La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 55. kaan
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Capítulo 55. kaan

Kaan

L os ruidos que hace Roan al trastear no logran acallar los ronquidos de Pyrok, que retumban desde el segundo piso. Una sinfonía bienvenida mientras miro más allá de Líri, que sigue recostada sobre la rama inferior del árbol como si de un brote extraño se tratase.

Armándome de paciencia, observo el nido de la hembra rosa, con mi chaqueta de cuero abrochada y mi capa colgada de un taburete cercano, esperando que salga volando.

Me lleno los pulmones tratando de aliviar la opresión que siento en el pecho, sabedor de lo peligrosa que es esta misión. Pero esta inquietud mía no dejará de carcomerme hasta que el último fragmento no esté en su sitio.

Hasta que Slátra no esté completa.

Miro más allá de Roan hacia donde se encuentra Raeve, que está tumbada sobre la colcha en su rincón, durmiendo con una de mis camisas marrones, con el pelo esparcido por la almohada como si de tinta derramada se tratase.

Tiene los labios entreabiertos, de un rojo intenso en la penumbra, como si hubiera mordido algo sangriento.

Al ver su pecho subir y bajar con un ritmo constante, se me encoge el corazón.

Ningún fragmento lunar me ha resultado fácil de conseguir; algunos los obtuve por medios de los que nunca me sentiré orgulloso, aunque tampoco me arrepiento, y otros me costaron mucho dinero, y a veces casi la vida.

En aquel entonces no me importaba, pues creía que morir me acercaría al amor de mi existencia. Habría seguido a Elluin hasta el más allá orgulloso de haber fallecido luchando por completar a Slátra. Por ella.

Ahora es diferente.

Mi muerte… nos separaría de nuevo, algo de lo que soy brutalmente consciente. No obstante, nunca estaré contento mientras Slátra siga en pedazos. Si Raeve tuviera todos los recuerdos de Elluin en su mente, estoy seguro de que entendería por qué no puedo dejarlo pasar, porque ella tampoco lo haría.

Vuelvo la vista al pantano, esperando .

La primera fundefauces que sale de su nido es de un azul brillante, casi del color de los ojos de Raeve. Grita al elevarse y se oye un chillido similar a modo de respuesta desde algún lugar entre las densas nubes que cubren el cielo.

El nido queda vacío solo unos instantes.

Enseguida, se dirige hacia él un macho morado, rosa y rojo desde el pantano y aterriza en el montículo, frente a la entrada.

Se mueve con cuidado, tratando de no pisar nada importante, y al instante da la vuelta y pasa arrastrando la cola dentro de la rugosa esfera.

Queda casi completamente oculto a mi vista, apenas lo vislumbro a través de la abertura: hace rodar los huevos y ahueca las plumas para esconderlos debajo y se acomoda para pasar el dae.

Van emergiendo cada vez más hembras, pero no la que busco.

Noto la tensión burbujeando bajo mi piel hasta que, por fin, la fundefauces rosa saca su largo pico claro por la entrada del nido.

Siento su graznido gutural en lo más profundo de mi corazón, el lamento de una bestia con un agujero en el pecho que nunca se cerrará.

Echa la cabeza hacia atrás, mirando hacia donde descansa su pareja, justo tras las nubes que pasan.

Suelta otro graznido, ahora más suave, como un saludo silencioso que cae en oídos sordos.

Ojalá supiera que la estoy escuchando, que sé lo mucho que le duele.

«Ojalá pudiera hacer que su dolor se esfumase».

El aire se enfría tan abruptamente que mi siguiente exhalación se vuelve blanca como las Nieblas.

Líri abre los ojos de par en par. Parece mirar a través de la ventana, pero estoy seguro de que no puede verla debido a las runas.

Extiende las patas delanteras, arrastrando las garras a lo largo de la rama hasta que sus hombros quedan mucho más altos que su cabeza, una postura sumisa que se acentúa cuando deja caer las alas. Parece una…

Reverencia.

Frunzo el ceño y se me para el corazón cuando me doy cuenta de que Raeve está a mi lado, con el pelo suelto sobre los hombros, mirando por la ventana.

Me dispongo a hablar cuando advierto que sus ojos no son los suyos…, sino negros , con miles de motas luminosas.

—Rayo de…

Se oye chillar a un fundefauces a lo lejos, por lo que dirijo mi atención hacia donde se encuentra la hembra rosa, que está saliendo del nido. Con las alas extendidas, se agacha ligeramente para tomar impulso y se eleva hacia el cielo.

Clavo la mirada en el único huevo de color suave que hay en el nido, junto a un fragmento plateado. Es pequeño, pero brilla con tal intensidad que resplandece en la penumbra cargada de vapores tóxicos.

Se me encoge el corazón.

Raeve avanza con los pies y las piernas desnudas con movimientos felinos en dirección a la escalera de caracol. Cuando la veo descender sin mirarme siquiera, todo mi ser me dice que algo no va bien.

Agarro mi capa y corro tras ella. Voy por la mitad de las escaleras cuando la veo coger uno de los numerosos frascos de salida que hay en una estantería en la pared.

Lo rompe contra la madera, iluminando las runas de ocultación.

«Joder».

La puerta se abre con un fuerte sonido y dos alondras entran volando.

Raeve gruñe y echa hacia atrás la cabeza al ver el brillante mundo que hay lejos de la seguridad del árbol.

Protegiéndose la cara con la mano, parece a punto de salir a pesar de su extraña aversión a la luz, pero entonces se detiene, observa que va descalza y ladea la cabeza.

Me apresuro a guardarme las alondras en el bolsillo antes de que choquen contra mí, bajo corriendo los últimos escalones y doy un salto al llegar abajo.

— Rayo de Luna, ¿qué estás…?

Coge sus botas y se calza, pero manipula los cordones como haría una niña pequeña intentando hacer un nudo. Con un resoplido, los mete sueltos por el lateral y sale corriendo hacia el bosque. Demasiado rápido.

Haciendo demasiado ruido.

—Por todos los Creadores… —murmuro echándome la capa sobre los hombros. Cruzo la salida justo cuando ella rodea el árbol rumbo a las zonas de anidación.

Tomo plena conciencia de lo que está haciendo: va desarmada, salvo por la daga que siempre la acompaña. No cuenta con ninguna medida de protección, ni siquiera un poco de barro para enmascarar su olor.

La agarro del brazo…

Ella se da la vuelta y me empuja contra el árbol con la fiera desenvoltura de un depredador, pegando la boca a mi cuello y soltando un aliento tan frío que casi me quema la piel.

El bosque se queda quieto y en silencio. Incluso los caóticos sonidos del despertar de las zonas de anidación parecen desvanecerse cuando siento sus colmillos rozando mi carótida, que palpita frenéticamente.

Trago saliva. Llevo la mano a sus omóplatos y noto sus múscu­los tan agarrotados que me hace pensar en Rygun cuando está listo para atacar…

«Las alas preparadas».

«La cola alzada».

«El fuego acumulándose en su pecho».

—Tú. Hueles. Como. Yo. Como Rygun —le digo pronunciando cada palabra con claridad.

Con precisión.

Haciendo todo lo posible por abrirme paso a través de lo que sea que la haya invadido.

—Te van a cercar. Te van a matar .

Su gruñido pierde algo de intensidad, y todavía más cuando se aparta.

Veo lo que parece ser una llama azul creciendo al fondo de su garganta antes de que cierre la boca, por lo que me pregunto si tengo alucinaciones.

Si me estoy volviendo completamente loco.

Ladea la cabeza mientras me mira de arriba abajo con sus extraños ojos azabache, y algo frío se apodera de mí. Algo que me hace sentir bien, aunque duela. Es algo que no quiero mirar demasiado de cerca para que no duela más.

—Te la devuelvo en cuanto haya terminado.

Me quedo de piedra al oír sus palabras, porque, aunque es la voz de Raeve, al mismo tiempo no lo es. Es la voz de otra cosa, algo frío y antiguo.

Algo…

«Imposible».

—Te lo prometo, pareja de mi Preciosa.

Me pongo rígido, incapaz de digerir sus inquietantes palabras.

Se vuelve hacia el pantano y se dirige a él dando unas zancadas animalescas, mientras yo me quedo desplomado contra la base del árbol, como si una antigua bestia helada acabara de hincarme los dientes en el pecho y me hubiese arrancado el corazón.