La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 51. Grihm
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Capítulo 51. Grihm

Grihm

P aso el pulgar por las dobleces de la alondra de Kaan mientras observo el mundo a través de una ventana de piedra runada, lo bastante grande como para ver que la niebla tóxica está lejos de haberse disipado y sigue cubriendo el terreno calcinado.

Es densa.

Opresiva.

He oído hablar de fases como esta, en las que Gondragh refunfuña durante daes, agitado como un campo de batalla, hasta que Ignos y Bulder vuelven a calmarse.

No obstante, los huevos fecundados solo permanecerán allí durante cierto tiempo hasta que eclosionen, siempre que se incuben como es debido.

Y si la gran siegasable plateada se ha vuelto rabiosa, como da a entender el relato de Kilíth, y ha abandonado su nido durante largos periodos, esos huevos corren el riesgo de no eclosionar.

Eso y que el mundo parece estar en las últimas: a punto de que le llueva una cantidad catastrófica de lunas.

Arrugo con fuerza la alondra de Kaan y me la meto en el bolsillo. Después, cojo el odre que llevo al cinto, le quito el corcho y doy un trago; el agua helada alivia mi garganta seca.

Vuelvo a taparlo y miro la pared que tengo a la derecha, con cientos de nombres grabados con cincel o cuchillo, pensando en el hombre que probó suerte hace ciclos.

Heathron.

Desapareció entre los vapores sulfúricos y nunca regresó. Probablemente acabase en las entrañas de alguna gran bestia o lo devorara una bandada de crías. O tal vez se perdiera y fuese víctima de estas inclementes tierras.

Observo su nombre, grabado profundamente en la roca naranja: la única lápida que tendrá.

Un movimiento repentino capta mi atención al otro lado de la ventana, donde hay una hembra color bronce que atraviesa los densos y turbios vapores.

La veo lanzarse en picado. Crea un torbellino ardiente al meter sus afiladas fauces en una piscina de lava burbujeante, recoge un poco y vuelve a elevarse al cielo, donde se la traga el humo tóxico. Sin duda, se dirige a su nido para verterla sobre sus huevos.

—Me preguntaba dónde te habías metido.

Miro por encima del hombro a Kilíth, que levanta la tapa de la cuba del agua para llenar su odre.

Tiene a su cría dorada recostada en el hombro, que duerme con las alas extendidas sobre su pecho, como si lo abrazara.

He llegado a la conclusión de que es hembra basándome en que no tiene la cabeza tan cuadrada ni tantas púas en la cola, pero es difícil saberlo con certeza tan pronto.

Me siento reconfortado al verlos, una prueba fehaciente del fuerte vínculo que ya han forjado a pesar del caótico nacimiento.

Cada vez que los veo, el dragón duerme sobre el hombro de Ki­líth con el vientre tan lleno de carne que lo tiene abultado.

Kilíth me mira de arriba abajo y frunce el ceño.

Observa mi vestimenta de cuero color óxido, grabada con miles de runas refrigerantes que harán que el tiempo que hace fuera de la cabaña resulte al menos tolerable.

Posa los ojos en mis gruesas botas, cuyas suelas tienen púas, y en las piquetas que llevo colgadas del cinturón.

Enarcando una ceja, extiende la mano para que le pase mi odre.

—¿Te vas? —pregunta, y asiento mientras lo llena por completo, algo que agradezco.

Es casi imposible encontrar fuentes en Gondragh, por lo que me hará falta toda el agua que sea posible.

Me devuelve el odre.

Lo tapo y agacho la cabeza, mirando por la ventana…

Un violento bum sacude el suelo.

La ansiedad me oprime el pecho, amenazando con partírmelo, mientras una cumbre lejana comienza a escupir al cielo. Va seguido de una nube de humo negro, el cual acabará asentándose en los barrancos entre las innumerables montañas y empeorará aún más la visibilidad, pero ya he tomado una decisión.

El destino ha fijado estas condiciones. Sin duda, una prueba.

Me meto la mano en el bolsillo y saco la alondra hecha una bola de Kaan y otra doblada a medias, y se las paso a Kilíth.

—¿Basura que quieres que tire? —pregunta señalando con la barbilla la alondra de Kaan.

—Una nota de nuestro rey. Creo que es importante que la leas.

Kilíth abre los ojos, los baja a la nota y vuelve a mirarme.

—¿Cómo…?

—Si no regreso dentro de siete ciclos, por favor, dobla el último pliegue de la otra alondra. Sabe adónde tiene que ir.

Agacha la cabeza y se golpea el pecho con el puño.

—Por mi honor.

Miro la pared que tiene detrás, observando los cientos de nombres grabados en ella, así como los espacios en blanco que hay entre ellos, donde caben cientos más.

—Me llamo Grihm —murmuro; me cubro la cara y me echo el equipaje a la espalda. Antes de dirigirme al túnel de salida, saco la daga de escamas de dragón plateadas de la funda que llevo en el muslo—. Por si acaso.