La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 60. Raeve
58%

Capítulo 60. Raeve

Raeve

N ada más irrumpir por las puertas, se desata el caos.

Me llueven flechas, pero ya están brotando palabras de mis labios, agitando el aire hasta formar un violento remolino que atrapa cada una de ellas. Es como si a Clode acabaran de brotarle cincuenta manos y estuviese lanzando sus mortíferos tesoros sin parar de reír.

— Lui, Clode. ¡Luísh eín shashtú-de wha! ¡Plúin, plúin!

La diosa danza para mí, clavando cada flecha en el cuello de quien la ha disparado. Me sentiría mal por esto de no ser porque la mayoría de estos cabrones han estado matando fundefauces y llenando el cielo de hembras afligidas.

Que se pudran.

Los ojos se les salen de las cuencas y la sangre salpica por todas partes, atrapada en el torbellino, pintando la estancia de rojo.

Pintándome a mí de rojo.

Echo a correr en línea recta a través del caos, esquivando las lanzas de piedra que brotan del suelo: órdenes incoherentes que salen de los labios de los demás.

Si hay algo que he aprendido de las lecciones de Kaan a Elluin hasta ahora es que Bulder prefiere el cuidado y la precisión. Los números no sirven de nada si no se pronuncian como es debido.

Con una sola frase contundente, desvío la atención de Bulder de todos los demás en la sala. Juraría que oigo un sonido gutural, similar a un gruñido de aprobación, antes de que explote la entreplanta.

Vuelan piedras por los aires y salen cuerpos disparados como muñecos de trapo.

Atraigo a Clode y le pido que me envuelva a modo de escudo para amortiguar la tormenta de escombros y soldados.

Aunque deja claro que no le gusta mi nuevo truco, no deja pasar nada, ni siquiera cuando la golpea un cascote con tanta fuerza que la hace gritar y luego soltar todas las palabrotas que nunca la he oído decir.

Vuelve a brotarme sangre de los oídos, lo que me hace preguntarme si antes Clode habría deseado destrozarme a mí los pulmones.

«Probablemente».

Me libero de su coraza mientras caen los últimos escombros y lanzo una daga a la garganta de uno de los pocos que aún siguen en pie, que se clava por una rendija de su armadura blanca.

La sorpresa se refleja en sus ojos.

Se desploma.

Antes de tocar el suelo, otros tres soldados de La Bruma corren la misma suerte y caen uno tras otro, víctimas de mis vainas que ya están medio vacías.

Clode me chilla una sutil advertencia, una señal de que, al fin y al cabo, no me odia. Consigo volverme a tiempo para evitar que me decapite una espada blanca que viene directa hacia mí.

Mineral bothaimiano.

Cargo contra el guardia con abalorios que me cierra el paso por donde he entrado. Esquivo las tres dagas que lanza, una de las cuales pasa tan cerca que me rasga la capa.

Da una orden que hace temblar el suelo, enviando una fina grieta en mi dirección como un rayo. El primer indicio de que un abismo se está preparando para abrirse y tragarme.

Pero ya he arrojado una daga.

Se le clava en el ojo en el instante en que termina de pronunciar su orden. Al mismo tiempo, doy un salto soltando un denso torrente de palabras.

— ¡ JU AATH GRUH !

El suelo, que estaba empezando a abrirse bajo mis pies como unas fauces rugientes, se cierra de golpe cuando la última palabra sale de mis labios.

La gravedad tira de mí.

Ruedo por la piedra, que todavía tiembla, y me detengo antes de que el guardia toque el suelo, convulsionando en los últimos estertores.

Me sitúo tras él y lo agarro, utilizando su cuerpo como escudo mientras alguien al otro lado del camino escupe una ardiente orden para tratar de alterarme.

Sin embargo, estoy demasiado lejos; sumergida en la mentalidad gélida en la que me pasé fases viviendo.

Cuando mi existencia giraba en torno a una pequeña celda, Fallon y una arena de combate donde yo luchaba por su comida.

Su agua.

Gemas de rocadragón para evitar que se debilitase por falta de sol.

Las llamas me azotan como el aliento de un dragón, atufando el aire con el hedor de la carne y el pelo quemados. Contengo las arcadas, me lleno los pulmones y suelto un torrente de palabras asfixiantes.

Una voz que no reconozco me grita con furia en los tímpanos. Se parece mucho al lamento de un corazón roto antes de que las llamas se apaguen. Creo oír esa misma voz chillar de dolor antes de convertirse en una nube de humo.

Luego…, nada .

Sin tiempo ni ganas de reflexionar sobre lo extraño de la situación, aparto el pesado cuerpo del guardia y me levanto conteniendo la respiración sin mirar su rostro, cubierto de ampollas.

Saboreando el aire en mis pulmones, me abro paso a través de la carnicería, pisando trozos de piedra y miembros que sobresalen entre los escombros.

Mi barrera mental de sonidos sigue tan abierta que, al toparme con un único superviviente, un guardia bothaimiano que jadea retorcido en el suelo con los ojos desorbitados, no oigo nada más que el alboroto de Bulder y Clode.

Pero esos ojos azul brillante me imploran . Como manos sarmentosas agarrándome, arañándome.

Me agacho, recojo una espada blanca de entre los escombros y se la pongo contra la garganta soltando una sola palabra.

Clode sopla dentro de la habitación, directamente a los pulmones del guardia.

Él boquea y parte del rubor desaparece de su pálido rostro lleno de pecas. Me llega un olor a orina al tiempo que veo un charco dorado creciendo bajo su cuerpo.

Hago un poco menos de presión con la espada y estrecho mi barrera mental, bloqueando el paso a las canciones de los Creadores.

—¿A quién esperabais?

—A…, a ti no. —Las palabras le salen abruptamente y con tono agudo, como si la voz le hubiera cambiado hace poco—. Estamos aquí por asuntos del Tri-Tri-Triconsejo.

—¿Y los soldados de La Bruma?

—Su capitán recibió una alondra justo después del banquete —se apresura a decir tan deprisa que se le traba la lengua—. Órdenes de Bothaim para capturar y encarcelar al rey. Que él iba a estar aquí.

Hago más presión con la espada, haciéndole una marca en la carne.

—¿Qué rey?

El color que le quedaba en las mejillas se desvanece.

—El rey de la…, la Lla-Llama, Kaan Vaegor, gobernante del norte, que ha traicionado a su apellido.

Se me hielan las venas y siento un cosquilleo en las yemas de los dedos mientras miro alrededor, escudriñando la carnicería, la sangre, los cadáveres.

«No me estaban esperando a mí».

«Lo estaban esperando a él ».

Dirijo la vista a las puertas que tengo delante, por las que gotea sangre siguiendo los rayos de sol grabados profundamente en la madera como el curso de un río rojizo.

Comienzo a entender algo.

Aumentan mis sospechas.

—Por favor, no me mates. Tengo una hermana pequeña. Depende de las gemas de rocadragón que le envío. Está enferma.

Bajo la barbilla y miro al chico a los ojos, inyectados en sangre.

—Necesito que transmitas un mensaje.

Asiente con tal ímpetu que casi se corta el cuello con la espada que aún tiene clavada en la carne.

—Vas a regresar de inmediato a Bothaim y comunicarle al Triconsejo que, si le ponen un solo dedo encima a Kaan Vaegor, yo personalmente reduciré a escombros su preciada Ciudadela —digo con un leve temblor en la voz, provocado por el estruendo que hacen las palabras al fondo de mi lengua.

Aunque aún no esté tan bien capacitada como Kaan para moldear ni tenga ni por asomo la precisión necesaria para construir algo tan grandioso como la Ciudadela, bien saben los Creadores que puedo mandarla a tomar por culo.

—Por mucho que sus adorados arcos los protejan de las caídas lunares, se derrumbarán frente a mi ira, al igual que todos los huesos de su cuerpo.

—Me quito el velo mientras mi Otra se levanta hasta quedar justo debajo de mi piel, probablemente considerando la posibilidad de tomar el control para dar un bocado rápido, algo para lo que no tenemos tiempo—. Dime que lo has entendido.

El guardia se estremece. Asiente de nuevo, examinándome con lentos movimientos de sus grandes ojos, y dice las siguientes palabras acompañadas de un vaho lechoso.

—Lo…, lo entiendo. Transmitiré el mensaje. Lo prometo.

Mi Otra se retira.

Alzo la espada y espero a que se levante. Aunque es más alto que yo, su postura lo hace parecer mucho más bajo.

Se limpia la sangre de la mejilla y mira por encima del hombro hacia las puertas con el sol tallado, dubitativo.

—¿Qué pasa?

—Eh… Por favor, no le hagas daño a Ahvi. Es un chico muy bueno. Ha pasado por cosas peores que la mayoría.

«¿Un niño?».

Otra pieza del rompecabezas que encaja.

«Creo que he encontrado al protegido que busca Kaan».

—¿Te parezco un monstruo? —Abre la boca para contestar—. ¿Sabes qué? Mejor no respondas. —Arrojo mi espada entre los cascotes ensangrentados—. Juro por los Creadores que no le voy a hacer daño a Ahvi.

El alivio se refleja en su rostro.

—Tu…, tu mensaje. —Se aclara la garganta—. ¿De parte de quién les digo que va?

—De la prisionera setenta y tres —murmuro, y echo a correr hacia las puertas amarillas manchadas de rojo, empapada de tal cantidad de sangre que gotea de mí con cada paso que doy—. Diles que el dragón me expulsó muy enfadado.