La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 58. Raeve
56%

Capítulo 58. Raeve

Raeve

R ompo la capa helada de mi lago, perseguida por una presencia poderosa que se abre paso a través del agua. Empujándome hacia la superficie.

O tal vez no me empuja en absoluto, sino que simplemente me sigue . Quizá esperando que, si se acerca lo suficiente, me veré obligada a parar, darme la vuelta, comunicarme.

«No pienso hacerlo».

Ni aunque me muerda por el pie y me sacuda hasta dejarme medio muerta… Si bien preferiría que no lo hiciera.

«Por todos los Creadores, ¿y si acabo de darle la idea?».

Siento un escalofrío por la espalda.

Nado con más brío, más rápido. Salgo del lago y trepo por mi orilla para internarme en mi yo exterior más deprisa que nunca.

Abro los ojos de par en par.

Respiro hondo y compruebo que sigo descansando en mi rincón, aliviada al ver que no tengo restos de carne entre los dientes ni sangre en las manos. Espero que eso signifique que mi Otra no se ha dedicado a matar mientras yo estaba emocionalmente abatida en su zona de trueque de traumas.

—Por todos los Creadores… —murmuro al tiempo que me froto la cara con las palmas, reprimiendo las visiones de gente sombría contemplando una ladera derruida tras los picos de obsidiana de un pueblo enterrado.

Silenciando los ecos de una canción devastadora que salía de los labios de la joven Elluin, de pie junto a un hombre desconocido de complexión fuerte y cabello tan negro como el mío que la miraba con reverencia.

Una canción utilizada para desplazar el glaciar derrumbado poco a poco, sacando a la luz el pueblo que había debajo…

«Las numerosas personas que no lograron salir con vida».

Por encima de todo, reprimo el orgullo que sintió mi Otra, situada detrás de la joven Elluin, al verla cantar hasta que le fallaron las piernas…, con la esperanza de encontrar aunque fuera un solo superviviente entre la matanza cubierta de nieve.

Suspiro y me paso los dedos por el pelo.

No hay nada como regodearse en el sufrimiento mientras te preparas para arrancarle el corazón a alguien.

Al menos el trato fue suficiente.

Al dejar caer los brazos sobre la cama, toco un trozo de pergamino. Frunciendo el ceño, lo cojo y leo la nota de Kaan con el corazón en un puño.

«Por todos los Creadores… ¿Cuánto tiempo he dormido?».

Parece que sumergirme en mi lago interior tiene sus desventajas, como perderme cosas importantes para las que por lo general me habría despertado.

Soltando un gemido, me pongo en marcha. Me abrocho los pantalones de cuero blanco y me cierro la chaqueta a juego hasta la barbilla. Entonces, reparo en mi capa blanca, que está colgada en el banco con forma de garfio que domina la habitación. Un ligero destello asoma por debajo de ella.

Me quedo un segundo quieta y, luego, me muevo más deprisa que nunca.

Al coger la capa, me envuelve una ola de aire fresco que me pone la piel de gallina. Entorno los ojos al ver un pequeño fragmento lunar plateado, no más grande que cuatro puños juntos. Resplandeciente.

Precioso.

Un dolor frío me va invadiendo el pecho.

«Él lo ha hecho. Lo ha conseguido».

Me escuecen tanto los ojos que aprieto los párpados con fuerza y espero a que el dolor remita para volver a abrirlos, reprimiendo el impulso de acariciar los bordes afilados del fragmento, de tocar esa suave curvatura tan parecida al borde de un ala, de cogerlo con ambas manos, llevármelo al pecho y acurrucarme a su alrededor como si de una luna se tratase.

Si hago cualquiera de esas cosas…, no creo que pueda volver a separarme de él.

Así, lo que hago es exhalar lentamente y volver a colocar mi capa sobre el fragmento, dejándolo con cuidado donde está. Me doy la vuelta, ignorando el escalofrío que me recorre la espalda, muy similar a la sensación que tuve cuando regresaba a toda prisa a la superficie de mi lago interior.

«Ahora no».

«Aún no estoy preparada para enfrentarme a eso».

Con la mandíbula tensa, me sujeto las fundas en los muslos y las lleno de dagas. Hago lo mismo con todos los bolsillos que llevo ocultos en los pantalones y la chaqueta.

Me cubro la mitad inferior de la cara con un velo oscuro y pongo rumbo a la escalera, donde me encuentro mis botas en el suelo, llenas de barro.

No están donde las había dejado.

Me bajo el velo y entorno los ojos al ver una pluma rosa, no más grande que la yema de mi pulgar, enredada entre los cordones. Es el tipo de plumón suave que suele haber en el nido de un fundefauces, pues protegen los huevos.

Embargada por un pesado temor, desplazo la vista hacia donde está escondido el fragmento lunar, la paso a la nota de Kaan entre mis sábanas… y vuelvo a mirar la solitaria pluma que decora mi maldita bota.

«Joder».

—Se han ido hace rato. Dudo que los alcances aunque corras.

Al girarme, veo a Roan en lo alto de la escalera de madera frotándose los ojos para despejarse. Todavía lleva la ropa embarrada, como si nada más terminar el dispositivo de localización del protegido y entregárselo a Kaan, hubiera subido las escaleras y se hubiera tirado en la cama.

—Ah —murmuro, dándole vueltas a la nota de Kaan.

Cuando vuelva, tenemos que hablar.

Nunca cinco palabras sonaron tan inquietantes.

Dejando ese atolladero mental para más tarde, me calzo las botas y levanto la vista hacia las cortinas, que están echadas.

—¿Y la aurora?

—Hace un rato que se puso, creo que estamos en plena duermevela. —Roan bosteza abriendo tanto la boca que le veo las muelas—. Se fueron nada más ponerse.

Un golpe de suerte. Espero que la patrulla de vigilancia sea reducida donde me dirijo y que Sereme duerma durante todo este suplicio.

Estoy atándome el segundo nudo cuando Roan rompe el silencio.

—Oye, eh…, no irás a buscarlos, ¿verdad?

—No tengo por costumbre rescatar a nadie —murmuro, esperando que el eco de mis palabras llegue hasta la gélida guarida de mi Otra, pues me gustaría acabar con esa idea suya de que soy como la niña a la que tanto adoraba—. Luego vengo.

Bajo corriendo las escaleras, me echo por encima mi capa negra, aún embarrada, me pongo la capucha y cojo dos frascos de elixir de la estantería. Me guardo uno en el bolsillo y estrello el otro contra la pared, haciendo brillar las runas que mantienen la puerta oculta.

Esta se abre de golpe, exponiéndome al mundo cubierto de niebla que hay al otro lado, plagado de alondras que vuelan en círculos, confusas, tratando de orientarse.

«Pobrecitas».

Todo está tan blanco que parece que estoy entrando en una bulliciosa nube. Tras dar dos pasos, oigo la puerta volver a su sitio a mi espalda.

Estoy buscando la nota de Sereme en el bolsillo de mis pantalones cuando la atmósfera se vuelve fría y gélida y se instala un silencio inquietante, como si todos los insectos y reptiles se hubieran esfumado.

Incluso las confundidas alondras se dispersan.

Advierto un movimiento en el aire que me eriza el vello de los brazos. Se me escapa una sonrisa.

Escudriño la densa niebla, esperando…

Ante mí, se ilumina una larga figura con las alas extendidas y veo unos ojos sombríos parpadear, tan cerca que se me corta la respiración.

Se me ensancha la sonrisa mientras alargo la mano para acariciar el espacio curvo entre los ojos de Líri, llenándome los pulmones con su salvaje aroma almizclado.

Ella resopla, lanzando un aire fresco contra mi mejilla, y después me da un golpecito con el morro en el abdomen. Noto brotar en mi pecho una súplica como un capullo helado: su determinación a venir conmigo.

Suspiro mientras le paso los dedos por los mechones de las mejillas, pensando que hay suficiente niebla como para que se funda con el paisaje.

—De acuerdo —murmuro, e inclina la cabeza y me da un golpecito con ella que a punto está de dejarme sin aire en los pulmones, una petición de que le rasque debajo de la mandíbula—. Pero solo porque has demostrado lo callada que sabes estar.

Por eso y porque estoy segura de que solo está fingiendo que tengo otra opción.