La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 54. Raeve
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Capítulo 54. Raeve

Raeve

V acío mi zurrón sobre la cama que he elegido.

Uno de los sorprendentemente lujosos diecisiete rincones que hay tallados en el interior del árbol en esta planta inferior.

Otro tramo de escaleras conduce al segundo piso, que cuenta con una cocina, más zonas para dormir, una gran cantidad de ventanas con vistas y estanterías repletas de objetos perdidos que Pyrok se apresuró a revisar nada más entrar, dado que se ha olvidado de traer otra muda.

—¿Tenéis hambre? —pregunta Kaan, sentado en un banco con forma de garfio que domina el espacio, mientras rebusca en su zurrón, del que va sacando paquetes con víveres que deja sobre el mullido tapizado de retales.

Desde arriba, Pyrok grita con entusiasmo, mientras que su hermano responde con un gruñido, poco convencido.

—Yo no —murmuro volviendo a meter algunas cosas en mi zurrón.

—¿No tienes hambre? —pregunta Kaan con una voz que amenaza con devorarme. Es como un cálido abrazo después de recibir una buena tunda que no ha ido precisamente como yo quería—. ¿A pesar de llevar todo el dae caminando?

Las ganas de darme la vuelta, lanzarme sobre él y pedirle que me abrace con fuerza son tan repentinas, abrumadoras y desconocidas que, por un momento, me pregunto qué me pasa. Entonces, caigo en la cuenta de que lo más probable es que sea un síntoma de esta explosiva sensación en mi pecho.

Amor.

Me lleva unos segundos serenarme. Luego, miro por encima del hombro y veo a Kaan agachado junto a su zurrón abierto, sin camisa y con esos pantalones marrones holgados que tanto me gustan, sosteniendo lo que parece un trozo de carne envuelto en una mano y una raíz verde en la otra.

Acaba de lavarse el pelo y lo lleva suelto; unas gotitas se deslizan por sus anchos hombros.

Una visión que casi me hace querer abrirme a Rayne y escuchar la canción que está cantando mientras recorre esa hermosa piel…

Casi.

En lugar de decirle lo guapo que es o que la idea de comer me da ganas de vomitar, esbozo una sonrisa.

—Ahora no, pero gracias.

Frunce el entrecejo.

Me doy la vuelta y se me borra la sonrisa mientras rebusco entre mis escasas provisiones una camisa que no esté llena de barro. Estoy desabrochándome los botones cuando noto la densa presencia de Kaan detrás de mí, cálida.

Se me tensan todas las fibras de mi ser al tenerlo tan cerca.

Me rodea con los brazos y me agarra la barbilla. Me gira la cabeza, obligándome a darme la vuelta hasta que quedamos con el pecho pegado, y me la inclina hasta que lo miro a los ojos.

—Te has hecho daño en la pierna.

«¿Cuándo ha tenido oportunidad de darse cuenta?».

—Ha sido un camino muy largo y había mucho barro. He perdido el equilibrio unas cuantas veces.

No es mentira. Solo omito el hecho de que Sereme es una sádica de manual.

—¿También te has lesionado la espalda? —Arquea una ceja.

—¿Eh? ¿Qué?

Recorre mi rostro con su intensa mirada como si estuviera buscando todas las grietas que intento ocultar.

—Te mueves diferente.

Me enderezo y abro la boca para decir… algo justo cuando Pyrok salta los últimos escalones y aterriza con un pam tan fuerte que habría despertado a todos los dragones de Bhoggith de no ser porque el árbol está runado.

—¿Qué hay de comer? Me muero de hambre.

Aprovechando la oportunidad para evitar mentirle a Kaan, tiro mi camisa limpia sobre la cama y me alejo. Me fijo en Roan, que está sentado en la mesa redonda de madera, con todas sus tinturas y materiales de grabado esparcidos por ella.

Me quedo quieta.

Está encorvado sobre un espejo, con un palo de grabado en la mano y los ojos medio ocultos por sus rizos pelirrojos, lo que hace que el corazón se me suba tanto a la garganta que me resulta imposible respirar. Me recuerda tantísimo a mi querida Essi que, por un momento, me lleva a otra época.

A otro lugar.

Roan moja la punta de su palo de grabado en un pequeño corte en la palma de su mano y continúa grabando runas en una lámina de cobre. Lo mismo que le vi hacer tantas veces a Essi.

Casi basta para que se me hunda el pecho.

—Por todos los Creadores, Roan. —Pyrok se acerca a paso lento, con una camisa azul ajustada que le deja media barriga al aire—.

Esta habitación estaba ordenada antes de que subiera y me arreglara.

Me desconcierta muchísimo cómo puedes trabajar con este caos.

—Se pone una gruesa bufanda amarilla y se sienta, rompiendo la costura lateral de los pantalones rojos que se ha afanado.

Luego, se recuesta y se lleva la mano detrás de la cabeza.

—Es curioso, a mí me pasa lo mismo con tu presencia en general —murmura Roan, pero su hermano ya está roncando.

Kaan pasa a mi lado y me aprieta el hombro con suavidad. Un «Estoy aquí para cuando quieras hablar» silencioso que me hace sentir como la mayor idiota del mundo por estar ocultándole mi vínculo de sangre.

Siharna tiene razón: he de ser sincera con él. Pero tendrá que esperar.

Si se lo cuento antes de consumar el asesinato, no hay forma de que me deje ir sola a matar a alguien en territorio de su hermano mientras me torturan esporádicamente. Insistirá en acompañarme y, si las cosas salen mal, tomará parte sin pensárselo dos veces.

Algo inaceptable, dado que él garantiza el bienestar de todo un reino. Hay demasiado en juego. Su supervivencia es imperativa .

No pienso arrastrar a Kaan ni a La Llama al puto fango conmigo. Prefiero fracasar.

Se detiene junto a la mesa, con los brazos cruzados, mientras observa el lío que tiene montado Roan.

—¿Cómo funciona?

—¿La versión resumida? —pregunta Roan sin bajar el ritmo.

—Por favor.

—Estoy construyendo una jaula para una alondra de papel.

Como ya he dicho, el chico lleva un inhibidor que impide que las alondras lo localicen, pero, en cuanto termine de construir la jaula, también va a servir como un pequeño espacio aéreo neutral destinado a inutilizar el inhibidor.

Entonces, solo tendremos que poner una alondra dentro y decirle que se dirija al protegido. Y…

—Usarla como brújula —termina Kaan por él.

—En teoría. —Roan hace una pausa para subirse las gafas por la nariz y pone una mueca al decir—: Es un prototipo. Y acabo de darme cuenta de que debo contar con las Nieblas Errantes si se acercan más, porque confunden bastante a las alondras. Me va a llevar un tiempo conseguir que funcione.

Se me encoge el corazón.

—¿Cuánto es un tiempo?

Desvía la mirada hacia mí.

—Un ciclo, dos como mucho…, con suerte . —Me dedica una torpe sonrisa de medio lado—. Es algo que requiere mucha más precisión que lanzar sangre contra una pared y hacerla explotar.

Asiento con la cabeza y me doy la vuelta mientras me aparto el pelo de la cara, ardiendo por dentro.

Bueno…, mierda.

No puedo escaparme hasta que esté hecho. Eso quiere decir que, cuanto más tarde Roan en terminar su invento, menos tiempo tendré para presentarme ante Sereme con un corazón y dos ojos.

El plazo se agota.

Rumiando los acontecimientos como si fuesen un trozo de cartílago rebelde, me acerco a las ventanas, abro de un tirón las cortinas y ahogo un grito al ver caer a Líri sobre la gruesa rama que tengo justo delante.

Se recuesta sobre ella, atenuando su brillo hasta prácticamente confundirse con el árbol, con los ojos cerrados y el hocico pegado al cristal runado.

Aunque dudo que pueda ver a través de él, estoy segura de que me percibe.

Pyrok apoya la cadera contra el alféizar y cierra la tapa de su petaca, bostezando tras su siesta reparadora de dos minutos.

—Algo me dice que la próspera colonia de meerits colgantes va a sufrir un golpe en los próximos daes.

Me encojo por dentro.

Me desplazo hacia la derecha y corro el siguiente grupo de cortinas, revelando una panorámica de Bhoggith en todo su humeante y burbujeante esplendor. Al menos, lo que no está cubierto por la niebla que ahora oculta la mitad del pantano.

Mientras paso la mirada de un nido a otro, advierto que hay un extraño sendero de piedra que atraviesa el barro como si estuviese hecho a propósito para cruzar. Sin duda, se trata de antiguos caminos que se utilizaban para asaltar los nidos, aunque de la mayoría ya no queda nada.

Mirando por entre las ramas más finas del árbol, veo que el cielo se ha despejado, revelando un montón de lunas de fundefauces. Se me encoge el corazón.

—No sabía que hubiera tantas en esta zona.

Kaan se acerca a mí, haciendo estremecer el lado derecho de mi cuerpo.

—¿Lunas? No las había, no hasta que Cadok ocupó el trono de piedra.

Lo observo recorrer el paisaje con la mirada, esperando a que continúe.

—Los fundefauces se emparejan de por vida.

—Corre la cortina aún más, dejando al descubierto algunos restos de la muralla que se adentran en el pantano como una hilera de gigantes encogidos en la niebla.

Señala un lugar donde apenas se atisba el escarpado precipicio que se alza sobre el pantano, gemelo del occidental, como dos puños de piedra—.

Ese puesto avanzado hace mucho que lo utilizan las tropas de La Bruma, al igual que el del oeste.

«Vaya, quizá este asesinato resulte un poco más complicado de lo que Sereme dio a entender».

—Mi fuente afirma que Cadok tiene a sus fuerzas trabajando desde que se alza la aurora hasta que cae, vigilando los nidos y señalando a las parejas.

Está tan desesperado por llenar sus arcas de gemas de rocadragón que ha recurrido a inmovilizar a los machos, derramando su sangre en el suelo.

Pocos logran llegar al cielo antes de soltar su último aliento.

El poco apetito que tenía se me va de golpe.

—¿Y las hembras? —Me cuesta decir las palabras, como si en el fondo ya supiera la respuesta.

—Se quedan sin pareja que vigile el nido mientras ellas cazan, por lo general con la salida de la aurora.

—Habla en voz baja, pero con tal profundidad que siento físicamente el peso de cada palabra acumulándose en mi pecho—.

Mientras el nido está vacío, lo saquean, dejando a la hembra afligida.

Algunas no superan la pérdida y vuelan hacia el cielo.

Aparto la mirada, aunque eso no borra el eco de sus palabras, que se me clavan en el corazón como gotas de la morbosa lengua de Rayne. Tampoco alivia el picor que noto en las yemas de los dedos y me hace querer arrancarme la carne hasta que no quede nada.

—Es cobarde —continúa con un tono tan seco que me pregunto si no se estará filtrando a través de su vínculo la ira de Rygun—. Irrespetuoso.

—¿Hay alguna forma respetuosa de robar un huevo?

Me mira a los ojos.

—Hay un dicho en las llanuras, en el dialecto de mi clan: Gurtg du at en duile… aha grug do neil.

—¿Qué significa?

—En pocas palabras: para comer, uno antes ha de ofrecer .

—No lo entiendo.

—Una persona honrada no se lleva un huevo de una zona de incubación sin ofrecer nada a cambio —aclara escudriñando el pantano, que se refleja en sus ojos de fuego—.

De lo contrario, le sobrevendrá un desequilibrio hasta que su corazón, su cuerpo o su alma se vean afectados. O tendrá una muerte prematura.

Reflexiono sobre sus palabras cruzada de brazos, rascándome discretamente las yemas de los dedos, mientras contemplo el pantano, y… me doy cuenta de que la niebla se ha desplazado más hacia el oeste.

Me fijo en un montículo distante y solitario, como un plumaluna atraído por la oscuridad. Está muy lejos de los demás, envuelto en bruma y enmarcado por fragmentos de la pared rota. Apenas es lo bastante grande para dar cabida al único nido que descansa sobre él.

Mi Otra se mueve tan deprisa que estoy a punto de perder el equilibrio. El frío se apodera de mí cuando ella se eleva y se detiene. Justo aquí.

Justo debajo.

Pyrok señala otro nido más cercano.

—¿Es ese el que tiene el fragmento? —Se inclina hacia delante con los ojos entornados para tratar de ver por entre las vivaces nubes que tapan la mayor parte de este cielo cargado de lunas—. Es difícil saberlo sin identificar a su pareja.

—No.

Siento las miradas inquisitivas de todos mientras clavo la vista en el nido lejano con la intensidad de una llama agonizante en busca de aire, repentinamente convencida de que nada es más importante que el tesoro sobre el que se posa esa hembra de color rosa.

Levanto la mano y lo señalo.

—Es ese.