Capítulo 62. Raeve
Raeve
C ómo que corra?
Ahvi se encoge de hombros.
—Sé que no te gusta el fuego, así que… —Levanta la tapa de su vial, del que brota una llamarada naranja brillante de fundefauces, y se me cae el alma a los pies.
«Tampoco me gusta ver cómo la gente se quema viva».
El huevo vuelve a sacudirse, esta vez yendo en la otra dirección.
—Mierda —murmuro poniéndome de lado. Me estiro, intentando pasar la parte superior de mi cuerpo por la abertura, con la esperanza de sacar al niño.
Ahvi mueve la lengua por la boca y luego muerde algo.
Se me hiela la sangre al ver un brillo plateado brotar de su boca y envolverlo a modo de red, como un…
«Escudo».
Me mira por entre su mata de pelo esbozando una tímida sonrisa.
—Es que es un escudo.
Me quedo quieta, notando escozor en los ojos.
«Essi estaría muy impresionada contigo, chico».
Va bajando el vial.
—Espera…
—No puedo. Va a morir.
Gimo.
Deja caer el vial en el nido, y al instante prenden las hojas secas, demasiado rápido para mi gusto.
Murmurando una sarta de groserías probablemente no aptas para un joven, intento salir por la abertura. En cuanto el nido me regurgita, doy media vuelta y echo a correr hacia la puerta, saltando sobre las baldosas runadas, justo cuando el nido estalla en llamaradas furiosas.
Me doy la vuelta, jadeando, y contemplo el fuego del dragón consumiendo la esfera de ramas y enredaderas, llenando la cámara con columnas de humo espeso.
Un denso velo que no tarda en ocultar las voraces llamas naranjas, aunque estas siguen extendiéndose en mi dirección, como si intentaran escapar de la cámara, pero chocan contra una barrera invisible que contiene el ardiente caos.
Ni siquiera una bocanada de humo logra atravesar la puerta.
Observo desde detrás de la barricada con el corazón en la garganta.
El cuerpo tenso.
La mente acelerada.
De repente, casi violentamente, el humo se desvanece junto con las llamas, como si un enorme ser los hubiera succionado.
Las paredes de la cámara quedan a la vista, iluminadas por miles de runas plateadas. Luego, el suelo curvado, que acoge los restos del nido y a Ahvi…, sentado con las piernas cruzadas en el centro, todavía envuelto en su escudo brillante.
Se me escapa un grito ahogado y poso la mirada en el huevo que tiene en los brazos, que ya no es del mismo azul cielo que antes.
Está carbonizado y se le ha formado una pequeña grieta en un lateral que se va ensanchando.
Me acerco a las baldosas iluminadas por las runas, respirando el aire húmedo cargado de olor a humo. Al dar otros dos pasos, resuena un crujido por la estancia.
Como si de huesos rompiéndose se tratara.
Al huevo se le desprende un gran trozo de cáscara, pero no cae, sino que sigue pegado a la membrana viscosa que hay debajo.
Ahvi sonríe y murmura unas palabras mientras suelta el trozo de cáscara con una delicadeza que nunca le he visto a nadie. Es muy semejante al recuerdo de mi Otra.
Cuando vio a otro chico ayudar a una plumaluna plateada de alas torcidas a liberarse de su cáscara viscosa.
Me doy la vuelta, mirando a otra parte.
Finjo estar dándole a Ahvi privacidad para crear un vínculo con su cría, y no estancada en un pasado que aún no estoy preparada para afrontar. Ahuyentándolo.
«Fuera».
Se oyen más crujidos mientras me rasco las yemas de los dedos, contemplando el estropicio que he dejado en la antecámara…
El tiempo me pisa los talones.
He pasado por numerosas dependencias de duermevela cuando venía hacia aquí y, aunque hay muchos cadáveres en esa estancia, todo apunta a que aquí residen muchos más soldados.
Basta con que alguien se encuentre con el soldado al que he asesinado en el pasillo para que se nos eche encima todo un contingente. Defenderme a mí misma ha sido fácil, pero tener que preocuparme por un niño y su dragón recién nacido no lo será tanto.
El tiempo apremia.
—¿No te parece perfecto ?
Al oír las palabras de Ahvi, me doy la vuelta.
Aún con las piernas cruzadas en las entrañas del nido, ahora carbonizado, levanta la regordeta cría rosada sujetándolo por las alas, desproporcionadamente grandes.
La diminuta bestia carece de plumas, salvo por unas cuantas que le sobresalen entre los ojos, en la cresta y en la punta de la cola, que cuelga tan flácida que casi creería que ha muerto…
, de no ser por el graznido ininteligible que emite al intentar, sin éxito, levantar la cabeza.
—Majestuoso. —Me acerco a toda prisa, pisando los restos del nido—. Es hora de irse. —Me agacho junto a ellos y, en cuanto Ahvi retira su escudo brillante, le corto un trozo de capa.
Y luego otro.
Como si supiera lo que pretendo hacer, baja a la cría al improvisado arrullo y le va quitando fragmentos de cáscara mientras yo le acomodo las alas, que mueve de repente con fuerza contra su cuerpo regordete.
—¿Has dicho que no puedes correr rápido?
—Puedo correr muy rápido —me corrige hinchando el pecho—, pero no lo suficiente.
—Error mío.
—Tengo los pulmones muy mal. A veces, se me inflaman.
«Es bueno saberlo».
Doblo la tela sobre el dragoncito, envolviéndolo hasta que queda bien arropado, como si volviera a estar dentro del huevo. Eso parece calmarlo un poco.
—¿Me permites?
Ahvi asiente con la cabeza.
Aprieto el inquieto bulto contra mi pecho y, con la ayuda de Ahvi, utilizo el otro trozo de tela para sujetarme la cría al cuerpo. Una vez bien sujeta, me doy la vuelta, hinco la rodilla en el suelo y hundo las manos en las cenizas y el carbón.
—Súbete a mi espalda.
No se mueve.
Miro por encima del hombro y veo a Ahvi esbozar una tímida sonrisa.
—¿Todo bien?
—Lo siento. —Se ruboriza—. Nunca has hecho esto antes.
«Veo que mi mente es un lugar abierto a todos».
«Maravilloso».
—¿Necesito instrucciones? —Arqueo una ceja.
Él niega con la cabeza y se acerca sin dejar de sonreír.
—Solo equilibrio.
—Pues estás de suerte.
Me rodea el cuello con los brazos, levanta las piernas por encima de mis caderas y deja caer todo su peso sobre mí; sorprendentemente, es ligero para su altura.
—A menos que Sereme te vuelva a hacer daño —murmura pegado a mi oído.
Suspiro, paso los brazos por sus corvas y tiro, suplicando en silencio a los Creadores que no nos crucemos con nadie que quiera matarnos por el camino.
Alargo la mano a mi espalda y tiro de la capucha de Ahvi lo suficiente como para que le cubra la mitad de la cara. Luego, atravieso la antecámara, saltando por encima de escombros y miembros ensangrentados.
Paso junto a rostros quemados y ojos apagados que miran fijamente a la nada.
Aunque muestre indiferencia ante lo que ha visto en mi mente, sé reconocer una fachada cuando la veo.
Hay una discreta fragilidad en esa despreocupación, en los encogimientos de hombros y las sonrisas falsas, en la serenidad de quienes se han acostumbrado demasiado al mundo herido que los rodea, por lo que se apoyan en el caos como si de un amigo íntimo se tratase, pues es lo único que saben con certeza que va a estar ahí… dae tras dae.
Lo único que no va a desaparecer .
Este niño… necesita toda la protección que yo pueda brindarle para que no acabe volviéndose tan frío y amargado como yo.
Paso corriendo junto al soldado del pasillo, todavía tendido entre los restos sanguinolentos de sus pulmones, cuando Ahvi señala:
—¿Es mal momento para decirte que la mayoría de los soldados se esconden en el bosque, esperando para tenderle una emboscada a tu Kaan?
Me detengo en seco, pues sus palabras son como un puñetazo en el estómago.
«Mierda».
Eso explica que las dependencias de duermevela estén vacías, el silencio, el soldado que se ausentó de su puesto para ir a mear.
El contingente del que acabo de ocuparme… solo era el plan B .
Las yemas de los dedos me pican tanto que me cuesta sujetar al niño.
—En realidad, es el momento perfecto. —Salgo disparada, atravesando los inmensos corredores mientras la fría rabia que hay en mi interior borbotea a fuego lento.
—Sé lo que tienes pensado hacer.
Me desvío a la izquierda y empujo a Ahvi más arriba en mi espalda. Eso hace que el dragoncito se remueva y suelte un graznido ininteligible mientras subo por unas escaleras de iluminación tenue.
—¿Crees que va a funcionar?
Lo noto encogerse de hombros contra mi espalda.
No es precisamente una respuesta entusiasta. Por desgracia, no me quedan más opciones que no lo pongan en peligro.
No entiendo cómo es que sigo reuniendo gente por la que preocuparme, pero, joder, esto se me está yendo de las manos.