La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 52. Veya
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Capítulo 52. Veya

Veya

U n fuerte golpe en las rodillas me saca de la cálida oscuridad como si fuera veneno extraído de una herida al tiempo que me llegan unas voces ásperas como humo en el viento.

—Justo donde la miskunn dijo que se encontraría.

—… nuestro rey estará complacido.

Respiro aire cargado de ceniza y polvo, así como del hedor lejano a carne quemada, y suelto un gemido al ver los grilletes de hierro que tengo en las muñecas.

«Por todos los Creadores… ¿Ahora qué?».

Me revuelvo al notar que tiran de mí unas fuertes manos, clavando sus gruesos dedos en mi hombro herido como si fuera una maldita asa.

—Para —balbuceo tratando de levantar la barbilla del pecho para echar un vistazo a mis captores, pero la cabeza me pesa como una piedra.

Así, solo puedo mirar el suelo de piedra gris, con zonas desiguales que golpean de vez en cuando mis pobres rodillas.

Eso y las botas negras que rozan los bajos de las capas manchadas de hollín que llevan mis captores mientras avanzan por un túnel oscuro entre destellos de fuego.

Dan unas pisadas tan fuertes que me hacen temblar a pesar del magma que me corre por las venas.

—Puedo… caminar.

Es mentira, por supuesto: no puedo caminar. Apenas puedo respirar. Pero el silencio que sigue confirma mis sospechas: que los dos que me arrastran por esta cueva no tienen buenas intenciones.

«¿Debería haberme arriesgado con los corvos?».

Me pesan los párpados, así que cierro los ojos mientras el mundo sigue raspándome, y paso un buen rato notando los giros y vueltas que damos. Me quedo con el recorrido mentalmente hasta que se convierte en un laberinto en mi cabeza.

Las paredes se derrumban.

Caigo al suelo como un saco de huesos, aunque mi frente se lleva la mayor parte del golpe.

—Eso no ha estado… bien —mascullo llevándome la mano a la funda, pero descubro que está vacía, y la de mi bota izquierda también.

«No tiene sentido comprobar la derecha».

Lo que hago es concentrar mis fuerzas en ponerme de rodillas, apoyando las manos en el suelo calizo, y dejo la cabeza gacha hasta que me veo capaz de levantarla.

Me quedo quieta.

Estoy en una caverna espaciosa llena de objetos cubiertos de ceniza…

, aunque apenas se ven por la escasa luz que llega de las antorchas que hay en las paredes lejanas: adornos rotos, candelabros de otra época, escudos con escamas de dragón y placas de armadura oxidadas que parecen haber sido sacadas de tumbas olvidadas hace mucho tiempo.

Todo ello colocado con precisión en montones altísimos que se asemejan a…

El corazón me da un vuelco.

«¿Estoy en la guarida de una trogg peluda?».

Al volver la vista, veo a mis dos custodios con capa negra detrás de mí con las manos entrelazadas.

Ambos llevan una máscara de bronce con pico afilado que brilla a la luz del fuego.

Me recuerda a algo que vi en una ilustración de un libro hace muchas fases, aunque no consigo identificar lo que era.

De todos modos, hay una cosa clara: esta opresión que siento en el pecho… me dice que me largue de aquí a toda mecha.

Ahora mismo.

Me dispongo a levantarme.

Apoyan una mano firmemente sobre mi hombro herido y me sujetan con fuerza, inmovilizándome por el dolor.

Estoy soltando una serie de improperios cuando un estruendo retumba por las paredes, como si estuviéramos en las entrañas de una gran bestia de piedra.

—Chisss, Cliár. —La grave voz llena la caverna, seguida de una frase enardecida que me eriza el vello de la nuca—. Hussah tha vish ui ash, seethen…

Brota fuego de dos antorchas en una pared lejana, sierpes llameantes que se deslizan alrededor de los numerosos montones de objetos acumulados, revelando la vastedad de esta caverna repleta de tesoros, lo que me hace sentir diminuta.

Se sumergen en dos cuencos gemelos de bronce llenos de aceite, estallando en llamaradas furiosas que iluminan una tarima que se alza sobre mí amenazante.

En lo alto, hay un enorme trono del que se alzan picos en todas las direcciones, formado por un mosaico de fragmentos que observo con los ojos entornados.

Estudiándolos.

La mayoría de ellos son coloridos y tienen alguna pluma que otra. Algunos lucen los agradables tonos del norte, con destellos de escamas festoneadas…

«Fragmentos lunares».

Al examinar el tesoro de fragmentos disparejos artísticamente ensamblados, reconozco unos trozos malva pertenecientes a la luna de fundefauces que cayó hace poco en La Bruma. Aunque en su mayor parte está fabricado a partir de otras bestias pertenecientes a un pasado del que ya apenas queda nada.

La visión hace que se me encoja el corazón, pero son tres fragmentos plateados los que me dejan sin aliento, pues solo hay dos plumalunas de color plata en nuestra historia reciente, y solo uno de ellos ha caído.

Y ha quedado hecho añicos.

«Slátra».

Una presencia pasa corriendo a mi lado como una sombra imponente con un aroma masculino, arrastrando el bajo raído de su capa negra por el suelo, cubierto de ceniza.

El desconocido sube a la tarima sin hacer ruido, se da la vuelta y se sienta en el trono, dejando una corona de color claro sobre el gran reposabrazos, una corona hecha con lo que parecen ser los afilados dientes de alguna bestia.

Frunzo el ceño, escrutando al recién llegado, que ha cerrado el puño y lo utiliza como apoyo para la barbilla.

Aunque su rostro queda oculto por la sombra de la capucha, sus ardientes ojos brillan en la oscuridad.

Observando.

—Quienes vagan bajo mi montaña rara vez se marchan…, Veya Vaegor.

Sus graves palabras me resuenan por la piel, atravesando los músculos, los tendones y los huesos.

«Sabe cómo me llamo».

Esforzándome por mantener la voz firme y decidida, pregunto:

—¿Quién eres?

—Tu única esperanza de salvarte, al parecer, a juzgar por el hedor de esa herida que tienes en el hombro.

Hay un momento de silencio y, después, levanto mis grilletes y los sacudo, haciendo repiquetear las cadenas. La reverberación me da una idea de lo enorme que es la caverna.

—Cualquiera lo diría.

—Precauciones. —Tamborilea con sus esqueléticos dedos sobre las afiladas puntas de la corona—.

Tengo entendido que te arrodillaste ante Bulder hace muchas fases.

Aunque tal vez no lo oigas tan bien como tus hermanos, considerando tu linaje y tu ferviente devoción, no me cabe ninguna duda de que él te favorecería a ti antes que a la mayoría de mis subordinados.

Sus palabras me cortan las venas como esquirlas de hielo.

No sé cómo ha averiguado esas cosas, pero no es buena señal.

Esbozo una amarga sonrisa que me tensa las mejillas.

—Quizá me sobrevalores.

—Lo dudo.

Se produce un silencio sepulcral.

Me observa mientras da golpecitos con los dedos sobre las puntas afiladas, tac-tac-tac. Al fijarme en sus dedos se me para el corazón, pues los tiene ensangrentados; se los ha mordido hasta dejárselos en carne viva.

«Está sediento de sangre».

«Demasiado».

—Dime, Veya. —Poso la mirada en sus fieros ojos y se me dobla la vista; luego, converge de nuevo—. ¿Te gusta mi palacio? —Extiende las manos, mostrando su tesoro de tal manera que me recuerda a la trogg peluda, solo que, no sé por qué, me sentía más segura en su guarida.

Con más control.

—Eh… —Me tambaleo y sacudo la cabeza mientras recupero el equilibrio—. Tienes muchas cosas.

—Sí. —Otro momento de silencio vigilante—. Tesoros recogidos. Todos tirados a lo largo de las fases. Considerados carroña.

«Carroña…».

Joder.

—Eres el Rey Carroñero. —Observo su corona, las puntas de sus dedos, sus brillantes ojos rojos—. Gobiernas las arenas de combate en el interior de la montaña con los razah.

—Llámame Arkyn. —Deja los dedos quietos—. Cuando miras a tu alrededor, ¿qué ves?

—Soledad.

Suelto la palabra sin pensarlo, reprendiéndome mentalmente por ser tan estúpida. Estoy ante un hombre famoso por tirar gente a las abrasadoras arenas de Khindard. ¿Quién dice que no va a arrojarme a mí también por mi brusca respuesta?

Él emite un murmullo grave desde lo más profundo de su garganta, fingiendo calma, aunque la tensión que hay entre nosotros lo delata, tanta que cada vez que respiro mi corazón late más fuerte.

Más rápido.

—Tengo curiosidad —murmura—. Tu pah, ¿cómo era?

—¿Por qué?

Se encoge de hombros.

—Solo intento hacerme una idea de tu carácter.

Frunzo el ceño.

Hay dos tipos de personas en este mundo.

Unas son las que creen en la forma de gobernar de Ostern Vaegor: respetar solo el poder, sembrar su semilla en todos los rincones del mundo y asegurarse de que su mentalidad corrupta se extienda.

Y luego están las que lloran la pérdida de quienes gobiernan con todo su corazón, valorando por igual a gente de toda clase, tenga poder o no, tenga título o no.

Como Kaan.

Como los Neván .

El pensamiento es veneno puro. Un brutal recordatorio de que no solo asesiné a una familia entrañable hace ya muchas fases, sino a los representantes de un ideal que hizo del mundo un lugar mejor.

—Carente de empatía —digo con voz ronca, pues estoy sin aliento y herida.

Vacío mi mente de la pesada culpa enterrándola tan profundamente que apenas percibo su presencia.

El agujero que queda se llena de un odio desmedido hacia el hombre que me engendró y me pican las yemas de los dedos al escupir otro torrente de palabras—.

Impulsivo, cruel, agresivo. ¿Quieres que siga?

Deja quieta la mano y dice con cierta suavidad:

—Anhelabas mancharte las manos con su sangre. —Aprieto los labios—. Pero tu hermano le quitó la vida…, un parricida al que aborrecen en todos los reinos excepto en el que usurpó.

Hay algo en su manera de formular la frase que me hace enderezar la espalda.

—El que liberó —mascullo mirándolo con los ojos entornados mientras el aire entre nosotros se vuelve tenso y viciado, como si un mortero estuviese llenando la caverna—. Kaan es un buen rey, un buen hombre. Si alguien merecía quitarle la vida a pah era él.

Arkyn ladea la cabeza.

—Ah, ¿sí?