La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) La otra
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La otra

La

Otra

Y tal vez lo hagan.

Los salvajes pueden escupir llamas e iluminar el cielo con sus bellas amenazas o intentar llevársela al nido para protegerla y adorarla, pero, a menos que se sientan amenazados, no van a hacerle daño a Raeve.

No están dispuestos a herir a alguien que ya ha pasado.

La Otra salta de piedra en piedra, aprovechando un antiguo sendero que atraviesa el abrasador pantano. Mira hacia atrás para ver si Kaan la sigue, como esperaba que hiciese, a pesar de que los instintos de este sin duda le gritan que lo van a atacar.

Chamuscar.

Devorar.

No va a suceder.

Aunque ella huela a él, también él huele muchísimo a ella .

Cuando la Otra llega al final del camino, se quita el anillo de hierro de Raeve y se lo guarda en el bolsillo.

Resopla al pensar en lo fácil que sería todo esto si aún tuviera sus alas.

Aunque también ha ido en busca de las palabras de Bulder entre los recuerdos perdidos o desechados de su Preciosa, la Otra está bien equipada, pues puede dar órdenes con el dialecto que Elluin logró perfeccionar hace mucho tiempo.

El dios de la Tierra escucha, cogiendo piedras de las profundidades del fango y haciéndolas aflorar a la superficie burbujeante como ofrenda. Forma así un camino que conduce hasta el centro del pantano, donde se encuentra el nido desatendido.

Hasta donde la Otra alcanza a ver ese pequeño fragmento de plata que brilla como la luz de uno de sus antepasados. Es una llamada silenciosa a la que anhela responder con todo su corazón.

Se mueve de piedra en piedra y desaparece entre la niebla.

Kaan va a cierta distancia tras ella con un fiero fuego protector en sus ojos que semeja la llama de un siegasable.

Por encima de ellos, los fundefauces surcan el cielo entre alaridos, haciendo que este cobre vida con el rugido atronador de su frenético aleteo.

La Otra por fin llega a la isla del centro, la que se encuentra justo debajo de la pareja fallecida de la hembra rosa, que se encuentra en una duermevela eterna, con su ala solidificada cubriendo lo que a ella le parece un arma clavada en su pecho.

La invade la tristeza al pensar en ello, en las semejanzas que Kaan Vaegor aún no comprende.

La Otra vuelve a ponerse el anillo de hierro y se dirige al montículo cubierto de musgo mientras las ramitas sueltas crujen bajo las suelas de ese incómodo calzado que lleva. Comienza a trepar hacia el nido de piedras, hacia ese fragmento plateado que irradia una luz fría.

Al acceder al refugio esférico que conforma el nido, la Otra percibe un olor a polvo y brasas mientras se adentra en el cubil lleno de plumas rosas y naranjas, unas plumas que pertenecen tanto a la hembra como a su pareja.

Respetuosa con el santuario, se mueve con delicadeza, dando pasos cuidadosos.

Ignorando el jaleo del exterior, se agacha junto al fragmento y, tras retirar el manto de plumas que la hembra ha dispuesto alrededor, acaricia los afilados bordes.

Un trozo de ala, bajo la que resguardaba a Allume y a su Preciosa.

El gran huevo rosado que hay junto a él capta su atención. Es de un color tenue, como la base del pico de la hembra doliente. Lo alcanza y pasa la punta de los dedos por la superficie, llena de plumas y cálida a pesar del frío de su interior.

Sin vida.

La Otra se concentra en los aromas del nido, abrumada por el intenso olor a aflicción de la hembra. Se da cuenta de que este huevo no estaba sin fecundar, como algunos creerían, sino que pasó demasiado tiempo sin recibir calor, quizá cuando la hembra perdió a su pareja, lo que resulta desgarrador.

La tristeza le invade el pecho a la Otra como si fuese una piedra demasiado pesada para levantarla.

Ella sabe bien lo que se siente al sentarse sobre un huevo sin vida, esperando eternamente a que eclosione. Durante muchos ciclos… hasta que la cinta plateada le alcanzó el corazón, cambiando el color de su piel y sembrando en su pecho una canción imposible de abarcar, infinita.

Una canción cargada de vida.

De existencia .

Una fibra luminosa que una vez compartió con su propio huevo con la esperanza de que le llegase la misma melodía a su Pequeña, que se encontraba en una duermevela eterna en su interior.

Siente el deseo de compartirla de nuevo. Un regalo que sabe que es temporal, como siempre son los regalos.

Como lo es todo.

Apoya las manos sobre el huevo, se inclina hacia delante hasta quedar con los labios pegados a la cálida cáscara y exhala un gélido aliento. Entonces, cierra los párpados y desenrolla un bucle de ese hilo luminoso desde lo más profundo de su ser, entregándoselo.

Regalándoselo.

Cuando vuelve a abrir los ojos, el huevo ya no es rosa, sino plateado, del mismo tono que su pequeña Allume.

Esboza una sonrisa triste y recoge el fragmento, frío en sus manos.

«Un regalo por otro».

Se da la vuelta con el tesoro pegado a su pecho y regresa sobre sus pasos por el cubil lleno de plumas. Sale justo cuando la hembra regresa y sobrevuela el nido, ahora envuelto en una densa niebla.

Suelta un chillido, con las llamas lamiéndole el fondo de la garganta, amenazando con salir.

A pesar de que tiene un cuerpo mucho más pequeño y frágil en estos momentos, con menos dientes y garras, la Otra mira a la dragona a los ojos con firmeza.

Decidida.

Sin pestañear siquiera.

La fundefauces cierra el pico y ladea la cabeza mientras se transmite un mensaje mudo entre ambas…, de una hembra en duelo a otra. Algo que se expresa con más fuerza debido al frío eco del silencio que las rodea.

La Otra inclina la barbilla en señal de sumisión, notando los ojos de la hembra clavados en ella mientras salta sobre las piedras, cubiertas de bruma.

Quizá porque percibe la vida que ahora revolotea dentro de su huevo, la hembra se precipita hacia el nido en cuanto el camino queda despejado. Después, se oyen unos chillidos: los arrullos de una mah cariñosa acomodándose y haciendo rodar su huevo bajo ella.

Atesorándolo .

La Otra salta de piedra en piedra mientras el resto de la bandada lanza llamaradas naranjas a través de la niebla.

Estas llamaradas queman parte de los vapores tóxicos e iluminan los fantasmas de un pasado abrasador que lleva grabados por toda su piel; miles de runas utilizadas para suavizar la delicada carne de su Preciosa… una y otra vez.

Las Nieblas Errantes honran a los muertos de un modo similar a como lo hacen los dragones, arremolinándose detrás de la Otra como alas extendidas justo cuando esta se encuentra cara a cara con la pareja de su Preciosa.

Tiene el rostro pálido y demacrado y ya no brilla fuego en sus ojos. Todo lo que queda bajo el manto de su ceño fruncido es dolor mientras contempla los grabados luminosos que cubren la piel de Raeve. Cada marca es un lamento lejano que ella nunca dejó escapar de sus labios.

Ni una sola vez.

Desplaza la mirada hacia las alas neblinosas que le salen de los omóplatos a la Otra. Traga saliva, demudado, y sus siguientes palabras no son más que un susurro:

—¿Qué eres?

—Tú sabes lo que soy, Kaan Vaegor. No estoy viva ni muerta. Antes estaba destrozada y ahora… —la Otra le dedica una sonrisa triste apoyando la mano sobre el fragmento que sostiene cerca de su pecho— casi entera.

Algo se rompe en sus ojos.

—¿Có-cómo?

La Otra no se atreve a decir la verdad, no quiere ser ella quien le rompa el corazón a este hombre tan encantador. Pero él lo descubrirá…, tarde o temprano. Antes de que todo vuelva a encajar.

Antes de que se restablezca el equilibrio.

Así pues, le cuenta otra verdad, una verdad digna de su enorme corazón.

—No hay nada que ella no haría por ti.

«Al igual que no hay nada que la Otra no haría por su Preciosa».

Kaan cae de rodillas, resollando.

—Todas sus verdades yacen como piedras en mi guarida, esperando a que alguien las encuentre. Tú eres la más brillante de todas; quizá esa sea la razón por la que ella ha sido tan cautelosa: en su vida, las luces más brillantes se apagan.

A Kaan se le desencaja el rostro y aprieta los puños, tanto que los nudillos se le vuelven blancos.

—¿Quién le hizo daño?

«Demasiados».

—No me corresponde a mí contarlo. —Estalla otra llamarada, iluminando de nuevo sus numerosas runas—.

Haces bien en no presionarla. Mientras hablamos, ella está buscando una de las canciones que conocía.

Yo estoy al cargo de los pedazos más dolorosos de su pasado, dándoselos poco a poco.

Descubrirá toda la verdad cuando esté preparada.

«Y tú también».

La Otra hace una pausa, considerando la carga que supone todo lo que sabe.

Pensando en lo que está segura de que está destinado a suceder. Aparta una mano de su preciado fragmento y le toca la cara a Kaan, cuya incipiente barba le resulta más suave de lo que esperaba.

—Gracias.

—¿Por qué? —pregunta él con voz ronca mientras otra llamarada de dragón le enciende a la Otra la piel. Los ojos de Kaan se inundan de un brillo que le resbala por una de las mejillas.

La Otra sonríe y comienza a deslizarse de nuevo bajo la superficie mientras dice:

—Por quererla tanto como yo.

Deja caer el cuerpo de Raeve, sabiendo que él la cogerá al vuelo y la llevará a algún lugar donde pueda descansar de verdad.

Está sumergiéndose silenciosamente en el lago cuando oye un grito lejano.

El grito desgarrador de un hombre afligido cuyo mundo acaba de derrumbarse.