Capítulo 68. Raeve #2
—Si cualquiera de los dos mancha de sangre mi carro os convierto en cojines —murmura Noeve con el palo de fumar colgándole de la comisura de la boca—. Acabo de descubrir la comodidad que proporcionan a mi llaga…, perdón, mi trasero.
Probablemente no sea un buen momento para decirle que no se me da muy bien matar de forma pulcra y ordenada…
Kaan me cala la capucha con más entusiasmo del necesario.
—¿Dónde tienes el velo?
—Si alguien ve mi cara o la tuya, le saco los ojos.
Refunfuña algo sobre rogar paciencia a los Creadores.
Eso lo he intentado varias veces. Otra cosa que no funciona.
La colk se detiene bruscamente ante la verja soltando un resoplido de impaciencia y sacude su gran cabeza cuadrada, desprendiéndose de la capa de nieve que se le había acumulado en el pelaje.
Obviamente, está tan crispada como nosotros por esta molesta intromisión.
Un soldado se acerca a Noeve. Su casco tan solo deja a la vista su fina boca, su nariz y el abalorio rojo que le cuelga de la oreja.
Nos clava sus penetrantes ojos verdes.
—¿A qué debemos el placer? —Noeve retira su palo y, mirando directamente al soldado, le suelta una bocanada de humo encima.
Es difícil no sonreír.
Él aparta el humo con la mano y nos dirige una mirada indiferente a Kaan y a mí.
—¿Se dirigen a Gore?
—Alrededores —responde Noeve—. Llevo unas plumas de la bandada que he sacrificado para vender.
—La ciudad ya está al límite de su capacidad. Nos van a hacer falta tres bolsas de gemas de rocadragón para que puedan entrar. Precauciones, por supuesto, por si no se marchan antes de la caída.
«¿Tres bolsas? ¿Precauciones?».
Menuda sarta de mierda de guara.
Noeve se lo queda mirando durante unos largos y tensos momentos, pero chasquea la lengua y levanta la tapa del compartimento que tiene a sus pies. Saca tres abultadas bolsas marrones de gemas de rocadragón y se las entrega.
Aunque se apresura a volver a colocar la tapa, los diminutos ojos brillantes del soldado son más rápidos.
—Nos llevamos todo lo que hay ahí dentro.
Me dispongo a desenfundar mi daga, pero Kaan me agarra con fuerza la muñeca.
«Maleducado».
Con los dientes apretados, aflojo los dedos, esperando que note mi desagrado.
—Adelante —dice Noeve con un tono que casi podría pasar por fiel servidumbre—. No hay nada que me guste más que llenarle los bolsillos a nuestro rey.
El soldado le clava una mirada feroz mientras va recibiendo las bolsas de gemas de rocadragón.
—Ahora se registrarán sus pertenencias en busca de polizones —espeta, como si no acabáramos de pagar el pasaje de trece personas, como mínimo.
Él y otros tres soldados rodean el carro sin permiso ni aprobación.
—Cómo está la gente —murmura Noeve sacudiendo su palo de fumar y lanzando la ceniza al viento, que ahora sopla con fuerza—. En mi opinión, son todos unos maleducados de mierda.
Nos llegan unos golpes acolchados y punzantes, lo que indica que los soldados están esforzándose por destripar los sacos llenos de plumas de Noeve.
Levanto una ceja y miro a Kaan de reojo.
Él se aclara la garganta.
Se oye una tela rasgándose y, al instante, una ráfaga de plumas azota el aire como un remolino de nieve.
Noeve suspira, saca otro palo de fumar de un saquito que lleva en la cadera y lo enciende con un vial.
—Cabrones comemierdas —dice dando una calada profunda mientras lanza una mirada asesina a los soldados del otro lado de la verja.
Clode da vueltas agitando las plumas, danzando al son de su melodía, mientras los soldados terminan su registro. Al fin, se acercan y uno de ellos nos señala con la barbilla.
—Levántense para que podamos revisar debajo del asiento.
«Esto ya se está haciendo pesado».
A pesar de los modales de mierda de los soldados, Kaan es el primero en bajar, fingiendo una cojera, lo que no ayuda en nada a disimular su inmensa estatura, pero agradezco el esfuerzo. Rodea el carro y ayuda a bajar a Noeve, que va encorvada y sale refunfuñando.
Yo la sigo y me sitúo donde puedo ver a todos los soldados. El punto de vista perfecto para verlos arrojar los cojines de Noeve al suelo.
Pongo una mueca de dolor.
Clode se lanza a un baile más estrepitoso, agitando las plumas como si fuera una celebración. La expectación que siento indica que las cosas están a punto de ponerse mucho más interesantes para ella.
Kaan se sitúa a mi lado mientras retiran la tabla y registran el compartimento que hay debajo, aunque Noeve no parece llevar muchas pertenencias, salvo un poco de cecina, unos palos de fumar de repuesto y otras tres bolsas de gemas de rocadragón, que los guardias se apresuran a guardar en la parte trasera de su propio carro.
—¡Están limpios! —grita un soldado, y todos se alejan del carro como si abandonaran un cadáver al que acaban de destrozar, sin intención alguna de limpiar el desastre.
Kaan y yo nos disponemos a recoger los cojines cuando se oye un leve graznido procedente del carro.
Con el corazón en un puño, clavo la vista en el contingente. Los soldados se miran con los ojos entornados y, luego, a nosotros.
Un nuevo chillido de hambre sentencia su destino.
—¡Debajo de las tablas del suelo! —grita uno de ellos—. ¡Hay algo escondido!
Clode me arranca la capucha, como si me lanzara a un escenario mientras ella se regodea entre bastidores, riéndose como la reina del caos que es.
Un soldado abre mucho los ojos y me señala.
—¡Es esa zorra de los Ath! ¡Pero si vi cómo se la comían!
Suspiro.
«Esa porquería me va a perseguir a todas partes».
— Hail ui, Clode, gail arr enuin. ¡Shuie!
Las plumas se agrupan, adoptando la etérea y ligera forma de Clode, que salta arriba y abajo mientras aplaude y chilla de júbilo.
Se acerca danzando hacia el soldado y, con una sacudida de su vaporosa melena, le da tal bofetada que lo lanza disparado fuera del sendero como si fuese una piedra.
Su denso grito apenas dura un instante, ya que cae en picado a través de la niebla.
Mientras, yo ya estoy en marcha, hundiéndole una daga en el ojo a un soldado cercano antes de que tenga tiempo siquiera de asimilar lo que acaba de presenciar.
La sangre salpica a la colk, que sigue rumiando impasible.
Kaan consigue poner a Noeve a cubierto detrás del carro y, justo cuando vuelve a lanzarse a la refriega, me llegan unas palabras sibilantes. Al volverme, veo que el soldado de ojos verdes tiene un vial abierto del que salen llamas.
Se dirigen hacia mí cual látigo.
Kaan salta por encima de una lanza de piedra que se eleva del suelo mientras murmura una frase que desvía la flamígera amenaza antes de que tenga oportunidad de alcanzarme, envolviendo en su lugar al hombre que la ha invocado.
Este se prende fuego. Se convierte en un imponente infierno de alaridos espeluznantes.
Aparto la mirada cuando la soga de llamas se tensa tanto que lo parte en dos.
Como si Ignos lo hubiera cogido con sus puños en llamas y lo hubiera desgarrado.
Salpica más sangre.
El olor a carne quemada me invade las fosas nasales, pero reprimo el miedo, convirtiéndolo en un arma recién forjada. Saco otra daga y abro mi barrera mental lo suficiente como para dar la bienvenida a la canción de Bulder.
— ¡ RUTHIN UT AHN , ATAH !
Las palabras dejan un regusto desagradable, como si acabara de vomitar esquirlas de piedra. Probablemente porque he olvidado tensar primero los músculos del cuello.
Salen disparadas del suelo cuatro lanzas chapuceras, que atraviesan a los soldados apostados al otro lado de la verja, horadando su cuerpo al son de gritos gorgoteantes y resuellos.
En ese mismo instante, un hombre se abalanza sobre mí espada en ristre, pero Kaan arremete contra él y le corta la garganta.
Un único tajo contundente que no parece suponerle esfuerzo alguno, pero que basta para dejar la cabeza del hombre balanceándose.
Y cae.
Apenas toca el suelo, Kaan le da una patada con tal fuerza que rueda hasta el precipicio y cae al vacío. El cuerpo del soldado se desploma entre nosotros, con un estruendo de armadura.
Me giro y escudriño el caos de cuerpos empalados y despedazados esparcidos por el sendero, desangrándose en la nieve embarrada, algunos aún convulsionando.
«Hemos acabado con todos».
Respirando con dificultad a través de mi garganta irritada, veo que a Kaan se le ha caído la capucha y tiene la cara salpicada de sangre, que le gotea por la barba. Dirige la vista hacia mí y la ferocidad de su ardiente mirada casi me deja sin aliento.
Me guardo las dagas.
—Esto ha sido mucho más divertido que morir apuñalada en un saco de plumas.
Él gruñe, se acerca a otro cadáver sin vida y le clava la espada en el cuello, manchándose aún más de sangre.
—Has moldeado lanzas —dice señalando con la barbilla mi obra al otro lado de la verja.
Las miro con el ceño fruncido mientras Kaan continúa con sus decapitaciones rituales. No hay dos lanzas del mismo tamaño o grosor. Una se ha desviado mucho de su trayectoria y ha acabado atravesando a un soldado por la base del cráneo.
«Supongo que todavía tengo que mejorar mi puntería».
—Mi intención era metérsela por el culo hasta que le reventara el cerebro —señalo—.
Intentaré hacerlo mejor la próxima vez. —Me doy la vuelta antes de que Kaan tenga oportunidad de responder y arrugo el entrecejo al ver la verja, completamente cerrada y cubierta de runas—. Espero que Ahvi consiga que pasemos.
—¡Sin problema! —responde con la voz amortiguada desde el interior del carro.
«Estupendo».
Tras recuperar las gemas de rocadragón y volver a montar el asiento, Noeve sube al carro y se acomoda sobre el único cojín que no ha acabado cubierto de barro. Kaan y yo damos un paso hacia delante, pero ella se vuelve y nos clava una mirada tempestuosa.
—No.
Nos detenemos.
Un odre de agua cae al suelo y, luego otro, seguidos de dos trapos marrones que revolotean a nuestros pies.
—Primero lavaos.
Estoy a punto de rebatir cuando Kaan niega con la cabeza en señal de advertencia y se agacha sobre una rodilla para recoger los útiles.
—Es más probable que te expulse del sendero a que te deje entrar así.
«Vale».
Cojo un trapo y un odre.
—Toca un baño frío.
Noeve saca el palo de fumar a medias que debió de haberse colocado en la oreja en algún momento, se lo lleva a los labios y lo prende.
—¡Y me vais a comprar unos cojines nuevos! —exclama soltando una bocanada de humo.