Capítulo 57. Veya #2
—Una miskunn me pasó un mensaje muy confuso que indicaba que tenía que encontrar los restos del dragón caído de mah para…
—Suspira y niega con la cabeza recogiendo la alondra rota de entre los pliegues de su manta—.
No importa —susurra, dejando ambas mitades sobre su palma y tapándolas con la otra mano—.
Estoy aquí. Caí en la trampa de ese demente.
Me la quedo mirando: la forma en que se encoge de hombros y baja la mirada…, sus uñas todas mordidas…, el modo en que acuna entre las manos a esa pequeña alondra como si fuera lo más preciado que jamás ha tenido.
—¿Quién creías que era cuando te has despertado, Kyzari?
Veo un destello en sus ojos.
—Bueno… —susurra contemplando sus manos ahuecadas—.
Pah me enseñó a no hacer ruido, a no discutir, ni siquiera abrir la boca a menos que me lo pidieran expresamente.
Me decía: «Sé discreta y callada. El mundo necesita mujeres discretas y calladas, no bocazas que no saben guardarse sus pensamientos para sí ni cerrar la puta boca».
Las últimas palabras las escupe con tal vehemencia que rebotan por las paredes.
Frunzo el ceño.
Nunca había oído a Kyzari decir palabrotas, ni tampoco hablar con un tono tan cortante.
—Y eso es lo que fui durante fases: discreta, callada. —Levanta una mano y coge con delicadeza el pico de la alondra, tratando de enderezarlo—. La primera vez que grité de verdad, con todo mi ser, fue… —me mira y vuelve a bajar rápidamente la vista— hace veintitrés fases.
Pronuncia las palabras como si fuera una confesión, como si llevaran demasiado tiempo atascadas en su pecho.
—Grité por él. —Señala la piedra que tiene en la frente—. Bueno, en mayor medida.
Frunzo aún más el ceño.
—¿Gritaste por el dios del Éter?
—Caelis —me corrige con una severidad regia—. Ese es su nombre: Caelis.
Asiento con la cabeza y le repito el nombre. Me pregunto si este lugar le habrá deshecho la mente. ¿También habrá penetrado en su mente Arkyn? Si no se hace con delicadeza, algunas personas se vuelven locas de forma irreparable. Quizá ella luchase más que yo o no se quedara lo bastante quieta.
—¿Y acudió, Kyzari? ¿Caelis acudió?
—Durante un rato, sí…
Siento como si me estuvieran planteando un acertijo complicado, pero el cerebro me palpita con tanta fuerza que no tengo claro que sea seguro intentar descifrarlo.
—¿Por qué gritaste?
Una vez más, intenta alisar las arrugas del pico de la alondra.
—Porque pah necesitaba el favor de Bothaim y yo era la recompensa.
«Oh, no».
«Kyzari, no».
—Yo guardé la compostura, tal y como me ordenó pah. Hasta después.
Se me revuelven las tripas.
—Pero el gran canciller no lo hizo —continúa con el semblante rígido, despiadado, lo que contrasta con la Kyzari que conocía—. Ni la primera vez. Ni la segunda. Ni la tercera.
—¿Y tú…?
—Sí. —Me mira a los ojos con una mirada tan gélida que nunca se ha parecido tanto a su mah como ahora—. Cumplí con mi deber como hija del gran Tyroth Vaegor.
Me hierve la sangre. Casi me derrito por dentro al darme cuenta de que siempre la he visto como a una niña debido a su forma de mostrarse al mundo, pero no es más que una máscara para protegerse de los horrores por los que la ha hecho pasar su pah.
Joder.
Pensaba que Tyroth protegía a Kyzari, que la adoraba hasta el punto de asfixiarla. Estaba equivocada, ciega.
«Debería haberme dado cuenta».
—Eso es… —Me aclaro la garganta para eliminar la aspereza de mi tono—. Por eso te ofreciste a los Creadores esta fase.
—De todos modos, él se había cansado de mí.
Empezó a pedirme otras cosas. Supongo que no se me daba muy bien.
—Se encoge de hombros y la media sonrisa que esboza con sus agrietados labios me dice que tal vez lo hiciera a propósito—.
Me ofrecí a los Creadores como una forma de romper el poder que pah ejercía sobre mí. Y porque… —Se queda sin aliento.
—¿Qué?
Suaviza la sonrisa.
—Mi corazón ya le pertenece a uno de ellos.
«Por todos los Creadores… Lleva demasiado tiempo sola».
En lugar de darle más vueltas al asunto, paso la mano por entre los barrotes, sin perder de vista cómo pone la alondra fuera de mi alcance, como si pensara que voy a quitársela.
Le agarro la mano y se la aprieto con fuerza, sabiendo que no hay palabras capaces de enmendar el daño que ha sufrido.
No hay sutura lo bastante fuerte para impedir que sus heridas se sigan abriendo.
Aun así, en el silencio que se instala entre nosotras, juro ayudarla a encontrar la paz, a encontrar un lugar feliz donde pueda reposar la mente.
Ya veremos cómo.
—¿Crees que nos dejará marchar?
«No, Kyzari. Nos va a utilizar para hacerle daño a alguien a quien ambas queremos».
No digo las palabras. Lo que ella necesita ahora mismo es esperanza , y eso…
«Eso sí se lo puedo dar».
—Tengo que enseñarte una cosa —susurro apartando los brazos de su celda. Me agacho, me levanto el bajo de la camisa y empiezo a desenrollar el pergamino que llevo atado a la cintura con un nudo en la garganta.
El corazón en un puño.
No me ha resultado fácil ocultar el diario a quien penetró en mi cabeza. Por muy buena que sea vaciando mi mente, con tan poca fuerza, solo he podido proteger unas cuantas cosas. Aunque casi me mata más de una vez, habría sido una buena muerte.
Honorable.
Y es que las palabras que contiene este diario… son muy íntimas. No son para nadie más que para Raeve, Kaan y mi dulce sobrina, a la que han destrozado y necesita desesperadamente saber cuánto la quieren.
Ha valido la pena. Por esto.
Por ella .
—Las runas de mis sienes son para impedirme dormir —murmuro desenrollando otra hoja empapada de sangre—. Su objetivo es doblegarme, acabar con mis defensas para que el mentalista revele todos mis secretos. Cuando lo haga, descubrirá que tengo esto y Arkyn se lo llevará.
Saco la última capa e inclino el diario en mi mano, observando la cubierta. Siento el peso de los secretos que contiene.
—No podría vivir conmigo misma si no te diera la oportunidad de leer estas palabras.
Se lo paso por entre los barrotes.
Kyzari frunce el ceño, deja la alondra sobre su regazo y coge el diario. Le da unas vueltas y, después, pasa sus delicados dedos por la ilustración de la cubierta.
—Se parece al málmr del tío.
—Sí. —Me cuesta decir la palabra.
—Es precioso —susurra recorriendo con los dedos el ala del plumaluna. Luego, levanta la vista—. ¿Es de él?
—No. Era… —Hago una pausa para respirar hondo y esbozo una sonrisa—. Es el diario de tu mah.
Se queda de piedra. Como si se hubiera elevado al cielo, se hubiera hecho un ovillo y se hubiera solidificado.
—Eh…, tuve que ir hasta Arithia para encontrarlo.
—Miro mis manos, apretando con fuerza el vínculo de sangre—.
Solo he leído las últimas anotaciones, pero creo que…
—Las palabras se quedan atascadas en mi garganta.
Me la aclaro y vuelvo a mirar sus brillantes ojos azules, tan parecidos a los de su mah—.
Creo que deberías empezar por el principio.
—¿Me va a hacer daño? —dice con la voz quebrada, casi áspera.
—Sí.
«Más de lo que puedas imaginar».
Se le demuda el rostro, ladea la cabeza y se le llenan los ojos de lágrimas, semejando charcos helados.
— No sé si puedo soportar más dolor.
—Lo sé, cariño. —Meto la mano entre los barrotes y le acaricio la mejilla—. Pero, cuando llegues al final, te cuento una cosa. —Echo un vistazo a toda la comida que tiene en el suelo sin tocar y cierro los párpados. Abro los ojos y le aprieto la cara—. Algo por lo que vivir.
Se le forma una arruga entre las cejas.
Traga saliva y baja la mirada al diario. Pasan unos instantes antes de que, por fin, levante con cuidado la tapa y comience a leer.
Me siento a su lado y le cojo la mano cuando llega a las partes que la hacen temblar. La abrazo con fuerza cuando lee sobre el envenenamiento que se llevó por delante a tantos miembros de su familia antes de que tuviera la oportunidad de conocerlos, mientras la culpa me corroe.
Le seco las lágrimas de las mejillas cuando llega a la parte en la que Slátra persigue a Elluin por las llanuras y lo vuelvo a hacer cuando lee sobre el amor naciente entre Kaan y su mah.
La estrecho con fuerza cuando lee sobre el embarazo fruto del amor .
De la felicidad .
Y, cuando llega al final y se deja caer contra los barrotes, con unas lágrimas demasiado rápidas y pesadas como para que pueda limpiárselas, le acaricio el pelo, la abrazo y le digo que tiene que sobrevivir.
Debe hacerlo.
Porque, por alguna magia desconocida, su mah está viva . Y, aunque no tiene ningún recuerdo de su pasado, es fiera, audaz e imponente a la vista…, exactamente igual que su hija .