La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 59. Raeve
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Capítulo 59. Raeve

Raeve

N os adentramos unos instantes en la franja despejada que hay entre las Miel Et Muíem y las nubes rosadas, que ahora cubren las zonas de anidación. Enseguida, Líri vuelve a descender, lo suficiente como para que yo vea claramente el muro que tenemos delante, el cual apenas sobrepasa la niebla.

Al ver el muro medio derruido, prueba del impacto que hubo en la zona hace cientos de eones, es difícil no sobrecogerse, sabiendo que una luna cayó con tal fuerza que se llevó por delante trozos de la estructura.

Hirió al mundo tan profundamente que estuvo a punto de engullirse a sí mismo.

Una luna.

Una caída.

«¿Qué quedará de nosotros después de varios impactos?».

Ahuyento ese repugnante pensamiento y alzo la vista hacia la torre de piedra blanca, repleta de ventanas. Tiene tres pisos de altura y se alza sobre el muro como si fuese una cúpula que lo corona, mimetizándose con la capa de nieve.

Un bastión. Y, a juzgar por las antorchas que titilan en su interior, no está vacío.

Escudriño la parte superior del muro, apenas velada por la niebla. Es suficiente protección para lo que tengo en mente, de no ser porque llevo una capa oscura llena de barro que ondea al viento como una maldita bandera de guerra. Contrasta demasiado con la nieve.

«Vaya».

Me la suelto de la nuca.

Clode me la arrebata y la lanza bajo la niebla tan rápido que me pregunto si ha estado detrás de nosotras preparada todo este tiempo, esperando.

Le froto el cuello a Líri, suelto las riendas y me doy la vuelta para quedar mirando a su cola.

Luego, me acerco a sus patas traseras, sincronizando cada movimiento de mi cuerpo con su silencioso aleteo.

Una vez en posición, me subo el velo hasta la nariz, ajusto mi barrera mental y me guardo el anillo de hierro.

Hago presión con las rodillas, instando a Líri a acelerar, a volar tan deprisa como pueda.

Cortamos el aire como un filo, raudas y silenciosas, surcando la parte superior del muro, tan cerca que Líri roza la nieve con el vientre. Doy un salto, sintiendo su sedosa cola recorriéndome desde el pecho hasta los pies, mientras voy perdiendo velocidad.

Con la cabeza gacha, aterrizo contra el suelo hecha una bola y me detengo en seco usando la bota para frenar. Al girar la cabeza, veo a Líri zambullirse en la Niebla; su tenue cola es lo último que desaparece de mi vista.

Me pongo de pie de un salto y echo a correr .

Manteniéndome agachada, abro mi barrera mental, tensando los músculos del cuello, y le susurro a Bulder que me atrape al vuelo, algo muy parecido a triturar piedra con las muelas. Afilado.

Áspero.

— Hugh atah duhn. Gurth ahl, Bulder.

Detiene su incesante canto, como si estuviera tan sorprendido como yo por mi fluidez, o simplemente por el hecho de que le esté hablando.

La pausa es demasiado larga.

Cuando salto de la pared, estoy convencida de que me voy a matar y se me sube el corazón a la garganta mientras caigo en picado…, pero aterrizo con fuerza en una cornisa de piedra que aún se está solidificando bajo mis botas.

Estoy a punto de perder el equilibrio, así que pego la espalda contra la pared y apoyo las manos en la piedra.

Resollando, espero a que mi corazón recupere su ritmo.

—Por poco, señor.

«Por

poco,

joder».

Bulder continúa con su monótono canto como si yo no existiese. Estoy a punto de maldecirlo cuando, al mirar hacia abajo, me doy cuenta de que la cornisa se ha endurecido hasta adoptar la forma de una mano ahuecada.

«Vaya, quizá sí le caiga bien».

«Genial».

Saco pecho y me doy la vuelta, clavando los dedos en las profundas grietas de la pared, similares a venas. Una vez que tengo buen agarre, paso mi peso a la superficie vertical, dejando la mano de piedra, y comienzo a descender por entre la neblina poco a poco.

Dos veces siento la helada brisa de Líri pasando a mi lado a toda velocidad. Parece que no puede evitar comprobar que estoy bien, a pesar del flujo constante de consuelo que le estoy enviando mediante nuestro vínculo.

Sigo avanzando, prestando atención al canto de Bulder hasta que cambia.

«Hueco».

Levanto ambas cejas y me quedo quieta, llenándome los pulmones mientras busco la frase perfecta para impresionar a mi nuevo mejor amigo. Es complicado, dado que aún no he asimilado todas las lecciones de Kaan.

— Hallon dóh gruin. —Pongo una mueca, pensando—. ¿Surin dahn… fu?

Estoy bastante segura de que la he cagado.

Se me tensa todo el cuerpo mientras espero a que se deshagan de mí de un manotazo como si fuese un parásito.

Para mi sorpresa, la pared se hunde ante mi pecho; un socavón vertical muy profundo. Se abre como una boca bostezando, tanto que puedo colgarme de las manos, levantar las piernas y deslizarme por el oscuro abismo.

Aterrizo con suavidad y me apresuro a llevarme la mano a la empuñadura de una daga mientras espero a que mis ojos se adapten a la oscuridad. Estoy en una sala alargada con numerosos huecos en la piedra, unos sobre otros. En cada uno hay un jergón y mantas…

«Estoy en las dependencias de duermevela».

«Mierda».

Daga en ristre, me agacho en posición defensiva. Inútil, algo de lo que me doy cuenta cuando mis ojos se adaptan y logro distinguir lo vacíos que están todos los huecos, con las mantas tiradas.

Avanzo sigilosamente girando la cabeza a ambos lados. Hay pertenencias, libros y prendas de ropa amontonadas en el suelo, pero no veo a nadie.

Resulta extraño, considerando la hora que es.

Al ver una jarra aún llena de hidromiel en el suelo junto a un jergón lleno de piezas de un juego, me detengo, sintiendo una oleada de inquietud cosquilleándome en la piel.

Es como si todos se hubieran levantado y se hubieran ido sin previo aviso. Se quitaron la ropa, se pusieron la armadura y cogieron sus armas.

Me guardo la mía y echo a correr hacia la puerta. No sé adónde se habrá ido todo el mundo, pero no quiero quedarme aquí para averiguarlo. Este ha de ser el asesinato más eficaz de toda mi puñetera existencia, porque si me pillan aquí desprevenida…

«Mejor no pensar en eso».

Mirando a ambos lados de un túnel con poca luz, algo me impulsa a girar a la derecha y luego a la izquierda por una escalera sinuosa. Otro largo túnel me conduce por delante de otras dependencias de duermevela, también vacías. Es como si no hubiese ni un alma aquí.

Algo que me pone los nervios tan de punta como espadas.

Otra escalera en espiral me conduce a una zona diferente : amplios corredores, suelos con mosaicos de colores y paredes de los mismos tonos pastel que La Bruma.

Atravieso estancias grandiosas que me hacen sentir diminuta, con columnas de piedra talladas en forma de fundefauces levantados sobre las patas traseras sosteniendo el techo.

Esto me dice que en su dae fue un lugar dedicado al arte y la cultura, no destinado al uso militar.

De todos modos, sigue sin haber ni rastro de gente. Al menos hasta que paso corriendo por un amplio corredor y me sobresalta una tos.

Retrocedo sobre las baldosas azules y me quedo quieta con la espalda contra la pared azul cielo, conteniendo la respiración.

Silencio.

Avanzo sigilosamente y, cuando estoy a punto de asomarme por una puerta doble abierta, el inconfundible repiqueteo del metal chocando con otro metal me hace pensármelo mejor.

Me muerdo el labio inferior, sopesando mi nuevo arsenal de trucos verbales mientras trato de dar con algo apropiado, algo lo bastante sutil como para que pase desapercibido si hay alguien al otro lado.

Saco una daga y le susurro a Bulder con suavidad:

— Heil uhn dah… burlin . —Habiendo olvidado la frase para indicar la dirección, doy un golpecito a la pared con la uña, esperando que entienda mi petición.

Casi de inmediato, se forma un orificio del tamaño de mi dedo perfectamente esférico, aunque no en el lugar donde he golpeado.

Justo al lado de mi cabeza.

«Qué caballeroso».

«Sin duda, estoy empezando a caerle bien».

Cierro un ojo y miro por el orificio. Siento un escalofrío al ver las cabezas con casco de numerosos soldados que llevan el atuendo rojo sangre de las tropas de La Bruma. Todos van armados y están inmóviles, mirando hacia la puerta que estaba a punto de cruzar.

—Por todos los Creadores… —digo en voz baja, y pongo una mueca al ver a tres feéricos al fondo de la estancia. Todos lucen la inconfundible armadura blanca de la guardia bothaimiana con abalorios, con unas amplias capas con hombreras que agrandan su figura y les dan un aire majestuoso.

«No puede ponerse peor la cosa».

Elevo la mirada al tiempo que se me cae el alma a los pies, recorriendo con la vista la entreplanta que rodea esta sala amarilla como el sol; la barandilla está llena de arqueros de rostro pétreo con una armadura rojiza que brilla a la luz del fuego que sale de los pebeteros.

Tienen las armas preparadas y están apuntando, como si estuvieran esperando algo.

O a alguien.

Miro tras los guardias del suelo, hacia unas puertas dobles ornamentadas que hay en la pared del fondo, también amarillas, con un sol tallado en la base y rayos dorados que se extienden hacia arriba.

Justo como en el boceto de la miskunn que llevo en el bolsillo.

Eso significa que el feérico de cabello plateado a quien tengo que matar está al otro lado de todo… eso.

Qué mala suerte. Esperaba entrar y salir en un parpadeo.

Pero eso no es un contingente con el que pueda acabar en un parpadeo.

Es, más bien, un contingente de «mete la pata y muere».

Me doy la vuelta y apoyo la cabeza contra la pared, sopesando mis opciones.

Comienzo a sentir un dolor recorriéndome la columna vertebral, como un cincel invisible que me va astillando las vértebras una a una hasta partirlas en dos.

Curvo la espalda, perdiendo el equilibrio, y caigo de rodillas abriendo la boca, con el nombre de Sereme a punto de brotar como un rugido enjaulado desde el fondo de mi garganta.

Solo ha llegado a la mitad de mi coxis cuando oigo unos pesados pasos resonando por el corredor.

Desvío la vista hacia la derecha y me topo con los audaces ojos cobrizos de un soldado de La Bruma. No lleva casco y tiene las manos en la entrepierna; parece estar abrochándose los pantalones después de hacer una rápida visita al retrete.

Se queda quieto, mirándome de arriba abajo, y se le va todo el color de las mejillas. En ese mismo instante, me fijo en el abalorio transparente que le cuelga de la oreja.

Un frío temor me atraviesa como un hachazo.

Cojo aire, abriéndome a Clode, y suelto un torrente de palabras mientras él comienza a hablar también mirándome con los ojos como platos, como si me reconociese.

Aunque yo termino primero, creando un vacío estanco para silenciarnos y, con suerte, evitar la irrupción de los guardias, él es más rápido en lanzar una demanda ofensiva, una que conozco demasiado bien.

Se me encoge el corazón.

Me apresuro a soltar las mismas palabras, pero él me gana, quitándome la última letra de la boca.

Resoplando, Clode me agarra por el cuello y me aprieta los pulmones, tan fuerte que siento el sabor del metal. Luego tira, como si estuviera agarrando el tronco de un árbol y tratase de levantarlo del suelo, con raíces y todo.

«Qué

puto

dolor».

Sereme sigue destrozándome la columna vertebral mientras el guardia también se ahoga: tiene la boca abierta y se araña la garganta y el pecho de la misma manera que yo.

Es como si Clode estuviera entre nosotros, con los codos hundidos en nuestra garganta, tomándose su tiempo para decidir cuál de los dos le ha hablado con más elocuencia.

Yo, obviamente. Quiero mucho a esa perra. Pero supongo que él ha terminado antes.

Eso significa que probablemente estoy acabada.

Tenso los músculos del pecho, tratando de mantener mis pulmones firmes.

«Por favor, no me mates, Clode. Nos lo pasamos muy bien juntas».

«Casi siempre».

La sangre me burbujea por la garganta. Al mismo tiempo, la esclerótica del soldado se tiñe de rojo y le estallan capilares, los labios se le vuelven morados y todas las venas de su cuello y sienes brotan a la superficie.

Siento un dolor agudo en el pecho, como si se me desgarrara la carne, algo que nunca había sentido antes. Me invade un mal presentimiento.

«Definitivamente, estoy jodida».

Me preparo, segura de que los pulmones están a punto de salírseme por la garganta…

El soldado tiene los ojos prácticamente fuera de las cuencas y me sorprende gratamente ver brotar carne roja de sus labios junto con un chorro de sangre que le resbala por la barbilla y la garganta, manchando su ropa. Cae de rodillas con la mirada perdida, como llamas apagadas.

Clode me suelta al tiempo que termina la tortura de Sereme. Me desplomo y logro bajarme el velo justo a tiempo para toser y vomitar. Cuando consigo respirar sin toser, todavía con un temblor en los labios y calambres en los músculos, veo las salpicaduras rojas sobre las baldosas azules.

Gimo, con el vacío estanco de Clode aún pegado a la piel, mientras me limpio la boca con el dorso de la mano. Al levantar la vista, veo al guardia tendido en el suelo sobre un charco de sangre.

Me invade una ira gélida como un latigazo y siento un hormigueo en las yemas de los dedos.

«Esa zorra de Sereme casi me mata».

Pienso en que el soldado me ha mirado como si me reconociese momentos antes de soltar su ataque destrozapulmones y se me ocurre una espinosa teoría…

«¿Me estaban esperando?».

«¿Es esto una trampa?».

—Será… víbora —siseo entre dientes, mientras me incorporo a duras penas, tambaleante.

Cuando recupero el equilibrio, me levanto el velo y desenvaino dos dagas mientras una energía rabiosa estalla bajo mis costillas. No es salvaje ni desenfrenada, sino fría.

Depredadora.

Hago crujir mi cuello y arremeto hacia las puertas abriendo mi barrera mental, tanto que el clamor de Clode y Bulder ahoga todo lo demás. Sus palabras, mordaces o no, me revientan los tímpanos hasta hacer que me gotee sangre por los lóbulos.

Los asesinatos sutiles no están mal, pero es mejor seguir con vida. Y las pruebas indican que, si no acabo yo con estos soldados, son ellos los que van a acabar conmigo.

No pienso dejar que Sereme se salga con la suya tan fácilmente.