Capítulo 49. Kaan
Kaan
C uándo dormiste por última vez? —pregunta Pyrok desde la cocina, haciendo ruido con los cubiertos.
Me apoyo en el respaldo y me froto los ojos, que están irritados.
—Sabes que a mí no me hace falta dormir tanto.
—Aun así. Daría oro por ver…
—No pienso tirar abajo la puerta para dormir en una habitación en la que obviamente no soy bienvenido. Si no, Raeve no me habría dejado fuera.
Noto un golpe en la mesa frente a mí.
Al abrir los ojos, veo un plato de estofado y una gruesa rebanada de pan dahpa. Huelo el intenso aroma de la carne de colk y las especias del sur.
«Mmm».
—Gracias. —Mi estómago ruge con expectación mientras me inclino hacia delante, agarro la cuchara y me sirvo salsa—. ¿Lo has hecho tú?
—Es lo que tiene el aburrimiento —murmura Pyrok, y se sienta, utilizando su brazo como almohada. Abre la tapa de su vial, susurra una bola de fuego y la lanza al aire—. Probablemente sea una mierda, así que no te hagas ilusiones.
Me meto la cuchara en la boca. El sabor es tan intenso que me hace cosquillas en toda la lengua y tengo que aguantarme un gemido al notar que el trozo de carne se deshace al morderla.
—No podrías estar más equivocado. Está delicioso.
—De chiripa.
Me detengo con otra cucharada a medio camino de la boca al verlo aplastar la bola de fuego y agarrar una botella del suelo, a la que da un buen trago.
—¿Quieres hablar de lo que te preocupa?
—No —dice alargando la palabra.
—¿Tiene que ver con…?
—Claro que sí.
De acuerdo.
Reina el silencio mientras como. Termino la mitad del plato en el tiempo que él tarda en vaciar la mitad de la botella.
—Bueno —murmuro cogiendo otro gran trozo de carne—, lo que haga falta para que te quites ese peso de encima, solo quiero que sepas que me tienes aquí.
—Si sigues dándonos permiso para largarnos, te vas a quedar más solo que la una —dice Pyrok con tono monocorde mientras crea otra bola de fuego y la hace girar sobre la punta del dedo.
«Buena observación».
—Hablando de eso… —Señalo con la barbilla el taburete vacío de Roan, con el Libro de Voyd aún abierto sobre la encimera—. ¿Ha dicho adónde iba?
—Ni una palabra. —Pyrok lanza la bola tan alto que casi roza el techo—. Se ha levantado en cuanto has empezado a patear con tus botas en el umbral. Es la vez que más tiempo se ha alejado del libro desde que Raeve lo dejó ahí. Incluso se lo lleva al váter.
Frunzo el ceño mientras mastico un trozo de dahpa.
Pyrok ladea la cabeza y alza tanto las cejas que casi se pierden bajo su alborotado cabello pelirrojo.
—¿No te ha parecido raro que te pidiera la capa? Ya llevaba puesta una que no se había molestado en quitarse desde que llegó. Estoy bastante seguro de que cuenta con runas contra el frío, así que no es que necesitara más protección.
Con el siguiente bocado a medio camino de la boca, me detengo al caer en la cuenta de algo.
—Ese maldito…
La puerta se abre con un chirrido, dejando entrar una ráfaga de viento helado.
Roan entra a hurtadillas con mi gruesa capa negra en el brazo, sin molestarse siquiera en mantener la farsa. Tampoco me mira a los ojos mientras la cuelga en un gancho y se quita las botas.
Se sacude la nieve de los rizos y atraviesa la habitación con los labios apretados, su típica sonrisa de culpa. La misma que suele acompañar a una confesión que me enfadará, frustrará, exasperará o, lo más probable, las tres cosas.
Dejo la cuchara en el plato, que ya está casi vacío, y me cruzo de brazos, esperando.
Roan coge el Libro de Voyd y lo abre sobre la mesa. Luego, se sienta enfrente de mí, subiéndose las gafas por la nariz. Levanto ambas cejas cuando por fin me mira a los ojos; al menos, tiene la decencia de parecer avergonzado cuando extiende la mano y muestra el frasco de Borg.
Pyrok suelta un bufido y se endereza sacudiendo la cabeza.
—Aún no estoy tan borracho como para aguantar tus tonterías —murmura, y le da un trago a la botella.
Estoy a punto de hacer lo mismo cuando me fijo en el rostro de Roan: está demacrado y tiene unas oscuras ojeras bajo sus ojos verdes, lo cual me indica que Borg acaba de destrozarlo.
Si hay algo que he aprendido es que no se debe dar de comer a un espectro ya satisfecho a menos que tu vida dependa de ello.
Cuando no están hambrientos, son muy duros en las negociaciones.
Alargo la mano y agarro el frasco de Borg.
—Te tenía por más listo.
—Y lo soy en lo que se refiere a los libros, pero estúpido en lo que se refiere al sentido común. —Roan se encoge de hombros—. Ya lo sabes.
«Al menos, es consciente de ello».
—¿Te ha dado lo que querías? —Me guardo a Borg en el bolsillo y señalo el libro con la barbilla—. Supongo que el secreto para descifrar eso.
Roan suelta una risa y empuja el libro hacia su hermano y hacia mí.
—No era nada tan ambicioso. Échale un vistazo y entenderás por qué.
Pyrok se levanta más rápido de lo que jamás lo había visto moverse.
—Paso —dice llevándose la botella a la boca mientras se dirige caminando pesadamente hacia la cocina, resignado.
Suspiro y utilizo una taza vacía para acercar el libro y verlo mejor…
Me veo inmerso en él a una velocidad vertiginosa y, de pronto, estoy sumido en una interminable extensión de hilos plateados que no paran de agitarse, como un nido de sierpes retorciéndose, formando figuras y secuencias fugaces.
Los fragmentos se arquean, se afinan en ganchos lo bastante afilados como para cortar y, luego, se despliegan formando unos arcos pronunciados más rápidos que un parpadeo. Creo vislumbrar una runa que reconozco, pero de repente todo vuelve a agitarse y cambia de dirección.
Entorno los ojos, intentando concentrarme, pero los músculos de alrededor se tensan tanto que es como si me los estuvieran retorciendo…
Empujo el libro hacia el otro lado de la mesa mientras se me revuelve el estómago de nuevo; esta vez, me dan ganas de vomitar el estofado. Ya entiendo por qué Roan ha adelgazado en los últimos daes.
Será un milagro que vuelva a ver la comida de la misma manera.
—Estás despedido —murmuro, tratando de aliviar el dolor de mis ojos.
Pyrok se ríe y se lleva el estofado a la boca directamente de la olla, probablemente con la cuchara de servir.
—Sabía que era una trampa —dice con la boca llena.
«Eso es decir poco».
—Hay algo que no encaja. —Estiro el pecho para reprimir las ganas de vomitar—. He visto transcripciones de estas páginas y no se parecen en nada a eso.
—Exacto —dice Roan, más animado de lo que lo he visto en ciclos, botando en su asiento como un resorte—.
El gran canciller no mentía, hay páginas dañadas, pero lo que no le ha dicho al mundo entero es que solo han compartido una versión resumida de lo que hay en cada hoja.
Estoy seguro de que lo has notado, pero los grabados de esta página parecen infinitos .
Pasa lo mismo en todas. Ya llevo anotadas más de dieciséis mil runas que nunca había visto, y apenas he levantado la tapa.
—Entonces, lo que estás diciendo es que…
—El Triconsejo no conoce ni la punta del iceberg, sí.
Se me hiela la sangre.
—Quizá me equivoque —continúa—, pero creo que este libro contiene un poder infinito, creado con unas fibras que nunca había visto antes, en ninguna parte.
Parece sacado de otro mundo. Yo… —Pone una mueca, como si estuviera digiriendo la siguiente frase—.
No os riais, pero ahora creo en lo que dijo el Triconsejo con todo mi ser: que el dios del Éter escribió este libro.
No me hace ni pizca de gracia. Al contrario, su afirmación me produce escalofríos.
Utilizo una de las vitelas de escripe para cerrar el libro, le pongo la correa y deslizo la mirada por el material oscuro del que está hecho, semejante a una ventana que da a cielos lejanos.
A otro lugar.
—No lo dudo —murmuro frunciendo el ceño al fijarme en el colmillo plateado que va sujeto a la correa, el cual brilla en la penumbra—. ¿Crees que el Triconsejo ha examinado el libro y se ha guardado runas para más adelante? —Mis siguientes palabras son mordaces—. Tal vez para una guerra inminente.
—Es difícil saberlo. Descifrarlo me está resultando…
, bueno, casi imposible. Averiguar las runas depende por completo de la capacidad propia para concentrarse durante largos periodos de tiempo sin vomitar, parpadear o desmayarse.
Incluso así, la batalla no ha hecho más que comenzar.
Es como cazar consonantes y vocales; luego queda juntarlas para formar una palabra, por no hablar de una frase.
—Bueno, considera mi capacidad agotada —murmuro quitando de mi vista lo que queda de estofado—. Supongo que no has tenido suerte para dar con el patrón utilizado para proteger la Ciudadela, ¿no?
Él pone una mueca de dolor y me mira con los ojos entornados por entre las grietas de los cristales de sus gafas.
—Con tan poco tiempo… no.
La decepción me cae como un jarro de agua fría.
—Pero…
—Allá vamos. —Suelto un suspiro.
—Mientras estaba en las mazmorras de la Ciudadela, conocí a un espectro que tenía algo muy interesante que decir sobre el joven protegido que Tyroth entregó al Triconsejo a cambio de su favor.
Al parecer, el chico pasó muchísimo tiempo con el libro y ha podido estudiarlo sin peligro.
Estoy seguro de que él es quien ha runado los arcos.
—No vamos a regresar a Bothaim, Roan. Ni lo sueñes.
— Ya no está en Bothaim. —Vuelve a aparecer su pícara sonrisa como una aurora elevándose lentamente—. Según Borg, está en Bhoggith.
«Oh».
—¿Sabes por qué?
—Borg dijo que el chico se negó a seguir transcribiendo. Encontró alguna baza de la que aprovecharse y exigió que le permitieran intentar conseguir un huevo de fundefauces a cambio de sus servicios.
—¿Con qué baza cuenta? —Se me dibuja una sonrisa.
Roan se encoge de hombros.
—¿Cuántos años tiene?
—Casi nueve fases.
«Un chico listo».
—Bueno, Bhoggith es enorme. —Me acerco a una mesa junto a la pared, abro el cajón y rebusco entre los mapas enrollados hasta dar con el que quiero—. ¿Sabes dónde acampa?