Capítulo 47. Raeve
Raeve
P uedes hacerlo —mascullo andando de un lado a otro por la pequeña habitación. Hago crujir mi cuello, preparándome para lo que estoy a punto de llevar a cabo.
Meterme en la guarida de mi Otra. Como una idiota.
Me quito la capa y la tiro sobre la cama.
Aprieto los puños y vuelvo a abrir las manos.
De repente, no tengo ni una gota de esa confianza que me impulsó a atravesar el patio y entrar por la puerta principal, la misma que me llevó a quitarme las botas y subir corriendo las escaleras sin siquiera mirar a Pyrok cuando despertó de su sopor y preguntó si el mundo ya se había acabado.
Solo tengo siete auroras para llegar a Bhoggith, eliminar al asesino y entregarle lo que quede de él a esa víbora en su palacio púrpura del dolor y, al parecer, salvar a La Floresta. Y a mí misma, supongo.
Siete.
Auroras .
Eso no me deja tiempo que perder, pero no puedo irme sin hablar antes con Kaan, lo que quiere decir que tengo hasta que él regrese para encontrar la lengua de Bulder.
De todos modos, ahora que estoy detrás de esta puerta cerrada preparándome para sumergirme de lleno en mi vertedero interno, la idea me sabe a hiel.
Yendo a mi interior…, me arriesgo a encontrarme cara a cara con mi Otra.
No estoy preparada para eso. No estoy segura de si alguna vez lo estaré, pero tengo claro que no cuento con la capacidad de proteger a todos los que se han colado en mi corazón.
Y eso es lo que más pesa.
Suspiro y me detengo para girar el pomo de la puerta, comprobando si la he cerrado bien.
Noto un dolor agudo recorriéndome desde el codo hasta la punta de los dedos, estirando mis tendones con tanta fuerza que se me contrae la mano.
Caigo de rodillas y aprieto los dientes mientras me separo los dedos con la esperanza de evitar que mis tendones sufran algún daño que me impida hacer mi maldito trabajo con cierta facilidad: sin duda, el único objetivo de Sereme.
Ponérmelo lo más difícil posible sin llegar a incapacitarme. Someterme.
«El veneno de siempre».
El dolor cambia. Me atraviesa el brazo, cruza los omóplatos y baja hasta la otra mano, retorciéndomela igual. Me aguanto las salvajes ganas que me dan de reír; si tuviera aliento, claro.
Estoy empezando a ver borroso cuando el dolor se alivia lo suficiente como para poder llenarme los pulmones.
Me relajo.
Me apoyo contra la puerta, tomando bocanadas de aire sin dejar de temblar.
Empiezo a considerar si saltarme todos los pasos, montar a lomos de Líri y volar directamente a Gore con un único objetivo en mente: encontrar una forma de obligar a Sereme a romper nuestro vínculo de sangre, aunque eso signifique cortarle algunos dedos para que ceda.
Es algo que me dolerá a mí tanto como a ella, pero ¿qué más da?
¿Qué son un par de falanges perdidas a cambio de mi libertad?
Noto un frío inundando mis venas, la única advertencia que recibo antes de que me vea arrastrada bajo la superficie resquebrajada de mi lago interior.
Los fragmentos me golpean por todos lados, como si estuviera atrapada en una taza de agua que se agita por el temblor de una mano, impidiéndome llegar a la superficie.
Cuando el agua se calma, estoy apresada bajo una gruesa capa de hielo escarchado imposible de romper, ni aunque ponga toda mi alma en cada puñetazo.
«Estoy aquí abajo. Con ella».
«Mierda. Mierda. Mierda».
Me desgarro los nudillos al golpear y golpear…
Resuena un crujido a través del agua.
Me detengo para examinar la gruesa barrera, pero la grieta no está aquí.
«Está…».
Un movimiento me llama la atención en la orilla, donde algo está atravesando el hielo, emitiendo una luz plateada que se adentra en el oscuro abismo.
Me sobresalto, pegando las manos a la barrera mientras esos haces luminosos se acercan… cada vez más… al compás de unas fuertes pisadas y unos estruendosos chasquidos. Una melodía inquietante que me pone la piel de gallina y me acelera el pulso.
«Pues parece que ella no está aquí abajo conmigo».
Me desplazo hasta situarme justo debajo de una zona muy helada y observo los rayos de luz atravesando el agua, cada vez más cerca. Me rodean mientras esa imponente presencia se detiene justo encima de mí y se queda inmóvil.
En silencio.
No se oye ni un ruido, ni siquiera el latido de un corazón, por lo que me invade la inquietante sensación de que mi Otra está esperando algo. No sé qué es, aunque tampoco tengo la intención de averiguarlo.
Girando tan rápido que me da vueltas la cabeza, me sumerjo en dirección a la lejana guarida. Mi intención es poner distancia entre nosotras, sí, pero sobre todo me siento aliviada .
Ella está arriba. No aquí abajo, merodeando mientras busco.
Perfecto.
Quién sabe cuánto durará, pero sería una estupidez desperdiciar esta oportunidad de conseguir lo que necesito y, en el mejor de los casos, no volver a sumergirme nunca más.
«Por todos los Creadores, espero que no se coma a nadie ahí arriba».
«Será mejor que me dé prisa».
Cuando llego al grupo de columnas y me dispongo a abrirme paso entre ellas, noto algo… extraño .
La última vez que mi Otra me metió aquí abajo, solo la columna del centro mostraba signos de que hubiesen anidado en ella.
Ahora, numerosas columnas se han erosionado hasta formar una concavidad y todas tienen un montón de piedras plateadas luminosas con forma de huevo.
Es como si mi Otra hubiera estado trabajando sin descanso para repartirlas en varios nidos.
Con el ceño fruncido, me acerco al borde de una columna para poder ver mejor la que ocupa el espacio central, que ahora solo alberga dos tesoros: la roca negra aterciopelada que parece un trozo de carbón y una piedra con forma de huevo de color negro y plateado marmolado.
Aparto la mirada al sentir un escalofrío que me atraviesa el alma, convenciéndome de que no quiero saber qué secreto esconde esa piedra en concreto, y me acerco a otras de plata pura apiladas en un montículo.
Sin duda, una colección de recuerdos de mi Otra, basándome en la visión que tuve la última vez que toqué uno sin querer.
«¿Por qué las ha movido?».
Me acerco al montículo y se me encoge el corazón al divisar algo negro por entre los huecos, con un lado rugoso y el otro liso, como si lo hubieran pulido las… mareas del… tiempo .
—Esto tiene que ser coña —murmuro al caer en la cuenta de lo que es: un trozo fragmentado de piedra de memoria que ella ha cubierto con las plateadas con forma de huevo; está colocado de tal manera que me es imposible tocarlo sin mover nada.
El nudo del pecho me dice que no es una piedra cualquiera : es justo la que necesito.
Gimiendo, echo a nadar hacia la siguiente columna llena de tesoros plateados, donde veo otro fragmento negro escondido debajo de ellos. También es imposible de coger sin hurgar un poco y sufrir un trauma emocional.
Apretando los dientes, examino los nidos. Caigo en la cuenta de lo que es esto.
Un centro de trueque.
Ella ha tomado el recuerdo que yo quería, lo ha hecho pedazos y ha escondido los fragmentos bajo sus piedras de memoria. Así pues, si quiero acelerar mi aprendizaje del lenguaje de Bulder, tendré que pagar un precio por ello.
Yo, asimilando fragmentos de su pasado, recuerdos que posiblemente involucren a… Elluin .
«Si lo que está intentando es entablar una relación conmigo, se va a llevar un gran chasco con la versión deslavazada de la valiente niña con la que se vinculó».
Echo atrás la cabeza y clavo la mirada en la lejana superficie, aprieto los puños y me lleno los pulmones de un agua helada que no logra acabar con mi sufrimiento.
—¡Lo desapruebo rotundamente ! —grito, y luego bajo la barbilla hacia el pecho, pues no quiero ver si ella responde.
«Los problemas de uno en uno».
Me doy la vuelta, me acerco a regañadientes hasta la zona más cercana de tortura y me arrodillo, con el entusiasmo de quien se dirige a la puta horca.
No me molesto en intentar averiguar qué piedra me va a doler menos.
Lo más probable es que la única opción segura sea no tocar ninguna, pero he venido aquí para aprender la lengua de Bulder y, maldita sea, no puedo permitirme marcharme con las manos vacías.
Hay demasiado en juego.
Alargo la mano, cojo una piedra y tiro de ella… De inmediato, caigo en el cuerpo de…
Ella.