Capítulo 61. Raeve
Raeve
T ras las puertas, hay una sala circular con techo abovedado impecablemente decorada con mosaicos que simulan el cielo de La Bruma. Cada tesela es más pequeña que cualquiera de mis uñas y tiene grabadas runas casi invisibles, pero yo las veo.
Las percibo .
Mientras avanzo, mis pasos resuenan por la sala y voy dejando huellas ensangrentadas, con la mirada fija en lo que yace al pie de la suave pendiente.
Un nido improvisado de fundefauces formado por ramas entrelazadas con enredaderas secas. Es similar en tamaño y forma a la luna del siegasable al que rendí homenaje antes de mi juicio Tookah y tiene una entrada robusta que parece pequeña como para que yo quepa.
Frunzo el ceño, me acerco sigilosamente y me agacho para mirar el interior.
Me quedo quieta.
Dentro del nido, hay un grueso huevo azul cielo entre follaje y hojas naranjas. Pero, aunque resulta impactante verlo de cerca, lo que me deja sin aliento es el joven agazapado detrás de él.
El feérico lleva una túnica de runi color blanco que le queda grande y está hecho un ovillo, con la barbilla apoyada en sus huesudas rodillas.
Su revuelto cabello plateado le cubre la mitad superior del rostro y, cuando alza la barbilla y me mira por entre sus densos mechones, me sobresalto al ver que también tiene los ojos plateados.
Solo he echado un vistazo, pero parece que hayan pasado daes . Me siento como si él hubiera inspeccionado el tejido de mi alma y examinado cada fibra, antes de volver a entrelazarlas en el tiempo que tarda mi corazón en dar un solo latido.
Baja la vista al huevo.
—Hola, Raeve.
Pierdo las fuerzas y caigo de rodillas sobre la piedra, hundiendo las manos en las ramas y enredaderas.
Noto el bullir de una ira helada en la base de mi garganta y me cuesta pronunciar las siguientes palabras:
—Hola, Ahvi.
«Cabello plateado…, ojos plateados…».
Es un niño .
Mi objetivo, el feérico al que me han ordenado matar para salvar La Floresta, es un crío, joder.
—Eh…
—Has venido a matarme —murmura con sus pálidos labios, su voz suave, distante, como si su mente estuviese muy lejos—. Lo sé. —Vuelve a apoyar la barbilla en las rodillas, aprieta las piernas y fija la mirada en el huevo—. Me alegro mucho de que no lo vayas a hacer.
Me cuesta unos instantes darme cuenta de…
—Eres mentalista.
—Dicen que soy muchas cosas. —Se encoge de hombros—. Nadie lo entiende. No como lo entiende tu Otra.
Sus palabras resuenan, acechantes .
Me sacuden por dentro.
Abro la boca, pero no digo nada. Ojalá hubiese cerrado la puta puerta al entrar o no fuera tan manchada de sangre.
«Ojalá no hubiera venido aquí».
—Pero me alegro de que hayas venido. —Me echa otra mirada y se abraza con más fuerza—. No me gusta este lugar, ni tampoco la Ciudadela.
Mis sospechas se afianzan como espinas clavándose en mi piel.
«Sin duda, es el protegido al que están tratando de localizar Kaan, Roan y Pyrok, el niño que puede leer el Libro de Voyd , el que grabó las runas en los arcos sobre la Ciudadela».
Ahvi asiente.
—Intenté escapar una vez, pero no pude correr lo bastante rápido.
Algo despierta en mi pecho, un intenso deseo de hacer todo lo posible por proteger a este niño, por sacarlo de aquí.
Llevarlo a un lugar seguro.
—Me alegro de que hayas dejado marchar a Kurth. Él no es como los demás, siempre se ha portado bien conmigo. —Extiende la mano y toca la emplumada superficie del huevo—. Él me ayudó a conseguir esto.
Las palabras son cuchillos que se clavan lentamente.
Entonces…, lo ha oído todo , todas las muertes que acababan de producirse en la estancia que tengo detrás.
«De haberlo sabido…».
—No pasa nada. No puedo evitarlo —murmura, encogiéndose de hombros—. Estoy acostumbrado a oír cosas que no quiero oír.
Por alguna razón, me da la sensación de que no es para nada así.
El huevo se sacude y está a punto de volcarse a un lado.
Ahvi sonríe. Es solo una leve inclinación de sus comisuras, pero ilumina todo su rostro.
Lo hace parecer aún más joven.
Más liviano.
Se mete la mano en el bolsillo de la capa y saca un vial plateado, me mira a los ojos por entre sus mechones de pelo y susurra una sola palabra que me hiela hasta los huesos.
— Corre .