La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 53. Raeve
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Capítulo 53. Raeve

Raeve

L e saco el corcho a mi odre y doy un profundo trago mientras observo los opresivos árboles grises que se alzan sobre nosotros como bestias acechantes.

Son antiguos, tan altos como la envergadura de Rygun y mucho más gruesos que su cuello.

Sus densas copas permanecen ajenas a los numerosos fundefauces que chillan en el cielo, por suerte fuera de nuestra vista.

Lo que cambiará al instante en caso de que adviertan nuestra presencia.

Guardo el odre en el zurrón y sigo adelante hasta alcanzar a nuestro grupo, que va en fila india por entre arbustos frondosos, apartando unas ramas con tantas hojas que parecen barro goteando.

Algo tan abundante en este bosque que resulta desagradable.

Eso y nubes de insectos que se mueven entre las altas copas y el húmedo y blando suelo. Su zumbido es bueno para disimular nuestros pasos hacia Bhoggith…, que se halla en algún lugar a cierta distancia. Cerca.

Espero.

Por desgracia, no puedo preguntar cuánto camino nos queda por recorrer.

«Nada de hablar hasta que lleguemos a la cabaña del árbol», nos ha advertido antes Kaan mientras nos echábamos barro en la capa con la esperanza de enmascarar nuestro olor y confundirnos con la maleza.

Hemos dejado a nuestros inquietos dragones en las colinas del norte antes de embarcarnos en este dae de viaje a través del fango.

Aparto otra rama con la mano y siento un dolor en el pecho al acordarme de cuando me senté a comer el pan de mantequilla de Essi mientras hojeaba uno de sus libros de gente inteligente que había abierto sobre la mesa.

Era un diario de viaje, con elaborados bocetos de las tres zonas de anidación y sus fieros habitantes.

Hablaba de la antigua leyenda de Bhoggith y decía que este lugar no es más que una gran herida pantanosa en el mundo.

Que lo creó la luna de un fundefauces que cayó con tanta fuerza que agrietó la capa interna del mundo, provocando que el magma saliese a la superficie.

Eso ablandó el suelo y arrancó trozos de pared. Y creó barro.

Barro.

Dichoso barro.

Planteaba que la grieta se había extendido hasta que estos árboles echaron raíces, estabilizando las cosas. Árboles que ahora los fundefauces respetan y protegen.

Al parecer, rara vez traspasan sus copas, y desde luego no arrancan estos árboles para construir sus nidos.

De hecho, se dice que poner un pie en el bosque de Harthor es una sentencia de muerte a manos de los dragones si no se es lo bastante sigiloso, por lo que es un camino poco transitado.

Contamos con eso para conseguir llegar a las zonas de anidación sin encontrarnos cara a cara con las tropas de La Bruma.

De todos modos, son la menor de mis preocupaciones ahora mismo.

Otro dolor agudo me rebota por cada vértebra como piedras saltando sobre el agua y estoy a punto de caer de rodillas por tercera vez desde que comenzamos esta horrible caminata en silencio. Me apoyo en un árbol, sintiendo espasmos en los músculos por el rápido ataque.

Veo a los demás desaparecer tras otro árbol cuando me siento capaz de volver a incorporarme, aunque los músculos de mi espalda se niegan a relajarse y me duelen como si me hubieran apaleado.

Con los puños apretados, echo a andar, haciendo crujir mi cuello girándolo de un lado a otro.

Al rodear el árbol, estoy a punto de chocarme con Pyrok, que se ha detenido y tiene la vista clavada en el cielo.

Frunzo el ceño y sigo su mirada. Atisbo el destello de una cola sedosa, aunque sin su luminosidad habitual, deslizándose tras una rama llena de hojas.

Se me encoge el corazón.

«Líri».

Mierda.

Derribo mis muros internos, abriéndome a sus emociones, y me veo bombardeada por una gélida avalancha de preocupación que casi me deja sin aliento.

Suspiro, pues tengo claro que estoy destinada a estar rodeada de gente y seres que se preocupan demasiado.

Que se preocupan tanto que se ponen en peligro.

Miro a Pyrok, que, a pesar de tener las cejas cubiertas de barro, las ha alzado tanto que le rozan el nacimiento de su llameante cabello. Tiene un «¿qué vas a hacer al respecto?» escrito en la cara.

«Nada».

No hay literalmente nada que pueda hacer. Ni de coña va a regresar a las malditas montañas con ese torbellino de emociones agitándole el pecho.

Le doy un golpecito instándolo a seguir andando, pues es mejor fingir que Líri no está y esperar que todo vaya bien.

Está callada, y en cierta manera camuflada. Mientras permanezca entre las copas de los árboles y no haga nada para atraer a los fundefauces que rugen por el cielo, todo irá bien. Y, si algo sale mal…, pues bueno.

Parece que le gusta comerse mis problemas.

K aan echa un vistazo por encima del hombro hacia nosotros, apiñados detrás de una enorme roca rojiza, hundidos hasta los tobillos en un barro hediondo.

Se lleva el dedo a los labios y, luego, señala un árbol larguirucho a menos de treinta pasos cuya base está cubierta de un musgo que parece lo bastante resistente como para no tragarnos.

Agazapado, avanza pegado a unos arbustos raquíticos que tiene a la izquierda. Cada uno de sus pasos es lentísimo, cuidando de que sus botas no chapoteen, un ruido que solo podríamos permitirnos un poco más adentro del bosque.

No aquí, justo en el límite de las zonas de anidación, donde el follaje es tan fino que apenas se nota, donde un movimiento más rápido de la cuenta atraería miradas indeseadas y acabaríamos chamuscados por el aliento de un dragón.

Lo sigue Roan y, luego, Pyrok, más lentos que el magma endureciéndose.

Yo voy detrás, aunque me detengo un momento para retirarme un poco la capucha y asomarme por entre los arbustos.

Compruebo así que el mundo se abre al otro lado: el denso bosque da paso a una vasta extensión de pantanos burbujeantes que despiden vapores y azufre.

Observo los montículos cubiertos de musgo que sobresalen de la superficie hasta donde alcanza la vista, algunos más grandes que otros. Sirven también como postes de anidación y sobre cada uno hay un nido esférico que semeja una luna.

Cada nido, formado por palos, árboles y enredaderas, tiene una sola entrada: un agujero lo bastante grande como para que quepa un dragón y, una vez dentro, sea capaz de girar y acurrucarse sobre sus huevos.

El pantano está lleno de vida con tantos fundefauces coloridos revoloteando mientras sueltan chillidos.

Algunos llevan presas colgando de sus garras; otros, palos o árboles que han arrancado del suelo, con raíces y todo: materiales de construcción de nidos que van a romper, juntar y empujar hasta que estén en el lugar perfecto.

Al mirar al cielo, no consigo ver la aurora debido a las espesas nubes, aunque deduzco que es tarde por el alboroto.

Eso y que la mayoría de los nidos parecen tener tanto a la hembra como al macho presentes, con el segundo posado en el montículo o volando en círculos cerrados sobre él: protegiéndolo.

«Supongo que no recogeremos el fragmento lunar hasta que no se alce la aurora».

Doy otro paso justo cuando un dolor agudo comienza a subirme por la espinilla y me alcanza hasta la médula.

Se me doblan las rodillas sobre el barro, donde hundo las manos hasta las muñecas, mientras respiro a duras penas con los dientes apretados. Busco la figura de Kaan, que se aleja, y en silencio ruego que no elija justo este momento para echar otro vistazo por encima del hombro.

Pasan unos tensos segundos mientras me enfrento al dolor, maldiciendo en silencio el nombre de Sereme, su fecha de nacimiento.

El puto color que tanto le gusta.

Trato de controlar el temblor que me sacude todo el cuerpo hasta que por fin cesa y echo un vistazo a Líri, que me mira posada en una gruesa rama sobre mi cabeza. Aunque no emite ningún ruido, percibo su preocupación vibrando en mi interior como un arco tensando las raídas fibras de mi corazón.

La colmo con todas las emociones serenas que soy capaz de reunir al tiempo que me trago el infierno de ira helada que me bulle en el fondo de la garganta. Lo último que quiero es que comience a vengarse a diestro y siniestro sin que yo esté presente.

Poco a poco, saco las manos del barro y me las limpio, enfadada conmigo misma por haber aguantado durante tanto tiempo las torturas y el control de Sereme. Debería haber encontrado una forma de librarme de este vínculo de sangre hace mucho tiempo.

«Un poco de libertad y, de repente, todo se ve diferente».

Me cuesta disimular la cojera mientras me aproximo a nuestro pequeño grupo, ahora reunido al pie del árbol. Por suerte, todos están demasiado ocupados observando a Roan rebuscar en silencio en su zurrón como para darse cuenta de que he estado a punto de comerme el barro.

Roan vierte un frasco de elixir marrón en la palma de su mano y lo unta sobre una protuberancia del tronco, revelando una línea de runas luminosas que empiezan a chisporrotear. Se abre una puerta oculta hacia el interior.

Kaan me echa un rápido vistazo y, al ver el barro fresco en mis manos, frunce el ceño, pero se agacha y logra pasar por el hueco a duras penas.

Roan lo atraviesa con más facilidad, mientras que a Pyrok le cuesta casi tanto como a Kaan y no es capaz de bajar la cabeza lo suficiente como para evitar golpearse.

En cuanto paso yo, la entrada se cierra con un glup-glup, sumiéndonos en la oscuridad.

Kaan abre la tapa de su vial.

— Heish ath sith, vista thah.

Un escalofrío me sube por la espalda cuando unas pequeñas llamas comienzan a revolotear por el hueco del árbol y van a parar a varias antorchas de la pared, revelando unas escaleras de caracol que llegan hasta donde me alcanza la vista.

Me aclaro la garganta dejando caer el zurrón y, luego, me desabrocho la capa negra llena de barro y la cuelgo en la pared junto a las demás.

Después de limpiarme las manos, me arrodillo y empiezo a desatarme las botas, pero sigo sintiendo espasmos en los músculos y estoy a punto de perder el equilibrio, algo que añade otra buena dosis de enfado a mi ya tambaleante pila.

—Podemos turnarnos para lavarnos. El baño está ahí abajo —dice Kaan pisando algo que suena hueco.

Al mirar por encima del hombro, veo que es una trampilla. Me levanto, me quito las botas y empiezo a desenfundar mis dagas. Una por una, compruebo las hojas, asegurándome de que estén afiladas.

Afiladas como para rajar a Sereme.

—La bestia no se va a mover del nido hasta la aurora.

Podemos quedarnos aquí a resguardo para comer y descansar mientras Roan termina ese invento suyo destinado a localizar al joven protegido.

—Las palabras de Kaan se mezclan con el ruido de fondo de todos los demás quitándose las botas y el zurrón, aunque lo oigo a la perfección cuando dice—: ¿Sabes que Líri nos ha seguido?

—Sí —murmuro enfundando una daga y sacando otra—. Por suerte, parece comprender la necesidad de guardar silencio y no dañar ninguna rama.

—Raeve.

—Kaan.

—Mírame.

Con las cejas arqueadas, me doy la vuelta y paso la vista desde las mangas enrolladas de su túnica marrón hasta el cuello, que deja entrever su amplio pecho cubierto de vello. Me encuentro con sus ojos color carbón, cálidos a la luz del fuego, aunque ensombrecidos por la preocupación.

Frunce el ceño y me examina de pies a cabeza.

—Esta es una misión encubierta. No hemos venido a matar a nadie.

«Si él supiera».

—Estamos en territorio enemigo. —Guardo la daga, recojo mi zurrón del suelo, me lo echo al hombro y vuelvo a mirarlo a los ojos—. Tal y como yo lo veo, no ir preparados es como cavar nuestra propia tumba en el fango.

Se me queda mirando un buen rato y, luego, gruñe mientras se echa el zurrón al hombro, se da la vuelta y encabeza la subida por la escalera de caracol.

Roan va tras él.

Espero a que Pyrok avance, por si Sereme decide volver a tomarla conmigo, pero se queda ahí parado mientras los demás se alejan.

Una vez que los perdemos de vista, se vuelve hacia mí y se me queda mirando mientras se muerde el pendiente del labio.

Es algo que he notado que hace cuando le está dando vueltas a algo.

—Te comportas de un modo extraño desde que te encerraste en la habitación. —Abre su petaca—. ¿Te pasa algo?

Lo veo dar un sorbo profundo, como si estuviera tomando aire, mientras me pregunto si no debería preocuparse más bien por sí mismo.

—Ya me conoces, Pyrok. Solo estoy divirtiéndome. —Le doy una palmada en el hombro y lo animo a que suba las escaleras. Estoy segura de que no voy a descansar esta duermevela.

No del todo.

Voy a tener que enfrentarme a mi lago interior y prepararme para tragarme algún que otro trauma en la gélida zona de trueque de mi Otra a cambio de una dosis más del lenguaje descarnado de Bulder.

Sereme se está esforzando mucho para doblegarme, sin duda esperando que me arrastre por su fea puerta y le bese sus botas moradas.

Se va a llevar un chasco, porque lo único que está consiguiendo es llenarme de vehemencia, animándome a tragar más palabras de Bulder, lo bastante duras y afiladas como para destrozarla.

O, como mínimo, para hacerle replantearse a esa maldita víbora sus decisiones vitales.