La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 64. Kaan
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Capítulo 64. Kaan

Kaan

A bro los alicates, agarro el gancho metálico del pendiente y lo giro hasta darle una forma más redondeada, aliviando con cada movimiento el temblor de mis manos.

Con cada doblez del metal.

Desvío la mirada hacia la trampilla que conduce a la planta baja de la cabaña del árbol y, luego, hacia la capa de niebla que aún cubre el suelo. Quizá sea la espera más larga de la historia.

«O no voy a obtener respuestas o Borg se ha quedado dormido».

«Otra vez».

Compruebo que la sangre que gotea de la herida que me ha hecho la estaca en la parte posterior del brazo no haya caído sobre la cama y continúo dándole forma al gancho.

Una vez que es lo bastante circular, cojo el frasco de Borg de encima de la colcha, con cuidado de no romper la neblina que lo mantiene sujeto, y subo el fino lazo metálico por la base hasta la boquilla.

Lo aprieto con unos cuantos giros de los alicates y, cuando termino, Borg se levanta, ganando tamaño y masa, y se tira sobre el mullido asiento como si fuese una manta blanca y gordita.

—¿Ha habido suerte?

Mi voz es áspera, delatando lo fatal que me siento.

—Tengo vuestras respuestas —dice con el mismo entusiasmo que muestra Rygun cuando intento sacarlo de su ardiente guarida.

—Buenas noticias. —Dejo a un lado los alicates y me enderezo un poco en el asiento—. ¿Qué te apetece hoy?

—Dormiiiiir —dice soltando un bostezo tan grande que casi le parte la cabeza en dos, y luego cierra sus vaporosos labios y se pasa la mano por la cara—.

Sigo saboreando las penas de Roan, tan frescas y sabrosas, y me lo queréis arruinar.

¿Y para qué? Sabéis que no voy a daros esta información tan importante sin probar lo peor que tengáis…

—No puedes tener lo peor de mí. No este dae.

«No podría soportarlo ahora mismo».

—Exacto.

Abro la boca para hablar, pero me interrumpe, ladeando la cabeza para mirarme maliciosamente.

—¿Queréis cebarme con alimento que no llena? ¿Tapar este delicioso regusto de mi boca con el sabor del arrepentimiento? ¿Estáis tratando de reventarme las costuras? Dentro de poco, ni siquiera voy a caber en ese feo y aburrido fras…

Aparto la mano del frasco, dejando ver los tres abalorios que ahora cuelgan de un lado.

Rojo.

Marrón.

Transparente.

Cuando parpadeo, ha avanzado como un soplo de viento y lo tengo arqueado sobre mí como un fantasma.

—¿De quién son?

Le tiembla la voz con ansia, erizándome todo el vello de los brazos mientras examino ese trío de piedras que me han acompañado durante fases a modo de macabra medalla de guerra.

—Eran de pah, pero se los arranqué de la oreja —murmuro mientras él se aproxima y acerca sus neblinosos dedos a los abalorios, como si intentara cogerlos—. Ahora… son tuyos .

—¿Cómo…, cómo sabíais cuál era mi estilo?

—Intuición.

Cuando levanta la vista, tengo su rostro tan cerca que me cuesta aguantarle la mirada. Lentamente, se le va agrandando la boca hasta formar una gran sonrisa deshilachada que le ocupa toda la cara.

—Muy bien, mi rey. —Suelta una risita echándose hacia atrás para estirarse—. Me conformaré con uno de vuestros recuerdos menos placenteros a cambio de la información que deseáis. ¿Qué tenéis en mente?

—¿Me vas a dejar elegir? —Echo la cabeza hacia atrás sorprendido.

Se encoge de hombros, extiende los dedos y se mira sus delicadas uñas.

—Dado el detalle que habéis tenido, me siento bastante generoso. Aunque no esperéis que dure, que el corcho apesta.

—Tomo nota. —Muevo los abalorios de pah con el pulgar, pensativo—. ¿Qué te parece la venganza ? —pregunto con un tono profundo, envenenado por los oscuros pensamientos del recuerdo que tengo en mente.

Borg se me acerca flotando y me olfatea con tal entusiasmo que ya siento el recuerdo empezar a desentrañarse de lo más profundo de mi alma con sus bruscos tirones.

—Sí… —Traga, como si estuviera salivando, manifestando que se le acaba de despertar el apetito—. Me parece de maravilla.

—Genial.

—Esperaaaaaad. —El recuerdo deja de sacudirme por dentro. Borg se aparta lo justo para volver a mirarme a los ojos y, luego, echa un vistazo a la habitación, con lo que parece ser preocupación ensombreciendo aún más sus ojos color ébano—. ¿No queréis aturdiros primero con ese veneno vuestro?

—Nada de alcohol hoy —le espeto dejando su frasco en la cama al tiempo que me tumbo sobre la colcha, listo para su acometida, con los ojos cerrados…

De inmediato, veo a Raeve retorciéndose de dolor en ese campo de batalla embarrado mientras la muerte se acerca con una espada en la mano. De inmediato, siento la dentada hoja del pánico desgarrándome.

Abro los ojos de golpe y me encuentro con los inquietantes ojos de Borg frente a mí.

—Haz lo que tengas que hacer.

Con una última sacudida de cabeza de Rygun, Grohn se queda inerte y sus raídas alas quedan tendidas sobre la agrietada roca naranja. Desde la silla de montar, veo apagarse los ojos del enorme siegasable mientras le mana sangre de la boca.

Formando un charco en el suelo.

Si estuviera en mis cabales, tal vez me sintiese mal por el hecho de que Grohn no haya logrado elevarse al cielo, a pesar de su crueldad. Pero no lo estoy; estoy cegado por las ansias de tener la sangre de pah en mis manos, por sentir sus huesos rompiéndose.

La batalla sigue librándose a lo lejos, con columnas de humo y gritos elevándose sobre la ciudad de Dhomm, excavada en el acantilado, al norte de donde hemos aterrizado. Tomo aire, echo hacia atrás la cabeza y miro al cielo, de un color azul empolvado.

No hay nubes.

Solo unas cuantas lunas, el abrasador sol y una ráfaga de viento son testigos de lo que estoy a punto de hacer. Aun así, lo grabo todo en mi memoria: cada luna, cada soplo de viento, el olor: una mezcla intensa de carne quemada, sudor y cuero.

Rygun abre las fauces y suelta el cuello de Grohn, dejando que la cabeza de este caiga contra el suelo, llevándose por delante con el movimiento unas cuantas escamas que cuelgan entre sus babas, unos fragmentos de color rojo y bronce que brillan bajo los intensos rayos del sol.

Por encima de las profundas respiraciones de mi dragón, oigo a pah toser y escupir desde la silla de montar, caído sobre el otro costado de Grohn.

Lo tengo fuera de mi campo de visión, pero es una señal de que sigue vivo a pesar de la explosión que acaba de soportar y de la sangre que cubre el lomo de su bestia.

Me pican las yemas de los dedos.

Lentamente, enrollo las riendas de Rygun alrededor de una de sus púas, paso la pierna por encima de la silla de montar y bajo por las cuerdas. Salto los últimos metros y aterrizo con fuerza.

El suelo tiembla bajo mis botas, como si Bulder viera a través de mi piel la violencia que me corroe el alma.

Él entiende lo poco que haría falta para que yo perdiera el control, para que se derrumbara la débil barrera que me impide adentrarme en el vacío de mi pecho y destruir el mundo. Tengo la frase perfecta en la punta de la lengua, una orden violenta con la fuerza suficiente para acabar con… todo.

Podría hacerlo, pero ya no quiero derramar la sangre del mundo entero.

«Solo la del hombre que me engendró».

Rygun retrocede con un movimiento que hace temblar el suelo, dejándome espacio para moverme alrededor del cuerpo sin vida de Grohn.

Pah lanza unas cuantas órdenes confusas al dios de la Tierra, que resuenan en el seco aire mientras salen unas burbujas de piedra del terreno, por lo demás plano, tras mis pasos.

Intenta atravesarme con una lanza, pero convencer a Bulder de que afile la punta requiere una gran elocuencia, una lengua afilada.

Algo que, al parecer, pah ya no tiene.

Esquivo la espinosa punta de la cola de Grohn, siguiendo un rastro de sangre hasta donde yace tendido pah, que araña el suelo tratando de arrastrarse hasta una gran roca detrás de la que probablemente espera esconderse, pero sus piernas no se mueven.

Son inútiles.

Supongo que su columna lumbar se ha visto afectada por la caída de Grohn. También se ha mordido la lengua, a juzgar por la sangre que gotea de su boca y el modo en que está dando forma al lenguaje de Bulder, con tan poca precisión.

Casi me río por lo irónico del asunto.

Me mira por encima del hombro. Las puntas de su corona de bronce se han derretido y han quedado dobladas como tallos curvados.

Achicharradas por el fuego, igual que la carne de su rostro, antes tan atractivo. A pesar de ello, sus ojos siguen mostrando la misma antipatía que llevo viendo desde que cumplí los diez años y solo hablaba con Ignos y Bulder.

La misma antipatía que he visto cuando me ha enterrado, me ha azotado con fuego o me ha golpeado. Cuando me ha hecho todo lo que estaba en su mano para acabar conmigo.

No voy a darle la satisfacción de saber lo cerca que ha estado de conseguirlo. Lo habría logrado de no ser por Rygun: él me ha fortalecido por dentro y por fuera.

Continúa peleando por avanzar desesperadamente mientras escupe sangre y da una orden inconexa.

Esquivo otro torpe embate de una piedra que brota del suelo: otro intento fallido de matarme.

Lo agarro por el brazo, que tiene achicharrado, y disfruto oyendo su aullido de agonía mientras lo arrastro por el suelo y lo empujo contra una roca, dejándolo sentado.

Justo al sol, donde los feroces rayos alcanzan sus heridas, abiertas y supurantes, visibles por entre los jirones de su cuero rojo y marrón.

Me agacho, con los codos sobre mis rodillas. Lo observo toser y jadear hasta que, por fin, me mira a los ojos.

Esboza una leve sonrisa con sus labios ensangrentados, algo que debe de dolerle, dado que la mitad de su cara está quemada hasta el hueso en algunas partes.

—No sabía que tuvieses lo que hay que tener. —Sus palabras son tan débiles, roncas y confusas que cuesta entenderlas—. Que harías lo que fuese necesario para ser rey.

—Esa palabra no significa lo mismo para ambos.

Otra oleada de gritos invade el aire, alcanzándonos desde la distancia.

Ensancha su deformada sonrisa.

—A mí me suena igual.

Tiene razón, es así.