Capítulo 63. Kaan
Kaan
P iso lo que parece ser un grueso montículo de musgo, pero la bota se me hunde en él y acabo metido en el barro hasta las rodillas hasta que encuentro un punto firme donde apoyar los pies.
«Maldita sea».
Echo un vistazo por encima del hombro y le indico a Pyrok que se desplace más a la izquierda mientras saco mi bota lentamente.
De todos modos, eso no impide que se oiga un chapoteo tan fuerte como para despertar a una hembra dormida.
Nos quedamos quietos, oyendo el fuerte batir de las alas de dragón. Los fundefauces son muy fieros cuando van en manada, pero no saben volar en silencio como hacen los plumalunas.
Si estuvieran a punto de atacarnos, lo sabríamos. Sin embargo, solo se oye el aleteo casi constante de las desorientadas alondras de papel, que revolotean caóticamente en busca de un camino libre de niebla, desesperadas por dar con su destinatario.
Pyrok levanta la pequeña jaula de cobre a la altura de los ojos.
En su interior, nuestra alondra de papel sigue aleteando frenéticamente, tratando de escapar por entre los finos barrotes para llegar hasta el joven protegido.
Su pico apunta a través de la niebla, demasiado espesa como para que veamos nada; el muro podría estar a diez pasos y no nos enteraríamos.
Cuando encontramos un camino más firme a través de la penumbra, seguimos adelante, pasando por entre árboles gigantescos que no vemos hasta que prácticamente los tenemos delante. El silencio nos oprime como una amenaza voraz; el tipo de silencio que hace que se oigan hasta los pensamientos.
Como si los míos necesitaran más espacio para gritar.
De nuevo, me asalta la imagen de Raeve cubierta de runas agotadas. Tenía tantas capas que era casi tan luminosa como la propia Slátra.
Me atormentan las palabras que cruzamos a orillas del pantano y es como si mi pecho se desgarrara cada vez que pienso en las implicaciones…
«No».
Si ahondo demasiado, me quebraré hasta quedar tan desperdigado como una vez lo estuvo Slátra. Y, ahora mismo, tenemos trabajo que hacer.
Pyrok me agarra del hombro y me aprieta.
Al volver la vista, advierto que no me está mirando a mí, sino a la alondra, que ahora se golpea contra el techo de la jaula.
La esquina más alejada.
La parte de atrás.
Como Pyrok, frunzo el ceño.
«O la jaula está rota o…».
Se me eriza el vello de la nuca.
Una ráfaga de viento me trae unas palabras confusas directamente al oído. Es como si Clode acabara de interceptar la orden de alguien y la hubiera lanzado en mi dirección.
— Gurth aath ahn aileen duh, Bulder… huth-uh.
Se me hiela la sangre.
Recorro el suelo con la mirada en busca de alguna alteración. Bulder está tan disperso en estos parajes que le lleva un tiempo recomponerse para responder a una orden.
Y más para algo tan sólido como una lanza de piedra.
Se produce un ligero remolino de alteración a los pies de Pyrok…
Tiro de él.
Se tropieza en el barro y la jaula está a punto de caérsele, pero logra recuperar el equilibrio.
—¿Pero qué cojones…? —suelta con los ojos como platos al ver emerger una lanza de piedra por entre el fango justo donde se encontraba él. El arma no se detiene hasta llegar a la altura de nuestros hombros y está lo bastante afilada como para haberlo cortado en dos.
Cruzamos la mirada con complicidad sin mediar palabra.
«Nos han descubierto…».
Bloqueo a Rygun un instante antes de que algo me golpee en la parte posterior del brazo, acallando la canción de Bulder. Pyrok se lleva la mano al pecho al mismo tiempo y se mancha los dedos de sangre.
«Estacas de hierro».
Esforzándome por no gruñir tan fuerte como para despertar a los dragones de toda la zona de anidación, le hago un gesto a Pyrok para que retroceda hasta un árbol cercano detrás del cual podamos refugiarnos, reagruparnos, quizá sacar estas putas estacas.
Da dos pasos cuando una gran red sale de repente del barro y lo atrapa. Se eleva hacia el cielo dando sacudidas, tan adentro de la niebla que lo pierdo de vista por completo.
Me quedo frío.
Es una emboscada .
« JODER ».
Desenvaino el machete que llevo en la cadera y doy media vuelta, escrutando la niebla. Entorno los ojos y me fijo en numerosas manchas rojas que contrastan con el blanco.
Caigo en la cuenta de que estoy rodeado incluso antes de que se disipe la niebla, un breve respiro que revela un círculo de soldados de La Bruma mirándome con ira por las finas rendijas de su casco rojizo, algunos de ellos con espada o lanza y otros con arco y flecha apuntándome.
La cruda realidad me clava sus garras profundamente.
Si empuño las armas contra ellos, nos atacará una horda de furiosos fundefauces desesperados por expulsarnos de su preciado bosque y, si no lo hago, si no me enfrento a ellos en este campo de batalla pantanoso, nos capturarán.
Probablemente nos entregarán al Triconsejo y nos ejecutarán por mis recientes fechorías contra la Ciudadela.
Las opciones son desoladoras.
Doy un paso atrás…
Noto el suelo moverse bajo mis pies y me veo arrastrado hacia el cielo tan deprisa que casi se me salen las tripas por la garganta, mecido por una red fangosa que ahora cuelga en medio de la densa niebla.
Mi espada ha desaparecido.
Me hierve la sangre.
Por entre los agujeros de la red, veo a Pyrok forcejeando para liberarse.
Cruzamos la mirada y sus ojos verdes brillan con incredulidad al verme en la misma situación.
—Joder —vocaliza sin emitir sonido.
Solo puedo estar de acuerdo.
Extiendo una mano y señalo hacia arriba articulando la palabra «trepa».
Él asiente y clava su daga en el grueso entramado de cuerdas mientras yo avivo la brasa que me ha entregado Rygun con la intención de quemar esta maldita red, pero entonces oigo unas fibras cortándose y un chirrido de metales entrechocando.
Pyrok se detiene y me mira a los ojos.
—Entrelazadas con fibras de hierro —articula, haciéndome reprimir un gruñido.
«Si las quemo, el hierro líquido me salpicará por todas partes».
«Y es probable que nunca me libre de él».
Me decido a sacar una daga de la funda que llevo oculta en la manga de mi chaqueta…
Los pelos de los brazos se me erizan y el aire se queda quieto, en un silencio más profundo que antes.
Un silencio frío y voraz.
Se me encoge el corazón.
Líri atraviesa el aire con silenciosa precisión, moviéndose tan deprisa que, entre la lechosa niebla, parece una pálida estela, con un jinete encapuchado a su lomo demasiado pequeño para tratarse de Raeve.
Me fijo en la extraña forma en que Líri sostiene sus garras: parece estar abrazándose el pecho, o tal vez sosteniendo algo cerca de él.
No.
A alguien .
La niebla se disipa al tiempo que el aire se ve succionado, como si me hubiese quedado atrapado en un pulmón que acaba de exhalar.
En ese mismo instante, todos los soldados del anillo más cercano caen de rodillas con los ojos desorbitados llevándose las manos al pecho, con el cuello constreñido, la boca abierta y el rostro enrojecido.
Tratando de respirar sin conseguirlo.
Líri se ha ido como una ráfaga de viento, dejando a Raeve agachada en el barro bajo nuestras redes colgantes con una sonrisa burlona, una mirada salvaje en sus ojos azules y tanta sangre encima que parece llevar la armadura de La Bruma.
Siento un nudo en el estómago.
Me lanza una mirada casi tan afilada como para liberarme.
—¡Deja de intentar morir delante de mí!
Sus palabras son apagadas, como si chocaran contra unas paredes que no veo.
«Está reteniendo nuestro sonido para impedir que se propague».
Un movimiento capta mi atención: veo acercarse a un grupo más numeroso de soldados a través de la deformada pared de niebla. Al girar la cabeza, descubro que vienen desde todos los ángulos, como un nudo corredizo tensándose.
Nunca había sentido un miedo tan frío y acerado.
—¡Vete! —grito con todas mis fuerzas.
Gruñendo, Raeve se agacha para recoger mi espada del barro y hace crujir su cuello moviéndolo a ambos lados. Es lo último que veo antes de que otro banco de niebla lo cubra todo y me la tape.
Y también a los soldados.
Y a todo menos a la alondra de papel, que no para de revolotear en círculos, confusa.
Luego, me llegan chasquidos de dagas y espadas, así como los pesados golpes de cuerpos cayendo al suelo y la voz de Raeve en el viento, hablando la lengua de Clode con tal desenvoltura que parece que esté tejiendo un tapiz ondulado y cada palabra sea una impetuosa puntada.
Me enfurezco y corto la red con violentos golpes, pero es como estar atrapado en una telaraña. Cuanto más lucho contra ella, más me enredo y más necesito cortar.
«Más siento que el corazón está a punto de salírseme del pecho».
Otra abertura en la Niebla deja ver a Raeve en medio de una tormenta roja de soldados. Con los dientes apretados, se mueve en el caos como si estuviera hecha de viento y su melena fuese un tajo negro a cada paso.
Todos caen alrededor en cuanto los tocan sus dagas, con sangre manando de sus arterias seccionadas, mientras yo sigo cortando la red. Otros se ahogan, con sus pulmones destrozados asomando por entre sus labios, las manos en la garganta y las armas olvidadas mientras se desploman en el barro.
Su forma de moverse… es una danza mortal tan precisa que me hace sentir un escalofrío por la espina dorsal.
«Nadie se mueve así a menos que haya vivido y respirado demasiadas batallas».
«Demasiada muerte».
Entonces, llega otro banco de niebla que me obstruye la vista, haciéndome enfurecer como una brasa moribunda mientras continúo cortando la enredada red.
Más repiqueteo. Gritos guturales que se apagan. La presión del aire comienza a disminuir, tanto que me preocupa que se escape el sonido. La voz de Raeve resuena en medio del caos, tensando el cordel con fuerza de nuevo.
La niebla se disipa.
Me siento como si le hubiera dado la vuelta a esta daga y me la hubiera clavado entre las costillas al ver a Raeve casi debajo de mí, de rodillas y arqueada hacia atrás. Los ojos se le salen de las órbitas y se golpea el pecho, como si algo la estuviera desgarrando por dentro.
Un soldado logra ponerse en pie con dificultad detrás de ella. Tiene una mano ensangrentada sobre una profunda herida en el cuello y avanza tambaleándose, empuñando una daga con la otra mano.
Grito el nombre de Raeve tan fuerte que saboreo la sangre.
Con otro violento espadazo, me libero de la red y caigo como una piedra sobre el soldado.
Se desploma bajo mi cuerpo.
Tal es la furia volcánica que me recorre las venas que se me nubla la vista y mis movimientos no son más que golpes salvajes que ni siquiera me parecen reales hasta que advierto que tengo las manos a ambos lados del casco del soldado.
El metal rojo cede cuando aprieto, hundiéndose con tal fuerza que los ojos le salen disparados de las cuencas, seguidos de un chorro de sangre.
Lo suelto, dejándolo caer al barro.
Me incorporo de rodillas.
Resollando, levanto la cabeza y veo unos enormes ojos fríos como el hielo.
Raeve ya no está retorcida de dolor, sino relajada y mirándome boquiabierta. Baja la guardia por un instante, pero enseguida vuelve a levantar sus barreras, afanándose por recuperar la compostura.
Pero yo ya lo he visto.
A lo lejos, se oye el pam, pam, pam de estacas disparadas. Le paso a Rave el brazo por la espalda y la tiro al barro conmigo. En cuanto oímos el silbido pasar sobre nuestra cabeza, nos incorporamos de golpe y tomamos aire.
Raeve sigue dejando salir de sus labios la vaporosa canción de Clode mientras se limpia el barro de los ojos, mirándome de un modo que me dice que hubiera preferido que le clavaran las estacas antes que meterse en el barro.
Me río por lo bajo, aunque no le veo la gracia. Cojo mi espada del sangriento fango mientras Raeve saca dagas de los bolsillos ocultos de su atuendo y las lanza una detrás de otra.
Encuentran su objetivo con unos golpes sordos, seguidos del chapoteo de los cuerpos al desplomarse.
Una flecha se dirige hacia nosotros, pero la corto en el aire de un espadazo al tiempo que Pyrok se cae en el fango a nuestro lado soltando un gemido.
—Ha dolido —farfulla, y se levanta apartándose de la cara la capucha, que está llena de barro.
Los tres nos dirigimos a un terreno más firme y nos situamos de espaldas unos a otros. Aunque Raeve tiene las pequeñas escamas de Rygun protegiéndole el pecho, mantengo mi brazo firmemente sobre su corazón mientras escudriñamos la niebla en busca de algún movimiento.
El avance del enemigo se ha frenado, pero conozco el ritmo de la batalla. No hay duda de que se están reagrupando para volver a arremeter.
—¿Cuántos crees que hay? —pregunta Pyrok sacando su espada de la vaina que lleva a la espalda.
—Más de cien —afirma Raeve con frialdad—. Líri ha olfateado la zona antes de dejarme aquí. Nos rodean como una crecida.
Pyrok y yo maldecimos al unísono.
—¿Alguien tiene alguna idea ingeniosa? —pregunto con la esperanza de evitar involucrar a Rygun. En cuanto huela el peligro, atravesará este bosque como hizo en Bothaim y se le echarán encima todos los dragones de la zona de anidación.
Además, le aterrorizan las Nieblas Errantes. Las atravesaría sin dudarlo, pero su miedo le afectaría.
—Yo —escupe Raeve como si fuese un trozo de carne malísima—. Pero no me gusta nada.
Arqueo una ceja y la miro de reojo.
—No salgas de este montículo o te tragarán junto con los demás.
—¿Tragar? —repite Pyrok.
Raeve suspira.
—Esa puta piedra en forma de lágrima… —se queja, y luego levanta la barbilla, endereza los hombros y comienza a soltar una combinación desgarradora del lenguaje de Bulder y de Rayne, entretejida como una danza que no veo, pero sí siento.
Tan adentro de mi ser que casi me pone de rodillas.
Aunque no entiendo los fragmentos dirigidos a la diosa del Agua, comprendo a la perfección los que son para Bulder. La oigo exigirle que se ablande tanto que se convierta en una versión más débil y vulnerable de sí mismo…
Las lágrimas de Raeve se mezclan con la suciedad de sus mejillas mientras una onda se va propagando por el barro.
Las Nieblas se disipan, como si Clode se hubiera encorvado y hubiera soplado con todas sus fuerzas, ofreciéndonos una visión clara de las tropas de soldados, las cuales se detienen en seco, con la confusión reflejada en su ceño fruncido y sus ojos abiertos como platos.
Se miran unos a otros.
Al suelo.
A nosotros .
Más de cien soldados de armadura reluciente que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.
Se hunden bajo la superficie tan rápido que ni siquiera les da tiempo a gritar, quedando sepultados en el pantanoso inframundo.