La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 52. Veya #2
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Capítulo 52. Veya #2

Frunzo el ceño y me dispongo a preguntar adónde quiere llegar…

Arkyn suelta un largo silbido bajo.

Unos estridentes arañazos en la piedra me erizan el vello de los brazos.

El silencio se vuelve palpable antes de que el inconfundible flap-flap-flap de unas alas levante un remolino de viento cargado de cenizas en la caverna.

Es como si Clode se hubiera puesto un vestido con vuelo y hubiera empezado a bailar sobre todo el desbarajuste, agitando las capas de tela al dar vueltas.

Alzo la cabeza hacia la oscuridad y consigo atisbar un destello de plumaje rojizo antes de que otra ráfaga de cenizas me golpee en los ojos. Me los estoy frotando cuando el suelo tiembla con un aterrizaje, seguido del chirrido de unas garras arañando la piedra.

Un espantoso graznido rompe el silencio, desprendiendo olor a humo y a carne en descomposición. Me da un vuelco el corazón.

Aparto los puños de mis ojos…

Se me acelera el pulso al ver asomar un afilado pico dorado de las tinieblas sobre la cabeza del Rey Carroñero; la bestia suelta columnas de humo de las fosas nasales, que tienen forma de lágrima.

La criatura emerge de entre las sombras, con el rostro envuelto en un plumaje rojo que se riza en las puntas, cuyo brillo me sobresalta. Parece salida de uno de los libros ilustrados que Kaan me leía de pequeña.

Me quedo quieta, conteniendo la respiración.

Le doy vueltas a la cabeza a toda velocidad.

Tengo visiones… o tal vez sí que muriese en las frías llanuras y ahora los corvos se están dando un festín con mis restos. Eso o esta fiebre tan alta me está haciendo alucinar.

Porque eso es un ave Elding, una criatura que solo existe ya en las leyendas, descrita por los narradores o pintada en las paredes de cuevas ancestrales.

Se le dio caza hasta que acabó extinguiéndose.

Se cree que las pocas que quedaron volvieron al Libro de Voyd , de donde procedían, pues habían nacido en otro mundo.

O al menos eso es lo que me dijo hace tiempo una arpista nacida en el sur.

Claro que estaba colocada, dando caladas a un palo de fumar con hierbas que yo le había proporcionado.

Yo también lo estaba y, sinceramente, me interesaba más ver cómo movía sus preciosos labios mientras imaginaba cómo sería tenerlos presionando… otra parte .

Ahora desearía haber prestado más atención.

El ave Elding chilla, mostrando sus fauces de dientes afilados, entre los que quedan restos de carne y hueso, y extiende sus enormes alas, cuyas puntas doradas rozan las paredes de la caverna. Enmarcan a la perfección a Arkyn, como si las alas fueran suyas.

Avanzan con un pam, envolviendo la tarima. La bestia agacha la cabeza y acaricia con el hocico al Rey Carroñero.

Me los quedo mirando, con mil palabras trabadas.

Arkyn clava los dedos en el plumaje rojizo de la bestia, rascándola con fuerza. El ave Elding responde gorjeando con los ojos cerrados. Una muestra de entrega total, el tipo de amor con el que ni siquiera puedo soñar… Eso hace que me dé cuenta de que no estoy alucinando, ni tampoco muerta.

Lo que sí que estoy —muy probablemente— es bien jodida.

—¿Quieres que te cuente una historia, Veya?

—No —respondo con voz ronca observando cómo enreda su esquelética mano entre las hermosas plumas rizadas del ave—, pero supongo que no tengo otra opción.

El sonido gutural que emite confirma mis sospechas.

—Había una vez un joven bastardo —murmura hundiendo la mano aún más en el pelaje de la bestia.

Su tono me lleva a creer que está hablando de sí mismo—.

Aunque su mah no era más que una mera sirvienta, su pah esperaba que heredara su sangre y fuera capaz de manejar tres canciones elementales.

Imaginarás su decepción cuando el niño solo podía oír a Ignos al alcanzar su décima fase.

Se me tensan los huesos, pues la historia… me suena . Es como si tocase un instrumento moldeado con mi esencia.

—Poco después, su pah conoció a una feérica a la que se consideraba la más bella que había pisado las tierras al norte del muro, procedente de un antiguo linaje dotado con el canto de Bulder.

El ave Elding levanta la cresta, lo que le da aspecto de llevar una corona de llamas, y clava sus ojos con reflejos dorados en mí, entrecerrándolos de tal modo que no me cabe duda de que está imaginando cómo sería picarme los ojos.

—Se unió a ella y la llevó al norte para que se sentara a su lado en su trono de bronce.

Se me corta la respiración.

«Bronce…, trono…».

—Poco después de unirse, Kovina comenzó a llenarse de una nueva vida —dice pronunciando el hermoso nombre de mah con una languidez que lo enturbia, faltándole al respeto—. Un heredero legítimo .

«Kaan».

—Como imaginarás, Ostern perdió el interés por la mah del bastardo. Mientras esta sucumbía a las penurias de su vida anterior, una vez más víctima de los brutales miembros del ejército de Ostern Vaegor, Kovina prosperaba.

Se me cierra la garganta por las ganas de vomitar.

—Kovina…, bueno, Ostern la protegió, de una forma que nunca se le brindó a la humilde mah del niño.

—Basta.

Mi voz reverbera por la caverna, seguida de un silencio voraz. No es que dure mucho… Las siguientes palabras de Arkyn son tan duras como la piedra sobre la que estoy arrodillada.

—El niño acababa de enterrar a su mah cuando le lanzaron un cubo y le dieron el título de sirviente , obligándolo a fregar el suelo mientras mimaban a su hermano.

Noto un dolor punzante en los ojos.

—A Kaan Vaegor le dieron el título de hijo .

Arkyn acaricia la cresta de la criatura, acurrucada contra su pecho.

Me muerdo la lengua ante las ganas de corregirlo, de decirle que su favoritismo por Kaan solo duró hasta que este fracasó en oír más de dos canciones elementales.

Que fue sometido a azotes de fuego. Que lo enterraron en tumbas de las que se vio obligado a salir balbuceando, viéndose ridiculizado por su tartamudez.

Que, cuando nacieron los gemelos, a Kaan lo arrojaron a las llanuras.

Que le dijeron que se curtiese o muriera.

—A pesar de todo, el estúpido chico quería a toda costa que su pah se sintiera orgulloso de él, que viera su valía. Quizá incluso ganarse el mismo título.

Se me rompe el corazón al oír esas palabras.

Yo también conozco lo que supone el desprecio de un pah.

La diferencia es que yo tuve un modelo constante que me hizo sentirme querida y comprendida, un hermano que me crio y me educó para ser fuerte y capaz, en lugar de dejarme llevar por tendencias malsanas que me hicieran tirar mi vida por la borda como si no valiese nada.

—No quiero oír más.

—El niño… —continúa Arkyn— recordó una nana que su mah le cantaba para dormir, una balada sobre un ave Elding que había construido un nido en las montañas tras sobrevivir a las cacerías que habían acabado con su especie en nuestro mundo. Fue en busca de la bestia y encontró tres huevos de oro.

Dirijo la vista al ave Elding, que trina en el flojo abrazo de Arkyn, acurrucándose más contra él, como si buscara consuelo.

—En lugar de saquear el nido, hizo un trato con la bestia y recibió un huevo a cambio. Un huevo que llevó a Dhomm y le entregó a su pah. Pero Ostern no se alegró tanto como el niño esperaba.

Noto un temblor en la espina dorsal, que me sacude ligeramente.

Luego, más fuerte, más rápido.

—¿Sabes lo que hizo, Veya?

—Por favor, para —susurro, pues sé bien lo incendiarias que resultaban las palabras de pah.

Lo mucho que me afectaban sus actos.

—Le dijo al niño que dejase el huevo en el suelo y, luego, le dio un pisotón con su bota.

Esa frase es un puño golpeándome justo debajo del esternón, haciendo que se me escape un gemido sordo.

—Con el talón todavía clavado en el barro, miró al niño a los ojos y le dijo que podía llevarle todos los huevos del mundo, pero que nunca sería lo bastante bueno para merecer el título de hijo de Ostern Vaegor. Luego, le ordenó que corriera .

Aprieto los ojos con fuerza y las lágrimas me resbalan por las mejillas.

—¿Adivinas lo que hizo después?

«Sí».

Una ráfaga de viento y cenizas me golpea la cara.

—Mírame.

Obedezco y ahogo un grito al advertir lo cerca que está Arkyn, ahora agachado ante mí. Se quita la capucha y, aunque lo esperaba, ver la carne arrugada y derretida del lado derecho de su cara sigue resultándome tan impactante como para que se me pare el corazón.

—Repugnante, ¿verdad?

No respondo. Observo sus labios torcidos, su ojo medio derretido, la oreja que le falta. Parece como si la carne de la nariz le hubiera empezado a gotear por la punta y se hubiese cuajado, semejando un fiero pico.

El lado de su cara que no está quemado me recuerda al rostro de Cadok, pero más delicado, más pálido. Y quizá sus ojos sean menos demenciales. También advierto más dolor en su corazón, cuidadosamente disimulado.

Pero yo lo veo.

—De no haber sido por Cliár, habría muerto ese dae. Pero ella me salvó.

Miro por encima de su ancho hombro hacia el ave Elding, que ahueca las plumas, y sus motas doradas se vuelven tan luminosas que brillan en la oscuridad, haciendo resplandecer su majestuosa figura.

Alardeando de lo inmensa que es.

Trago saliva y dejo vagar mi mirada, recorriendo con la vista los montones de objetos que nos rodean: armas, trozos de armadura, cascos…

Recuerdo la historia. Pienso en que su sed de sangre resulta brutalmente evidente mientras una espantosa certeza se apodera de mí, clavando sus garras en mi agitado corazón.

Mis siguientes palabras son un pesado susurro:

—Quieres el trono de bronce.

Sin mediar palabra, se me queda mirando, dejando que me ahogue en esa certeza.

Poso la vista en las puntas ensangrentadas de sus dedos y los imagino desgarrando a Kaan, o empuñando una espada contra su cuello, rebanándoselo…

—Kaan no se parece en nada a nuestro pah —estallo—. Ostern reprendía a Kaan precisamente por tener buen corazón. Se lo echaba en cara como si fuesen latigazos…

—Meras caricias en comparación con su modo de tratarme a mí.

—La oscuridad se apodera de la mirada de Arkyn y su voz se convierte en un hacha que atraviesa la caverna—.

Kaan creció a salvo en el vientre de Kovina, mientras que a mi mah la violaron y golpearon hasta que murió, sola en su cama, mientras yo fregaba el retrete en el que nuestro hermano aún no llegaba a cagar.

—¡Algo que a Kaan le dolería mucho saber!

—Luego le quitó la vida a pah, privándome de mi derecho, bien lo saben los Creadores, a hacerle pagar.

—¡Para vengar a la mujer que ama!

Arkyn ladea la cabeza como un pájaro, un gesto de depredador que me hace sentir un escalofrío por la espalda.

—¿Que ama, dices?

Cierro la boca de golpe.

«Joder. Joder. Joder».

—¿A quién ama?

Cierro los ojos, apretándolos con fuerza.

Tras un largo silencio, Arkyn chasquea la lengua, se levanta de un salto y se da la vuelta para correr a su trono. Una vez acomodado en su sitio, levanta la corona dentada y se la pone. Mirándome con una sonrisa cruel, da una orden que me sacude hasta lo más profundo.

—Worin, tráeme a Guíll. Hazle saber que tengo una mente que necesito que registre.