Capítulo 65. Raeve #2
La mayoría de ellas las tengo por propia voluntad. Un trato en nombre de la mujer por la que habría dado mi vida… si Arkyn me hubiera pedido que se la entregara.
Pero no me atrevo a revelar nada de eso.
—¿Recuerdas cuándo te las hicieron? ¿Fue después de la caída?
—Sí. —Aprieto los ojos con fuerza—. Fue después de la puta caída.
No me doy cuenta de que lo tengo justo detrás de mí hasta que me agarra la muñeca con fuerza y me saca la mano de debajo del brazo. Me da la vuelta hasta que quedamos casi cara a cara, con mi mano como único obstáculo entre nosotros, levantada como una bandera.
—¿Es la razón de esto?
No tiene sentido pedirle que aclare lo que quiere decir, pues me he arañado tanto la piel de alrededor de las uñas que sangra por algunas partes.
Aparto la mirada del estropicio y la poso en sus ojos, que tiene clavados en mí.
«No, Kaan. Me pican los dedos desde que desperté en aquella celda; confundida».
«Sola».
«Sin voz y desamparada».
—Desde luego, no ayudó.
Él frunce el ceño y siento la energía brotando bajo su piel, una violenta ira apenas contenida.
—Déjalo, por favor.
Me atrae tanto a él que no queda espacio entre nosotros.
Me derrito contra él, arcilla que se ablanda ante su poderosa presencia, como si tuviera algún poder invisible sobre mis músculos.
Mi columna vertebral.
Mi maldita entereza.
—¿Por qué, Rayo de Luna? —Busca mis ojos mientras extiende la otra mano entre mis omóplatos, dejándome sin respiración—. ¿Por qué no me dices un nombre?
«Porque no renací libre de miedo. Me lo fueron arrebatando poco a poco y ahora está en manos de un hombre que me acecha durante la duermevela».
«Porque esa montaña no hace más que apagar la vida».
—Es un monstruo y… —Me vengo abajo ante su firme mirada y acabo perdiendo por completo la entereza. Solo queda la cruda verdad—. No puedo perderte a ti también —logro decir—. No pienso hacerlo. Y eso es lo que él hace, Kaan. Arkyn coge y coge y coge hasta que no queda nada, joder.
El tiempo se detiene.
Me mira como si fuese de piedra, sin respirar siquiera, sin parpadear. Oírlo tragar saliva es la primera señal de que sigue vivo.
Me suelta la muñeca y me coge la cara, mostrando tal ternura que casi no noto el ligero temblor de sus manos mientras me inclina la cabeza y me da un cálido beso entre las cejas. Aún rozando mi piel con los labios, dice:
—Encontraremos la manera de romper el vínculo de sangre.
—La calma constante de su tono contrasta con el calor volcánico que desprende, algo que solo parece ocurrir cuando le cuesta contener el fuego de Rygun—.
Luego, daré caza a ese Arkyn y lo someteré o te lo entregaré para que le cortes el cuello. Tienes mi promesa.
«No…».
Me suelta y se da media vuelta. Se dirige hacia la trampilla, dejándome… paralizada, abrumada por un pánico incontrolable. Para horror mío, me doy cuenta de que se me ha escapado el nombre de Arkyn.
Kaan ha desaparecido antes de que mi cuerpo recuerde por fin cómo moverse.
Bajo corriendo las escaleras y salto los últimos peldaños, pero Kaan ya está preparando el equipaje.
—Puedo deshacer el vínculo de sangre —dice Ahvi, aún sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
Me paro en seco. Sus palabras giran en un remolino de silencio mientras Roan, Pyrok, Kaan y yo nos miramos con las cejas levantadas.
Solo hay una forma de romper un vínculo como el mío: deshacerse de la sangre contenida en el frasco y esperar que no se haya diluido en algún momento, que no se haya vertido la mitad en otro frasco.
Por desgracia, teniendo en cuenta que aquel cabrón que apareció en el pueblo fue capaz de torturarme utilizando uno que nunca había visto antes, creo que mi sangre se ha diluido.
Probablemente en numerosas ocasiones.
Sereme no es de las que se olvidan de trazar varios planes de emergencia.
Sobre todo, cuando se trata de mantener el control sobre la persona a la que parece despreciar por encima de todo.
Yo.
—¿Estás seguro de eso, Ahvi? —pregunta Roan, encorvado junto a la mesa, con sus tinturas a medio mezclar esparcidas por ella—. Romper un vínculo de sangre… se considera una de las cosas más imposibles del mundo. Por eso, se ve con tan malos ojos esa práctica.
Ahvi repite las palabras, esta vez más alto y de forma notablemente más lenta.
—Puedo deshacer el vínculo de sangre.
«Eeeh… Mierda».
Kaan deja su alforja en el suelo y se acerca a toda prisa.
—¿Cómo?
Ahvi toma otro trozo de carne de la mesa y lo deja colgando sobre las fauces de su dragón.
—Es similar a deshacer un nudo, supongo.
«Yo diría que es mucho más complicado que eso, pero bueno».
—El tiempo es más flexible de lo que la gente cree.
—Un escalofrío me recorre la espalda cuando Ahvi deja caer la carne en la boca de su dragón, se limpia las manos con un trapo y me mira con esos audaces ojos plateados, como un ancla que se hunde hasta lo más profundo—.
De todos modos, para acabar con el vínculo, tenemos que estar en el lugar donde se creó.
La revelación me golpea con tanta fuerza que me da un vuelco el corazón.
—No. Eso no va a pasar.
«Cero
posibilidades».
Ahvi frunce el ceño.
—Pero tú me has salvado —replica con una determinación impresionante—. Y yo ahora saldo mi deuda. Así es como se supone que deben comportarse las buenas personas.
«Estos rollos de héroe resultan agotadores».
—Claro, puedes saldar tu deuda… —pone cara de fastidio antes de que termine la frase— yendo al norte con tu palo de grabado y protegiendo tantos pueblos y ciudades como te sea posible antes de la caída con tus runas salvamundos. Es sencillo.
—Puedo darle instrucciones a Roan. Él sabe grabar tan bien como yo.
Roan hincha el pecho, con aire de ser el hombre más orgulloso del mundo.
—De hecho, más rápido. —Ahvi se encoge de hombros—. Yo me canso. Y ahora soy pah.
Miro al dragoncito, que se esfuerza por mantener la cabeza levantada, pero se le cae hacia un lado, como si el cuello le fallase.
—Te voy a decir lo que es cansado: pasarse dos daes caminando por túneles subterráneos tratando de encontrar el lugar donde se creó el vínculo, porque no hay forma de que pueda verlo desde arriba. Hay miles de hoyos iguales. —Niego con la cabeza—. Olvídalo, Ahvi. Ya buscaré otra manera.
Su voz suena aterrada.
—¡Pero eso casi te mata dos veces solo en el último ciclo!
«Maldita sea, Ahvi».
Todos clavan los ojos en mí, incluso Pyrok, sentado con su petaca a medio camino de la boca. Parece que verme discutir con un niño de nueve fases sea lo más entretenido que ha visto nunca.
—¿Dos veces? —suspira Kaan.
Lo ignoro, aunque me mira de tal forma que es como si el propio Rygun me tuviera inmovilizada bajo su garra mientras extrae toda la verdad de mi olor.
Me cruzo de brazos y miro a Ahvi cabreada.
—Si vas a seguir metiéndote en mi cabeza, tenemos que establecer algunas reglas básicas.
—Además, si esperamos hasta después de la caída, tal vez la zona quede arrasada —insiste—. Entonces no podré hacerlo. Habremos perdido nuestra única oportunidad de arreglar las cosas.
«¿Las cosas?».
«¿Cuántas cosas más pretende arreglar?».
Antes de que tenga oportunidad de responder, Kaan se pone delante de mí y me coge la cara con ambas manos, impidiéndome ver nada más.
—Raeve…
Así sujeta, me doy cuenta de lo mucho que tiemblo. Además, me escuecen tanto los ojos que, aunque parpadee, me cuesta que desaparezca la sensación.
—No me pidas que me anteponga a él, Kaan. No lo hagas.
Suaviza la mirada y me acaricia los pómulos con los pulgares mientras me hincho los pulmones con unas profundas bocanadas de aire que hacen que me dé vueltas la cabeza.
—Me quedan apenas unos daes para entregarle… partes de él a Sereme. No. No va a pasar. No pienso dejar que se acerque tanto al punto de entrega. Me niego.
Kaan abre la boca…
Pero esta vez es Ahvi quien lo interrumpe.
—Es el único lugar al que voy a dejar que me lleves.
El silencio clava sus garras profundamente.
Lentamente, dirijo la mirada hacia el chico y me encuentro con sus ojos plateados, que me miran con severidad, como si presumiera de tener la llave de mi mente y la balanceara entre nosotros con una sonrisa descarada.
Solo que no sonríe, y yo tampoco. Derrotada por un crío que me llega al pecho, un crío que, obviamente, ha escudriñado mi mente lo suficiente como para saber que no voy a obligarlo a ir a ningún sitio en contra de su voluntad, que no voy a quitarle sus libertades como me han quitado a mí las mías… , una y otra vez.
Si solo hay un lugar al que piensa dejar que lo lleve…, ahí es donde iremos, quiera yo o no.
Eso quiere decir que nos vamos a Gore, joder.
—Además, no te preocupes por mí. Tengo mi escudo. Así es como convencí al Triconsejo de que me dejara llevarme a Gruffin.
«Qué nombre más mono».
Ahora, Ahvi sí sonríe, una sonrisa tan ancha que abre una grieta en mi frío y maltrecho corazón.
— Nadie puede hacerme daño con mi escudo.
Me invaden unas náuseas con tanta intensidad y rapidez que me zafo de Kaan, me acerco a las ventanas y empiezo a pasarme los dedos engarfiados por el pelo mientras respiro profundamente, sin que eso sirva para calmar los latidos acelerados de mi corazón.
No me gusta esto. Nada de esto.
No se me va de la cabeza que algo no va bien.
—¿Dónde ocurrió? —pregunta Kaan, y aparto de mi mente las imágenes de sangre y huesos rotos, de trozos de cerebro esparcidos por el suelo cubierto de nieve.
Recuerdos de cómo era sentir que el corazón comenzaba a palpitar tan despacio que sabía que se acercaba a su último latido…
—Una mina abandonada.
—¿Cuál? —A Pyrok se le quiebra la voz como nunca le había pasado.
Ahvi responde por mí, quizá consciente de que tengo la mente puesta en un lugar frío y silencioso, uno que esperaba no volver a ver nunca, donde estuve a punto de caer en el oscuro pozo en el que había echado los recuerdos de todo lo que había perdido durante mi huida a través de las llanuras de Ergor.
—Al sur de Gore —dice con suavidad—. El vínculo se creó a las afueras de Suburbia.