La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) La Otra (Pasado)
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La Otra (Pasado)

La

Otra

Pasado

L a Otra araña la piedra negra, arrancando fragmentos que echa a un lado, y le va dando la vuelta mientras repite el movimiento. Una vez que hay un borde protector, aunque sea irregular, se acurruca en medio y emite un leve gruñido.

Una señal para que sus crías se acerquen.

Allume no se mueve de donde se ha acurrucado contra la pared de la guarida, observando un cielo sin cintas.

Sigue con la vis­ta los movimientos de las alas de dos jóvenes plumalunas que revolotean en el aire fresco como si danzasen, cuya luminosidad resalta en el negro aterciopelado.

Jóvenes de un tamaño similar, rebosantes de una energía que solo consumen una vez que las cintas aurorales hace tiempo que descendieron.

Durante largo rato, la Otra observa con el corazón encogido.

No hay nada que no haría por que las alas de Allume funcionasen como deberían, por que la pequeña fuera lo bastante fuerte como para elevarse hacia el cielo y pudiera jugar bajo las lunas, sentir el ímpetu de la brisa y la emoción de una caída en picado.

Si pudiera, se cortaría las suyas y se las regalaría, a pesar de que Allume ya ha emprendido su propio viaje, que la luz plateada que le ha dado la vida será… pasajera . Una estrella fugaz a la que ella cuidará con todo su ser hasta que el destino vuelva a separar sus caminos.

La Otra emite un sonido quejumbroso.

Allume por fin se desenrosca. Arrastrando la cola, se acerca y trepa por el borde, estirando las alas para mantener el equilibrio, pues, como siempre, se inclina hacia su lado más pesado.

La Otra la envuelve con la cola, pegándola contra ella hasta situar a su joven descendiente bajo el poderoso refugio de su ala, impidiéndole que vea el cielo.

No es un castigo.

Si no lo hace, Allume caerá en una triste duermevela, como ha hecho otras veces, al contemplar lunas junto a las que cree que nunca anidará, viendo a los demás jugar en lugar de sentir cuánto la quieren.

A pesar de su sonoro graznido de desaprobación, Allume se calma y se acurruca, con sus grandes ojos ensombrecidos por lentos parpadeos.

Suelta un bostezo tan grande que se ve el pequeño brote de llama azul al fondo de su garganta y, luego, apoya la cabeza sobre la luminosa piel de la Otra en busca de consuelo.

Todos los ruidos exteriores se desvanecen cuando la Otra atenúa su luz y agita las alas, envolviendo a Allume. Después, mueve la cabeza para vigilar la entrada de la guarida.

Y espera… más tiempo de lo habitual.

Para cuando se oyen pasos llegando a la guarida, la Otra está muerta de preocupación por si algo va mal.

Elluin atraviesa la entrada con los puños cerrados a los costados. Luce un nuevo corte de pelo que la hace parecer algo mayor que las doce fases que tiene, enmarcando su rostro iluminado por la luna, aún terso por la juventud, pero crispado por…

«¿Ira?».

«¿Dolor?».

La Otra se queda inmóvil.

Si algo ha herido a su Pequeña, le quedan pocos latidos de vida.

La Otra dará caza a este enemigo, le arrancará la piel a tiras y alimentará a su cría con su carne. Se dará un festín con lo que quede y, después, presumirá de su sangre durante muchas auroras.

Entrará.

En.

Cólera.

Elluin no levanta la vista mientras se recoge su vestido forrado de piel y trepa por el nido. Pasa por encima del ala de la Otra y se acurruca en su abrazo protector. Envuelve a Allume y se hunde entre su pelaje, quedándose quieta.

Después de observar un momento, la Otra se acerca y huele a Elluin, resoplando contra la suave piel de su nuca.

—Estoy cansada —dice con una voz más vacía que algunas partes del cielo.

La Otra ladea la cabeza, preguntándose si habrán lastimado a su Pequeña al cortarle el pelo. Cortar tanto de una misma debe de ser… ¿doloroso?

No le gusta usar su vínculo para indagar en lo que Elluin siente, pero, dado su extraño comportamiento, considera que está justificado.

Se abre y se ve inundada por una gélida oleada de…

Angustia.

Gruñendo, la Otra empuja con el hocico a Elluin con tanta fuerza que incluso Allume se agita y, luego, se acurruca aún más, sin dejarle a su Pequeña otra opción que echar la cabeza hacia atrás.

La Otra resopla en la cara de Elluin hasta que ella abre los ojos y levanta la vista.

En cuanto cruzan la mirada, a Elluin se le desencaja la cara.

—Mi hermano… —Aprieta los párpados con fuerza y deja escapar dos lágrimas mientras contiene la respiración, como si intentara reprimir la tristeza.

De nuevo, la Otra la empuja con el hocico.

Cuando Elluin vuelve a abrir los ojos, reflejan ira, avivada por una llama azul de dolor.

—Me dijo que deseaba que lo dejara allí para que muriera —murmura con los labios temblorosos—. Ya no habla, no lo ha hecho ni una sola vez desde que volvimos de Netheryn, ¿y va y elige esas palabras?

Solo cuando Allume lanza un agudo gemido, la Otra se da cuenta de que su cría está despierta, probablemente sintiendo el mismo dolor, dado que nunca ve a su vinculado, pues está tan destrozada que no puede moverse de su nido en la gran casa ne­gra de tejado puntiagudo donde reside la familia de Elluin.

En momentos como este, la Otra desearía poder hablar la misma lengua que su preciosa Pequeña. De ser así, le diría lo que sabe: que su hermano mayor, por muy destrozado que esté, no siempre se sentirá así.

«Volverá a conocer la felicidad».

La Otra aprieta su cola alrededor de Elluin y Allume, que así acurrucadas son como dos mitades de una pequeña luna. La Otra respira retumbando, un arrullo que por fin tiene el efecto deseado y lleva a ambas jóvenes a una duermevela tranquila.

Sin embargo, ella no se duerme, no teniendo todo su mundo bajo el vasto escudo de su ala, sintiendo el peso de la tristeza de ambas jóvenes en su propio pecho. Lo que hace es mirar al cielo, solo iluminado por sus hermanos, aquellos que han encontrado su lugar de descanso eterno.

No es la primera vez que piensa en esa cinta plateada que se estrelló contra ella hace tantas auroras.

Es tanto una bendición como una maldición estar unida a los vaivenes de un destino que vuela en una sola dirección, sin bajar nunca el ritmo.

Sobre todo en momentos como este, en los que desearía que el tiempo se detuviera.

Incluso agobiada como está por la tristeza de sus seres queridos, poder consolarlos supone un regalo. Porque estas oportunidades son muy escasas y no siempre encajarán tan bien como lo hacen ahora. Tampoco se tendrán siempre las unas a las otras.

Pero tienen este momento.

Este presente.

Y, así, la Otra las envuelve con fuerza, consciente de que este dolor que siente es la penitencia del amor, mientras disfruta de cada latido, pues se escapan con demasiada rapidez.