Capítulo 64. Kaan #2
La diferencia es que yo no disfruto derramando sangre para borrar la mancha que él ha dejado. Y tampoco lo haré cuando esta haya desaparecido, porque la mía seguirá incrustada.
Un grito agonizante cuyo eco se seguirá oyendo durante toda la eternidad. Esta guerra, por muy necesaria que sea, siempre me pesará.
—La Llama quedará limpia de todo rastro de la superioridad con que la has imbuido.
Agarro con fuerza los abalorios que cuelgan de su oreja y se los arranco.
Su grito ahogado reverbera por las llanuras.
—A la gente se la valorará por su moral, no por los abalorios que lleve —digo guardándomelos en el bolsillo—. Y, cuando yo deje este mundo, la Corona pasará a Veya, que ha jurado lealtad a los Creadores y no transmitirá la herencia Vaegor.
Me produce cierto placer ver cómo abre los ojos, cómo le tiembla el labio superior, separándose de sus dientes ensangrentados.
—Y a ti, Ostern Vaegor, solo te recordarán como el tirano que eres.
Porque ten por seguro que no voy a soltar mi último aliento hasta que no haya fortalecido el norte.
Voy a formar un ejército lo bastante fuerte como para limpiar el mundo de tu cruel y sangrienta herencia y al final les cortaré la cabeza a Tyroth y Cadok, igual que voy a hacer con la tuya.
—Estarán preparados —me espeta furioso—. Cuando vengas, te aplastarán, porque eres débil, patético.
Sus palabras ya no me queman como antes.
Nada lo hace.
Todo palidece en comparación con el sufrimiento por la ausencia de Elluin, con el dolor de existir en este mundo sin ella y la devastadora certeza de que su hija nunca sabrá lo que se siente al ser querido por Elluin Neván.
Esa es la mayor tragedia de todo esto. La peor ofensa de pah.
—Si es eso lo que quieres creer…
Saco mi pequeña sierra de mano de la funda que llevo en la cintura, algo roma por haberla pasado por una piedra. Alardeo de ello, dejándolo que vea detenidamente el arma que voy a usar para acabar con él.
Aunque se pone lívido, se echa a reír, con una risa fría y borboteante.
—Si me cortas la cabeza, los secretos morirán conmigo. Uno que…
Lo agarro por la mandíbula.
—No hay nada que puedas ofrecerme que valga la pena.
A pesar de que cada vez está más débil, pah me araña la mano y el brazo, un intento inútil de enfrentarse a mí.
Me hierve la sangre y la furia de Rygun estalla en mi interior, encontrándose con la mía propia, lo que hace que mi piel se estire y se rompa, incapaz de contener la bestial fuerza que me corre por las venas.
A mis espaldas, Rygun suelta tal rugido que imagino dos mundos de cristal chocando entre sí hasta reducirse a polvo.
Pah sigue tratando de agarrarme el pecho y los brazos con sus manos ensangrentadas y observa con los ojos muy abiertos las chisporroteantes grietas que me desgarran la carne mientras yo le abro la boca y agarro lo que le queda de lengua.
—Me lo has quitado todo.
Corto.
Suelta un rugido gorgoteante al tiempo que le cae un chorro de sangre por la barbilla y el pecho.
Tiro el trozo de carne a un lado, disfrutando del fuerte tufo a miedo que desprende pah mientras me mira con los ojos desorbitados, como si por fin viera al monstruo en que me ha convertido.
Quizá se haya dado cuenta de que mi gran corazón era el detonante perfecto, pues absorbía el dolor y la pérdida que él me hizo tragar hasta que me transformé en su peor pesadilla.
Sibila y gorgotea con los dientes apretados mientras me levanto y lo agarro por el pelo que no se le ha quemado, dejando su cuello al descubierto.
Acerco la hoja dentada a su garganta, pero no por delante, sino por un costado, movido por la certeza de que así sentirá tajo tras tajo antes de que deje esta vida.
Hundo el arma en su carne y comienzo a serrar lenta y atrozmente.
Convulsiona…, se retuerce… y se agita mientras lo mantengo agarrado al tiempo que suelta unos estertores que se ven acallados por un chorro de sangre que cubre mis manos y el suelo.
Hirviendo por dentro, sigo serrando por entre la sangre, con los labios temblorosos y la mirada clavada en el horizonte en guerra, en los numerosos dragones que se enfrentan en el cielo brumoso lanzando columnas de fuego entre violentas explosiones de humo.
De todos modos, mientras le corto los tendones a pah al son de sus débiles gritos gorgoteantes, no es en la guerra en lo que pienso. Pienso en quienes he perdido y recuerdo la bella sonrisa y los cálidos abrazos de mah, el férreo amor y el espíritu salvaje de Elluin.
«Ambas dejaron este mundo demasiado pronto».
Cada vez mana menos sangre; va disminuyendo cuando alcanzo la columna vertebral, donde ejerzo un poco más de presión, poniendo más ganas en cada tajo.
Así hasta que el peso de su cuerpo vence la poca carne que me queda por cortar.
El resto se desprende.
El cuerpo de pah cae al suelo con un fuerte golpe mientras mis dedos siguen enredados en su cabello y la carne desgarrada gotea, gotea y gotea por su ya ensangrentado torso.
Tiro la sierra y exhalo, apretando los ojos…
Parte del calor se me escapa de las venas y el picor de mis dedos se va disipando poco a poco.
Noto una claridad mental que llevaba sin sentir desde que Borg me dijo que pah había tramado la caída de toda la familia de Elluin, desde que descubrí que el hombre que me engendró había conspirado para utilizarla como peón con el objetivo de dominar el mundo.
Intento disfrutar del alivio que me embarga una vez cumplida mi venganza, pero me siento decepcionado al darme cuenta de que no ha servido para llenar el enorme vacío de mi pecho. De hecho, ese vacío parece más grande ahora que no tengo nada más en lo que centrarme.
Rygun rechina a la vez que se va apagando su llama, la cual me hinchaba las venas. Trago saliva y miro hacia abajo. Desprendo la corona fundida de la cabeza de pah y, al cogerla, descubro que es más pesada de lo que esperaba.
Una corona que nunca quise, ni una sola vez. Lo único que quería era a Elluin.
Su tacto.
Su amor.
Sus bellas sonrisas con hoyuelos.
«El amor incondicional de pah».
Aprieto los labios, tratando de contener el temblor de mi barbilla, que amenaza con desatarme aún más.
Haré del mundo un lugar mejor, porque eso es lo que ella se merecía.
Eso es lo que su hija se merece.
«Algo mejor».
Doy dos pasos hacia Rygun. Hago una pausa.
Lentamente, miro por encima del hombro al cuerpo sin cabeza del hombre que me engendró, abriéndome a Bulder.
Susurro una melodía argamasada que se va suavizando, ahuecándose, redondeándose.
El suelo tiembla y, de él, emerge un puño de arcilla cual flor brotando, cuyos gruesos dedos se abren y revelan una tacita de piedra.
Bulder escurre el agua, dejando un charco en la base que no tarda en secarse al sol, y la taza se aclara hasta tornarse de un tono naranja más brillante y se endurece.
Tras soltar la cabeza de pah y la corona que no me atrevo a ponerme, cojo la taza y la admiro desde todos los ángulos. Perfecta, supongo; según los estándares de la escultura.
A mi parecer, le falta carácter. Le falta el cariño que le puse a la que le hice cuando era joven, sin usar las palabras de Bulder.
Dejo la taza en el regazo de pah y pongo sus manos quemadas y ensangrentadas alrededor de ella.
—A ver si esta la rompes —le susurro cogiendo su cabeza y su corona, y me dirijo a Rygun sin mirar atrás.
Solo cuando estoy sentado entre las alas de mi dragón lo insto a que comience el festín.