La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 67. Kaan
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Capítulo 67. Kaan

Kaan

L as ruedas del carro chirrían al pasar sobre piedras sueltas, una sinfonía que contrasta con el repiqueteo de la nieve en el toldo, interrumpida solo cuando Noeve da una calada a su palo de fumar.

Aparte de eso, silencio.

Ni aullido del viento ni gruñidos de desaprobación de la enorme y suave colk que nos lleva. Tampoco crujidos de la ajada carpintería del carro al ser empujada de lado a lado, porque de hecho nada la empuja.

—Qué raro. En todas las fases que llevo peregrinando por el sendero de los Daes, nunca había visto el aire tan quieto —dice Noeve con voz ronca, dando una larga calada mientras sostiene las riendas relajadamente con una mano—.

Clode lleva eones puliendo los márgenes de Bulder por aquí.

La mayoría no tiene edad suficiente para recordarlo, pero este sendero era el doble de ancho.

—Otra profunda y chisporroteante calada—.

Se me llegó a ocurrir que iba a seguir soplando hasta abrirse paso por completo.

Frunciendo el ceño, miro por encima del hombro y levanto la loneta que nos separa a Noeve y a mí de quienes van en el compartimento de carga, protegidos por una bóveda de cuero tensado.

Pyrok ocupa la mayor parte del espacio, roncando boca arriba, tumbado sobre los sacos rellenos de plumas que Noeve transporta a Gore. Lleva la petaca abierta en la mano, sobre el esternón, a punto de derramar su contenido.

Miro a Ahvi, con la cabeza sobre un saco, acurrucado con su cría pegada al pecho, la cual forma un ovillo de púas.

Ambos están medio tapados con una manta mullida y duermen junto a Raeve, que va en el extremo apoyada en un lateral.

Lleva una pierna colgando del carro y está alerta, como un dragón protegiendo su nido, con la espalda recta y la barbilla alta, oteando el camino que dejamos atrás.

Hace girar una daga de escamas de dragón entre sus dedos y, de vez en cuando, mueve los labios…

, articulando en silencio palabras que la he visto decir antes.

—No creo que a Clode le quede otra opción —murmuro como respuesta a las cavilaciones de Noeve. Estoy a punto de bajar la loneta cuando Pyrok empieza a mover la cabeza de un lado a otro.

—Lo sien-siento. Lo siento mucho —balbuce medio dormido con el rostro contraído—. ¿Por qué no me has dicho lo triste que estabas, joder?

Raeve lo observa menear la cabeza unas cuantas veces más y, luego, se vuelve hacia mí, con preocupación reflejada en sus grandes ojos azules.

Rápida como un parpadeo, le arrebata la petaca de la mano a Pyrok y la lanza por la parte trasera.

—Tiene más de una, ¿verdad?

—Al menos otras dos. —Nunca lo había visto beber tanto, aunque no recuerdo la última vez que estuvo tan cerca de Gore. Considerándolo todo, supongo que tiene sentido—. Pero te va a odiar por ello —añado.

Raeve parece sopesarlo, murmura un seco «que le den» y, luego, rebusca en los profundos bolsillos de la capa de Pyrok, donde encuentra tres petacas más, las cuales sentencia a una tumba neblinosa. Soltando un suspiro, se desliza de nuevo a la parte posterior y sigue haciendo danzar a su daga.

—Parece interesante.

Al oír la voz de Noeve, me vuelvo hacia delante, clavando la mirada en el sinuoso camino que atraviesa un mar blanco.

—¿Raeve? —pregunto poniéndome la capucha para protegerme del frío intenso y hundiéndome más en el mullido asiento, un lujo inesperado pero bienvenido.

Noeve asiente y da otra calada a su palo de fumar.

—Un nombre interesante también.

Se me para el corazón.

Ella me mira de soslayo, arqueando una de sus cejas grises en su arrugada frente, y sus siguientes palabras son mucho más tranquilas de lo que estoy acostumbrado a oírla pronunciar.

—Se parece a cierta persona a la que también acompañé por este camino hace unos cincuenta ciclos. Pero tenía una larga melena blanca, muy parecida a la de su difunta abuh. —Ladeando la cabeza, añade—: Tal vez sea coincidencia.

Me la quedo mirando un buen rato y, después, vuelvo a centrar mi atención en lo que tengo delante, me cruzo de brazos y me aclaro la garganta.

—Una coincidencia, sí.

Noeve murmura y da otra calada.

Aprieto los labios.

—Ves mucho.

—Cuando llevas tanto tiempo viva, ver es lo que mejor se te da.

—Hablando de eso… —Vuelvo la vista atrás para comprobar si Pyrok sigue durmiendo—. ¿Alguna noticia de Dothea? Le envié una alondra hace más de treinta ciclos, pero no me ha llegado respuesta, aunque sé que las Nieblas están causando problemas.

Noeve parece dudar, pero niega con la cabeza y dice en voz baja:

—Yo estaba sacando gente de la ciudad a petición de la reina, pero nuestra línea de comunicación se vio interrumpida.

—Vaya.

Vuelve a ladear la cabeza y, luego, respira hondo y me dedica una sonrisa.

—Pasando a temas más alegres, ¿qué os parecen mis nuevos cojines? —Me guiña un ojo y da una palmada en el cojín que hay entre nosotros—. Están hechos con fibras de raffi traídas desde el norte. Me han costado una fortuna.

—Bien gastada. Nunca pensé que vería el ciclo en el que este carro gozaría de tales lujos.

Vuelve a levantar una ceja mirándome por el rabillo del ojo.

—Fue sugerencia de Veya, comprados con las ganancias de la última vez que cruzó.

El corazón se me acelera al oírla mencionar a mi hermana.

—¿La has visto desde la última vez que crucé?

—Hace poco más de treinta ciclos.

«Debió de haber pasado por Gore de camino a Arithia».

—¿Dijo adónde iba?

—A ver a la trogg peluda.

Me quedo paralizado. Estoy bastante seguro de que oigo a Raeve contener la respiración, probablemente escuchándonos.

—¿Ha… vuelto?

Nunca un simple asentimiento me había impactado tanto.

—Parecía bastante contenta. Y presumía de un brazalete de plata que antes no llevaba.

La desconfianza va creciendo en mi interior como lava en erupción.

—¿Tenía joyas incrustadas?

A Noeve le brillan los ojos.

—Así es, y un aura bastante inquietante.

—Esa pequeña embust… —Me interrumpo sacudiendo la cabeza al tiempo que atrapo una alondra que se dirige hacia mí.

La abro, buscando la caligrafía de Veya, pero comprobar que no es suya me enfurece aún más.

Me dijo que se había deshecho de ese maldito brazalete y, luego, me confesó que había mentido. Sin duda, no quiso mencionar que lo había tirado por el conducto de la basura en Gore, consciente de que le habría prohibido ir a recogerlo.

Por una buena razón.

Muchas personas han acabado devoradas en esa guarida. El hecho de que ella haya sobrevivido es un puto milagro.

—Aquí arriba hace mucho más calor, así que será mejor que vayáis en la parte trasera —rezonga Noeve a través de su palo de fumar abriéndose el cuello de la túnica.

Encauzo la furia de la llama de Rygun a la que me he abierto sin querer, sofocando el calor, mientras me guardo la alondra en el bolsillo y me reprendo a mí mismo mentalmente.

Tiene órdenes estrictas de vigilar la guarida en la que se han refugiado Líri y Maell, al este del sendero, pues hay demasiados exploradores cerca de Gore. Demasiados espías apostados en las llanuras al sur del muro como para que se arriesguen a volar cerca de nuestro destino.

Si no mantengo a Rygun bajo control, si no mantengo la calma que fluye por nuestro vínculo, él podría bajar la guardia con ellas y venir a buscarme solo para comprobar por sí mismo que estoy bien.

—Lo siento. No volverá a pasar.

—Humm.

Noeve sigue echando bocanadas de humo a través de la nieve mientras yo me remuevo, deseando que Borg tuviera algo para mí sobre el paradero de Veya o su bienestar.

Cualquier cosa.

Es probable que no haya dado con el diario y que ahora mismo esté ahogando sus penas en algún callejón, desplumando a borrachos en una partida de escripe.

O tal vez haya encontrado la oportunidad de recabar información importante sobre la situación militar de nuestros hermanos.

Pero esta opresión en el pecho por la falta de información…

«Hace que me cueste respirar».