La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 65. Raeve
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Capítulo 65. Raeve

Raeve

A y, Creadores… La hostia —gruñe Pyrok, tendido en el banco. Acerca la barbilla a su agitado pecho y observa a Roan buscando la estaca que tiene clavada profundamente en su torso—. Pensaba que… se te daba bien esto. Kaan… no dijo ni pío cuando… le sacaste la suya.

—No estoy haciendo absolutamente nada distinto —dice Roan con un suspiro—, pero tú te mueves mucho más que él.

Desde el lado opuesto del banco en forma de garfio, echo un vistazo a la trampilla del techo, que se cerró de golpe después de que Kaan subiera corriendo por la escalera de caracol en cuanto Roan le sacó la estaca del brazo.

No me dijo ni una palabra mientras regresábamos, ni siquiera cuando ya estábamos seguros dentro del árbol.

Sin embargo, las siento ahí, flotando entre nosotros.

Son tan tangibles como la explosiva ira de mi pecho, la cual aumenta cada vez que pienso en la maldita nota que sigo llevando en el bolsillo.

La orden de matar al joven que está sentado con las piernas cruzadas en el suelo a mi lado, con la cría en su regazo, balanceando trozos de carne que el dragón intenta agarrar, a pesar de que sigue teniendo los ojos cerrados; probablemente por eso se pasa el rato a punto de morderle el dedo al niño.

«¿Cómo iba a ser una amenaza para La Floresta?».

«¿Un niño?».

Me paso el pelo recién lavado por detrás de la oreja y me inclino más sobre el cubo de agua con jabón, en el que froto con ganas mi chaqueta.

Lo único que pienso entregarles a Sereme y al Elding es venganza en forma de espada clavada hasta la empuñadura en sus respectivos corazones.

He perdido toda la fe en ellos, en la causa.

No me sorprendería nada que La Floresta estuviera perfectamente a salvo y que todo esto no fuese más que pura manipulación, una artimaña para…

«No lo sé, pero ya lo averiguaré».

—No. —Al levantar la vista, veo a Pyrok agarrar las pinzas e incorporarse hasta quedar sentado. Se aparta el pelo embarrado de los ojos y apunta con el instrumento ensangrentado a su hermano—. Serás torpe. Quita, que ya lo hago yo.

Roan inclina hacia atrás la cabeza, como si buscara paciencia en las vetas del techo.

—Ya casi estaba.

Resoplando, Pyrok saca con los dientes el corcho de su petaca y lo escupe a un lado.

—Lo único que has estado a punto de conseguir ha sido mi puño en tu cara. —Se bebe lo que supongo que es la mitad del contenido de la petaca, suelta un silbido bajo y, luego, apoya la barbilla en el pecho y comienza a hurgarse en la herida.

—Voy a preparar mis tinturas para que cierres la herida —dice Roan levantando las manos.

Pyrok observa con furia a su hermano bajando por las escaleras y, murmurando para sí, vuelve a la faena.

Mientras, yo mojo mi chaqueta en el agua y continúo tratando de eliminar la suciedad incrustada en las pequeñas escamas de las garras de Rygun que recubren la prenda mientras me pregunto si todos los hermanos se comportan así.

Ese pensamiento me hace sentir en el pecho… dolor .

La trampilla se abre.

Kaan baja por la escalera de caracol todavía vestido con sus pantalones embarrados, que lleva pegados a sus fornidos muslos como una segunda piel.

Va descamisado debido a la intervención de Roan con las pinzas y parece que se ha limpiado la mayor parte de la suciedad de brazos y torso con un trapo que no parece haber bastado.

Otro escalón y veo aparecer su rostro, casi limpio, aunque le quedan restos de suciedad en el cabello suelto y la barba. Cuando al fin veo sus ojos, los tiene como el carbón, subrayados por sombras.

Lo cual me impacta .

Algo gotea en el escalón en el que se ha detenido y, al mirar, advierto una mancha carmesí. Levanto la vista a la piel desgarrada de los nudillos de su mano derecha. Se los limpia en los pantalones y dice:

—Tenemos que hablar.

Pyrok, Roan y Ahvi me miran mientras el aire se carga de tensión.

Asintiendo, dejo mi chaqueta en el cubo y paso junto a la mesa. Subo las escaleras detrás de Kaan, con la mirada fija en la constelación de lunas que adornan su musculosa espalda. Una bella obra de arte ahora estropeada por las cinco heridas que le infligieron en Bothaim, ya cauterizadas.

Espera a que pase y cierra la trampilla, aislándonos del piso inferior.

Me aparto y comienzo a caminar de un lado a otro entre las ventanas, las cuales ofrecen una panorámica de la espesa niebla que aún cubre las zonas de anidación, llenando el bosque. Como son la única fuente de luz de la habitación, hacen que el espacio parezca oscuro.

Abarrotado.

O tal vez sea solo yo, con tantos pensamientos y sentimientos confusos que están a punto de desbordarme.

—Raeve…

—Tengo un vínculo de sangre —suelto de repente volviéndome hacia Kaan, que está de pie junto a la trampilla.

Se le forma un surco entre las cejas y abre la boca como si se dispusiera a hablar, pero parece pensárselo mejor y me indica que continúe con la barbilla.

—La única razón por la que he encontrado a Ahvi primero es porque me llegó la orden de matarlo mientras estábamos en el pueblo —digo, y, cuando sus ojos se abren de par en par, levanto una mano—. No estuve muy acertada, lo sé, aunque he de señalar que la orden no decía nada sobre que fuera un niño.

De nuevo, parece a punto de hablar. Esta vez, lo interrumpo.

—Nunca le he caído bien a la zorra de mi vinculada, y tampoco puedo decir que ella me caiga bien a mí, porque tiende a torturarme hasta que me doblega.

Desde que dejé que los Fíur du Ath creyeran que Rygun me había devorado después del juicio, usa nuestro vínculo para manejarme a su antojo.

No es la primera vez, y tampoco será la última.

Kaan cruza los brazos y aprieta los labios como si estuviera aguantándose las ganas de interrumpirme.

Probablemente sea lo mejor.

—Antes soportaba el dolor, pensando que era normal, pero, ahora que veo que no es así, necesito encontrar una forma de liberarme del vínculo, y eso no es problema tuyo, sino mío.

Es solo que… —Me paso las manos por el pelo y, luego, me las llevo a la cintura, sin saber qué hacer con ellas.

Como eso no resulta, imito su postura y me cruzo de brazos—.

Iba a contártelo. Siento no haberlo hecho antes.

Kaan levanta las cejas de una forma que me hace preguntarme si debería sentirme ofendida.

El silencio se prolonga tanto que empiezo a estar inquieta, dejo caer los brazos y vuelvo a cruzarlos.

—¿Todo bien? —acabo por decir arqueando una ceja.

Se aclara la garganta y se guarda algo en el bolsillo.

—Sinceramente, pensaba que iba a tener que sonsacártelo.

Deslizo la vista a sus nudillos magullados y, luego, detrás de él, a un profundo puñetazo en la columna que sostiene la estructura.

—¿Lo sabías ?

—Me lo acaban de confirmar, sí.

—¿Cómo?

—Tengo un espectro como mascota.

Lo miro fijamente, dándole vueltas a la frase. Cinco palabras que nunca pensé que oiría juntas de esa manera. Ni en un millón de fases.

Ni siquiera sabía que eso fuera posible.

—Voy a necesitar que me des más detalles. —Escudriño el espacio en busca de cualquier señal de la criatura, tal vez escondida en un rincón entre las sombras, lista para lanzarme otra dosis de mierda de guara—. ¿Dónde lo tienes?

—En mi bolsillo. Casi siempre.

Clavo los ojos en el bulto que tiene en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Es del tamaño y la forma exactos de un frasco pequeño.

«No es que yo sea ejemplo de buenas decisiones, pero eso es sinónimo de desastre».

—Me da información.

Entorno los ojos, inspeccionando sus oscuras ojeras.

—¿A cambio de qué?

—De sorbos de mis recuerdos —dice a toda velocidad—.

Y te equivocas. Esto no es un problema tuyo, es un problema nuestro.

Eso es lo que es una relación, Raeve. Eso es lo que representa mi málmr. —Se lleva la mano atrás y tira de la fina trenza que le até al pelo para mostrármela. Mi uhloo—. Eso es lo que representa.

Me arden las mejillas por la bofetada que suponen sus palabras, sin duda merecida.

Respiro hondo para hablar, pero se me adelanta.

—Quien controla este vínculo de sangre… —Una larga pausa mientras se le tensa la mandíbula—. ¿Solo usa el vínculo para torturarte?

—Sí —mascullo, tratando de imaginar una realidad en la que Sereme se dignara mancharse de sangre sus perfectas uñas—. ¿Por qué?

Sus ojos se vuelven completamente negros.

—Estoy tratando de descubrir el origen de todas esas runas curativas que tanto te has esforzado en ocultar.

Se me hiela la sangre, abro unos ojos como platos y dejo caer los brazos, que siento pesados.

La cabeza me va a mil.

«Él… lo ha visto».

—¿Cómo lo has…?

Frunce tanto el ceño que las cejas prácticamente se le juntan.

—¿Importa eso?

«Probablemente no».

Me doy la vuelta de golpe y me acerco a la ventana. Observo la niebla, que se mueve despacio. Por entre ella, se vislumbran a lo lejos los nidos de los fundefauces y alguna que otra bestia colorida elevándose al cielo mientras chilla a las lunas.

Ojalá estuviera allí fuera, no aquí, enfrentándome a… esto. A un pasado que he enterrado bien hondo, sin lápida que marque dónde se encuentra.

A propósito.

—¿Quién, Rayo de Luna? —Aunque la pregunta es firme y serena, sale disparada.

Rabiosa, como una bestia mordida por una garrapata.

—Te pedí un nombre una vez. Te voy a dar otra oportunidad para que me lo digas, pero pienso averiguarlo si no.

—Mierda —murmuro para mí misma mientras mi doloroso pasado me atormenta, recuerdos de una pequeña celda en que lo tenía todo y nada en absoluto, compartida con alguien que me enseñó a hablar y a sonreír.

A soñar.

«Imagina, Raeve. Imagina un mundo que no duele…».

Al oír el eco de las palabras de Fallon, pronunciadas con una voz demasiado dulce para este mundo de mierda en el que ella tenía tanta esperanza, me quiebro por dentro.

Me vengo abajo.

—No es por Sereme —digo con voz ronca—. Mi vínculo de sangre no tiene nada que ver con las runas antiguas.