La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 69. Raeve
66%

Capítulo 69. Raeve

Raeve

E l Foso está desolado: un escenario vacío por el que Clode se mueve velozmente dando vueltas y sacudiéndose mientras arranca unos carteles amarillentos de las paredes.

Sus aullidos son el único sonido, aparte de nuestros pasos sobre la nieve, tan espesa que dudo que la hayan limpiado desde que se supo la noticia de la inminente caída lunar, pues solo hay unas pocas huellas.

—Al menos Clode se lo está pasando bien —murmuro justo cuando una alondra pasa revoloteando junto a mi cabeza en dirección a un velo de niebla que empaña la vista, por lo general despejada, entre ambos lados del muro, haciendo que el lugar resulte inquietante, hechizado.

Un cadáver desollado.

—Supongo que cundió el pánico —dice Kaan observando a la alondra desaparecer en la espesa niebla, con Ahvi a sus espaldas, envuelto en su sucia túnica blanca, que se funde con el entorno.

La niebla se abre, dejando entrever la luna de fundefauces, situada en el lugar más oportuno para aplastar Gore, y luego se vuelve a cerrar, ocultándola.

—Ahvi, ¿sigues llevando el escudo?

Kaan arquea una ceja y me dirige una mirada afectuosa que no sé muy bien cómo interpretar, así que la ignoro.

Ahvi asiente. Miro al interior de su capucha y me encuentro con sus ojos, que brillan como lunas de plata.

—No olvides avisarme si percibes la presencia de alguien.

—Solo feéricos o… —Levanta la mirada.

Dirijo la vista hacia donde mira, llevándome la mano a la empuñadura de la daga, cuando advierto que unos inmensos ojos amarillos nos observan desde uno de los puentes celestes que quedan delante; el suave pelaje blanco de la enorme criatura se confunde con la niebla.

Parpadea y se escabulle a toda prisa con un movimiento de su larga cola.

—Cualquier cosa que piense en hacernos daño.

Ahvi asiente de nuevo.

—Me ha parecido oír decir a uno de los soldados que la ciudad está al límite de su capacidad —murmura Pyrok con la capucha puesta mirando la puerta que cuelga de las bisagras de una licorería saqueada.

Lleva a Gruffin sujeto con vendas a su pecho como si formase parte de él y, por mucho que se quejara al principio, no lo ha soltado.

Hinca una rodilla y coge algo de entre los escombros con una forma sospechosamente parecida a una petaca—. Supongo que se refería a Suburbia.

Cuando nos alcanza otra brisita juguetona, atrapo al vuelo un trozo de pergamino amarillento y embarrado y leo el mensaje:

—Efectivamente —digo—. Está todo el mundo debajo.

Tiene sentido. Suburbia es más extensa que la ciudad misma; podría tragarse a toda la población de Gore de un bocado y aún se quedaría con hambre.

Sin embargo, solo se explotan minas en una pequeña parte de ella; el resto está abandonado y pertenece a los depredadores que se cuelan desde el sur y a aquellos lo bastante embrutecidos o descarriados como para vivir entre ellos.

—Lo de ahí abajo va a ser una carnicería. —Le devuelvo la nota a Clode, que enseguida se pone a zarandearla de nuevo —. Cuando esto acabe, muchos no saldrán con vida y los que lo hagan nunca volverán a ser los mismos.

Mis palabras parecen resonar entre las paredes como un eco.

—Es inofensivo —susurra Ahvi, y me giro de golpe hacia él. Luego, sigo su mirada por encima de su hombro hacia una tienda destrozada, con el escaparate hecho añicos y cristales amarillos esparcidos por la nieve como virutas de oro.

A pesar de las palabras de Ahvi, me pongo delante de Kaan al ver salir a toda prisa por un agujero abierto en una de las ventanas a un nulo de tez pálida y ojos como platos con un atuendo rojo hecho jirones y lleno de suciedad y el pelo naranja enmarañado.

Se detiene en seco sobre los cristales rotos y se nos queda mirando mientras jadea. Tiene la cara esquelética y los ojos hundidos. Durante un instante, parece sopesar sus opciones, pero aprieta con sus delgados brazos los frascos de conservas que lleva contra el pecho.

Luego, echa a correr hacia la pálida oscuridad que hay más adelante, dejando un rastro de huellas manchadas de sangre en la nieve.

La niebla se abre, como una cortina que alguien abriera de par en par, y dirijo la vista a unas sombras que cuelgan del puente celeste más bajo como ropa tendida.

—Por todos los Creadores… —masculla Kaan mientras yo me acerco por detrás a Ahvi y le calo bien la capucha, impidiéndole ver los cuerpos que cuelgan del cuello. Unos enormes roedores negros que han logrado bajar por las cuerdas se los están comiendo.

Los observo uno por uno, con el corazón latiendo con fuerza, como un tambor de guerra.

Aunque algunos están demasiado desfigurados, los que aún conservan las orejas lucen la misma muesca que yo, sin rastro de abalorios elementales. De hecho, la mayoría de ellos llevan la misma ropa rota y sucia que yo suelo atribuir a la gente a la que ofrecía gemas de rocadragón.

«Los de abajo».

—Parece que los soldados han hecho limpieza antes de abrir Suburbia. —La voz de Kaan es un rugido sombrío que alimenta la gélida ira que me carcome por dentro.

Hago crujir mi cuello. Cierro los ojos.

Apretándolos con todas mis malditas fuerzas.

De haber aprobado Sereme mi cruzada para matar a Cadok, esto no habría sucedido. De haber confiado en mi instinto y haberme encargado del asunto, esto no habría sucedido.

Echo un vistazo a Kaan, que examina los cadáveres con una ardiente mirada que es un torbellino de cólera. Desprende la misma energía que cuando irrumpió en el cráter para luchar por mí, aunque más tranquilo.

Hirviendo por dentro.

Una colorida alondra revolotea sin rumbo fijo en la penumbra, haciéndome contener la respiración.

«Conozco esa alondra…».

—Quedaos justo detrás de mí. —Avanzo entre los cadáveres, sin atreverme a levantar la vista por miedo a que la ira que siento se vuelva incontrolable. Cuando veo La Pluma Rizada a lo lejos, aminoro la marcha, me guardo el anillo en el bolsillo y saco una daga.

«Llegamos un ciclo antes de la entrega, pero…».

—No hay nadie ahí dentro —dice Ahvi, cuyas palabras llegan apagadas por su capucha.

Junto al gran alivio que siento en el estómago, también se me forma un nudo.

Me detengo y echo la vista atrás.

—¿Qué pasa con…?

—Uno no está ahí —contesta con una delicadeza que contrasta con su juventud—. Ni Ruse.

Digiero la información como si de cristales rotos se tratara y, tras cruzar el colorido mosaico que forma la ventana destrozada de Ruse, registro el interior de la tienda.

«Por todos los Creadores…».

Adentrándome en la fría y húmeda atmósfera, paso junto a estanterías casi vacías, pisando más pedazos de alondras coloridas, las entrañables mascotas de Ruse, ahora destrozadas, como su querida tienda.

Eso me revienta más que lo de las estanterías.

Cuando llego a la parte trasera, tiro de la tela de camuflaje y, al ver que solo se han llevado parte del arsenal, aprieto el puño.

«Ha sucedido todo demasiado deprisa como para que Ath pudiera verlo venir…».

Sé que Sereme ha sobrevivido; de lo contrario, esa víbora no me habría hendido la columna vertebral cuando bajábamos del carro de Noeve.

Pero ¿qué les ha pasado a Ruse y Uno? ¿Y a los demás miembros del Ath, que no me han mostrado más que amabilidad?

La mayoría de ellos vivían aquí desde mucho antes de que La Bruma dejase de ser el lugar alegre que era, y les iba bien.

Recordaban la época anterior a que llegase Sereme con su esplendor morado y hablaban de rebelión y reforma, de resurgir de entre las cenizas de un mundo devastado.

«¿Qué les ha pasado?».

Pyrok suelta un silbido bajo al pasar junto a mí hacia la armería.

—Espero que no te importe que me sirva… —Me mira de reojo—. Estoy bastante seguro de que me faltan algunas cosas.

—Yo solo te quité las petacas. Todo lo demás lo has perdido tú mismo.

Me doy la vuelta y comienzo a revolver debajo del mostrador de Ruse en busca de su libro de contabilidad. Se me encoge el corazón al ver la cama de pieles de Uno bajo la caja fuerte, también vacía.

Como no doy con el valioso libro, ni huelo sangre ni veo ningún signo de lucha, me inclino por mi versión preferida de los hechos: Ruse cogió a Uno y el libro de contabilidad, y huyó.

«Tengo que creerlo».

Ahvi se deja caer por la espalda de Kaan y aterriza tambaleándose. Se quita la capucha y lo observa todo con los ojos muy abiertos.

—Aquí hay un género realmente bueno.

Con el entrecejo arrugado, escudriño la tienda: parece como si una de las runas explosivas de Roan hubiera estallado en medio, provocando un tremendo desastre botánico y dejando solo algún que otro frasco en pie.

«Hay gente que se conforma con poco».

—Tengo que subir a comprobar una cosa. —Miro a Kaan, que está masajeándome el muslo entumecido, vestigio de la última dosis de «que te jodan, Raeve» de Sereme—. ¿Puedes…?

—Yo me encargo de él, Rayo de Luna.

Dejo mi zurrón en el mostrador para que Ahvi lo llene y enfilo hacia la espantosa puerta morada, que abro de una patada. Subo corriendo las escaleras y atravieso la entrada, destrozada, de la guarida de la víbora de Sereme, mirando a mi alrededor toda su mierda morada esparcida.

También saqueada.

El interior no está iluminado por una luz cálida, como el dae en que estuve aquí por última vez. En su lugar, se cuela una fina capa de niebla a través de la ventana rota que da al norte, que cubre el suelo con un velo vaporoso.

Mis instintos me punzan como alfileres clavándose por todo mi cuerpo.

Al oír un aleteo apergaminado, dirijo la mirada hacia el escritorio morado de Sereme. Sobre él, perfectamente alineada con el mueble, hay una pequeña jaula plateada, el hogar de una sola alondra de papel que intenta abrirse paso hacia la libertad por entre unos barrotes demasiado juntos.

Me adentro en la estancia y no me sorprende nada ver que la alondra intenta seguirme mientras rodeo el escritorio. Con un suspiro, abro la puerta de la jaula de par en par y atrapo a la alondra cuando se lanza hacia mí.

Al desplegarla, leo la nota de Sereme:

R:

Los planes han cambiado.