Capítulo 66. Raeve
El Rey Carroñero
A rkyn se detiene ante la celda de Kyzari y mira fijamente a la princesa. Sus ojos azules, como cristales que destellan en la oscuridad, tienen más vida que la última vez.
Cuando ella suplicaba desesperadamente una misericordia que no existe.
Su sucio vestido azul pálido cuelga hecho jirones de las aristas afiladas de su cuerpo y su largo cabello está más blanco que antes. Cualquier rastro de ternura se ha esfumado desde que él partió en dos la alondra de papel que tenía como mascota.
Es algo sobre lo que Arkyn reflexiona, pues le parece interesante .
Retira la tapa del vial del pah de Kyzari, liberando una bola de fuego, y lo vuelve a cerrar.
—Abre la puerta.
Su voz recorre el túnel como una mancha de tinta.
Kyzari frunce el ceño. Se pone de pie enseguida y se pasa los mechones de pelo revueltos por detrás de la oreja mientras un guardia enmascarado abre la cerradura, con un chirrido de las bisagras a modo de protesta.
—¿Dónde está…?
Kyzari se interrumpe soltando un grito ahogado. Se lleva la mano a la boca con la mirada fija en su tía, a la que arrastran por el túnel hasta dejarla bajo la luz de las antorchas. No es más que un peso muerto sujeto por dos de los guardias enmascarados de Arkyn.
A Veya le brota sangre de la nariz, las orejas y los ojos y le han atravesado con un corte las runas de las sienes, inutilizándolas, pues ya no son necesarias.
Veya no opone resistencia cuando la empujan de espaldas contra los barrotes del exterior de su celda, sujeta con una cadena de hierro. Sus oscuras ojeras ponen de relieve su mirada vacía, su extenuación tras tres noches de insomnio.
El leve indicio del fracaso .
A Kyzari le ponen unas esposas y sueltan la cadena que la ata al suelo.
La sacan al túnel, unida a los barrotes por una cadena tan corta que, cuando intenta lanzarse hacia Veya para ayudarla, los grilletes le muerden.
Kyzari retrocede, pero eso no le impide lanzar miradas con los ojos desorbitados a su pobre tía.
Arkyn mira el cuenco de comida vacío que hay en la esquina de la celda de Kyzari…, abre el vial…, lo cierra…, lo abre…
Parece que vuelve a tener esperanza; una señal clara de que le han contado la verdad.
Kyzari sabe que su mah vive, pero ¿sabe que su pah no es Tyroth, el rey de La Sombra, como todos creen? ¿Sabe que su pah es nada menos que Kaan Vaegor ?
Arkyn está a punto de echarse a reír por lo irónico de la situación y cierra el vial de golpe.
El destino debe de querer que él se vengue; de lo contrario, la descendiente de Kaan no habría ido a parar a su puerta. El destino le sonríe , Arkyn está seguro de ello. Le ofrece la sangre de Kaan para que sacie su sed.
Kyzari levanta la vista y se encuentra con los ojos de Arkyn a través de su pelo enmarañado.
Solo es un rápido vistazo, pero él ve una chispa de luz en sus ojos a pesar de las espantosas circunstancias.
Arkyn sonríe. Le pican tanto las yemas de los dedos que le cuesta trabajo no ponerse a mordisqueárselas.
—Encontradlo. —Siente una oleada de placer sádico al ver a Kyzari ponerse lívida—. Y moled a palos a quienquiera que tenga el diario.
Veya toma una bocanada de aire, como si lo hiciese por primera vez después de estar a punto de ahogarse, y gira la cabeza de golpe mientras los guardias irrumpen en ambas celdas.
Grita a pesar de tener los labios ensangrentados, tratando de reunir fuerzas para liberarse de sus cadenas, con las venas inflamadas y los tendones a punto de romperse.
Kyzari, por su parte, se queda tan quieta que Arkyn se pregunta si se ha vuelto igual de sólida que la piedra brillante que lleva en la cabeza.
Los guardias desgarran los jergones de paja de Kyzari y Veya, esparciendo su contenido por el suelo. Uno de ellos levanta las dos mitades de la alondra.
—¿Y esto?
—Déjalo —murmura Arkyn sosteniendo la fría mirada de Kyzari—. De todos modos, ya no tiene vida.
Los párpados de la joven aletean, amenazando con cerrársele. La primera señal de que está haciendo un esfuerzo.
Los guardias encuentran el diario debajo del cubo de desechos de Kyzari y uno de ellos se lo entrega a Arkyn, inclinando la cabeza en señal de servidumbre.
La princesa acaba por parpadear, dejando caer una lágrima que atraviesa la suciedad de su mejilla.
—Pensaba que habías aprendido —murmura Arkyn agitando el diario—. La esperanza solo trae dolor y decepción.
A ella se le escapa un leve gemido, con los labios temblorosos, pero mantiene la barbilla alta y los ojos llenos de una esperanza que no tardará en esfumarse.
Él rompe el contacto visual y se vuelve hacia Veya, que se retuerce como si estuviera dispuesta a desgarrarse la piel de las manos por liberarse.
—Te lo agradezco, hermana. —Le pasa el diario a uno de sus guardias y comienza a jugar con la tapa del vial para distraerse del molesto y febril temblor de sus dedos—.
De no haber sido porque has venido y me has ofrecido tanta claridad, habría hecho todo lo posible por mantener viva a la princesa, dado que la diadema necesita un huésped del que alimentarse.
—Se encoge de hombros—. Saber que puedo ponérsela a mi Alondra de Fuego es un alivio.
Dicen que se ha vuelto bastante competente con las canciones de los Creadores durante el tiempo que ha pasado fuera, demasiado competente, así que me irá bien tener más grilletes.
Veya deja de resistirse y masculla las siguientes palabras:
—Cuando Raeve descubra la verdad, acabará contigo, con grilletes o sin ellos. Y Kaan también.
«Claro que no. Dentro de unos ciclos, estará muerto».
Arkyn no lo dice en voz alta, no reconoce que la trampa ya está tendida. No es de los que tientan al destino.
—Estoy de acuerdo —medita—. Mi Alondra de Fuego podría acabar conmigo, pero fui yo quien la forjó. Me teme más que a nada. —Con un golpe de su capa, le da la espalda a Veya y agarra con fuerza el vial de su hermano, sintiendo un cosquilleo en la mano.
Eso hace que Veya intente liberarse de sus grilletes mientras chilla con desesperación.
—¡Que me golpeen a mí en su lugar! ¡Por favor! ¡Haré lo que sea! ¡ LO QUE SEA !
Arkyn ignora a su hermana y centra sus ansias de sangre en Kyzari, cuyas bellas facciones están desfiguradas por el odio.
Ella lo mira con ojos casi tan oscuros como la Piedra de Éter. Arkyn ve a su Alondra de Fuego en la forma en que la princesa se comporta, en la forma en que lo mira, como si una ira más profunda y sombría estuviese brotando bajo su piel.
«Otro tesoro —cae en la cuenta—. Solo le hacía falta un pequeño empujón».
De todos modos, Kaan no merece una hija. No cuando su mera existencia acabó con la vida de la querida mah. La única feérica que lo ha querido.
Que lo ha apreciado.
Kyzari acumula saliva y escupe, alcanzando la mejilla de Arkyn.
Él se ríe, recordando a su Alondra de Fuego cuando la vio por primera vez: apasionada.
Audaz.
Se limpia el escupitajo mientras Kyzari lo mira fijamente, desafiándolo. No vacila, no muestra ni pizca de terror cuando él le da un puñetazo con todas sus ganas en la sien, con tanta fuerza que se oye un crujido resonando por las paredes del túnel.
Kyzari se desploma, deslizándose por los barrotes hasta quedar hecha un ovillo de tela azul sucia, con el pelo esparcido por el suelo, como si la luz de la luna se hubiese derramado al romperse un frasco.
El aire tiembla.
Los guardias se miran entre sí con recelo, pero Arkyn no se da cuenta de la sacudida…, ansioso como está por causar más dolor.
Más sufrimiento.
Su sed de sangre le empaña la vista de rojo.
Hinca una rodilla en el suelo y levanta a Kyzari tirándole del cuello del vestido, su cuerpo tan solo un peso muerto. Coge impulso con el brazo y la golpea, sacudiéndole la cabeza hacia atrás por la fuerza mientras a la joven se le escapa un suave gemido.
Golpea de nuevo.
Y otra vez.
Se quiebra los nudillos contra la hija de Kaan mientras recuerda los ojos inexpresivos de su mah cuando la encontró muerta en su cama.
Imaginando el rostro de su pah desgarrándose con cada puñetazo, famoso por ser casi idéntico al de su segundo hijo, que ahora ocupa el trono de bronce.
Lleva la corona de bronce.
Los desgarradores gritos de Veya se convierten en un ruido de fondo mientras Arkyn se tiñe de la sangre de Kyzari.
Solo cuando el corazón de la joven está a punto de dejar de latir, se aparta de ella y se esfuerza por enderezarse, sofocando el feroz deseo de estamparla contra el suelo. Gira la cabeza de un lado a otro y toma una profunda bocanada de aire con la boca abierta.
Saboreando su venganza.
—Volved a meterla en la celda —dice cansado, tomándose un momento para admirar la sangre que mancha sus temblorosos puños antes de aflojar la presión que ejerce su mano sobre el vial.
Luego, se lo guarda en el bolsillo.
Los guardias abren el candado de Kyzari, agarran a la princesa por los tobillos y la arrastran de vuelta a su celda, dejando un rastro carmesí.
Arkyn gira la cabeza hacia un lado al oír el patético llanto de Veya.
Acurrucada en el suelo, ella lo mira mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas, con la cara desencajada por la desolación.
—Mi Alondra de Fuego necesita recuperar su diadema. —Pronuncia sus siguientes palabras como si fueran llamas—. Tú, mi querida hermana , has de mantener viva a su hija hasta que llegue el momento de que entregue la piedra. O no lo hagas, condena al mundo. Es tu decisión.
Tras eso, se da la vuelta y se desvanece en la oscuridad.