Capítulo 50. Raeve
Raeve
A travieso la boca de la guarida y paso bajo unas estalactitas relucientes que cuelgan del arco superior como si fuesen los colmillos de alguna bestia de hielo dispuesta a devorarme.
Subiéndome la brida por el hombro, me dirijo hacia Líri pisando ramitas heladas que crujen bajo mis botas.
La dragona reposa en forma de espiral luminosa, envuelta con sus alas.
Pliega el ala que oculta parte de su rostro, como si cerrara un abanico, lo justo para que pueda ver sus ojos brillantes mirándome por encima del borde.
Suelta un gemido profundo.
—A mí tampoco me gusta —murmuro. Solo estoy a unos pasos de distancia cuando siento un dolor agudo atravesándome el pie. Tropiezo mientras me sube por la espinilla, como si una cuña de metal estuviese partiéndome el hueso lenta y agónicamente.
Cuando llega a la rótula, se me clava en ella.
Me fallan las piernas.
—Que… te… jodan…, Sereme —escupo desplomándome con los ojos desorbitados y sin aliento, con los músculos de las piernas tan tensos que estoy segura de que están a punto de partirme los huesos.
Se me nubla la vista mientras el dolor continúa.
Soltando un profundo lamento, Líri me envuelve en su aura gélida a modo de escudo. Me sobresalto cuando me viene a la cabeza un recuerdo conmovedor de mi Otra que aún me pesa en el corazón, demasiado grande para ocultarlo bajo mi lago.
Tal y como ella hiciera con Elluin, no me molesto en ocultarle mi dolor a Líri. No tiene sentido, dado que nuestro vínculo ahora mismo está roto. Me veo obligada a soportar la agonía bajo el resplandor de mi hermosa y demasiado sabia plumaluna.
Cuando termina la sesión de tortura de Sereme, estoy temblando hecha un ovillo, lista para cortarme la pierna.
Noto un aliento frío golpeándome el cuello, seguido de breves resoplidos, mientras Líri me empuja cada vez con más fuerza.
Alargo la mano y acaricio a ciegas los mechones de sus mejillas, preguntándome si Sereme planea seguir torturándome a este ritmo hasta que le entregue el maldito paquete. Si es así, van a ser unos daes muy duros.
«Como me apuñalen por culpa de esa zorra, me voy a cabrear muchísimo».
Intento levantarme como puedo. Líri me sostiene con su ala mientras yo recobro el aliento, esperando a que la sangre vuelva a mi cabeza.
Presiona el hocico contra mi esternón y se me queda mirando fijamente con sus enormes ojos sin parpadear.
Siento una fría oleada de su preocupación en el pecho, una emoción tan rica y compleja que me resulta imposible de comprender por entero. Es como si ese sentimiento saliera del espacio entre las estrellas. Frunciendo el ceño, acaricio una de las cicatrices de su mejilla…
Le da miedo perderme. Probablemente, no ayuda el hecho de que ya haya sufrido otras pérdidas, cuando Rekk mató a su anterior jinete y, luego, la obligó a establecer un vínculo que le quitó más de lo que le dio.
«Ella se ha liberado de sus cadenas, pero siente que las mías siguen donde estaban».
—Lo resolveré —murmuro acariciando el penacho que tiene entre los ojos. No sé muy bien cómo , pero iré paso a paso.
Cojo la brida y se la ofrezco para que la huela. Ella acerca el hocico y emite un gruñido grave mientras le enseño todas las correas y enganches.
—No es una silla de montar. —Abro una de las hebillas—. Es para que no tenga que tirar más de tus crines, pero te la puedes quitar sola.
«Por si alguna vez me pasa algo».
Un dragón sin silla no es fácil de montar, y mucho menos de controlar. No tengo ninguna duda de que la montura fue un factor que contribuyó a que Líri aceptara a Rekk en un momento dado. Joder.
«Nunca más».
Tarareando mi canción tranquilizadora, me acerco a su pecho. Ella deja caer las alas al suelo para que pueda pasar las correas de cuero blanco alrededor de su cuello y lomo y las sujete.
Estoy a punto de agarrar las riendas cuando un dolor agudo comienza a atravesarme la columna vertebral
condenadamente
despacio.
Para cuando llega a mi coxis, me están dando arcadas y tiemblo hasta los dedos de los pies.
Aprieto los puños…
La montaña comienza a dar sacudidas, como si Bulder intentara romper los picos a golpes con un martillo del tamaño de Rygun.
Al volver la vista hacia la salida de la guarida, veo al poderoso siegasable saltar desde la cornisa que tengo sobre la cabeza al tiempo que suelta un rugido atronador. La fundefauces de Pyrok lo sigue como un rayo de sol, con Roan montado en la silla detrás de su hermano, mucho más grande que él.
«Hora de irse».
Líri me ayuda a subirme a su lomo con unos empujoncitos hasta que estoy bien acomodada entre sus alas. Respiro hondo mientras me enrollo las riendas alrededor de las muñecas. Precauciones. No quiero caerme y montar una escena en caso de que Sereme me torture mientras estamos en el aire.
Las escenas llevan a preguntas. Ninguno de nosotros tiene tiempo para eso.
Me preparo y arreo a Líri.
Sale al galope en dirección a un haz de luz difusa, sin siquiera detenerse un momento para observar el paisaje helado que nos rodea antes de saltar del saliente.
Extiende las alas y se lanza al vacío. Es un pequeño instante que parece suspendido en el tiempo mientras me asomo y veo el alegre pueblo bañado por el sol, que brilla como un tesoro escondido entre las montañas.
Al contemplar las tres grandes lunas que tenemos encima, me acuerdo de la habitación de Korie, de los fundefauces y las lunas que cuelgan del techo sobre su cama, una amenaza que podría destruir este maravilloso lugar.
La sola idea me causa tal opresión en el pecho que me dan náuseas.
Aparto la mirada mientras Líri se adentra en el aire cerca del flanco izquierdo de Rygun, protegida de los furiosos embates de sus alas.
Aunque siento la mirada de Kaan clavada en mi rostro, me niego a devolvérsela, segura de que me va a calar enseguida, o tal vez quiebre mi determinación de encargarme sola de esto.
«No».
El cielo se va a venir abajo dentro de menos de una docena de ciclos.
Se nos acaba el tiempo para proteger todo lo que conocemos y amamos.
Es importante que Kaan se centre en encontrar a ese joven feérico que al parecer es capaz de acabar con la mayoría de nuestros problemas y en proteger este pueblo con runas: esa es la prioridad.
No mis triviales sesiones de tortura.