Capítulo 49. Kaan #2
—Eso es todo lo que sé. Y, al parecer, uno de los miembros del Triconsejo ha encontrado la manera de impedir que reciba alondras, lo que significa que ni siquiera podemos enviarle una para seguirla. De todos modos, tengo un plan para localizarlo. Requiere…
—Si pretendes volar algo por los aires, la respuesta es no. — Abre la boca para hablar, pero lo interrumpo—. Y mucho menos si necesitas mi sangre.
—Nada de explosiones. Y solo necesito mi sangre, unas láminas de cobre, soldadura, una alondra de papel, escamas de eahl, la vaina de una planta dookah, el ala inferior de un escarabajo carani, dos heces de…
—Nos vamos en cuanto Raeve despierte.
Roan se levanta al instante, libro en mano, y sale por la puerta antes de que tenga oportunidad de extender sobre el tablero de escripe el mapa, cuyas esquinas sujeto con tazas y botellas vacías.
Examino los grabados en tinta y clavo la mirada en el enorme bosque antiguo que hay al norte de Bhoggith, el cual se interpone entre las tierras de anidación y la sierra en la que nos encontramos.
El bosque de Harthor.
El lugar de descanso final para muchos de quienes se adentran entre esos enormes árboles con la esperanza de conseguir un huevo de fundefauces, pero también el único camino posible hacia la zona de anidación sin acercarse demasiado a la pared que hay a ambos lados.
—Ya que vamos en esa dirección… —Desenvaino una daga mientras examino el grupo de islas que cubren el pantano—. Al parecer, hay un fragmento lunar justo… aquí —murmuro clavando la hoja en el mapa, hundiéndola tan hondo en el tablero de escripe que el arma se sostiene sola.
No me doy cuenta de que Pyrok se ha inclinado sobre mí hasta que lo oigo hablar:
—Qué mala suerte. No creo que nadie haya conseguido asaltar un nido tan cerca del centro.
Junto las manos y apoyo en ellas la barbilla.
—Eso me temía.
Para llegar al fragmento, tendría que construir un camino de piedra, algo que provocaría reverberaciones perceptibles para todos los animales de los alrededores.
Eso si las bestias que anidan allí no captan mi olor dominante ni el de Rygun en cuanto pongamos un pie en la orilla y empiezan a chillarle a su pareja para que me dé caza.
Puedo soportar muchas cosas, pero el clamor de unos fundefauces marcando territorio sería mi fin.
—Oye…, ¿esa no es la hembra con el huevo estéril?
Asiento con la cabeza.
—Su pareja se ha instalado justo encima de ella. Si cae durante el otoño, es probable que el fragmento acabe destruido.
Se me eriza la piel al sentir que Raeve se aproxima incluso antes de oír el sonido de sus pasos.
La siguiente vez que tomo aire, aspiro su aroma.
Me vuelvo y arqueo las cejas al verla bajar por la escalera envuelta en la capa perlada que le regalé con un velo que le cubre la mitad del rostro.
La caída de la tela… Es como si llevase unas alas de plumaluna arrastrándose tras ella mientras se dirige hacia la cocina sin mediar palabra, con unos movimientos fluidos de depredadora que hacen que me yerga en el asiento.
Echa un vistazo al guiso que ha hecho Pyrok, suelta un murmullo de desaprobación y vuelve a poner la tapa. Olisquea todo a su paso hasta que posa la mano en la caja nevera. Desliza la pizarra que la cubre y empieza a hurgar en su interior.
—Parece que alguien se está arrepintiendo del concurso de beber —murmura Pyrok, y brinda al aire exclamando—: ¿Lista para otra ronda, Raeve, o vas a admitir la derrota?
Ella emite un gruñido grave que me hace temblar.
Pyrok suelta una risita, aunque me centro en Raeve, que está sacando un recipiente de arcilla llena de solomillos crudos de colk que tenía pensado cocinar luego.
Espero que me pida que encienda la cocina, pero se acerca a nosotros, se sienta en el sitio que ha dejado Roan y levanta la tapa, dejando al descubierto varios trozos de carne rosada sanguinolenta que coge con las manos.
A Pyrok se le borra la sonrisa. Se endereza, arqueando las cejas.
—Oye, eso está cr… —Se interrumpe al ver que Raeve se lleva un trozo de carne a la boca y le clava los dientes. Lo mastica con un gruñido—. Eso está muy bueno si te lo comes así… crudo. Y con las manos. —Termina lanzándome una mirada de reojo que dice una cosa muy clara.
«Pero ¿qué cojones?».
No puedo por menos que estar de acuerdo.
Raeve suelta un gruñido, traga, agarra otro segundo solomillo más pequeño con la otra mano y los va mordiendo alternativamente. Con sangre goteándole por la barbilla, se da un banquete con una ferocidad primitiva que solo he visto una vez antes.
En el prado, justo después de que Líri despachase a aquel bhar.
«Tal vez le haya cogido el gusto a la carne cruda».
Apoyo los codos en las rodillas y me inclino hacia delante con las manos entrelazadas, observándola mientras se acaba toda una pieza. Entonces, levanto una ceja y digo:
—¿Tienes hambre, Rayo de Luna?
—El estómago de mi preciosa rugía como una bestia. Mucho veneno y poca carne. —Aún con el otro solomillo en la mano, golpea con el dorso de la mano una de las muchas botellas vacías de Pyrok, lanzándola disparada por la mesa—. El hambre produce debilidad. Estoy ayudando.
Su tono me causa un escalofrío. Cruzo la mirada con Pyrok.
Raeve deja caer el trozo de carne en el recipiente y se lo lleva a los labios para beberse la sangre acumulada, sorbiendo sonoramente con todas sus ganas.
Pyrok frunce el ceño. Abre la boca como si fuera a decir algo, pero lo interrumpo con un gesto de la mano.
—Voy al retrete a vaciar las tripas —murmura. Se levanta, dejando la botella sobre la mesa, y se dirige al baño más deprisa de lo que lo he visto moverse en daes.
Espero que Raeve comente algo al respecto.
Sin embargo, deja el recipiente sobre su regazo y continúa masticando la carne. Señala con un dedo ensangrentado mi daga clavada en la mesa.
—¿Por qué esta pequeña arma está intentando asesinar la mesa?
—La he usado para marcar en el mapa.
Noto su fría mirada clavada en mí al otro lado del velo y, con sangre todavía goteando de sus labios, dice:
—¿Qué te ha hecho este mapa, pareja de mi preciosa?
«Pareja de mi…».
—Hay un nido en ese montículo, y, en él, un huevo estéril —digo con un tono tan suave como me es posible, impulsado por mi instinto—. Según una fuente fiable, también contiene un fragmento lunar.
Raeve se queda inmóvil. Los restos de mi estofado se congelan y, al exhalar de nuevo, sale una nube de vapor.
—¿A qué bestia caída pertenece ese fragmento lunar?
Aunque no le veo los ojos, siento la frialdad de su mirada, como una espada clavada profundamente en mi alma, amenazando con llevarse por delante algo esencial.
—Slátra.
Se levanta tan rápido que el recipiente sale despedido por la mesa y los solomillos quedan desparramados, salpicando sangre por todo el mapa.
—Nos vamos ya —ruge con una autoridad tan primitiva que parece como si una bestia invisible hubiera abierto las fauces y tuviese sus dientes sobre la vulnerable piel de mi cuello.
Se tambalea. Es la única advertencia que recibo antes de que se le doblen las rodillas.
Salto de la mesa a toda velocidad y la atrapo al vuelo antes de que se caiga. La abrazo contra mí mientras respira con dificultad. Es como si acabara de echar una carrera para escapar de algo y solo ahora encontrara un momento para llenarse los pulmones.
—¿Raeve?
Se quita la capucha y el velo, y me mira de soslayo unos instantes.
Luego, abre unos ojos como platos y se le va el color de las mejillas mientras me escudriña fervorosamente.
Se inclina hacia atrás y me coge las manos, por lo visto para contar mis dedos, y entonces suelta un suspiro de lo que parece ser… ¿alivio?
Raro.
—¿Va todo bien? —Le toco la mejilla, acariciándole la frente con el pulgar, pero ella se zafa y se pone de pie con dificultad, dejando mis brazos dolorosamente vacíos.
—Estaba… sonámbula. A veces me pasa; debería habértelo advertido.
Frunzo el ceño.
Arrodillado junto a la mesa, la veo chasquear la lengua observando la que ha liado con los solomillos. Al darse cuenta de que tiene sangre en las manos, pone cara de fastidio, coge la botella de Pyrok de la mesa y da cinco largos tragos sin pararse a respirar.
—¿Raeve?
Deja sobre la mesa la botella, ahora manchada de sangre, y se limpia la boca con el dorso del brazo.
—Dime.
Responde sin mirarme siquiera.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Apunta a mi daga—. ¿Qué señala eso?
Me levanto y, cruzándome de brazos, la examino de arriba abajo. Todos sus músculos parecen dispuestos a moverse, como si estuviera a las afueras de una aldea esperando la primera flecha que lance un ejército que se está acercando a través de las Nieblas.
Sigo observándola, esperando que me mire a los ojos, pero ella parece concentrada en el mapa, que escudriña como si nunca hubiera visto uno antes.
Suelto un lento suspiro.
—Señala la ubicación de un fragmento lunar.
Se queda quieta, igual que antes. Cuando por fin me mira, sus ojos prácticamente resplandecen.
—¿En Bhoggith?
Asiento con la cabeza.
—¿Tienes pensado recuperarlo?
—Nunca me lo perdonaré si no lo intento.
—¿Antes de las caídas?
Asiento de nuevo.
—De todos modos, mi deber para con mi reino me empuja en esa dirección, por lo que se ha presentado la oportunidad. —Tras unos instantes, añado en voz baja y pausada—: Si no lo recupero…, hay muchas posibilidades de que se pierda para siempre. Y Slátra nunca volverá a estar íntegra.