Capítulo 57. Veya
Veya
A rkyn abre el vial de Kaan y lo cierra una y otra vez, produciendo destellos de luz mientras seguimos su ondeante capa por el largo y sinuoso túnel.
Yo grito, me revuelvo y gruño a cada paso, sin perder ni una sola oportunidad de clavarles las uñas en los brazos a los dos feéricos que me arrastran.
—Debería estar más agradecida —dice uno de ellos tirando de mí a duras penas mientras pasamos junto a una antorcha cuya luz se refleja en su máscara de bronce, con la voz tensa por el esfuerzo—. Teniendo en cuenta que le acaban de curar las heridas.
Me sale una risotada maniaca.
Por mucho que Arkyn haya ordenado que me curasen las heridas y me sacaran el veneno de la sangre, lo he pagado con creces: me han abierto la mente y lo han visto todo. Me han pinchado y golpeado tanto que mi cerebro parece una masa hinchada que apenas me cabe en el cráneo.
Lo he pagado con secretos. Me han humillado al inspeccionar mis momentos íntimos, tomándose su tiempo.
Hiriéndome.
Luego, para colmo de males, me han vaciado los bolsillos y me han quitado el vial de Kaan, que parece ser el nuevo juguete favorito de Arkyn.
Pataleo con más fuerza, retorciéndome con tal ahínco que la sangre me mancha la cara al brotar de las runas que me han grabado en las sienes, las cuales me impiden dormir.
Logro soltar mi brazo izquierdo.
Estoy a punto de usar todo mi peso para intentar derribar al cabronazo que tengo a la derecha cuando Arkyn se da la vuelta con la mano extendida y me agarra del cuello, clavándome los dedos como si fuesen garras de dragón.
Le golpeo y lo agarro, tratando de liberarme, segura de que mis tendones están a punto de desgarrarse bajo su férreo control. Toda la sangre se precipita a mi cerebro, haciendo que se inflame todavía más…
Unos puntitos negros me nublan la vista.
Arkyn suspira y sigue sujetándome incluso después de que el otro hombre vuelva a tenerme agarrada por el brazo.
—Tiene razón, ¿sabes? —Abre el vial de Kaan, iluminando su anguloso rostro, y lo vuelve a cerrar—. El sanador dijo que te quedaba un hilo de vida.
Empiezo a perder la conciencia, viendo solo esos puntitos negros, cuando las runas de mis sienes comienzan a arder como si un hierro de marcar estuviese clavándose profundamente en mi piel.
Derritiéndome.
Se me hinchan los ojos y abro la boca, soltando un grito silencioso. El olor a carne quemada impregna el aire, golpeándome con recuerdos que me revuelven las tripas.
Arkyn me suelta.
Me desplomo en los firmes brazos que me sujetan mientras resuello y me resbalan lágrimas por las mejillas. El vial de Kaan hace clic, clic, clic, sin parar. Al ir recuperando la conciencia, las runas van dejando de chisporrotear.
De nuevo, tiran de mí por entre destellos de fuego. Siento las extremidades entumecidas y la mente embotada.
Mi alma grita .
Entonces el túnel se abre ante mí. Veo a ambos lados celdas vacías y cada vez que respiro me llega un hedor a podredumbre, moho y excrementos.
Llegamos a una celda escasamente iluminada muy parecida a las demás; los goznes de la puerta chirrían.
«Mierda».
Siento otra oleada de energía y comienzo a revolverme, gritar y patalear en un intento de derribarlos mientras mi entorno se va volviendo borroso.
Me empujan y me golpeo contra la pared con tanta fuerza que me quedo sin aliento. Me dejo caer, aunque apenas siento dolor, pues estoy demasiado embriagada por la adrenalina que me corre por las venas. Me dispongo a levantarme cuando me pisan la espalda.
El diario de Elluin se me clava en el vientre, provocándome náuseas que me queman la garganta.
—¡Quédate ahí!
Gruño sobre la piedra húmeda contra la que tengo aplastada la cara mientras atan mis grilletes a un gancho en el suelo. En cuanto el hombre levanta la bota, me incorporo y me abalanzo sobre él, pero acabo estrellándome contra la puerta enrejada, que se cierra de golpe en mis narices.
El ruido metálico del cerrojo resuena en mi interior y rebota por las opresivas paredes, que comprimen el interior como un libro cerrado de golpe.
Los guardias le entregan la llave al Rey Carroñero y se adentran en la oscuridad. Tiene los ojos entornados y brillan a la luz del fuego que emana de un candil cercano.
Aunque se encuentre al otro lado de las rejas, lo miro fijamente como si nos encontráramos en una arena de combate. Igual que si estuviera a punto de acabar con él con mis propias manos, de romperle el cuello y arrancarle la cabeza.
No me importa que llevemos la misma sangre. Está decidido a hacer daño a Kaan; lleva tiempo mandando a gente a una muerte segura en las arenas de Khindard para reunir fondos con los que usurparle el trono.
«No es mi hermano».
Abre la tapa del vial, liberando la llama, que ilumina su cruel y deforme rostro.
—Si le pones un solo dedo encima a Kaan —balbuceo tambaleándome—, serás tan malo como él.
«Pah».
Arkyn ladea la cabeza.
—¿A cuántos hermanos, hijos, hermanas e hijas mató Kaan cuando se hizo con el trono de bronce, Veya?
Gruño.
Refunfuñando, desvía la mirada hacia la derecha y la fija en la siguiente celda.
—Convéncela para que coma y le diré al mentalista que sea amable cuando reanude sus esfuerzos por recuperar lo que sea que ocultes en ese rincón oscuro de tu mente.
Cierra de golpe el vial. Se da la vuelta, haciendo ondear su andrajosa capa, y se aleja furioso por la oscuridad que lo envuelve todo, salvo por los destellos de fuego que desprende el vial de Kaan.
Me cuesta mantenerme en pie, por lo que estiro la mano y me agarro a una de las frías barras mientras miro por encima del hombro.
Me da un vuelco el corazón al ver… a alguien con ataduras en la esquina de la celda contigua a la mía, con una manta raída cubriéndole casi todo el cuerpo, salvo un mechón de pelo sucio… de color blanco.
Largo.
Al advertir un destello plateado en su frente, se me escapa todo el aire de los pulmones. Me brota un gemido de la garganta y todos mis dolores y molestias quedan en segundo plano ante el horror que se apodera de mí.
«Oh, no… Por favor, no…».
Me tiro al suelo y me acerco gateando por la piedra. Alargo la mano a través de los barrotes.
—Kyzari.
Ella se mueve.
Se vuelve borrosa .
Mete la mano por entre los barrotes, la dirige a mi garganta y aprieta con tanta fuerza que parece que toda la sangre se me va a la cabeza, amenazando con reventar las costuras de mi ya maltrecho cerebro.
—Ky… za… ri —consigo decir al tiempo que le sujeto la mano—. Kyza…, soy… yo.
Se me emborrona la vista hasta que lo único que veo son sus pupilas, tan negras y vacías que estoy segura de que podrían engullir el mundo.
Las runas de mis sienes se calientan…
Las pupilas de Kyzari se contraen, sus facciones se relajan y el azul intenso de sus ojos vuelve a aparecer, un ribete vivaz que semeja la llamarada de un plumaluna, en este momento la imagen más bienvenida del mundo.
De todos modos, solo se la ve tranquila durante un instante, pues al momento se viene abajo y empiezan a caerle lágrimas al tiempo que me suelta.
Deja caer la mano como una piedra.
Respiro hondo, llenándome de todo lo que necesito para mantener mi cerebro despierto y evitar que las runas ardan. Aunque no le dejo ver mi dolor, mi miedo, tomo su rostro entre mis manos y me acerco lo máximo posible a los barrotes.
—No pasa nada —digo con voz ronca buscando sus ojos, ausentes y enmarcados por unas profundas ojeras que se suman a su semblante atormentado.
Su tez, por lo general morena, está tan pálida que parece translúcida, los pómulos le sobresalen y tiene los labios agrietados y sin color…
—Oh, Kyzari…, ¿qué te ha hecho?
Está tocando la runa de mi sien derecha cuando la estrecho contra mí, a pesar de su rigidez.
No es más que una muñeca esquelética, con los hombros tan frágiles que estoy segura de que, si la aprieto más, la rompo.
Tras un rato, toma aire temblorosamente y exhala con más suavidad mientras su cuerpo comienza a sacudirse. Al final, levanta los brazos y me los pasa por la espalda, aferrándose desesperadamente a mí.
—No pasa nada —le susurro mientras contemplo su celda. Fijo la vista en el cubo de mierda que hay en la esquina y, luego, la dirijo a los montones de comida que hay junto a los barrotes, pudriéndose, trozos de carne descolorida cubiertos por una capa de gusanos pálidos que se están atiborrando.
—Estoy aquí, cielo.
Me llama la atención la manta bajo la que se ocultaba, donde veo dos mitades de una alondra escondidas entre los pliegues.
Acaricio su alborotada melena y levanto la vista hacia las lunas del techo y, luego, hacia las letras de carbón de las paredes.
Sin duda, no son de Kyzari; su caligrafía es más delicada, las letras se ligan unas a otras sin esfuerzo.
Salvo…
Mi mirada se centra en una frase grabada profundamente en la piedra gris de la pared, como si la hubieran repasado mil veces. Sin duda, la letra de Kyzari.
Te necesito
«Ay, pobrecita».
Recojo su mugriento cabello y se lo echo a un lado para poder acariciarle la espalda mientras releo esas dos pequeñas palabras…
—¿Quién…? —Me aclaro la garganta, aún irritada y sensible—. ¿Quién pensabas que era, Kyzari?
Ella se retira ligeramente y desaparece toda la relajación de su postura y de las líneas de su rostro. Se seca las mejillas y levanta la barbilla.
—¿Cómo has llegado aquí?
La pregunta queda en el aire.
Inmóvil durante unos instantes, le aparto un mechón de pelo de los ojos y se lo paso por detrás de la oreja.
—Es una larga historia, pero estoy bien. ¿Y tú?
—Ah, yo… estaba buscando fragmentos lunares —dice mientras se seca una lágrima rebelde de la mejilla.
«Eso no es lo que te he preguntado, Kyzari».