedos plumas del penacho a Gruffin sin mirar, dejando un rastro azul.
—Sí, claro… —murmuro sacudiendo los cajones, ambos cerrados con llave—. ¡Sereme es una auténtica joya!
Agarro el escritorio por debajo y lo vuelco. Se estrella contra el suelo levantando una nube de polvo y rompiendo el silencio. Para empeorar las cosas, estampo la bota en la frágil zona inferior, abriendo un boquete en la madera.
Me pongo en cuclillas y arranco los fragmentos astillados, sacando a la luz un alijo de alondras desplegadas. Las reviso rápidamente en busca de una con la torpe firma de cierto hombre con el que estoy decidida a encontrarme cara a cara.
Justo antes de convertir sus intestinos en un adorno que le daré de comer a Líri.
Todavía humeantes.
—Este sitio resulta inquietante —dice Pyrok frunciendo la frente ante un vidrio; enmarcado en él está expuesto lo que parece una gran garrapata alada de color morado clavada en el tablero del fondo—. Me dan ganas de no estar sobrio.
—Siempre salía de aquí con ganas de cargarme a alguien.
—Al dar con la firma que busco, cojo el trozo cuadrado de pergamino marrón pálido y vuelvo a doblar las líneas marcadas.
La alondra cobra vida y, al instante, trata de zafarse de mí mientras la giro para examinar su cola…
No se ha usado el pliegue de retorno—. Este dae no va a ser diferente —añado recreándome en la idea de tener la sangre del Elding en mis manos.
Ese cabronazo.
Desdoblo la alondra y me la guardo en el bolsillo para después, pero me detengo al ver otra nota en el fondo del cajón con la misma firma, ese garabato que deja sus entrañas al descubierto.
La saco y la leo:
SEREME:
SI ELLA QUIERE SALVAR A UNOS CUANTOS NULOS HERIDOS, ASÍ SE HARÁ. NO ES DE GRAN CALADO POLÍTICO, POR LO QUE NO AFECTARÁ A MIS PLANES. HAN DE PONERSE A SU DISPOSICIÓN LOS RECURSOS REQUERIDOS.
ME HE DADO CUENTA DE QUE ESTÁS USANDO...
—Raeve.
Al alzar la vista, me encuentro a Kaan en el umbral de la puerta con Ahvi junto a él agarrado de su mano. Advierto al instante los labios de Ahvi: están azules, y oigo su pesada respiración, como si le costara mucho tomar aire.
—Tenemos que irnos —continúa Kaan—. Abajo se ha derramado algo y sus pulmones no pueden soportarlo.
Me levanto y golpeo con el codo la ventana que da a los cuerpos colgados antes incluso de que termine la frase, rompiendo el cristal morado.
— Sheil athin, Clode. Soich.
Ella entra en un suspiro, inundando la habitación de una brisa fresca mientras yo me guardo la alondra en el bolsillo y me acerco a ellos.
Le cojo el zurrón del hombro a Kaan y rebusco entre los trastos repiqueteantes de su interior hasta dar con el Libro de Voyd , que va envuelto en dos velos; precauciones, dada la tendencia del libro a ir destrozando poco a poco a la gente hasta matarla.
Suelto el primer velo y, arrodillándome, le cubro con él la mitad inferior de la cara a Ahvi.
—Creía que llevabas tu escudo.
—Deben de hacerle falta algunos ret-toques. Nunca lo había probado contra… polvo. —Se sonroja, clavando la vista en el suelo—. Jo.
«Por todos los Creadores».
—La mina derrumbada —murmuro alzando la vista hacia Kaan mientras le hago un gran nudo al velo en la nuca de Ahvi—.
Se encuentra a más de un ciclo de distancia, dos si seguimos la ruta larga para evitar las zonas que creo que están más aglomeradas con gente de la ciudad.
Dos ciclos… a través de galerías polvorientas con un aire que obstruye los pulmones.
Espero que vea la intensa determinación en mi mirada, las palabras que estoy gritando en silencio.
«Tenemos que trabajar en equipo y encontrar la manera de convencer a Ahvi de que aborte la maldita misión».
—Lo…, lo conseguiré —dice Ahvi con voz áspera, jadeando a través del fino tejido—. Pero Gruffin no…, no puede venir. Hay demasiados… depredadores ahí abajo. Y él es muy… esc-escandaloso.
Le pongo las manos a ambos lados de la cara y miro fijamente sus ojos plateados, con tal intensidad que apenas me reconozco en el reflejo.
—No tienes por qué hacer esto. Ni siquiera quiero que lo hagas.
«Solo quiero que estés bien».
—Por favor, Ah…
Niega con la cabeza.
—No puedes… hacerme cambiar de opinión. La can-canción que tengo dentro… me dice que es lo co-correcto y que todo va a salir… bien.
Se me hiela la sangre.
Miro a Kaan, igual de confuso que yo y con los ojos ensombrecidos por su ceño fruncido.
—¿Qué quieres decir con eso, Ahvi? ¿Qué canción?
—Algún dae tendrá sen-sentido. Te lo prometo.
Busco sus ojos, a la espera de que continúe. Como no dice nada más, suspiro y me levanto, pasándome las manos por el pelo mientras le aguanto la mirada a Kaan.
—No me gusta esto.
«Para nada».
—Ni a mí —dice en voz baja para que solo yo lo oiga, y me aparta un mechón de pelo de la cara con la mano libre—. Pero creo que es importante que confiemos en él.
De repente, como si me hubieran dado una puñalada en el corazón, caigo en la cuenta de que Kaan habría sido un pah maravilloso. El tipo de pah del que me habría sentido muy orgullosa, con el que habría formado una familia… si las cosas hubieran sido diferentes.
«Si yo no fuese un puto caos».
—Yo me encargo de Gruffin —dice Pyrok arrellanado en la silla de Sereme, hojeando un polvoriento libro morado con las botas apoyadas en el escritorio volcado—. De todos modos, tengo cosas que hacer aquí.
—De acuerdo.
Arqueo una ceja mirando a Ahvi, que parece demasiado seguro de su súbita decisión.
—¿Y si se emborracha y se olvida de darle de comer?
Pyrok lanza el libro por encima del hombro.
—Eso es ofensivo. De hecho, cuando mejor estoy es cuando voy borracho y felizmente atontado. —Me señala—. Acuérdate de eso.
«Siento disentir».
—Este cabroncete va a salir adelante —continúa—.
No es el primer fundefauces que crío. Ahvi tiene razón, dentro de poco no solo va a empezar a hacer mucho ruido, sino que ya no va a dormir tanto y va a tener mucha hambre.
Además… —Baja la mirada y comienza a frotar otra de las plumas de Gruffin para soltarla—.
Conozco esta ciudad. Conozco los sitios buenos para cazar. Lo tendré bien alimentado.
Un momento… ¿Qué?
Me dispongo a preguntarle cómo es que conoce tan bien Gore cuando Kaan dice:
—Esta tienda corre peligro. No puedes esperarnos aquí.
—Raeve conoce un lugar del todo seguro —tercia una vocecita.
Se me hiela la sangre.
Miro a Ahvi, que ahora respira con mucha más calma. Eso me dificulta reprenderlo con la mirada.
—Ahvi, ya hemos hablado de…
—¡Puede usar la otra entrada! —Se arranca el velo de la cara, abofeteándome con su desesperado entusiasmo y sus ojos como platos—. Ni siquiera tiene que subir…, puede quedarse abajo todo el tiempo y yo estaré feliz de saber que Gruffin está a salvo.
«Este crío».
Me doy la vuelta y me acerco a la ventana rota. Miro más allá de los cuerpos colgados mientras reprimo el impulso de morderme las yemas de los dedos.
—Por todos los Creadores —murmuro, consciente de que tiene razón: es la opción más segura. Essi se pasó fases grabando ese lugar, asegurándose de que fuera seguro. Si puedo confiar en alguien es en ella. Saber que Ahvi siente lo mismo me golpea como una patada en el pecho, dificultándome respirar.
Aprieto los ojos, tratando de aliviar el escozor que siento. Como no sucede, me dirijo a la puerta con la vista fija en el suelo.
—Seguidme.
E l túnel de viento abandonado, al que solo he bajado una vez, tiene un aspecto diferente con esta deprimente luz.
La última vez que entré en él fue cuando estaba arreglando el sitio donde me alojaba para que Essi lo considerase un hogar seguro.
Nunca imaginé que tendría que usar esta entrada trasera de emergencia.
Nunca imaginé que la perdería a ella.
«Que le fallaría».
Suelto el aire despacio, temblorosamente, y me detengo junto a un conducto de basura. Meto la cabeza y miro hacia arriba en la penumbra, guardándome mi anillo en el bolsillo al tiempo que me abro a Bulder… Aprieto los dientes con su tediosa canción, suave y demasiado estable.
«Nada es estable, Bulder. Todo se ha ido al garete».
— Guit atah eh —mascullo, y retrocedo justo antes de que me caiga un bloque de piedra que se desprende de lo alto, liberando un ligero aroma a pan de mentaquilla, como una burla cruel sacada directamente del oscuro pozo de mi sádica imaginación.
Señalo el agujero y miro a los ojos a Pyrok, que está sorprendido, a juzgar por sus cejas levantadas.
—Si te metes ahí y giras, vas a ver unos surcos tallados en el conducto. Sigue subiendo hasta que no puedas avanzar más. Dobla la esquina y hay un hueco por el que creo que cabes. —Lo miro de arriba abajo—. Justo.
—Nunca he estado menos seguro. —Frunce el ceño—. ¿A dónde conduce exactamente?
—A mi alojamiento. —Me miro las manos y me las limpio en la capa. No es que estén sucias, pero así hago algo con ellas.
Algo que mirar que no sea a él, ni a Kaan, que está al otro extremo del túnel con los brazos cruzados, mirándome como a veces hace. De ese modo que me indica que está moviendo las piezas del rompecabezas, encajándolas.
Descifrándome en silencio.
—Es una entrada secreta. Cuando la cruces, vas a vomitar, pero no es permanente. Lo siento.
El silencio se prolonga.
Alzo los ojos y veo a Pyrok mirándome fijamente, impasible.
—Vale… ¿Y si me caigo?
—No lo hagas. Está runado para impedir quedar bloqueado y la trogg peluda estará hurgándose los dientes con tus huesos antes de que acabe el ciclo. —Miro a su espalda, a Ahvi, que está meciendo a su cría mientras se despide entre susurros—. Y el niño no te lo perdonará.
Pyrok maldice y se acerca para asomarse al agujero, por lo que sus siguientes palabras reverberan.
—Está jodida la cosa, Raeve.
Tampoco es que sea ideal para mí.
—Tengo un auténtico arsenal ahí dentro, agua corriente, retrete y sitio para dormir, pero te tocará salir a escondidas mientras Gruffin duerme para buscar comida.
Pyrok se aparta, con el pelo notablemente más revuelto.
—¿Hay algo más que deba saber antes de lanzarme a esta fatídica escalada?
«Sí».
Miro hacia el sur, sumergido en la niebla, justo cuando el cielo se abre, dejándome vislumbrar esa lunita torcida plateada que tanto me gusta, entrelazada con las cintas aurorales de medio dae.
Sin embargo, no se me escapa una sonrisa como suele ocurrirme al ver la columna de Hae.
Lo único que siento es un dolor helado que me oprime el corazón de tal manera que parece que vaya a estallar, agobiada por el recuerdo que toqué en la guarida de mi Otra.
Un momento que viví a través de ella, el cual deseché nada más regresar a la superficie de mi yo consciente, pues no estaba dispuesta a mirarlo a los ojos, a entenderlo.
Ahora, en cambio, lo entiendo demasiado bien.
Mi Otra intentaba mostrarme que ella también había amado, y también había perdido. Que nos parecemos más de lo que me gustaría reconocer… Aparto la mirada, reprimiéndolo.
Borrado.
—Hay una regla —digo con voz ronca, mirando los ojos verde esmeralda de Pyrok, luminosos en la penumbra—. Bajo ninguna circunstancia subas por la trampilla del techo.
Las palabras me salen frías, duras. En absoluto tan rotas, dolorosas y abrasadoras como sonaban en mi cabeza.
Junta las cejas.
—¿Se puede saber por qué no?
—Porque lo digo yo.
Paso corriendo junto a todos ellos tratando de no mirar a Ahvi ni a Kaan a los ojos mientras me adentro en el peligroso camino que hay más adelante.