La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 68. Raeve
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Capítulo 68. Raeve

Raeve

E ntonces… ¿qué? ¿Las has tirado ? —Otra ráfaga de plumas cae sobre mi regazo mientras Pyrok rebusca en su segundo saco de plumaje de ave goggin, empeñado en encontrar sus petacas—. ¿Ya no están?

—No están —repito escrutando el estrecho camino que recorremos, como un arroyo de barro espolvoreado de nieve—. No soporto ver cómo te asfixias con tu propio vómito de borracho, Pyrok. Tal y como yo lo veía, era una cuestión de vida o muerte. Tenían que desaparecer.

Se queda quieto, como si estuviera cavilando algo, y luego reanuda su búsqueda con un gruñido, escarbando entre las plumas con determinación.

—Me estás mintiendo. Están por aquí en alguna parte.

—¿Crees que te he preparado una búsqueda del tesoro o qué? ¿En serio?

Pyrok gimotea, saca la cabeza y me mira con odio. Con su salvaje cabello rojo cubierto de plumas, no resulta fácil tomárselo en serio.

—Sé que no estás de humor desde que nos fuimos de las zonas de anidación —dice—, pero eso no significa que tengas que agriarme el mío.

Razón no le falta, aunque, después de dos ciclos de duro viaje, me he dado cuenta de que las cosas no están tan mal como pensaba.

Incluso aunque Kaan descubriera dónde reside Arkyn, no es que vaya a ir con Rygun a La Sombra para darle caza. Hace demasiado frío para un siegasable tan grande. Tendría que llevarse a un fundefauces y, dadas las inminentes caídas lunares, dudo que haya ninguno disponible.

Me da tiempo a disuadirlo de su deseo de vengarme, de convencerlo de que se centre en cosas más importantes.

Y hay muchas .

Veo el sinfín de alondras que recibe. Y vi la gran preocupación reflejada en su rostro cuando dejó a Roan en Beluhn con la interminable lista de instrucciones de Ahvi sobre cómo replicar las runas de los arcos de Bothaim.

También me he fijado en que se le ha quebrado la voz cuando Noeve ha mencionado a su hermana antes.

Mi pasado es un pozo sin fondo que acabará por tragarse a Kaan si no encuentro la manera de impedir que se acerque a él. Así pues, supongo que tendré que… hacer justo eso.

Encontrar una manera.

Una campana repica a lo lejos, a la que Noeve se apresura a responder con la suya, agitándola con suficiente fuerza como para que se oiga a través de la niebla.

Abro la boca para preguntar qué significa.

—Es una señal de que el camino está ocupado —murmura Pyrok volviendo a atar el saco con un trozo de cuerda. Lo deposita a un lado y gimotea otra vez al tiempo que se deja caer sobre la mullida pila—. La próxima vez no te preocupes tanto. Estaría genial.

—Lo he intentado y no acaba bien —susurro viendo el sendero comenzar a ensancharse; solo un poco, pero es una señal clara de que estamos llegando al final.

Le susurro a Clode que se quede quieta, halagándola por lo bien que está controlando sus impulsos, aunque me confunde que no responda de inmediato, pues rara vez se distrae tanto como para hacerme esperar.

—¡Carros delante! —grita Noeve.

«Mierda».

Bajo la loneta trasera a toda prisa para quedar a resguardo. Por si acaso, tiro de la gruesa manta para tapar mejor a Ahvi, que sigue dormido, agotado por el largo viaje, respirando lenta y entrecortadamente.

La preocupación me carcome por dentro.

Por mucho que Kaan lo haya llevado a través del bosque de Harthor y haya hecho todo lo posible para facilitarle el vuelo, montar en dragón es duro para cualquiera, grande o pequeño, y más aún para alguien con problemas para respirar.

Le aparto el pelo de la frente para poder ver mejor su palidez.

Por suerte, ha recuperado un poco el color de los labios y las mejillas desde que se desplomó sobre los sacos.

Aparto un poco la loneta para poder echar un vistazo mientras esquivamos un carro que comienza a circular por el sendero. Hay otro atascado detrás…, y otro…, todos tratando de avanzar, tirados por colks inquietos que van cubiertos de nieve y sueltan resoplidos que se convierten en vapor.

Desde mi privilegiada posición, tengo una vista perfecta de sus compartimentos de carga y de lo que llevan.

En su mayoría, gente apretujada, como nosotros, encajada entre baúles abiertos de par en par, con sus pertenencias personales esparcidas.

Los viajeros se esfuerzan por colocar sus cosas, algunos llorando, otros impasibles mientras lanzan miradas furtivas en la dirección a la que nos dirigimos.

Mi desasosiego es cada vez mayor cuando pasamos junto al último carro de la fila, donde hay una feérica colocándose la blusa temblorosamente.

Esboza una sonrisa falsa y, luego, se da la vuelta para coger en brazos a su pequeño, que llora.

Lo consuela con palabras cariñosas y gestos tiernos, a pesar de la oscuridad que reflejan sus ojos.

Cuando respiro de nuevo, el aire me abrasa los pulmones.

Ahvi ahoga un grito y abre los ojos de par en par. Me busca con ellos, y me golpean como una bofetada en la cara.

No lleva barreras en el breve instante en que cruzamos la mirada y sé que está oyendo cosas que no debería, vistiéndose con traumas que no le pertenecen.

—Estoy aquí —digo articulando las palabras sin emitir sonido mientras le aparto el pelo de la frente—. No pasa nada.

Es mentira, claro. Ambos lo sabemos, aunque lo acepta y se relaja contra el saco.

Cierra con fuerza los ojos y susurra:

—Hay un puesto de control de soldados de La Bruma más adelante.

Están quitándole todas las gemas de rocadragón a la gente que quiere aguardar a que caigan las lunas lejos de la capital.

No creo que nos pongan las cosas fáciles para cruzar las verjas, y menos si me ven o encuentran el libro en tu bolsa. —Lanza una mirada a Pyrok—. O…

—Entendido —dice Pyrok mirándome a los ojos.

Maldecimos al unísono.

— Luiere, Clode —susurro soltándola ligeramente.

El viento aúlla y nos azota de tal modo que me doy cuenta de que Clode ha estado observando cómo se torcían las cosas en esas supuestas verjas mientras reprimía un montón de gritos en su pecho.

El carro se sacude de un lado a otro mientras guardo mi daga. Paso junto a Pyrok por encima de una pila de sacos llenos y, justo cuando estoy abriendo la loneta de separación, Kaan pronuncia tres palabras.

—Esto es nuevo.

A lo lejos, borrosa en la penumbra, se intuye la silueta de un carro militar de La Bruma y un obstáculo alto y macizo: una verja de hierro entre dos gruesos postes cubiertos de runas, custodiada por numerosos soldados de La Bruma, imponentes con esa armadura rojo sangre que resalta en el desolado escenario de fondo.

La mitad del contingente parece estar a este lado de la puerta y la otra mitad al otro. Y, aunque no veo sus abalorios desde aquí, no tengo ninguna duda de que algunos llevan uno.

—No estaba así cuando pasé por aquí hace tres ciclos —masculla Noeve.

Sin apartar la vista del camino, sus siguientes palabras van dirigidas a mí—.

Hay un compartimento oculto bajo las tablas del suelo, marcado con un nudo en la madera que parece un ojo.

Al presionar el nudo se abrirá. Os sugiero que os metáis ahí. Cuantas menos preguntas, mejor.

Tras bajar la loneta de cuero, veo que Pyrok ya está apartando sacos de plumas. En cuanto da con el nudo, coge la tapa y la levanta, dejando al descubierto un hueco metálico: es largo y ancho, con miles de runas grabadas, apenas visibles a la tenue luz.

Pyrok se asoma al interior como si estuviera mirando la garganta de un siegasable.

—¿Quieres que nos metamos en un ataúd metálico, Noeve? ¿En serio?

—Mejor eso a que se me manchen las plumas de sangre —dice ella con un carraspeo—. Tiene un orificio de ventilación, así que no vais a morir. Pero no he sido capaz de dar con la secuencia adecuada de runas para insonorizarlo, así que tendréis que mantener la boca cerrada.

Pyrok se rasca la nuca, murmura algo incomprensible y, con los dientes apretados, se mete en el hueco. Después, alcanza al polluelo, todavía dormido hecho una bola de plumas tiesas que le acaban de salir como si de hierba bien cuidada se tratase.

Ahvi se acerca gateando y me mira con sus grandes ojos.

—¿Sabes? Yo podría arreglar eso…, insonorizarlo.

Me sale una sonrisa automáticamente.

—Ya lo creo que podrías —susurro echando su manta al hueco y, luego, nuestros zurrones. Ayudo a Ahvi a meterse y, antes de cerrarlo, le digo—: Ahora, quiero que actives ese escudo tuyo.

Él asiente velozmente y empieza a mover la lengua dentro de la boca. Aprieta los dientes y el brillo plateado de su escudo se extiende a su alrededor mientras coloco la tapa.

El alivio afloja algunos de los muchos nudos que tengo en el pecho.

Estoy volviendo a colocar los sacos en su sitio cuando oigo la voz de Kaan, firme y grave.

—Raeve, métete debajo de las tablas.

Me río resoplando por la nariz.

—Métete tú debajo de las tablas.

Como sé que no hay la más mínima probabilidad de que lo haga, no me molesto en esperar y gateo hasta la loneta. Me cuelo por ella y me siento entre Kaan y Noeve poniéndome la capucha. Cuando tomo aire de nuevo, aspiro un dulce humo con aroma a hierbas.

—Vaya. La vista es mucho mejor desde aquí arriba —digo quitándome una pluma del pelo.

Noeve arquea una ceja.

Un gruñido grave brota del pecho de Kaan.

—Si alguien nos reconoce…

—A cualquiera de los dos. ¿O es que te has olvidado de lo de Bothaim? ¿De la emboscada? Además —digo pensando en los ojos vidriosos de la feérica mientras consolaba a su hijo, en la forma en que intentaba volver a colocarse bien el cuello de la blusa—, este es mi terreno de caza.

—No vamos a cazar —dice Kaan entre dientes.

—No si los soldados se comportan. —Hago crujir mi cuello y siento un cosquilleo en las yemas de los dedos—. Lo cual espero que no pase.

—Tienes un vínculo de sangre .

—Aún no me ha matado.

—Un saco de plumas. Métete. Ya.

Frunzo el ceño.

—¿Es que quieres que muera? Apostaría toda mi colección de dagas a que eso es lo primero que van a rajar. No, gracias. Me divertiré mucho más rajándolos yo a ellos .